viernes, 16 de agosto de 2013

QUEJAS REFLEXIVAS 2




DECIR LO QUE SE PIENSA

Mucha gente, cuando se enoja en una charla y se le va la mano en la agresión de sus opiniones, se excusa con un “yo digo lo que pienso”. La mayoría de las veces ese pensamiento es apenas un exabrupto derivado de la bronca y los prejuicios y, en verdad, no contiene ningún pensamiento. Todos se dieron cuenta menos el que habla y no piensa, justamente por eso.

Si alguien se sincerara y dijera: “Yo no digo lo que pienso porque no pienso, sólo digo”, ya estaríamos en una fase evolutiva superior a la actual. Ser capaz de pensar que no se piensa es, en sí mismo, una constancia de pensamiento.

Quizá el primer “Ug” que dijo un humanomono hace miles y miles de años quería decir: “Algo habrán hecho” o “En esta caverna se hace lo que yo digo” o “El tratado de libre comercio nos permite ser competitivos” y lo que evolucionó no es el cerebro sino la relación entre la lengua y el paladar, que ahora son capaces de articular esos mismos ruidos en forma civilizada en pos de decir la misma necedad en armonía y al unísono.

ODIO Y RESENTIMIENTO

No son el corazón ni la sangre, como algunos suponen, los que activan la pasión del odio, más bien es un accionar de las entrañas. De todas formas, a las entrañas se les debe rendir pleitesía ya que son las que controlan y regulan las leyes, las religiones, las naciones y la mayoría de los partidos políticos, mediante palpitaciones dictatoriales y gruñidos ventosos.

Se suele confundir odio con resentimiento. Yo, nacido argentino, puedo dar fe de ello. El resentido detesta a su prójimo y lo injuria con la esperanza de que alguien se trague la mentira de que tanta estupidez dicha en voz alta y con la vena hinchada es producto de una pasión elevada y peligrosa y no de una deficiencia emocional sin solución.

La principal distinción es que el odio debe ir siempre acompañado de la acción, si existe sólo en la opinión se pierde en la tara mental. Un fascista, por ejemplo, avanza depredando y destruyendo, sabe que si se detiene muere panza para arriba, ahogado en su propia bilis. El resentimiento es un mero reflejo del odio, y como todo reflejo es pasivo y únicamente muestra la cara del idiota que se está mirando al espejo, que además está inmóvil por andar mirándose al espejo.

Puede haber ideas que incluyan furia, hasta odio, pero si hay inteligencia de por medio el odio, quiera o no, diluye su pureza. Existe, sin embargo, odio en estado puro, a condición de que no se lo piense.

Hay gente brillante y sensible que igual resiente. Hay pocos casos pero existen, quizá sean consecuencia de aceptar con dolor que en este mundo la mediocridad, la infamia, la envidia y la negligencia generan muchos más dividendos que las virtudes que nos enseñaron. De hecho, esas no generan ningún dividendo. De hecho, ni siquiera nos la enseñaron.

También es posible que el odio en sí, como pasión, no exista -como tampoco el amor- y que lo único que exista sea el resentimiento, infrapasión que nos la pasamos disfrazando de cosa elevada. O sea que lo escrito más arriba es puro palabrerío. Mejor empiecen a leer desde acá.


lunes, 15 de julio de 2013

QUEJAS REFLEXIVAS 1




Esta es una nueva sección del blog, que en principio apuntaba a incluir máximas, aforismos, proverbios, sentencias, etc, pero que al final únicamente incluirá diatribas. Dejemos la cosa en quejas reflexivas, a secas.



SOBRE LAS REDES  SOCIALES, PAMPLONA Y LAS CORRIDAS DE TOROS

LAS REDES SOCIALES (viene de un intento mío -fallido- de abrir un Twitter).


Podría haber incrustado estas quejas (así se proclamaban algunos tangos viejos, como una queja) en un twitter. Pero no entraban. No sólo porque TW tiene el caprichoso límite de 140 caracteres, sino porque una queja, si de verdad lo es, no puede adaptarse a un límite impuesto, en especial si el límite no tiene motivo de ser. Es como gritarle a alguien que odiamos “Hijo de…” porque no tenemos tiempo de finalizar el insulto.


Las redes sociales parecieron ser primero medios de expresión abiertos, después botellazos al mar, después cócteles molotov a la multitud y, finalmente, una mezcla de los dos. O de nada. Esto último, más bien. Se podría decir que porque el medio no es el fin, yo creo que más bien porque casi no hay expresión en ellas.


Surgirán pronto nuevas redes sociales, y los estudios sociológicos, filosóficos que analicen -o la ficción que recree- las redes de la actualidad corren peligro de envejecer con ellas. Pero como las ganas de figurar sin proponer nada y de decir estupideces nunca envejecerán, aparecerán otros medios, seguro muy parecidos a los de ahora, para enseñarnos cómo seguir perdiendo el tiempo. Quizá se pueda citar en diez años lo que dice un filósofo de FB hoy, si para entonces existe algo parecido a FB, lo cual será sano únicamente para la vigencia profesional del filósofo.


Lo breve, si bueno, dos veces bueno”. Gracián, twitter hizo mierda tu frase de una vez y para siempre (no en lo bueno pero sí en lo breve). “Incluso lo malo, si poco, no tan malo”, es la continuación de la frase famosa de Gracián que nadie cita. Es igual de buena que la otra pero no hace quedar tan bien a los breves.


El blog sigue estando vigente porque está muerto y, sobre todo, porque nadie lo vigila. Incluso si lo cancelan y el día de mañana inventan lo mismo con otro nombre, nadie lo notará. Es una bolsa para llenar con cosas diversas y las bolsas, invento que debe tener quién sabe cuántos miles de años, se siguen usando hoy, mientras que la tecnología se corrige constantemente a causa de su torpeza intrínseca, por más que haya transformado nuestras vidas…. (esto último es el remate gracioso, lo anterior es serio).


SOBRE PAMPLONA, LOS ENCIERROS (MENTALES) Y LAS CORRIDAS DE TOROS:


Para los políticamente correctos: es un error criticar tanto a los sanfermines, son sólo brutos de buen corazón. Creen que por hacer el ridículo van a encontrar el camino de vuelta a las cavernas. Pasa que los toros no vienen de ahí y no pueden guiarlos, por más que los presionen por adelante, por atrás y por los costados.


Religión y persecución de toros en una misma fiesta, incómodo argumento para los que insisten con el progreso del hombre. Hemingway, dicen, elogió la fiesta de sanfermín, lo cual es un punto a su favor (de la fiesta, no de Hemingway). No le quedaba otra, él también quería ser un macho y como seguro intuía que muchas de sus novelas envejecerían irremediablemente, intentó dejar constancia de lo atávico, la brutalidad, la permanencia de lo salvaje, etc, rogando que sus futuros editores sintieran eso mismo por “Adiós a las Armas” o “Por quién doblan las Campanas” sesenta o setenta años después de publicarse por primera vez.


La corrida de toros es la comprobación recia y dura de lo que es un verdadero macho, siempre y cuando esté viendo la matanza sentado en la tribuna. El maricón verdadero es el de ahí abajo, el de chaquetita, espada y poses en puntitas de pie con zapatillas de baile, por eso ningún macho verdadero se le acerca. El toro sí porque le tiene lástima.


O quizá las corridas sean en el fondo la misma persecución de toros de Pamplona, pero con la gente ya cansada y con ganas de sentarse y con un solo tonto parado, al que el fin de la música sorprendió sin silla… y con chaquetita y zapatillas de baile puestas.


lunes, 8 de julio de 2013

PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN… ¿O SI?






Un sábado a la noche, hace un par de años, me reuní con un grupo de amigos para ver una pelea de box muy esperada. Vinieron algunos invitados extras, compañeros de trabajo de alguien. Uno de ellos, tipo formal, controlador de su aspecto y maneras aunque no de su cerebro y boca, se puso a criticar al boxeo desde el vamos como un asunto de brutos y un comercio entre personas (sic). Entre risas, lo mandamos a callar pero se cebó, y eso que el combate principal ni siquiera había empezado. Un rato después, terminadas las peleas de fondo que, seamos sinceros, uno ve de reojo y como mero precalentamiento, la pelea arrancó intensa, implacable, y así siguió, arreciando en cada round. Por desgracia, las críticas del amigo desconocido arreciaban peor. Iban y venían guantazos y diatribas a la par. A los que sí queríamos ver la pelea nos dolían los dos por igual, creo que peor las diatribas.

En un momento le dijimos que se fuera si tanto le molestaba el boxeo. Pero el amigo desconocido, como si se quedara para hacer un llamado a la moral, sentenció que los que veían peleas eran pasivos agresivos, y que los infelices que se mataban arriba del ring eran engañados por sus managers, que se aprovechaban de la pobreza de sus orígenes. Le pregunté si tenía alguna frase original para criticar al boxeo o sólo recurriría a lugares comunes. El chabón, incólume, afirmó que lo que decía era cierto. Le conté que los boxeadores que estaba viendo habían trabajado toda su vida en gimnasios y aprendido el box como un artista aprende su oficio. Fui demasiado fino, al parecer, porque se me rio en la cara al comparar un artista con un boxeador. Le dije, para buscar la veta de la plata, a ver si lo conmovía con eso, que cada uno se llevaba una bolsa de muchos millones. El tipo puso cara de indignado y dijo que “el comercio no tiene límites”. Otro amigo lo miró con ganas de ejercer el comercio de piñazos en su cara pero lo frenamos, tampoco era cuestión de quedar como trogloditas frente a un ser tan elevado.

Lo que más me hizo ruido era que este tipo era un oficinista de toda la vida; viajaba cada mañana hacinándose en el tren desde la provincia hasta un edificio en el microcentro porteño, y pasaba todo su día en un cuarto lleno de papeles y archivos virtuales, movido por órdenes e intereses de otros. Ahorraba de a peso y soñaba poder, algún día, ascender a otro cuarto, más grande, con más archivos virtuales y mejor sueldo. Pasarían los años y él seguiría resolviendo problemas de otros sin dar nunca nada personal (si tenía algo personal para dar es otro asunto). Su único miedo era que lo echaran alguna vez por recorte de personal, lo demás no importaba, y lo demás era la vida entera. Ese mismo tipo acusaba de manipulados a los boxeadores.

Al margen de este espécimen, común y abundante en la fauna laboral, las frases remanidas sobre el boxeo persisten. Es lógico que a mucha gente no le guste, pero los prejuicios son otra cosa. Se dice que los boxeadores son efecto de la pobreza y la necesidad, nunca efecto del talento o de una legítima capacidad deportiva. Los “golpes de la vida” los llevan al ring y después, irremediablemente, los hacen caer. Si es así, qué suerte para los pobres, significa que la vida los puede despertar. En cambio, un empleado administrativo clase media nunca será boxeador en la arena de su propia existencia. Tiene la mala suerte de que los golpes, tanto o más letales que los que reciben los pobres, se los dan en dosis bien disimuladas. Le hacen tragar diez onzas cargadas de moralinas, engaños y falsos estímulos de crecimiento, y tan bien disimuladas están que se tragan el nocaut entero sin que le tiemblen las piernas.

Lo que sí se podría decir, sin criticar la esencia del boxeo pero siendo realistas, es lo que sabiamente me comentó un día un boxeador mexicano, veterano recio y oriundo de Tepito, barrio clásico de boxeadores, que hasta participaba de peleas clandestinas sin guantes, en donde todos dejaban su cara y sangre en el cemento (no había ring, nomás una esquina de calle); él, que amaba el boxeo con todo su cuerpo y alma, me dijo: “el boxeo no es deporte, es circo. Un deporte no se puede basar en lastimar al otro”.
Y de paso, para no hacer quedar tan mal al humanista que nos arruinó la pelea aquel sábado, ya que en el fondo creía estar haciéndonos un bien, me enteré por uno de mis amigos que hace poco se casó por iglesia, hizo un festejo en Castelar, compró un auto usado y su esposa acaba de tener un hijo.

sábado, 15 de junio de 2013

CHACARITA Y LA INUTILIDAD



Foto de Adri T



Tengo la costumbre, más nostálgica que morbosa, de visitar el cementerio de Chacarita cada vez que viajo a Buenos Aires. Suena a romanticismo medio rancio, pero la verdad es que voy porque tengo ganas. Hago mi peregrinaje al mausoleo de los tangueros (donde hay algunos tangueros, no todos), y después doy vueltas al azar. Estos músicos tuvieron la suerte de que les erigieran estatuas representativas y así generan atractivo. Pugliese toca su endurecido piano siempre con flores frescas entre sus dedos. Troilo su bandoneón, también con rosas entrelazadas.

El otro día decidí buscar las tumbas de los tangueros que no están en el círculo figurativo. No es fácil, el lugar es enorme y buscar con la mirada es como eso de la aguja en el pajar. De esta forma sólo encontré, hace años, alejada y entre pasillos, la de Celedonio Flores, que tiene su imagen en relieve. Y la de Alfredo Le Pera, perdida en una calle principal, muy lejos de la de Gardel, que está tan repleta de placas que no tiene espacio para ninguna más; igual la gente insiste. La estatua de El Zorzal Criollo padece flores de todo tipo y cada día le ponen dos o tres cigarrillos en su boca rígida y sonriente. Con todo, está solo en una esquina.

Quise dar con las tumbas de Discépolo y de Manzi, que según dicen están en Chacarita, en algún lugar. Para no buscar al voleo me animé a entrar donde nunca había entrado, en la administración. Una mujer, que cortaba una pera de espaldas al mostrador, me dijo que preguntara en otra parte. Fui a esa otra parte y me dijeron que preguntara en archivos. En archivos me dijeron que preguntara a los capataces, que “son los que saben” y que estaban en el edificio de al lado, un lugar semi abandonado, sin luz y bastante frío. Entrar a un sepulcro y a ese edificio debe ser casi lo mismo. Me costó encontrar a alguien, los cuartos que se veían de reojo estaban a oscuras y no parecían ser la oficina de nadie. Un hombre, supongo que un capataz, bajó por una escalera y sin detenerse comentó que no tenía idea de dónde estaban esas tumbas, ni siquiera sabía donde estaba el círculo de tangueros, que yo acababa de visitar y que es bastante famoso. Pregunté a otro capataz y me dijo que quizá estaban en el panteón de Sadaic, uno gris. Eso es igual a buscar un árbol puntual en un bosque y que te digan que tiene tronco marrón y hojas verdes. Lo busqué y no estaba donde me indicó. Un rato después lo encontré en la dirección contraria, cerrado. Músicos dedicados a la vida pública ahora estaban privatizados en un mausoleo con cadena.

Resignado y de buen ánimo seguí dando vueltas al azar. La mayoría de las tumbas se veían abandonadas, con ventanas de vidrios rotos, rejas despintadas o dobladas, con el mármol y cemento partido. Es muy poca la gente que de verdad las visita. Para una persona religiosa los muertos están en otro lado, más luminoso. Para los no creyentes están en otro lado, sospechoso de luz y tinieblas al mismo tiempo, pero para casi nadie están realmente en el cementerio.

En mi yirar di con una bóveda adornada con una notoria estatua, un inspector general de la policía. Alababan en unas placas que el tipo hubiera inventado el prontuario, la cédula de identidad y demás persecuciones por escrito. Ese tipo, pensé, sí merecía estar ahí, había dedicado su energía vital para dejar constancia del paso de la gente por este mundo. Gente indeseable según él, pero gente al fin. Todo constaba en sus archivos. De hecho, el personaje de la estatua está leyendo algo, un libro, un cuaderno, quizá un prontuario. Otra placa, sin duda encargada por sus colegas, elogiaba al inspector y medio amenazadoramente estaba firmada por “sus verdaderos amigos”.
Pasé por una tumba ya conocida y muy vistosa, la de Jorge Newbery, aviador y científico argentino, pionero y audaz. Murió mientras preparaba el que sería el primer cruce aéreo sobre los Andes. Su estatua es un hombre alado, muerto entre altos picos, rodeado de cóndores que lo miran como a un par. Lo que tiene de cursi lo tiene de emotivo.

Volví a las zonas desconocidas, de nuevo en busca de los dos grandes poetas del tango y no los encontré, nomás di con criptas abandonadas, sin mantenimiento. En algunas, antiquísimas, hasta el nombre estaba borrado. O sea, eran muertos que ya nadie recuerda; o sea, las criptas no tenían nada adentro, técnicamente hablando. La placa de una bóveda de los años veinte anunciaba, en un aullido de reclamo y con signos de admiración: ¡Se fueron todos!

Pegué la vuelta y salí a la calle, dándoles la razón a los administrativos y capataces. Ellos no sabían donde estaban esas tumbas, o quizá sí, lo importante era que estaban concientes que saberlo no cambiaba nada. En vez de explicármelo no me dieron bola. Hicieron bien, yo no lo hubiera captado de inmediato. Su negativa no era aburrimiento o desidia sino una aceptación profunda de que el cementerio, como concepto, es fallido. En teoría, existe para homenajear la memoria; en realidad, celebra el olvido. Mediante la descomposición (de la materia más que la de los cuerpos), remarca el paso del tiempo, que fluye a contramano de las vidas que transitan la tierra; vidas breves, extensas, valiosas, insípidas pero que, quieran o no, construyen una memoria cultural y social, no una fija y crepuscular como la de estas ciudades para osamentas.

Por eso las tumbas destruidas y las flores resecas, esos son los verdaderos epitafios de los muertos. Y los únicos moradores de las chacaritas del mundo son los visitantes, como yo.