lunes, 8 de julio de 2013

PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN… ¿O SI?






Un sábado a la noche, hace un par de años, me reuní con un grupo de amigos para ver una pelea de box muy esperada. Vinieron algunos invitados extras, compañeros de trabajo de alguien. Uno de ellos, tipo formal, controlador de su aspecto y maneras aunque no de su cerebro y boca, se puso a criticar al boxeo desde el vamos como un asunto de brutos y un comercio entre personas (sic). Entre risas, lo mandamos a callar pero se cebó, y eso que el combate principal ni siquiera había empezado. Un rato después, terminadas las peleas de fondo que, seamos sinceros, uno ve de reojo y como mero precalentamiento, la pelea arrancó intensa, implacable, y así siguió, arreciando en cada round. Por desgracia, las críticas del amigo desconocido arreciaban peor. Iban y venían guantazos y diatribas a la par. A los que sí queríamos ver la pelea nos dolían los dos por igual, creo que peor las diatribas.

En un momento le dijimos que se fuera si tanto le molestaba el boxeo. Pero el amigo desconocido, como si se quedara para hacer un llamado a la moral, sentenció que los que veían peleas eran pasivos agresivos, y que los infelices que se mataban arriba del ring eran engañados por sus managers, que se aprovechaban de la pobreza de sus orígenes. Le pregunté si tenía alguna frase original para criticar al boxeo o sólo recurriría a lugares comunes. El chabón, incólume, afirmó que lo que decía era cierto. Le conté que los boxeadores que estaba viendo habían trabajado toda su vida en gimnasios y aprendido el box como un artista aprende su oficio. Fui demasiado fino, al parecer, porque se me rio en la cara al comparar un artista con un boxeador. Le dije, para buscar la veta de la plata, a ver si lo conmovía con eso, que cada uno se llevaba una bolsa de muchos millones. El tipo puso cara de indignado y dijo que “el comercio no tiene límites”. Otro amigo lo miró con ganas de ejercer el comercio de piñazos en su cara pero lo frenamos, tampoco era cuestión de quedar como trogloditas frente a un ser tan elevado.

Lo que más me hizo ruido era que este tipo era un oficinista de toda la vida; viajaba cada mañana hacinándose en el tren desde la provincia hasta un edificio en el microcentro porteño, y pasaba todo su día en un cuarto lleno de papeles y archivos virtuales, movido por órdenes e intereses de otros. Ahorraba de a peso y soñaba poder, algún día, ascender a otro cuarto, más grande, con más archivos virtuales y mejor sueldo. Pasarían los años y él seguiría resolviendo problemas de otros sin dar nunca nada personal (si tenía algo personal para dar es otro asunto). Su único miedo era que lo echaran alguna vez por recorte de personal, lo demás no importaba, y lo demás era la vida entera. Ese mismo tipo acusaba de manipulados a los boxeadores.

Al margen de este espécimen, común y abundante en la fauna laboral, las frases remanidas sobre el boxeo persisten. Es lógico que a mucha gente no le guste, pero los prejuicios son otra cosa. Se dice que los boxeadores son efecto de la pobreza y la necesidad, nunca efecto del talento o de una legítima capacidad deportiva. Los “golpes de la vida” los llevan al ring y después, irremediablemente, los hacen caer. Si es así, qué suerte para los pobres, significa que la vida los puede despertar. En cambio, un empleado administrativo clase media nunca será boxeador en la arena de su propia existencia. Tiene la mala suerte de que los golpes, tanto o más letales que los que reciben los pobres, se los dan en dosis bien disimuladas. Le hacen tragar diez onzas cargadas de moralinas, engaños y falsos estímulos de crecimiento, y tan bien disimuladas están que se tragan el nocaut entero sin que le tiemblen las piernas.

Lo que sí se podría decir, sin criticar la esencia del boxeo pero siendo realistas, es lo que sabiamente me comentó un día un boxeador mexicano, veterano recio y oriundo de Tepito, barrio clásico de boxeadores, que hasta participaba de peleas clandestinas sin guantes, en donde todos dejaban su cara y sangre en el cemento (no había ring, nomás una esquina de calle); él, que amaba el boxeo con todo su cuerpo y alma, me dijo: “el boxeo no es deporte, es circo. Un deporte no se puede basar en lastimar al otro”.
Y de paso, para no hacer quedar tan mal al humanista que nos arruinó la pelea aquel sábado, ya que en el fondo creía estar haciéndonos un bien, me enteré por uno de mis amigos que hace poco se casó por iglesia, hizo un festejo en Castelar, compró un auto usado y su esposa acaba de tener un hijo.

sábado, 15 de junio de 2013

CHACARITA Y LA INUTILIDAD



Foto de Adri T



Tengo la costumbre, más nostálgica que morbosa, de visitar el cementerio de Chacarita cada vez que viajo a Buenos Aires. Suena a romanticismo medio rancio, pero la verdad es que voy porque tengo ganas. Hago mi peregrinaje al mausoleo de los tangueros (donde hay algunos tangueros, no todos), y después doy vueltas al azar. Estos músicos tuvieron la suerte de que les erigieran estatuas representativas y así generan atractivo. Pugliese toca su endurecido piano siempre con flores frescas entre sus dedos. Troilo su bandoneón, también con rosas entrelazadas.

El otro día decidí buscar las tumbas de los tangueros que no están en el círculo figurativo. No es fácil, el lugar es enorme y buscar con la mirada es como eso de la aguja en el pajar. De esta forma sólo encontré, hace años, alejada y entre pasillos, la de Celedonio Flores, que tiene su imagen en relieve. Y la de Alfredo Le Pera, perdida en una calle principal, muy lejos de la de Gardel, que está tan repleta de placas que no tiene espacio para ninguna más; igual la gente insiste. La estatua de El Zorzal Criollo padece flores de todo tipo y cada día le ponen dos o tres cigarrillos en su boca rígida y sonriente. Con todo, está solo en una esquina.

Quise dar con las tumbas de Discépolo y de Manzi, que según dicen están en Chacarita, en algún lugar. Para no buscar al voleo me animé a entrar donde nunca había entrado, en la administración. Una mujer, que cortaba una pera de espaldas al mostrador, me dijo que preguntara en otra parte. Fui a esa otra parte y me dijeron que preguntara en archivos. En archivos me dijeron que preguntara a los capataces, que “son los que saben” y que estaban en el edificio de al lado, un lugar semi abandonado, sin luz y bastante frío. Entrar a un sepulcro y a ese edificio debe ser casi lo mismo. Me costó encontrar a alguien, los cuartos que se veían de reojo estaban a oscuras y no parecían ser la oficina de nadie. Un hombre, supongo que un capataz, bajó por una escalera y sin detenerse comentó que no tenía idea de dónde estaban esas tumbas, ni siquiera sabía donde estaba el círculo de tangueros, que yo acababa de visitar y que es bastante famoso. Pregunté a otro capataz y me dijo que quizá estaban en el panteón de Sadaic, uno gris. Eso es igual a buscar un árbol puntual en un bosque y que te digan que tiene tronco marrón y hojas verdes. Lo busqué y no estaba donde me indicó. Un rato después lo encontré en la dirección contraria, cerrado. Músicos dedicados a la vida pública ahora estaban privatizados en un mausoleo con cadena.

Resignado y de buen ánimo seguí dando vueltas al azar. La mayoría de las tumbas se veían abandonadas, con ventanas de vidrios rotos, rejas despintadas o dobladas, con el mármol y cemento partido. Es muy poca la gente que de verdad las visita. Para una persona religiosa los muertos están en otro lado, más luminoso. Para los no creyentes están en otro lado, sospechoso de luz y tinieblas al mismo tiempo, pero para casi nadie están realmente en el cementerio.

En mi yirar di con una bóveda adornada con una notoria estatua, un inspector general de la policía. Alababan en unas placas que el tipo hubiera inventado el prontuario, la cédula de identidad y demás persecuciones por escrito. Ese tipo, pensé, sí merecía estar ahí, había dedicado su energía vital para dejar constancia del paso de la gente por este mundo. Gente indeseable según él, pero gente al fin. Todo constaba en sus archivos. De hecho, el personaje de la estatua está leyendo algo, un libro, un cuaderno, quizá un prontuario. Otra placa, sin duda encargada por sus colegas, elogiaba al inspector y medio amenazadoramente estaba firmada por “sus verdaderos amigos”.
Pasé por una tumba ya conocida y muy vistosa, la de Jorge Newbery, aviador y científico argentino, pionero y audaz. Murió mientras preparaba el que sería el primer cruce aéreo sobre los Andes. Su estatua es un hombre alado, muerto entre altos picos, rodeado de cóndores que lo miran como a un par. Lo que tiene de cursi lo tiene de emotivo.

Volví a las zonas desconocidas, de nuevo en busca de los dos grandes poetas del tango y no los encontré, nomás di con criptas abandonadas, sin mantenimiento. En algunas, antiquísimas, hasta el nombre estaba borrado. O sea, eran muertos que ya nadie recuerda; o sea, las criptas no tenían nada adentro, técnicamente hablando. La placa de una bóveda de los años veinte anunciaba, en un aullido de reclamo y con signos de admiración: ¡Se fueron todos!

Pegué la vuelta y salí a la calle, dándoles la razón a los administrativos y capataces. Ellos no sabían donde estaban esas tumbas, o quizá sí, lo importante era que estaban concientes que saberlo no cambiaba nada. En vez de explicármelo no me dieron bola. Hicieron bien, yo no lo hubiera captado de inmediato. Su negativa no era aburrimiento o desidia sino una aceptación profunda de que el cementerio, como concepto, es fallido. En teoría, existe para homenajear la memoria; en realidad, celebra el olvido. Mediante la descomposición (de la materia más que la de los cuerpos), remarca el paso del tiempo, que fluye a contramano de las vidas que transitan la tierra; vidas breves, extensas, valiosas, insípidas pero que, quieran o no, construyen una memoria cultural y social, no una fija y crepuscular como la de estas ciudades para osamentas.

Por eso las tumbas destruidas y las flores resecas, esos son los verdaderos epitafios de los muertos. Y los únicos moradores de las chacaritas del mundo son los visitantes, como yo.


domingo, 19 de mayo de 2013

VAL LEWTON, UN PRODUCTOR CINEMATOGRÁFICO COMO HUBO Y HABRÁ POCOS…




Revisando entre papeles viejos y amarillentos encontré esta nota, que nunca fue publicada (se la propuse al editor de una revista que muy amablemente me dijo ni). Bueno, exagero, no eran papeles amarillentos, era un archivo de Word, y se veía igual de reluciente que un archivo nuevo. ¡Qué poco dramatismo tienen las computadoras, que falta de estética! Lo cierto que es que no la publicaron, eso sí.

Acá va entera, para los que no conozcan a este gran talento del cine…





Hace unos años celebramos, y seguimos celebrando, que se hayan editado todas las películas de terror que Val Lewton produjo para los estudios RKO de 1942 a 1946. Como hoy casi no se consiguen dejamos de celebrar, así que les recomiendo a los que puedan echar mano del pack de pelis en DVD que lo hagan ahora mismo, o que las bajen de internet antes que nuevamente pasen al olvido.
Algunas de esas películas ya son legendarias (Cat People, I Walked with a Zombie, The Seventh Victim); verlas todas juntas causa un placer aún mayor que por separado, contando además con que a la edición le adosaron un documental que relata la vida de Lewton, su visión y su talento. Es decir, le hacen justicia.

Quizá sea la primera vez que se homenajea tanto a un productor en vez de a un director, y en este caso resulta un acto reivindicativo, ya que Val Lewton modernizó el género de terror como pocos en la historia del cine. Y lo hizo a través de filmes de bajo presupuesto, presionado por la necesidad de los directivos del estudio RKO de salir de la bancarrota en la que el tan genial como quilombero Orson Welles los había dejado, luego de sus dos primeras películas (Citizen Kane, The Magnificent Ambersons), y luego de haber prácticamente reinventado el cine, claro está.

Lewton, hombre sensible y culto a la manera clásica europea, reunió un equipo de colaboradores de primer nivel (directores, guionistas, fotógrafos) y supervisó todos sus filmes para RKO, escribiendo o colaborando en la escritura de cada guión. Había algo en él que lo alejaba del ego gigantesco y nocivo del productor típico de Hollywood: primero su humildad, dando crédito de más a su gente o restándoselo él, y segundo siendo genuinamente creativo, lo que ocurre con pocos productores en este mundo -y directores, seamos sinceros-, por más hábiles que sean para conseguir dinero o para intuir “qué es lo que el público necesita”.

Digamos que el caso de Lewton resume lo mejor del Hollywood dorado, que siempre fue imaginativo y audaz. Cat People, dirigida por Jacques Tourneur, el mejor de los directores apadrinados por Lewton, aunque sin desmerecer a otros de la talla de Robert Wise y también Mark Robson, es la primera película de la serie y el resultado es memorable. Mientras los ejecutivos respiraban tranquilos luego de su éxito comercial, los espectadores de la época -y los de las épocas por venir, aunque todavía no lo supieran- sonreían agradecidos al toparse con un filme tan innovador y sugestivo. Digamos para resumir que el uso de la luz como herramienta de suspenso, los símbolos que sutilmente salpican la película, y el claro concepto de sugerir en vez de mostrar hicieron de Cat People  un modelo a seguir para las generaciones futuras. Tiene un par de escenas ya clásicas: la persecución de una mujer por la pantera en la pileta/alberca, donde no se ven más que luces y sombras reflejadas por el agua, y después en la calle, bajo los duros faroles. Son un ejemplo catedrático de cómo proponer una escena de horror sin efectos, únicamente con elementos visuales. Y la idea de que Irena, la protagonista, crea que si tiene sexo con el hombre que ama se volverá pantera y lo matará es de por sí erótico en la manera más freudiana y oscura posible. Todavía hoy uno escucha la frase “mostrar poco y sugerir más” como un punto fundamental a tener en cuenta en éste género. Y es cierto.

Aunque vale la pena ver todos los filmes producidos por Lewton, algunos son imperdibles: I Walked with a Zombie es una rara historia ambientada en el caribe, donde la esclavitud y el vudú se unen en extraña simbiosis con un romanticismo que hace actuar a los personajes de forma ambigua, dudosa y letal. El zombi llamado “Carrefour”, que deambula con los ojos muy abiertos por bosques plagados de idolitos paganos, resulta verdaderamente aterrador, y el paseo nocturno que hace la protagonista para buscar la cura de su paciente hasta desembocar en un inquietante ritual es un punto muy alto de puesta en escena cinematográfica. Es precisamente el tipo de propuestas estéticas que Lewton y Tourneur desarrollaron con maestría.
El mítico Boris Karloff, legendario monstruo del Frankenstein de los años treinta, actúa en tres películas de este ciclo. Aparece en Bedlam, Isle of the Dead, y en The Body Snatcher, que en apariencia parece querer mostrarnos el horror de los ladrones de cadáveres cuando en realidad nos habla de la ética en la ciencia. Nada menos.

También, si quieren ver uno de estos filmes con sobrina/os o hija/os (o solos, si recuerdan con suficiente honestidad las virtudes de la infancia), está la supuesta segunda parte de Cat people, The Curse of the Cat People[1], delicioso cuento de hadas que capta perfectamente la situación idílica de una niña que vive en la fantasía y que evita el contacto con el mundo real. La protagonista, Amy -la pequeña actriz Ann Carter resultó inolvidable en su papel-, vive con personajes imaginarios que quizá no lo sean tanto, mientras que sus padres creen que sufre algún tipo de trastorno (estamos en un pueblito yanqui de los cuarentas, en el cual las teorías de Freud no parecen haber llegado en el último tren de la tarde). A través de una vecina misteriosa y extravagante, Amy desemboca en un mundo onírico que terminamos disfrutando tanto como ella. Esta auténtica película clase B, que carece de alardes y pretensiones, alcanza un maravilloso sentido de la fábula.

Hay que destacar la capacidad de síntesis de Lewton. A pesar de que por indicaciones del estudio ninguno de los títulos debía superar los 77 minutos, nunca necesitó ir más allá. De hecho algunos son más cortos, otra prueba de que no hace falta engendrar cintas amorfas de tres horas para contar una historia (como ocurre con tantos bodrios actuales, los de Peter Jackson por ejemplo, bodoques de acción que duran toda una vida y ni siquiera así consiguen desarrollar personajes que trasciendan el cartón con el que fueron hechos).
Recomiendo ver estas películas en maratón, cosa de disfrutarlas con la gula que merecen, y para aprender cómo hacer cosas buenas sin mucha plata y sin necesidad de ser genial, algo que sirve para cualquier emprendimiento creativo en esta vida.


[1] Un detalle que remarca todavía más el ingenio de Lewton: el productor que estaba por arriba suyo le “dictaba” los títulos de las películas antes de que él tuviera armado un guión, incluso una idea previa. Le decía cualquier frase que sonara comercial y lo dejaba arreglárselas solo. Con nada más que eso, Lewton “rellenaba” los títulos con el argumento que le pareciera. Por eso The Curse… no tiene nada que ver con la primera, salvo con que se repiten algunos personajes. Es notorio que Lewton no haya querido repetirse en obvias secuelas como hizo la Universal con sus famosos monstruos: Drácula, El Hombre Lobo, Frankenstein.