domingo, 19 de mayo de 2013

VAL LEWTON, UN PRODUCTOR CINEMATOGRÁFICO COMO HUBO Y HABRÁ POCOS…




Revisando entre papeles viejos y amarillentos encontré esta nota, que nunca fue publicada (se la propuse al editor de una revista que muy amablemente me dijo ni). Bueno, exagero, no eran papeles amarillentos, era un archivo de Word, y se veía igual de reluciente que un archivo nuevo. ¡Qué poco dramatismo tienen las computadoras, que falta de estética! Lo cierto que es que no la publicaron, eso sí.

Acá va entera, para los que no conozcan a este gran talento del cine…





Hace unos años celebramos, y seguimos celebrando, que se hayan editado todas las películas de terror que Val Lewton produjo para los estudios RKO de 1942 a 1946. Como hoy casi no se consiguen dejamos de celebrar, así que les recomiendo a los que puedan echar mano del pack de pelis en DVD que lo hagan ahora mismo, o que las bajen de internet antes que nuevamente pasen al olvido.
Algunas de esas películas ya son legendarias (Cat People, I Walked with a Zombie, The Seventh Victim); verlas todas juntas causa un placer aún mayor que por separado, contando además con que a la edición le adosaron un documental que relata la vida de Lewton, su visión y su talento. Es decir, le hacen justicia.

Quizá sea la primera vez que se homenajea tanto a un productor en vez de a un director, y en este caso resulta un acto reivindicativo, ya que Val Lewton modernizó el género de terror como pocos en la historia del cine. Y lo hizo a través de filmes de bajo presupuesto, presionado por la necesidad de los directivos del estudio RKO de salir de la bancarrota en la que el tan genial como quilombero Orson Welles los había dejado, luego de sus dos primeras películas (Citizen Kane, The Magnificent Ambersons), y luego de haber prácticamente reinventado el cine, claro está.

Lewton, hombre sensible y culto a la manera clásica europea, reunió un equipo de colaboradores de primer nivel (directores, guionistas, fotógrafos) y supervisó todos sus filmes para RKO, escribiendo o colaborando en la escritura de cada guión. Había algo en él que lo alejaba del ego gigantesco y nocivo del productor típico de Hollywood: primero su humildad, dando crédito de más a su gente o restándoselo él, y segundo siendo genuinamente creativo, lo que ocurre con pocos productores en este mundo -y directores, seamos sinceros-, por más hábiles que sean para conseguir dinero o para intuir “qué es lo que el público necesita”.

Digamos que el caso de Lewton resume lo mejor del Hollywood dorado, que siempre fue imaginativo y audaz. Cat People, dirigida por Jacques Tourneur, el mejor de los directores apadrinados por Lewton, aunque sin desmerecer a otros de la talla de Robert Wise y también Mark Robson, es la primera película de la serie y el resultado es memorable. Mientras los ejecutivos respiraban tranquilos luego de su éxito comercial, los espectadores de la época -y los de las épocas por venir, aunque todavía no lo supieran- sonreían agradecidos al toparse con un filme tan innovador y sugestivo. Digamos para resumir que el uso de la luz como herramienta de suspenso, los símbolos que sutilmente salpican la película, y el claro concepto de sugerir en vez de mostrar hicieron de Cat People  un modelo a seguir para las generaciones futuras. Tiene un par de escenas ya clásicas: la persecución de una mujer por la pantera en la pileta/alberca, donde no se ven más que luces y sombras reflejadas por el agua, y después en la calle, bajo los duros faroles. Son un ejemplo catedrático de cómo proponer una escena de horror sin efectos, únicamente con elementos visuales. Y la idea de que Irena, la protagonista, crea que si tiene sexo con el hombre que ama se volverá pantera y lo matará es de por sí erótico en la manera más freudiana y oscura posible. Todavía hoy uno escucha la frase “mostrar poco y sugerir más” como un punto fundamental a tener en cuenta en éste género. Y es cierto.

Aunque vale la pena ver todos los filmes producidos por Lewton, algunos son imperdibles: I Walked with a Zombie es una rara historia ambientada en el caribe, donde la esclavitud y el vudú se unen en extraña simbiosis con un romanticismo que hace actuar a los personajes de forma ambigua, dudosa y letal. El zombi llamado “Carrefour”, que deambula con los ojos muy abiertos por bosques plagados de idolitos paganos, resulta verdaderamente aterrador, y el paseo nocturno que hace la protagonista para buscar la cura de su paciente hasta desembocar en un inquietante ritual es un punto muy alto de puesta en escena cinematográfica. Es precisamente el tipo de propuestas estéticas que Lewton y Tourneur desarrollaron con maestría.
El mítico Boris Karloff, legendario monstruo del Frankenstein de los años treinta, actúa en tres películas de este ciclo. Aparece en Bedlam, Isle of the Dead, y en The Body Snatcher, que en apariencia parece querer mostrarnos el horror de los ladrones de cadáveres cuando en realidad nos habla de la ética en la ciencia. Nada menos.

También, si quieren ver uno de estos filmes con sobrina/os o hija/os (o solos, si recuerdan con suficiente honestidad las virtudes de la infancia), está la supuesta segunda parte de Cat people, The Curse of the Cat People[1], delicioso cuento de hadas que capta perfectamente la situación idílica de una niña que vive en la fantasía y que evita el contacto con el mundo real. La protagonista, Amy -la pequeña actriz Ann Carter resultó inolvidable en su papel-, vive con personajes imaginarios que quizá no lo sean tanto, mientras que sus padres creen que sufre algún tipo de trastorno (estamos en un pueblito yanqui de los cuarentas, en el cual las teorías de Freud no parecen haber llegado en el último tren de la tarde). A través de una vecina misteriosa y extravagante, Amy desemboca en un mundo onírico que terminamos disfrutando tanto como ella. Esta auténtica película clase B, que carece de alardes y pretensiones, alcanza un maravilloso sentido de la fábula.

Hay que destacar la capacidad de síntesis de Lewton. A pesar de que por indicaciones del estudio ninguno de los títulos debía superar los 77 minutos, nunca necesitó ir más allá. De hecho algunos son más cortos, otra prueba de que no hace falta engendrar cintas amorfas de tres horas para contar una historia (como ocurre con tantos bodrios actuales, los de Peter Jackson por ejemplo, bodoques de acción que duran toda una vida y ni siquiera así consiguen desarrollar personajes que trasciendan el cartón con el que fueron hechos).
Recomiendo ver estas películas en maratón, cosa de disfrutarlas con la gula que merecen, y para aprender cómo hacer cosas buenas sin mucha plata y sin necesidad de ser genial, algo que sirve para cualquier emprendimiento creativo en esta vida.


[1] Un detalle que remarca todavía más el ingenio de Lewton: el productor que estaba por arriba suyo le “dictaba” los títulos de las películas antes de que él tuviera armado un guión, incluso una idea previa. Le decía cualquier frase que sonara comercial y lo dejaba arreglárselas solo. Con nada más que eso, Lewton “rellenaba” los títulos con el argumento que le pareciera. Por eso The Curse… no tiene nada que ver con la primera, salvo con que se repiten algunos personajes. Es notorio que Lewton no haya querido repetirse en obvias secuelas como hizo la Universal con sus famosos monstruos: Drácula, El Hombre Lobo, Frankenstein.

martes, 16 de abril de 2013

EL QUE SE ANTICIPÓ A LA OSCURIDAD






(Nota  publicada en el suplemento cultural Laberinto del diario Milenio, el 13 de abril de 2013)

William Hope Hodgson tuvo algunas de las características que suelen hacer famoso a un escritor; fue marinero, escribió sobre sus experiencias en el mar, y murió joven, a los cuarenta. Pero no fue suficiente, porque Hodgson escribía literatura de horror y eso en general ayuda poco. Le gustaba el deporte y fue profesor de gimnasia, cultivó sus músculos, en un principio para defenderse de los recios marineros, también fue fotógrafo. Su experiencia en el mar, de la cual él renegaba por haber sido extremadamente dura y estéril, se mezcló en el papel con monstruos, piratas fantasmas y todo tipo de aberraciones sobrenaturales. 

Hodgson desechó la penosa realidad por la fantasía más macabra. Se alistó en el ejército para combatir a los alemanes en la primera guerra mundial y murió a causa de una granada enemiga, en 1918. Al revés de Saki, que murió de la misma forma pero antes de volar en pedazos tuvo un último gesto literario al exclamar a sus compañeros imprudentes: “apaguen ese maldito cigarrillo”, no sabemos si Hodgson dijo algo o no. Su cuerpo desapareció, literalmente. Él mismo anticipó en una carta todo lo que podría escribir si volvía entero a su hogar. Quizá, así como integró el mar a sus narraciones, habría integrado la guerra. Quién sabe qué hubiera resultado al mezclar horror con horror.

Sus obras fueron olvidadas. Años después, gracias a los elogios que le prodiga Lovecraft en su ensayo El Horror Sobrenatural en la Literatura, se rescataron en parte, pero siempre de a retazos, por temporadas. La influencia de Hodgson en Lovecraft es obvia y, como se señaló alguna vez, también en el Hacedor de Estrellas, de Olaf Stapledon. Igual que ocurre con Arthur Machen, es la incertidumbre unida al pesimismo lo que genera miedo en sus historias. El mar esconde terrores surreales contra los que no se puede combatir, parecen estar ahí desde el inicio de los tiempos, acechando, invencibles.

Su ahora famosa novela La Casa en el Confín del Mundo es el relato de un hombre que vive en una antigua casa en Irlanda, y que un día descubre que no es una morada sino un pasaje a un inframundo, o a otra dimensión, nunca llegamos a saberlo. La mayor parte de la novela remite más a la fantasía que al terror. Hay una escena donde, sin explicación ni motivo, el protagonista abandona su cuerpo para volar por el universo que hay ¿abajo, arriba, al costado? de la casa. Flota entre montañas y es testigo de un encuentro entre dioses antiguos, gigantescos, espantosos. Otro momento, el más alucinante y extenso, es cuando el narrador asiste al fin del mundo desde su estudio. Observa cómo los días y las noches empiezan a pasar a toda velocidad por su ventana, cómo el parque de su casa va degradándose a causa de los milenios, que se aceleran en su transcurso y queman la tierra. Ve a su perro, que descansaba a sus pies, envejecer, volverse huesos y desaparecer. Él mismo se da cuenta en un momento se murió, se volvió esqueleto y luego polvo aunque, en verdad, sigue vivo; o siguen vivos sus ojos, que viajan por el sistema solar, hasta el lejano futuro donde el sol ya se ha extinguido.

Es posible que Hodgson cometiera el pecado de ser muy directo en su manera de narrar, que no se destacara como prosista y, sobre todo, que se anticipara al horror literario moderno, que ya no quiso buscarle motivos ni nombre a lo siniestro y frente al cual el ser humano no podía defenderse, menos comprenderlo. Pero, ¿ése es el horror moderno o el horror a secas?