martes, 9 de febrero de 2021

 

Eutanasia: extrema debilidad en los dedos que te obliga a pedirle a una persona en la que no confiás que tire del gatillo por vos.

lunes, 21 de diciembre de 2020

 

No se confundan, la gente sin recursos sí conoce el valor de la plata, por eso cuando roba trata de robar un banco, no un puesto de flores. Y los ricos igual, cuando quieren robar -parafraseo a Brecht- fundan un banco, no lo asaltan.

martes, 15 de diciembre de 2020

 

Artista multidisciplinario/a: persona que carece de todo talento y es bendecida con la disciplina suficiente para disimular que no hay nada de arte en lo que hace, que es múltiple.

sábado, 31 de octubre de 2020

RESEÑA SOBRE THE LAST OF US 2


TEDIOSO APOCALIPSIS EMOCIONAL

 



(Nota publicada originalmente en Evaristo Cultural, Argentina)


The Last of Us 2 tocó muchas fibras sensibles y causó revuelo entre los gamers, tanto que se confundieron las críticas negativas con las positivas en una pelea que pareció de fanáticos de fútbol. Pasado cierto tiempo, creo que es necesario hacer una reseña que le haga justicia a un juego como este. En mi caso, hacerle justicia no es hablar bien, creo que es una decepción absoluta, pero vale la pena pensar porqué lo es.

Neil Druckmann dijo que el primer juego trataba sobre el amor, y el segundo sobre el odio. Aunque sea una generalización no tiene mucho sustento, porque el amor y el odio no ayudan a complejizar ningún personaje ni a crear situaciones dramáticas por sí mismas. Es la contradicción entre esas dos pasiones la que define una gran historia.

El primer juego nos mostraba que el amor no se recupera una vez que se pierde, se reconstruye, y para eso hay que recordar el pasado y todo lo malo que puede haber en él. Joel, el protagonista, había perdido a su hija, y para sobrevivir en el apocalipsis pandémico se convirtió en una persona poco menos que horrible; su amor por Ellie, la adolescente que debe cuidar y llevar hasta la base de los fireflies, especie de guerrilla que lucha contra el ejército que controla a la población, no se define porque los dos comparten un viaje hacia un posible mejor destino (Ellie es inmune y se ofrece a ser el conejillo de indias para la fabricación de una vacuna), sino porque se hacen responsables uno de la otra y viceversa. No buscaban una hija ni un padre y, sin embargo, acaban tomando esos roles. Pero, y esto es lo genial de esa historia, a un altísimo costo. Al final del largo viaje Joel va en contra del deseo de Ellie de ofrecerse a encontrar la ansiada vacuna (Ellie estaba inconciente cuando llegaron al hospital y nunca supo qué pasó). Pasó que al enterarse Joel de que Ellie no sobreviviría a la operación, no duda en rescatarla y mata doctores y fireflies a lo bestia, quizá eliminando la única oportunidad de salvar lo que queda de humanidad. En esa última y gran escena del juego, cuando Ellie interroga a Joel sobre si dijo la verdad respecto a que los fireflies abandonaron la idea de buscar una vacuna, él le miente y le jura que sí. Ellie apenas dice ok. Sospechamos que en el fondo no le cree, sólo lo acepta. Gran cierre, con total ambigüedad y genuino amor.

Y sí, hay amor en esos dos personajes, pero también dolor, desesperación, resignación. Las cosas no salieron como debían. A eso me refiero con que una gran historia no puede apoyarse en el amor y en el odio solamente, porque esas dos pasiones son demasiado absolutas, y ni siquiera sabemos si existen de la forma en que suelen contarnos.

En TLOU 2 no hay nada de lo que hizo grande al primer juego. No esperábamos que fuera tan bueno, tampoco que fuera tan plano, sin sutileza ni inspiración. Pasan cosas horribles y todos actúan de una manera brutal, directa, sin sorpresas, y cuando hay sorpresas son ridículas, como la del final, que Ellie deja vivir a Abby porque sí, después de abandonar a su pareja y a su hijo por una obsesión que se disuelve en la nada. Suele decirse que la venganza es un plato que se sirve frío; en TLOU 2 se sirve aburrido.

La brutalidad de un mundo degradado aunque rescatable a nivel individual y grupal de la primera parte se transforma en la brutalidad de un mundo cínico, territorial y sin valores individuales en la segunda. Con justa razón se critica al personaje de Abby, igual podemos criticar al de Ellie, que carece de pathos. No está bien delineado su estado emocional, luego de haber fracasado en la posibilidad de salvar a la humanidad; llora, lo lamenta, pero no lo enfrenta. Joel queda como un personaje bueno, soso, sin personalidad. Se entiende que la paz trae calma al espíritu, y en Jackson parece haber encontrado cierta paz, de ahí a ser un tipo sin gracia hay un largo trecho. En TLOU la historia la activan las mujeres, sólo que desde un lugar narrativamente burdo: todas están enojadas, resentidas, buscan la muerte de sus enemigos y no van más allá de eso. El conflicto interno de los personajes se redujo a cero, sus motivaciones son inverosímiles y caprichosas.

Cuando leí que la guionista principal de TLOU sería Halley Gross, colaboradora de la serie Westworld, temí lo peor. En Westworld los personajes femeninos están empoderados a la manera actual de Hollywood; actúan según un decálogo empresarial que dicta cómo debe ser una mujer empoderada y cómo debe ser un hombre moderno, o sea, deconstruido; los dos estereotipos abundan en la serie y en el juego, como Owen y Manny. La mujer en Westworld es reducida a ser una tirana vengativa e implacable, que de vez en cuando muestra amor o ternura por personajes cercanos y con eso ya nos debe convencer de que es humana y muy femenina. En TLOU 2 Abby es una de ellas y, por desgracia, Ellie también. Los hombres deconstruidos suelen ser comprensivos, tiernos, menos agresivos y respetuosos de la mujer, hijos/as, no hacen nada que no sea políticamente correcto, lo cual da para la sospecha. Manny, además, es un mexicano amable y comprensivo, otro punto demagógico. Al parecer ya pasó la época donde los retrataban como tipos brutales que se persignaban constantemente, tenían velas siempre encendidas en su casa y maltrataban a sus mujeres mientras cuidaban con esmero a los pura sangre del rancho. El problema con estos tópicos es que son un modelo político impuesto. Y, sin duda, la que sale peor parada es la mujer, porque al tener que ser la fuerte en oposición al hombre, que ya no puede ser ni tan malo ni tan dominador y termina siendo insulso (lo deconstruido no va más allá de anular la “hombría tóxica” frente a situaciones determinantes), cumple con todos los roles más despreciables de lo que se denomina patriarcado. Se llega a límites ridículos, en los cuales Abby debe ser una mujer musculosa y fuerte que se anda tocando los brazos como fisiculturista recién salida del gimnasio.

Al margen de esto (que no es poco), lo que falla de entrada es la premisa, que todo el motivo del juego sea una venganza cae en saco roto porque la venganza nunca evoluciona, nadie cambia por tanta muerte y cuentas pagas o impagas. Podría haber sido un punto de inicio, una excusa para luego desarrollar los personajes a través de una historia más creativa, pero no, los dejan en el mismo lugar y revuelven la misma sopa una y otra vez.

En el primer juego el arco narrativo estaba brillantemente manejado. La historia no residía en su originalidad, todo lo contrario, era una historia ya muy vista, su originalidad estaba en el manejo del conflicto de los personajes. En profundidad dramática, TLOU supera a cualquier película o serie contemporánea. Mucha gente no lo sabe simplemente porque no juega videojuegos.

En la parte 2 están más interesados en dar golpes de efecto y plagar la acción de violencia gratuita para disimular que no tenían realmente idea de hacia dónde ir. Incluso los territorios y sus personajes no tienen interés, ninguna propuesta propia. En el primero había un concepto para cada grupo y una idea de supervivencia. Bill, el solitario que tenía su propio pueblo y creía que si no tenía socios ni amigos viviría más. La soledad como seguridad personal. Los hunters eran depredadores o parásitos, depende cómo se los viera, que robaban y saqueaban a los viajeros en plan de pura subsistencia. Los caníbales, liderados por David, vivían en la bestialidad total pero bien organizados. Los militares de las ciudades (nunca se menciona un gobierno civil), controlan a la lumpen población como nazis a prisioneros de un gueto. No parece haber educación salvo la escuela militar; en síntesis, todo se reduce a la gobernabilidad más elemental, sin idea de futuro ni de progreso. El mundo de TLOU es sectario, no hay clases sociales definidas ni religión aparente. Los fireflies son la guerrilla contestaria que busca un cambio a todo eso, aunque con planes no muy claros. La excepción son Tommy, María y su gente; ellos vendrían a ser la contracara de todo lo anterior, es la parte de la sociedad que quiere reinventarse de forma comunitaria, solidaria, con una idea de prosperidad.

En TLOU 2 se olvidaron de estos acertados conceptos. Únicamente hay militares que desplazaron a FEDRA, y los Seraphites, religiosos fanáticos que no difieren en nada de la milicia salvo en sus creencias y en algún ritual “salvaje” de iniciación. La vida comunitaria de los dos grupos es de índole fascista, sólo útil a una básica cadena de producción. Y, en lo que hace al juego, aburrida al infinito.

No voy a hablar del gameplay y los logros técnicos, que son evidentes, mi interés es analizar la historia, pero está claro que un buen gameplay no ayuda si la historia no funciona. En la primera parte, a medida que avanzábamos entre los diversos territorios y sus grupos, Joel y Ellie crecían y enfrentaban sus miedos, sus ansias y, ahora sí, su amor. La parte del invierno, donde Ellie debe hacerse cargo de un Joel casi herido de muerte, genera una angustia en el jugador/espectador que lo hace involucrarse al punto de sentir lo mismo que sienten ellos dos. Incluso en las barbaridades que hace Joel para salvar a Ellie hay comprensión y empatía de nuestra parte. Todos tienen razón desde su punto de vista; la discusión entre Joel y Marlene al final del juego lo ilustra a la perfección. Los dos dicen verdades, cien por ciento, y eso genera una gran contradicción. Sin embargo, estamos con Joel.

En TLOU 2 las travesías se vuelven tediosas porque entre los personajes no hay crecimiento, ni siquiera entendimiento. Ellie, esté con Dina o Jesse, no cambia jamás. Abby, ni hablar, está más preocupada por sus músculos que por otra cosa. Su amor por Owen queda en una discusión de telenovela, la salvación forzada del joven Lev no es creíble ni tiene el peso dramático para que la acompañemos durante horas y horas en su rescate. En esta entrega faltó Bruce Straley, co-director de TLOU, y eso puede haber influido en las dilaciones en la acción y narrativa, pero no podemos saberlo con exactitud.

Por otro lado, tenemos un acercamiento a lo que el primer juego astutamente evitaba: la religión. ¿Y qué nos agrega? Los Seraphites son un grupo que parece salido de la torpe pluma de los guionistas de The Walking Dead, no del equipo experimentado de Naughty Dog. Lo peor es que se arrepienten a mitad camino y no se animan a criticar a la USA actual, repleta de sectas cristianas que se ubican más cerca del nazismo que de Dios. De hecho, los Seraphites adoran a una mujer desconocida, hecha santa por ellos mismos, jamás mencionan a Dios, a María ni a Cristo. Da la sensación que Naughty Dog no quiso herir susceptibilidades (en Bioshock, en el primero y en el Infinite, Ken Levine sí lo hizo y muchos trogloditas lo criticaron por meterse con la religión). También tenemos nuestro pequeño momento de adoctrinamiento/propaganda cuando Dina, al entrar a una sinagoga, le explica a Ellie animadamente sobre la religión judía cosa que, en comparación con la desquiciada religión que hay afuera, (la de los Seraphites), nos fuerza a sentir simpatía. Este tipo de recursos infantiles y gratuitos abundan en TLOU 2, a todo nivel.

Sin duda estoy haciendo una crítica lapidaria, pero la decepción es justa, el primer juego era genial y marcó una era, no estamos hablando de Call of Duty o Battlefield donde nadie espera ni siquiera un diálogo ingenioso dentro de una acción repetida al infinito, acá la expectativa era real y en Naughty Dog estaban plenamente concientes de eso. Su desafío era hacer una buena secuela y, huelga aclarar, no tenían ninguna obligación de hacerla. Para muchos/as TLOU será siempre primer juego. Leí muchas reseñas a nivel personal donde se imaginaban distintas historias y continuaciones para Joel y Ellie. Eso no quiere decir que haya que pedir a Change.org que junte firmas para rehacerla ni ninguna ridiculez por el estilo, sí quiere decir que la segunda parte no está a la altura, y que no reconocemos a ninguno de los personajes de la primera en ella.

Parecería que Naughty Dog está cayendo en cierta autocomplacencia o falta de ideas, se están volviendo muy solemnes y ambiciosos, muy concientes de sí mismos, a riesgo de perder la frescura y la espontaneidad (el Uncharted 4 también sufrió algo de esta grandilocuencia). Creo que somos varios/as los que extrañamos la dorada época en que los Uncharted salían cada dos años y entre medio salía un TLOU. Ojalá puedan volver a eso, no olvidamos los grandes momentos que pasamos con Nathan Drake en Shambala, y con Joel y Ellie en las tierras inhóspitas de un mundo sin, aparente y sólo aparente, salvación.



miércoles, 28 de octubre de 2020

 

SIGLO XXI: alucinación colectiva de millones de imbéciles que no se conocen entre sí pero que se necesitan para perpetrar una inexistente subjetividad basada en la falsa creencia de que son personas aunque carezcan de experiencias e incertidumbres que, mal que mal, es lo que define a una persona // Veinte años de ver muertos/as en vida que danzan sin música ni gracia al compás de la destrucción planetaria // Agonía que recién empieza.

lunes, 8 de junio de 2020


“El cine está más muerto que el rock and roll”.

(Le puse comillas a la frase para darle más seriedad, aunque el cine actual no la merece. El rock and roll no sé, hace rato que no me lo cruzo).

jueves, 23 de abril de 2020

DIA INTERNACIONAL DEL LIBRO

En plan de darle la vuelta al solemne Día del Libro hago una inmediata y no meditada lista de libros que no leí nunca sólo porque sospeché -con subjetiva y antojadiza certeza- que no me iban a gustar. ¿Los motivos? Porque fueron recomendaciones de gente que no respetaba, porque lo que escuché sobre el libro o sobre el autor/a me fastidió -entrevistas, comentarios, reseñas- y, en fin, todas esas cosas prejuiciosas y antisociales que sin embargo pueden ser acertadas y precisas.

Pongo algunos títulos y autores, no tengo preferidos ya que son muchísimos los que no leí, van los que se me ocurren ahora:

- Rayuela (J. Cortázar). Por lo que me contaron, había que leerlo como si fuera un libro de Elige tu Propia Aventura. Lo descarté enseguida.

- American Psycho (B. Easton Ellis) Un amigo me contó cómo enumeraba marcas, tarjetas de presentación, y hablaba de artistas pop como Whitney Houston y con eso me bastó para no leerlo.

- Cualquier libro de César Aira que no haya abandonado a las cinco páginas (digo, porque esos son los que leí)

- Los principales títulos del boom-bluff latinoamericano, integrado por los suertudos sobrevalorados de Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez y todos esos (y casi ningunas esas, eran puro macho).

- Finnegans Wake (J. Joyce) Todo mundo dice que es intraducible, complicadísimo de leer y les agradezco la aclaración para ni merodearlo.

- El Hombre sin atributos (R. Musil) Para no tener atributos, tiene demasiadas páginas.

- Hermann Hesse (todos sus libros) Mi adolescencia fue amarga pero lúcida y no necesitaba sentirme especial leyendo mamotretos condescendientes.

- La Guerra y la Paz (L. Tolstoi) Ese título tan soberbio -que pretende abarcarlo todo- y su excesivo tamaño me hicieron temer que podía quedar enfrascado en una interpretación excesiva de todo, de todos, de todas, de todes y nomás me cansé de mirar la tapa.

- Octavio Paz (casi todo lo que escribió). Nunca me llamó la atención ningún comentario suyo, ninguna opinión suya sobre la literatura y tampoco le noté agudeza ni personalidad. Su posición frente a la literatura, tan profesional, interesada y protocolar me repugna (dejo de lado lo político, ese es otro tema).

- La posición número 10 queda vacía porque debe ser alguien que tenía tan pocas ganas de leer que me olvidé hasta de su nombre y obra.

jueves, 27 de febrero de 2020

HARTO DE ESTAR HARTO DE TODO


Desde que concreté muchos de mis, digamos, sueños, la vida me la ha cobrado. O más bien, he pagado con creces. ¿A quién? ¿El qué? No sé, pero ha sido todo para nadie, todo por nada, sin ningún motivo. El castigo por el castigo mismo. Este mundo te aplasta con entusiasmo una vez que detecta que no necesitás la mierda que genera, las mentiras que vende, los falsos objetivos con que quiere hacerte bailar hasta que caigas muerto sin siquiera haber escuchado algún tipo de música. Quizá eso sea lo malo de madurar, que todo te parece cada vez más chiquito, más mezquino y, lo peor, de verdad lo peor, más asquerosamente repetitivo.

El otro día escuché a un tipo (mil veces los hemos escuchado) que hablaba del fin del mundo. ¡Cuánto candor! ¡Eso sí que es tener fe! El mundo no se termina nunca, ni cuando termine se va a haber acabado. No se lo dije para no arruinarle su nihilismo de peluche con moño azul pero debería haberlo hecho, y así devolverle uno de los tantos favores que me hacen a mí, cada día.


jueves, 13 de febrero de 2020


“Quedar bien con dios y con el diablo”: quedar bien sólo con el diablo porque si no, no andaríamos aclarando lo que nadie nos pidió aclarar.

miércoles, 5 de febrero de 2020


Multitasking: herramienta etérea mediante la cual ignorantes y necios/as son capaces de hacer varias cosas a la vez y todas mal. Debido al fundamentalismo religioso imperante en la actualidad (capitalismo), la multitasking está bien vista entre sus fieles, que creen en un inexistente paraíso de bienestar económico mientras concretan el verdadero infierno de estupidez y desocupación en la tierra.

sábado, 11 de enero de 2020


¿Por qué a las personas frustradas siempre nos dicen que tenemos poca tolerancia a la frustración?

viernes, 8 de noviembre de 2019

LO QUE DICTA EL CUORE...


Estoy harto de que me vengan con que haga lo que mi corazón dicta. Mi corazón dicta que no trabaje, que no soporte imbéciles, que sólo quiera a quien quiero querer (lo que deja afuera a casi todo mundo) y hasta ahora nada me salió bien. El único satisfecho es mi corazón.

viernes, 13 de septiembre de 2019

JOSE LUIS BOBADILLA

Sobremesa con el Boba en una visita que nos hizo en Buenos Aires. 2014.



Siempre me cuesta escribir sobre alguien cercano que muere. Incuso me cuesta decir que alguien “murió”, digo muere porque prefiero dejar a los que se fueron en eterno presente, para mí están vivos. No acepto a la muerte; sé que es natural, es parte de la vida y no la cuestiono, sólo que con ciertas personas la interpreto como una interrupción, molesta y trágica. También sé que muchas veces es uno el que atrae a la muerte, la llamamos sin que haya merodeado ni una vez nuestra puerta y eso no es responsabilidad de nadie más que nuestra. Pero eso no cambia nada, en el fondo. También sé que las palabras nunca sobran del todo para hablar de los buenos amigos que se fueron, y José Luis Bobadilla es uno de ellos.

Hablaré de lo que más recuerdo, o lo que más valoro de él (otros/as dirán otras cosas). Sentía a la narrativa y a la poesía como algo orgánico, en movimiento. No lo decía y no hacía falta, se percibía en su manera de referirse a la literatura, su gran pasión. Fue un gran lector, minucioso y a la vez expansivo. Cuando hablábamos de literatura la charla nunca desembocaba en análisis sesudos o impostados. Eso, que suena a cosa fácil, no lo es en absoluto y es muy difícil de encontrar entre escritores/as. No había profesionalismo en las discusiones y peleábamos a veces como verdaderos futboleros en defensa de tal o cual autor/a sin invalidar el gusto del otro. La idea era agregar algo sobre la gente que admirábamos, supongo.

A raíz de esta pasión es que abrió las puertas de su casa a escritores/as y editores/as, músicos/as, artistas plásticos; a tal punto que sus asados se volvieron famosos por la variedad y colorida fauna de locales y visitantes del arte. Gracias a que la música, las risas y el alcohol iban y venían nunca se volvió tedioso el ambiente. Fueron muchísimas las tardes, las noches, que caían sobre las mesas y las sobremesas sin hacer mella en las charlas y en las ganas de pasarla bien.

José Luis mantuvo -con total conciencia y dedicación- su casa abierta de manera constante. Recibía, alojaba y promovía a narradores y poetas. Uno podía conocer a un editor chileno, a una autora boliviana, a un poeta peruano y reencontrarse con amigos y amigas en un mismo asado y en un mismo día, lo que era como un pequeño milagro. Le gustaba la polémica y a propósito lanzaba la primera piedra discutiendo sobre tal o cual autor/a. Nunca se enojaba aunque le criticaran a sus favoritos. Otros, más infantiles, (como yo) nos calentábamos un rato para aflojar después y abandonar el enojo con una risa conciliadora. Más allá de su gusto por ser anfitrión creo que retomó esa práctica hoy casi perdida de reunir artistas (suena pomposa esa frase, la digo igual), presentarlos, darles un espacio propio. No encontré eso en Argentina y no volví a encontrarlo en México. Reconozco que soy un poco ermitaño, un poco tímido, pero justamente José Luis se cuidaba de invitar a ermitaños/as también, y eso nunca se lo voy a dejar de agradecer.

Por eso decía antes que su pasión por la literatura era genuina: no se limitaba únicamente a los textos sino a la gente, a los trabajadores de la palabra, de la edición, de la traducción, buscaba su presencia y la requería. O sea, buscaba lo vital en la literatura, su parte activa y latente.
Quizá señalar esta cualidad suya sea una de las mejores cosas que se puedan decir de un escritor, que además era un amigo verdadero y generoso.

Se te va a extrañar mucho y estoy seguro que vos lo sabías perfectamente, carajo.

Hasta siempre, José Luis.

lunes, 26 de agosto de 2019

TEORÍAS CONSPIRATIVAS...


Las teorías conspirativas son la forma que tienen los imbéciles de no tener que probar su ignorancia con hechos.

viernes, 23 de agosto de 2019

SÉ TU MISMO...


Al consejo: “Sé tú mismo” habría que agregarle: “si el mundo te deja”. Pero si le agregamos eso el sentido autoayudesco de la frase se evapora y no queda nadie vivo, salvo el mundo.

sábado, 22 de junio de 2019

AMOR AL ARTE


Mi literatura no la hago por amor al arte, la hago por necesidad y por amor a la literatura. Por amor al arte odio y desprecio a los imbéciles, a los estafadores, a los hipócritas, a los interesados, a los calumniadores. Y como todos tenemos algo de eso, me odio y desprecio a mí mismo. Pero sólo por amor al arte.

viernes, 31 de mayo de 2019

LA CUMPARSITA DEL QUINTETO REAL NO ES CUALQUIER CUMPARSITA...


Una vez charlaba con un heladero de profesión (hijo de los fundadores de la famosa heladería Scannapieco), sobre el origen de algunos sabores y de las heladerías de Buenos Aires, y el tipo, muy tranquilo y nada soberbio, me dijo si uno entra a una heladería que no conoce debe pedir vainilla, el sabor más clásico de todos. “Si hacen bien la vainilla tienen que hacer bien todos los otros sabores”.

No olvidé su comentario zen, y puedo asociarlo con otras artes -al margen del helado-, como la música. Todos conocemos el tango La Cumparsita, despreciado por muchos/as. Escuché a los integrantes de la orquesta Fernández Fierro decir que tocaban cualquier tango menos ese. Borges lo execraba.


Pero hay una versión de La Cumparsita del Quinteto Real, comandado por el genial Horacio Salgán, que es un verdadero desafío para todos los que la detestan. La da vuelta como un guante y con sus geniales músicos consigue una maravilla. (Escuchen esos solos de guitarra y de violín, por dió).
Se podría decir del Quinteto Real, y con razón, que si tocan bien La Cumparsita es porque tocan bien todos los otros tangos, como habría sentenciado aquel heladero.






martes, 16 de abril de 2019

EL ARTE CONTEMPORÁNEO Y SU PUREZA


No tengo nada personal contra el arte contemporáneo. Sé que es producto del neoliberalismo, que representa nuestra época (y la anterior, y quizá la anterior a esa, quién sabe cuántos años se viene arrastrando), y no voy a decir cosas como “eso lo hago yo” o “no diferencio la obra expuesta de la escoba y el tacho de basura del personal de limpieza del museo” ni ninguna de esas frases de ignorante. Lo único que le reclamo es que me tome de pelotudo de una manera tan alevosa y sin anestesia. Quizá eso le falte al arte contemporáneo, más anestesia. No es mucho pedir, creo yo. Esta foto de abajo de Ai Weiwei (o como se llame) imitando la muerte de aquel nenito sirio refugiado sí me conmueve, no tiene nada de oportunista, es arte puro. O es algo que no comprendo, pero sin duda es la obra de un auténtico hijo de la repureza.




viernes, 22 de marzo de 2019

SHOW INFANTIL Y PATETISMO ADULTO


Espectáculo infantil en el jardín de infantes. Los chicos/as, forzados a actuar, bailan y cantan. Se aburren y se divierten por igual. Los papis y las mamis se aburren y simulan divertirse al ver bailar a sus hijos/as, apelando más a la ternura que al goce estético. Un padre atrás mío se queja de que el show sea en inglés, que él no lo entiende.
-      - ¿Por qué no podían hacer la historia de Blancanieves y los tres ositos en castellano?
-      - ¿Qué Blancanieves? -Replica la mujer en voz baja, molesta.
-      - Ah, cierto, esa era Blancanieves y las siete camas.
La mujer ya no contesta. El padre corrige: enanos. A veces no es un problema idiomático sino cognitivo. Lo pienso pero no se lo digo. Como siempre, los papis y las mamis son el problema de base. Tampoco se lo digo. Después de todo, yo también soy papi.

viernes, 19 de octubre de 2018

BOLUDECES MATERIALISTAS


El detector de mentiras o la medición del coeficiente (o cociente) intelectual son anticuados inventos positivistas valorados sólo por sociedades donde ni la verdad ni la inteligencia tienen valor real. Se mide la nada para encontrar un todo y, por desgracia, el todo siempre está hueco.

lunes, 6 de agosto de 2018

LA IMPOSIBILIDAD DE TOCAR INSTRUMENTOS


Siempre amé la música y siempre fui un desastre para los instrumentos. Después de un año de estudiar sólo pude tocar unos pocos acordes de 4´33”, de John Cage, y solamente la parte conceptual, la musical, por desgracia, nunca pude.

sábado, 4 de agosto de 2018

DIEZ AÑOS.


Este blog cumplió diez años, lo abrí en julio de 2008. En aquel entonces ya me advertían que iba de salida. Como ocurre en la picadora de carne de internet, que algo deje de tener popularidad no tiene nada que ver con que carezca de valor o de posibilidades. En estos años subí novelas, cuentos, comics, crónicas y notas de todo tipo.

El blog significaba relacionarse con otros desde un hacer, por más ramplón que fuera. Hoy los blogs están muertos, aseguran. Pero igual siguen ahí, o sea que hacen mejor de barcos encallados con la bodega intacta que de cadáveres en descomposición.

Vengo a dejar unas palabras en tono de gris homenaje, con la certeza de no ser leído. Es entrar a un teatro vacío y gritar para ver si hay eco. En un punto es agradable aunque sea triste, no esperar respuestas ayuda a dialogar con uno mismo.

Fb y tw nos enseñaron a exigir reacciones inmediatas de los demás que sólo nos importan si nos acarician nuestro ego exitista y degradado. Fingen comunicación cuando la comunicación es nula. Triste farsa, que por ser una realidad no es una verdad.

El blog intentó hacer lo suyo, qué duda cabe. Nunca pensé que algo generado por el mundo virtual podía generar nostalgia. Al dejar este breve texto por acá, compruebo que sí. Es un aprendizaje.

lunes, 15 de enero de 2018

PARA TODAS LAS MADRES DEL MUNDO

(Nota publicada originalmente en La Jornada Semanal)

Ignaz Philipp Semmelweis


Semmelweis, la tesis de medicina de Louis-Ferdinand Céline, fue publicada por primera vez en 1924. Llama la atención que no cumple con ninguna exigencia académica ni científica y que describe la singularidad de un espíritu maldito con una prosa descaradamente literaria. Sin duda que Philippe Ignace Semmelweis califica como maldito: fue intenso, genial, caprichoso, rebosante de vida, dolor y muerte (a la que, como doctor, persiguió con tenacidad mientras que como hombre la ignoró y se dejó llevar por ella antes de tiempo). Céline lo narra como un personaje romántico de la literatura del siglo diecinueve, evade el aburrido estilo de las tesis clásicas y logra un texto inspirado y emotivo. Podemos imaginar a sus tutores recibiéndolo ¿con perplejidad, con gusto? No sabemos qué ocurrió pero más que la bienvenida al mundo de la medicina se la deberían haber dado al universo de la literatura.

Semmelweis descubrió que la fiebre puerperal en las parturientas podía evitarse casi por completo si los médicos se aplicaban una efectiva lavada de manos antes de atender un parto (solían diseccionar cadáveres y luego pasar directo a maternidad sin siquiera limpiarse en el delantal). Las cifras de mortandad de las madres en hospitales eran devastadoras. Semmelweis probó que su teoría era correcta y que con una asepsia básica se salvarían muchísimas vidas. Y sí, suena simple, hasta fácil, pero sus colegas (salvo unos pocos defensores incondicionales) lo rechazaron con furia. El resultado estaba a la vista y nadie quiso verlo. La tragedia de Semmelweis fue, en pocas palabras, tener que lidiar con la desidia y el egoísmo de sus pares, a tal punto que esa batalla imposible lo llevaría a la muerte. Como pasa con muchos genios de la historia, ganó la guerra cuando todos, genio y enemigos por igual, ya estaban muertos.

La exaltación que hace Céline del desdichado médico húngaro funciona como una diatriba contra la estupidez humana y, quizá por única vez en sus textos, a favor de su inventiva y generosidad. Semmelweis vendría a representar lo mejor de nosotros: las ansias de aprender, de ayudar, de llegar a un absoluto que no nos condene ni nos destruya. Céline elogia menos la investigación que el talento, deja de lado a la academia y alaba a la calle y a la infancia como fuente de sabiduría: “… (A Philippe) no le gustaba la escuela, una aversión que tenía desesperado a su padre. Amaba la calle. Más aún que nosotros, los niños tienen una vida superficial y profunda. Su vida superficial es muy simple, se resuelve en unas cuantas disciplinas, pero la vida profunda de cualquier niño es la difícil armonía de un mundo que se crea. El niño debe introducir en este mundo, día tras día, todas las tristezas y todas las bellezas de la Tierra. Tal es el inmenso trabajo de su vida interior. ¿Qué pueden hacer los maestros y su saber por esta gestación espiritual, por este segundo nacimiento, donde todo es misterio? Prácticamente nada. El ser que llega a la conciencia tiene por maestro principal al Azar. El Azar es la calle. La calle diversa y múltiple hasta el infinito en verdades, más simple que los libros. ¿Qué se hace en la calle, por lo general? Se sueña. Se sueña en cosas más o menos precisas, se deja uno llevar por sus ambiciones, por sus rencores, por su pasado. Es uno de los lugares más reflexivos de nuestra época, es nuestro santuario moderno, la Calle.”

La obsesión de Semmelweis por saber qué era lo que mataba a las parturientas luego de dar a luz se confunde, por momentos, con la búsqueda de una verdad poética. Las madres fallecidas le taladraban la conciencia como almas en pena. Los necios y envidiosos médicos del hospital de Viena no avalaron su hallazgo sólo por no reconocer que estaban equivocados. Semmelweis los atacó con todas sus fuerzas, acusándolos de hipócritas y asesinos. “Quería hacerlos pedazos. No se hace pedazos a nadie. Quiso echar abajo todas las puertas que se rebelaron contra él, y se hizo crueles heridas.” apunta Céline. Cargar con la verdad es como cargar con la muerte. Sólo el futuro lavará los prejuicios y recién ahí bebés y madres serán salvados, pero hoy no, hoy todos deben morir, parece entender, de la peor manera, Semmelweis. Él descubrió cómo preservar la vida, el mayor homenaje que un idealista puede hacerle a la humanidad.
A su vez, Céline -y acá es donde los dos chocan, se hacen uno y nos llevan a la inevitable comparación- encontrará la forma de renovar la literatura del siglo veinte. Cuando Semmelweis se suicida, cortándose con un escalpelo y metiendo el brazo herido en el tejido de un cadáver para infectarse a sí mismo[1], se cierra el personaje romántico y se abre un interrogante estético en Céline que, años después, cuando publique Viaje al Fin de la Noche, lo llevará a cuestionar la literatura de su época, tal cual el húngaro lo hizo con la medicina. Céline se identifica con Semmelweis más como artista que como científico.

Si Semmelweis descubrió lo que significaba meter las manos en un cadáver descompuesto antes de asistir a un parto, Celine descubrió lo que significaba meter las manos en la literatura anquilosada de su tiempo: nada menos que toparse con una infección de libros y autores que ya no tenían vigencia literaria y que curó con una literatura ruidosamente viva y revolucionaria. Claro que, al igual que Semmelweis, lo terminaría pagando caro en vida y en carne propia. Pero acaso no sea ese, siempre, el costo que paga un verdadero revolucionario.






[1] Hoy se considera una leyenda esta forma de suicidio de Semmelweis, pero la aceptada no es menos terrible: fue internado por loco en un psiquiátrico y al querer escapar fue golpeado salvajemente por los guardias, lo que le causó la muerte.

domingo, 12 de noviembre de 2017

“… COMO OTRO PIOJOSO SER HUMANO”

(Nota publicada originalmente en La Jornada Semanal)



En abril pasado se cumplieron cuarenta años de la muerte del escritor norteamericano Jim Thompson (1906-1977), ícono de la novela negra. Ya no digamos homenajes, casi no tuvo ni una necrológica. Aprovechamos este espacio para recordarlo.

Hay autores malditos que disfrutan la maldición que cayó sobre ellos (si les brinda fama y regalías, me refiero) y otros que no la disfrutan en absoluto y terminan igual de ignotos que cuando empezaron. Estos últimos son los verdaderos malditos. Claro que esta etiqueta no significa absolutamente nada a nivel literario, pero vale la pena distinguir a los parias de los legitimados. Jim Thompson fue, y es, un paria en la literatura. Puede que esto no sea tan injusto como parece porque sus personajes, en mayor o menor medida, son parias. Y están malditos, sí, pero de soledad, furia y resentimiento.

Thompson vivió a pleno el siglo veinte. Ejerció mil oficios, caminó, viajó, y aprendió del sur profundo de E.U., (Oklahoma, donde había nacido, luego en Arkansas y Texas). Fue vagabundo, obrero en pozos petroleros, empleado en hoteles con clientes mafiosos a los que proveía de drogas, alcohol y prostitutas, actor cómico, periodista y muchas cosas más. Adhirió al partido comunista. Su marxismo fue terrenal, humanista, se generó en esos estados retrógrados donde el autor vivió varios años y fue testigo de la explotación de los trabajadores. Él mismo diría que leer a Marx en los campos petrolíferos fue “el momento de inflexión en su vida y su primera educación de verdad”. Llegó al filósofo alemán de la mano de -nada menos- Harry McClintock, “Haywire Mac”, cantor mítico del folk y compañero de ruta de Thompson.

En algún momento le contó a uno de sus agentes literarios que su idea del infierno “era matar lo que uno más ama para poder sobrevivir”. Esa idea marcó su vida literaria. Los trabajos demandantes que tuvo que ejercer no le dejaban tiempo suficiente para escribir y arruinaron su salud desde muy joven. Se dice que la experiencia de haber ejercido innumerables oficios y conocido a tanta gente loca y exuberante fue la semilla que hizo de Thompson un escritor tan particular. Es cierto, pero no emprendió ese dificultoso camino sólo para encontrar inspiración, más bien no tuvo alternativa, debía mantener a su familia, la de origen y la que creó, o sea padres, hermanas, esposa e hijos. Tomó la escritura como lo más importante en su vida y nunca pudo dedicarle sus mejores horas. Esto es común en muchos escritores, pero en el caso de Thompson aceleró la carrera contra el reloj y su propia frustración personal, que no cejó hasta su muerte, de la cual en abril pasado se cumplieron cuarenta años.

En vida, Thompson sufrió la imposibilidad de tener un lugar validado como escritor. A la vez, quién sabe, intuía que es imposible pertenecer a ningún lugar y que ese mítico remanso donde uno acaba siendo lo que siempre deseó ser es una ilusión. No inventó nada para sus personajes que él no hubiera experimentado, salvo el asesinato, la mentira y la corrupción. Eso sí puede inventarse y es lo que hacen todos los autores de novela negra, en cambio la angustia no, es intransferible, el que no la padece no la puede imaginar. Justamente, la angustia de los personajes de Thompson es tan desbordada que casi supera la de todos los maestros del género, y también los de la literatura “con mayúsculas”. La desesperación mancha más que la sangre.

DE LA LITERATURA SOCIAL A LA NOVELA (MÁS) NEGRA

Hay que destacar que escribir novela negra no era su deseo inicial. Quería hablar de lo que se padecía en las calles o, para ser más precisos, en los polvorientos caminos del sur norteamericano, al estilo de Caldwell o Faulkner; narrar a los lúmpenes, a los “hobos”, personajes que cargaban las injusticias a cuestas, que merecían ser retratados con poesía vindicativa. En esos primeros textos Thompson no logró decir con tanta fuerza lo que sentía ni lo que había padecido en carne propia. La literatura proletaria o social no le alcanzó y sin duda no lo inspiró, posiblemente por sus propias limitaciones estéticas. Rechazó entonces lo que se consideraba la vanguardia de la izquierda neoyorquina. Llegó a declarar frente a un grupo de amigos: “¡Basta de mierda esotérica! Quiero escribir libros  sobre la manera en que de verdad vive la gente. A partir de ahora escribiré sobre la vida tal cual es. ¡Les voy a enseñar a esos hijos de puta!” Según un conocido suyo, tenía la perspectiva de un anarquista, no de un marxista.

Todavía no podía adivinar que sería la novela negra, con sus convenciones y sus leyes establecidas, la que le permitiría volar todo por los aires. Ahí demostró que lo social siempre es humano, no sólo ideológico, que la locura es individual y también de todos. El género lo ayudó a decir más y mejor, de manera incorrecta y explosiva. La venalidad de las personas, según Thompson, está potenciada por una sociedad consumista, necia y criminal, nadie escapa a sus garras. Lo que está de manifiesto en todas sus novelas es un gran dolor personal, una especie de autoconciencia del canalla que se sabe canalla y que sabe que los demás también lo son porque avalan las normas de este mundo egoísta y degradado. Después de asumir esto, no queda mucho por disfrutar.
Lo dice Nick Corey, el delirante comisario de 1280 almas: “… Niñas indefensas que gritaban cuando sus propios padres se metían en la cama con ellas. Hombres que maltrataban a sus mujeres, mujeres que suplicaban piedad. Niños que se meaban en la cama de miedo y angustia, y madres que los castigaban dándoles a co­mer pimienta roja. Caras ojerosas, pálidas a causa de los parásitos intestinales, manchadas a causa del escorbuto. El hambre, la insatisfacción continua, las deudas que traen siempre los plazos. El cómo-comeremos, el cómo-dormiremos, el cómo-nos-taparemos-el-roñoso-culo. El tipo de ideas que persiguen y acosan cuando no se tiene más que eso y cuando se está mucho mejor muerto. Porque es el vacío el que piensa, y uno se encuentra ya muerto interiormente; y lo único que se hace es propagar el hedor y el hastío, las lágrimas, los gemidos, la tortura, el ham­bre, la vergüenza de la propia mortalidad. El propio vacío. Me estremecí y pensé en lo maravilloso que había sido nuestro Creador al crear algo tan repugnante y nauseabundo, tanto que cuando se comparaba con un asesinato éste resultaba mucho mejor. Sí, de verdad había sido una obra magna la Suya, magnífica y misericorde.”



EL CRIMEN NO LO COMETE UNA PERSONA, LO COMETE LA SOCIEDAD.

Sus personajes no lloran por lo que se han convertido aunque sospechan que, con un poco de suerte, podrían haber sido diferentes. Thompson nunca se rebaja a juzgarlos ni a ponerlos del lado de los malos. No cree en el mal extraído en una probeta de laboratorio, tampoco en el enigma ni en el detective, que a la fuerza confronta al crimen y trata de separarse de él. El peor crimen para este autor es la sociedad en la que vivimos, recién después surgen los criminales. Las tramas suelen armarse a partir de los desastres que sus protagonistas van creando a lo largo del camino, a conciencia. Si Lou Ford (El Asesino dentro de mí), Nick Corey, Clinton Brown (Asesino Burlón) o Dolly Dillon (Una mujer endemoniada) se hubieran quedado medianamente tranquilos no se hubiera derramado una gota de sangre. El crimen, que ellos promueven y ejecutan, es efecto de su desesperanza, a tal punto que se crean trampas a sí mismos de las cuales no podrán escapar. No les importa, son verdaderos nihilistas, rechazan darse el lugar de cínico ganador que avanza y se perpetúa para salirse con la suya. Saben bien que no hay adónde ir.


Para decirlo en una palabra, Thompson es un moralista con los nervios destrozados, y su empatía va con los que no tienen salvación. El fiel lector de sus novelas asiste a la fiesta del desastre y comparte su violencia y amargura. Y para ese lector, este semi-olvidado autor sureño se vuelve una especie de hermano mayor, comprensivo, terrible, sin padre al cual aferrarse, que nos comparte su viaje hacia la nada. A eso se refiere Lou Ford, su humanísimo psicópata deshumanizado, mientras enfrenta a un grupo de policías armados, ansiosos por llenarlo de balazos. “… a no ser que la gente como nosotros tenga otra oportunidad en el otro mundo. Nosotros, la gente como nosotros, que debutamos en la vida con una tara irremediable, que deseábamos tanto y habíamos obtenido tan poco, que con tan buenas intenciones acabamos tan mal...”.