domingo, 27 de abril de 2014

LA MUERTE Y SU DRAMATISMO




Es un poco solemne esta entrada, es cierto. Pasó que hace el otro día hablábamos con un amigo del trabajo y del espanto que implica trabajar, y nos dimos cuenta que cuando éramos jóvenes -o más jóvenes que ahora, no quiero sepultarme todavía- hablábamos constantemente del amor y de la muerte, jamás del trabajo. No entendíamos nada ni de una cosa ni de otra, claro. Hoy, veinte años después, seguimos sin entender, por eso hablamos del trabajo, cosa horrible que por desgracia cualquiera entiende. Eso es la madurez, me dicen (me dicen los que trabajan, los otros me miran sin decir nada).


(1)  Para los amigos mexicanos que tienen la suerte de no conocer al execrable conductor
de televisión argentino Marcelo Tinelli, les comento que vendría a ser una especie de Adal Ramones.
No hace lo mismo que Ramones pero el resultado mediático es parecido y, como ustedes saben,
al llegar a ese punto toda la mierda se parece.



Saber que vamos a morir es una de las cosas que más nos domina, nos acongoja, nos cuestiona. Incluso a los que no les importa morir la muerte los rige, porque es en base a lo finito de la existencia que deciden que no les importa. La única certeza, después de haber vivido, es la muerte. Y la muerte, de las dos certezas rimbombantes de esta tierra, es la que no conocemos íntimamente, o que no experimentamos en iguales condiciones que la vida, o sea, con cierta conciencia y a lo largo de cierta línea temporal. La muerte se traga el tiempo -el nuestro, al menos-, y de que es un límite puro y duro no hay duda, pero qué es en sí misma nadie sabe y los que lo saben ya no pueden expresarlo, cosa que nos genera mucho resentimiento. ¡Qué silencio tan despectivo y soberbio nos dedicaron siempre los muertos!


ESTAR Y NO ESTAR

Pero si no sabemos qué es la muerte sí sabemos lo que es no estar. No estábamos antes de nacer y no estaremos después de morir. Borges, que hablaba mucho de dios como figura literaria aunque nadie cree que apostara dos mangos a su posible existencia, cita en una de sus charlas a Lucrecio y su De Rerum Natura, en la que Lucrecio dice que había tiempo infinito antes de que uno naciera y habrá tiempo infinito después de que uno muera, así que, ¿para qué afligirse de no estar?

El asunto es que no estar es una acción que nadie sabe cuánto dura exactamente. Sabemos que la muerte dura para siempre, pero nuestra idea de para siempre es meramente formal, en el fondo no entendemos nada del asunto. Nos la pasamos estando y no estando en un universo hueco, doblado, chanfleado, sin dominar el menor movimiento en el caótico juego de ir y venir. Ir y venir hacia dónde, menos lo sabemos. Quizá por eso parece que nuestra existencia es estática. Es muy posible que lo sea, pero, ¿quién lo admite?

Para engañar a los demás muchas veces decimos, con el pecho inflamado como gallitos, que “le damos para adelante”, cuando no hay adelante comprobable, ni de este lado ni del otro. También se dice que los muertos están bajo tierra, como manera de indicar otro espacio a habitar, cuando los muertos no están abajo ni arriba de nada. O sea que nos seguimos equivocando con las dimensiones, y eso que de alguna manera las descubrimos hace rato. ¿Cómo vamos a filosofar sobre el tiempo y la muerte si no dominamos ni las escasas dimensiones ya inventadas?


REENCARNACIÓN, TRANSMIGRACIÓN, VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE… FORZADAS MANERAS DE NO MORIRSE NUNCA.

Lo dramático es que cuando nacemos ya estamos vivos, y a partir de este desliz involuntario adquirimos erróneas ideas del infinito. Intuimos, o nos enseñan, que el universo es infinito y nos agarramos de eso para creer que nosotros, con un poquito de ayuda, también podríamos serlo. 

Asumir que somos chiquitos y finitos duele, incomoda. Pero, ¿hace falta creer en la vida después de la muerte? Eso es agenciarse un infinito propio, mezquino, territorial, como pagarse un lote en un cementerio privado con anticipación (aunque esto sí sabemos que existirá por más que ya no estemos para verlo, gracias al poder del dinero, capaz de trascender las barreras de la muerte o, en su defecto, de la propiedad). Parece que en estos miles y miles de años lo único que se nos ocurrió para contrarrestar la desaparición fueron dioses, religiones y coartadas inverosímiles, todo por miedo a no estar (otra vez cito al ateo de avanzada Lucrecio, que nos dicta que ya antes no estuvimos y no dolió).

La reencarnación, transmigración y mitos por el estilo suenan entretenidos y tranquilizan pero parecen ejercicios literarios inventados por gente que no leía mucho. La otra inmortalidad, la religiosa, la de la vida después de la muerte en forma de ángel, esa menos tendría que existir porque, a menos que se considere que somos capaces de evolucionar a partir de ser recibidos por el señor, la señora, los señores, o algún ser superior (superior a qué nunca se aclara en los sagrados textos promocionales), seguiríamos siendo los mismos ignorantes que fuimos en vida sólo que ahora medio fantasmales y con el infinito –o la nada- a nuestra caprichosa disposición. 

Sí, nos reencontraríamos con los seres queridos que perdimos, con nuestros animalitos adoptivos, gatos, perros del pasado, ¿y después qué? Nos quedaríamos igual que antes, haciendo nada con todo el tiempo del mundo, nos volveríamos a aburrir junto a nuestros seres queridos como nos pasaba en vida, ellos igual con nosotros, y la ignorancia, que suponíamos se tenía que acabar con la vida finita, vendría para quedarse con nosotros por toda la eternidad. ¿Cómo osaríamos enfrentar a la eternidad con las dos o tres ideas elementales aprendidas durante la breve existencia carnal? ¿Tan soberbios podemos ser? Parece que sí. A veces la soberbia no duele, como el no estar de Lucrecio.


LA ETERNIDAD, DEMASIADA MUJER PARA UNO.

Si fuésemos capaces de vivir eternamente (da igual si es en este lado o el otro, en carne o en espíritu) todo sería todavía más insoportable porque no estamos hechos para durar tanto, no nos da el cuero, ni humana ni intelectualmente. ¿Cómo manejar lo que no termina si todo lo que hacemos tiene fecha de caducidad, incluidas nuestras esperanzas? El aburrimiento humano existe porque sabemos que en algún momento se acaba, si no, no podríamos aburrirnos, sería una paradoja en el universo del no-final. Entretenerse y aburrirse sería lo primero que la inmortalidad borraría del mapa, después el amor y el deseo. Quizá los bancos, la plata y los cheques quedarían en pie durante una buena pila de eones, por costumbre y practicidad de uso.

Seamos sinceros, las propuestas de vida eterna son propuestas de mentes finitas. Lo cierto es que somos y ya no seremos, igual que los que vendrán y los otros que vendrán. Sin esta dramática certeza, ¿cómo haríamos para levantarnos cada día? ¿Cómo haríamos para amar a nuestra pareja? ¿Cómo crearíamos, cómo descubriríamos cosas? Si nos supiéramos inmortales no tendría sentido amar, ni crear ni buscar, alcanzaría con sentarse a esperar, total, el infinito nos traería todo eso algún día hasta nuestra puerta, nomás porque daríamos con él una y otra vez hasta doblegarlo. Las posibilidades de todo serían infinitas, menos la de ejercitar nuestra inteligencia, adormecida por la falta de límites concretos.

Yo creo que si fuésemos inmortales continuaríamos, incluso hoy, siendo auténticos monos, eslabones perdidos sin evolucionar. ¿Para qué evolucionar si vamos a estar siempre? Lo finito es la única, triste y estimulante certeza para nosotros, aunque quizá sea tan misterioso algo que se termina como algo que continúa…
Por eso dios (ah, va con mayúsculas) es tan difícil de representar hasta en la cabeza de sus más devotos seguidores; es un personaje que no desea, no busca, ni siquiera sabe aburrirse. ¿Qué confianza nos puede dar? ¿Qué emociones puede ostentar que lo hagan un ente carismático y no un gerente-dictador de todas las cosas, desde siempre, por siempre, para todos y para todas?

Tanto absoluto lo deja cuasi inválido a nuestros ojos, y me refiero a nuestros ojos creyentes, no a nuestros ojos ateos. Si pudiéramos abarcar el infinito no habría dios, sólo tiempo, espacio, luego no-tiempo y no-espacio. Por desgracia, aunque somos incapaces de abarcar el infinito, igual no hay dios, al pobre le queda grande (¿o chico?) tanto espacio vacío. Dicen que está en todas partes y en todos lados, que es lo mismo que decir que está ausente y nunca estuvo. Y si domina el tiempo domina la nada y domina el nunca, o sea que no existe (esto no es un sofisma, es pura lógica).


SÓLO SE VIVE UNA SOLA VEZ (Y MAL)

Genera vértigo darnos cuenta que todo lo que nos rodea en nuestra vida es trivial, y a la vez esencial, porque es lo único que nos tocó vivir. Marea darse cuenta que hay misterio por todas partes, y marea peor darse cuenta que hay tedio por todas partes. Sin embargo, lo que uno vive es extraordinariamente singular, por más que se parezca a otras millones de vidas, porque nadie más se aburrió, amó, hizo trámites y se angustió igual que uno, que es único aunque sea insignificante, porque uno es uno mismo y nadie más puede ser uno si no es uno mismo. Somos la unidad absoluta dentro de la intrascendencia absoluta. Lo irrepetible dentro de la mediocridad irrepetible.

Estoy convencido que por saber que vamos a desaparecer irremediablemente -como antes tuvimos que vivir irremediablemente- podemos quejarnos con toda justicia del dramatismo real y concreto que es saberse finito. Y no sublime y finito, no, necio y finito. Aun así, la muerte tiene algo bueno: si no estuviera marcándonos el paso a cada minuto, recordándonos el fin de todo, no podríamos vivir la vida con la intensidad que no queremos ponerle y que le ponemos igual. Hasta las vidas más chatas y apagadas tienen intensidad, no porque en esas vidas pase algo interesante, sino porque justamente no pasa nada, y que no pase nada significa malgastar la vida, que es única, y eso de por sí es intenso; es vivir sabiendo que se degrada lo más preciado que uno posee, aunque la gente aburrida lo niegue y haga de la rutina una idea distorsionada del infinito, simulando eternizarse por medio de la repetición.

Bueno, creo que en este texto demasiado largo (pero finito, al fin) aclaré cosas importantes, reveladoras y eché luz sobre lo negro, cosa que por desgracia da lo mismo porque el negro se traga la luz, pero bueh, todo no se puede. Además, recuerden que todo es lo mismo que nada. Ahora interrumpo porque tengo que ir a pagar la luz y el gas al banco y después al supermercado, todas actividades ultrafinitas que me distraerán de la eternidad que me espera en algún punto del futuro y que me dejará demasiado mudo para contarles a ustedes cómo se siente la nada en el cuerpo que ya no tendré. Cuando llegue el momento resentirán mi silencio burlón, ya verán…



sábado, 15 de marzo de 2014

GLOSARIO CÍNICO Y MALINTENCIONADO (5 Y ÚLTIMA PARTE. ¿SERÁ?)



Esta es la última entrega del glosario. No sigo porque no es del todo original, como ya señalé antes, y porque no tiene sentido seguir. O quizá, en el fondo, no tengo ganas de seguir. Y acaso no es ese el motivo principal de que hagamos o no hagamos cualquier cosa en esta vida: las ganas. Los adornos retóricos que rodean a las ganas -es decir, la filosofía, el pensamiento, los ideales, los conceptos, el amor, el compromiso, el afecto-, se inventaron para distraer al público de la única y durísima verdad: uno hace o no hace según sus ganas. De esa nimiedad depende la supervivencia del ser humano en esta tierra. ¡Qué responsabilidad! ¿Tendremos ganas de hacernos cargo de tanto peso moral? Lo respondería ahora mismo pero no quiero.





ORIGINALIDAD: Rellenar espacios ya llenados por otros en plan de ocupar un oscuro y húmedo espacio propio. Si genera beneficios se respeta, si no es plagio.

MALDAD: Subjetividad pura.

BONDAD: Subjetividad impura. // Subversión que nunca debió reprimirse ya que, por suerte para muchos, no existe. Igual se mantienen ejércitos preparados para combatirla desde hace milenios. No se empolvan en sus hangares porque se los limpia y engrasa cada día con amoroso cuidado.

COMPRENSIÓN, ENTENDIMIENTO: Santo grial // Shambala. // Piedra Filosofal. // La Fuente de la Juventud// Disneylandia.

SANTO GRIAL, PIEDRA FILOSOFAL, SHAMBALA, EL DORADO… (agreguen aquí el mito histórico que les parezca más inverosímil y más folklórico): Lo que se busca porque nunca existió y, principalmente, porque está despojado de todo sentido político y filosófico. La revolución social, la abolición del hambre y la esclavitud no se buscan tanto porque demandan esos sentidos tan temidos y se pueden malinterpretar como un deseo de liberación universal y no un egoísta viaje al enriquecimiento propio.

LUMINOSO: Antiguo y bello adjetivo que murió asesinado con la llegada del glosario new age. En la actualidad, su única y posible veta literaria es referirlo al poder de una lamparita.

ANGUSTIA: Sentimiento incómodo, casi insoportable, que aparece al buscar algo que sí existe y que, de encontrarlo, podría transformar nuestras vidas //. Antesala de la frustración que nos generará encontrar lo que buscamos y que, encima, nos pueda hacer medianamente felices.

RESPONSABILIDAD: En un plano mítico, lidiar con el doloroso hecho de concretar lo que deseamos. Fin del camino de la idealización y comienzo del duro camino de ser uno mismo.

HACER TRÁMITES: Versión realista de la responsabilidad. // En el mundo materialista (o sea, en el real), aceptar la medida del vaso medio lleno, que siempre es medio vacío. Pero se rellena con formularios y largas filas.

SOMETIMIENTO AL EMPLEADOR: Versión legal y constitucional de la responsabilidad.

TERRORISTA: Hoy por hoy dícese de un sujeto inclasificable, oriundo de cualquier país, que profesa cualquier ley o religión y que en su accionar abarca muchísima maldad, o bondad, y que es más inasible que las hadas. // Tipo que es malo según los ojos que lo miran. Si no lo miran no es malo, sólo terrorista. // Comodín utilizado por gobiernos que necesitan aliados. Si el comodín les vende su violencia deja de ser terrorista y se convierte en socio, patriota o, simplemente, una persona sensata y coherente que lucha por la democracia de su jefe.

ENEMIGO: Ese hermano que tenemos adelante nuestro // Prójimo que todavía no nos ha estafado, golpeado ni robado y que destruiremos por prevención.

ALIADO POLÍTICO: Matón venido a menos que en el fondo querría golpear a su jefe pero no se anima y por eso lo acompaña a invadir otros países, fantaseando que si le pega a otros más pequeños lo iguala en tamaño, y hasta lo estrangula en sus sueños más húmedos.

CÁRCEL: Lugar donde se encierran inocentes y algún que otro sospechoso, igual que en las ciudades. La diferencia moral entre la cárcel y la ciudad es que en la segunda uno puede, mediante sacrificios comparables a cumplir una condena, comprar la llave de su calabozo y hasta elegir a su compañera/o de celda.

INFANCIA: Breve momento de lucidez en la existencia humana que deja entrever que la única herencia que los niños recibirán de los mayores es el mandato irrevocable de hacer trámites. // Reemplazo de la pérdida de tiempo solemne y sin humor de los mayores por una pérdida de tiempo inútil y, por ende, creativa. // Malgastar el tiempo volviéndolo oro. Los alquimistas no se dieron cuenta que ya habían encontrado la fórmula tan buscada porque para entonces ya habían dejado atrás la infancia. Igual muchos eran subsidiados.

NEGACIÓN: Patear con nuestro pie calloso el burlón fantasma de la verdad, que ni desaparece ni deja de burlarse aunque pateemos su nubecita una y otra vez, una y otra vez, una y otra….

UNO MISMO: Estado del alma que las religiones aseguran alcanzar cuando estamos muertos. Los ateos lo asumen antes, por eso muchos se suicidan. Los religiosos también se suicidan pero fingen que por otros motivos.

BELLEZA FÍSICA: Trampa de la naturaleza que se utiliza para aplastar ideas, creatividad y libertad de pensamiento. Permite oprimir la verdadera belleza, que no se ve ni se huele pero afirman que existe en algún hueco, al margen de los cinco sentidos // Dictadura mediática de la carne.

SIMULACIÓN: Actitud normal, decente y honesta de cualquier persona que se precie de formar parte de la ciudadanía de un país, o cártel.

MENTIRA: Costado duro y recio de la simulación.

INFAMIA: Costado jocoso y carnavalesco de la simulación. Es muy preciada porque sólo puede ejercerse en los escasos momentos del ocio cerebral, que dura apenas veinticuatro horas al día.

NEOLIBERALISMO: Concepto facineroso que idearon antiguos piratas y que no pudieron bajar al papel por estar ocupados robando, masacrando y, sobre todo, por no saber escribir. // Gremio del pirata moderno, burócrata, amante del puntiagudo falo del dinero, que adora de lejos mientras se lo entierra a otros.

INTELECTUAL: Según un viejo prejuicio popular, el que se jacta de dudar. // El que simula dudar para fingir que evaluó una idea desde todos los ángulos, sopesando sus pros y contras, cuando en el fondo nunca dudó de tener la razón absoluta y sólo esperó el momento de tener el micrófono en la mano.

NECIO: Intelectual que se olvidó de fingir duda. // Imbécil ignorante que acusa al intelectual de dudar cuando él/ella no dudan de nada y desconocen todo. Los dos se amigan en la tumba.

VECINO: Ser odioso que pretendemos denigrar con un saludo diario. Si se lo insulta y agrede recién entonces se abre el camino al diálogo.

IDIOSINCRACIA: La manera en que la población de cada país engaña y estafa según lo establecen sus normas antropológicas y sociales.

JUVENTUD: Fragancia fantasmagórica que sólo se huele cuando ya pasó de largo, como Gasparín en maratón.

JUVENTUD DIVINO TESORO: Frase repetida por el que malgastó la misma, comprendida por el que no la tuvo, y despreciada por el que todavía la tiene.

TECNOLOGÍA: Forma avanzada, sesuda y científica de diagramar las cavernas trogloditas del futuro.

VEJEZ: Situación de punto muerto donde avanzar no trae resultados. Es igual que la juventud, sólo que en ésta el fondo de cartón pintado es más nítido, genera sensación de profundidad y cierto espejismo de línea temporal a cruzar.

MUERTE: Darse contra el cartón pintado.

FINAL: En física o filosofía no existe tal palabra. En la vida diaria existe por todas partes y es uno de los disfraces utilizados por la muerte para entretener a sus clientes. En este glosario, el final es el punto que sigue a continuación: .
 

jueves, 6 de febrero de 2014

DIZQUE CRÓNICAS PORTEÑAS 2: “FANTASMAS DE LA CALLE CORRIENTES”



En estos últimos años nunca dejé de caminar la avenida Corrientes, ni cuando venía de visita ni ahora, como local. Es un emblema cultural y social, sin duda. Y también, sin duda, entró en total decadencia hace décadas. Decadencia con varias etapas, porque su destrucción no fue lineal, más bien siguió los tropiezos de la sociedad argentina con sus dictaduras, democracias a medias, neoliberalismo y desidia general.

A pesar de los embates, la avenida no muere del todo; boquea, lagrimea pero se las aguanta aunque no pueda mostrar casi nada de lo que fue, como una anciano/a no puede mostrar su antigua belleza más que en fotos o en sus propias palabras. Mi generación de vez en cuando camina por Corrientes porque la remite a lo vivido y a lo no vivido. Anhela lo que no vivió y recuerda lo que vivió. A las nuevas generaciones supongo que les da igual, Corrientes es un mito demasiado viejo o demasiado descuidado para ellas. No pueden conectar ni remotamente con la idealizada cultura porteña de antes, esa “mezcla milagrosa” de literatura, filosofía (cara y barata), tampoco con las ansias de conocer y avanzar hacia alguna parte entre la melancolía y la angustia de vivir.

Vale aclarar que ningún porteño avanzó nunca hacia ninguna parte -es nuestro sello, siempre fuimos estáticos y desconfiados-, aunque yo creo que el sueño o la intención de hacerlo fue el motor de mucha buena literatura y tangos perdurables. Hoy el porteño sigue igual, creyendo que merece un destino (muchos remarcan que uno “mejor”), el tema es que lo sufre despojado de toda poesía y sensibilidad. De ser un perdedor en los hechos y un cultor del sentimiento pasó a ser un quejoso solemne que se toma demasiado en serio y no crea absolutamente nada (1).

Nuestro existencialismo clásico no era gran cosa, pero por lo menos coqueteaba con la nada en una desaparición mutua, en un suicidio en conjunto como una parejita de amantes ingenuos y desesperados. Esta ciudad cerrada y provinciana, esta heredada cultura europea -que en el fondo despreciábamos- nos hacía trampas y nos detenía. La nostalgia de sabernos estancados frente a un río disfrazado de mar generó una respuesta literaria y sobre todo existencial, resultado de estar inmersos en una parálisis que nosotros mismos nos inventamos (2). El problema es que sin conciencia del sufrimiento que genera vivir, la vida se vuelve tan vacía como una botella de gaseosa tirada en la calle, sin tapita.

Esta época obliga a negar la incertidumbre y la angustia, y eso no es un asunto local, claro, el mundo está así, pero en cada lugar pega de forma distinta. Acá consiguió matar nuestro fracaso de siempre, el que alguna vez pudimos enfrentar con creatividad, y que ahora debemos negar en pos de la queja y del materialismo más necio y bastardo.

Hoy camino la avenida Corrientes distraído, en el mejor de los casos con una leve tristeza, sin melancolía. Hace poco entré a un café que frecuentaba en otras épocas. No había casi nadie, eran las cuatro de la tarde de un día de semana. Solía ir siempre con un libro y hacía durar mi café un buen rato, por lo menos cincuenta, sesenta páginas. Esta vez no llevaba nada, entré como un vulgar turista y observé las mismas paredes, los mismos adornos, las campanas de vidrio para tapar medialunas y sándwiches, y la cajera que toda la vida miró con recelo a los que desviaban la mirada hacia el otro lado del mostrador, justo donde estaba ella. Sin embargo no podía conectar todo esto, tan visto y tan vivido, con mi pasado. Era como que mi pasado idealizado se reencontraba con mi pasado real y no hacían ningún tipo de conexión, nomás se miraban los dos como extraños, sin gestos de reconocimiento. Me deprimió (aunque no tanto para levantarme, no voy a exagerar).

Un mozo vino directo hacia mi mesa, me saludó y me preguntó cómo estaba. Lo miré con los ojos, creo, muy abiertos. El tipo, era evidente, me confundía con otro; había en su tono algo de esa amabilidad profesional de mozo con experiencia, que sonríe de forma cabal pero sin evidenciar sentimiento, y a la vez mostraba una cordialidad real hacia el tipo que pensaba que yo era. Le dije que estaba bien y sonreí, con un poco de vergüenza por mentir. El mozo asintió. La confusión no fue tanta como para que el tipo me preguntara: “¿Le sirvo lo de siempre?”, eso hubiera dado para la risa y ni el mismo mozo estaba seguro si ése yo efectivamente era yo. Le pedí un cortado.

No me alegré por la confusión, sí me alivió por ser parte del verdadero y actual anonimato de la avenida Corrientes, que ya no tiene habitués ni propuestas propias pero que, al parecer, simula tenerlos. No invoca talentos, poesías ni personajes exuberantes, apenas se atreve, acorde a la época, a invocar fantasmas de carne y hueso que como saben que ya nunca serán lo que eran todavía son capaces, por vergüenza, por nostalgia, de fingir que lo son.



 (1) Pienso que el “gran fracaso argentino” es una fantasía autoimpuesta que usamos como excusa para justificar cualquier cosa. La gran pasión nacional es, como bien señaló Borges, el culto a la amistad que -diga lo que se diga- es tangible, concreta, evidente; quizá por eso nos burlamos de ella.

(2) “Vagos con halagos de bohemia mundanal. Pobres, sin más cobres que el anhelo de triunfar, ablandan el camino de la espera con la sangre toda llena de cortados, en la mesa de algún bar.” Versos del tango Tristezas de la Calle Corrientes, letra de Homero Expósito, música de Domingo Federico, 1942.



Avenida Corrientes en los años treinta (Foto: autor anónimo o eventualmente dejado de citar).
  


Nada. Decidí no poner una foto de la Corrientes actual porque sería un recurso fácil.
No se ve fea pero las comparaciones, además de odiosas, son tramposas.

martes, 7 de enero de 2014

QUEJAS REFLEXIVAS 3




DIA UNIVERSAL DEL HOMBRE

Dedicarle un día del año a una minoría en peligro, amenazada, humillada, extinguida o en vías de recuperación moral sólo delata una cosa: que no se quiere gastar en esa minoría (que en general es mayoría) más que unas insignificantes horas calendario. Cuando se detesta a alguien no hay mejor cosa que aislarla/o en un homenaje, como se aísla a una bacteria en un laboratorio. Existe un día para la mujer, para los derechos humanos, para el animal, para el maestro, para la primavera, etc. Todos representan distintas bellezas y expresiones del mundo y la humanidad diezmadas por los prejuicios dominantes, por eso no se le obsequia más que un mísero pack de veinticuatro horas.

Yo, como hombre, elevo una protesta. Si existe un día de la mujer es porque los restantes trescientos sesenta y cuatro días del año pertenecerían, por oposición, al hombre. Para los que no saben: sí existe un día del hombre, pero nomás porque a algún canalla avispado se le ocurrió esto antes que a mí, y lo registró ante posibles reclamos antimacho. Lo cierto es que nadie festeja esa fecha, meramente formal, ignota y sin sustancia. Desde mi humilde posición pido crear el Día Universal del Hombre Macho, y que se celebre a la fuerza en todos los países.

Que se festeje al hombre en su etapa más mediocre y decadente, cosa de evitar suspicacias, y que el hombre progresista y moderno se quede en su casa. Que haya marchas en las cuales tipos con camiseta (pueden tener panza o no, no es excluyente) caminen en pantuflas, con el control remoto en una mano -o un teléfono de última generación, signo de los tiempos-, una cerveza en la otra y critiquen a las mujeres, a los gays, opinen sobre política con el ojete y no con la cabeza, desdeñen el cuidado a los animales, se explayen sobre futbol y, según el país, exijan que se respeten las corridas de toros, que se prohíba el casamiento homosexual, o las imbecilidades que cada población de machos-maracas cuidan como a un gran tesoro mientras sus cabezas avanzan irremediablemente hacia la muerte cerebral.

Dedicándole un día del año al hombre cavernario quedarán libres todos los otros días del calendario que hasta ahora estaban secuestrados por el hombre político, astuto y retrógrado, que siempre opera desde las sombras. Celebrando nuestra fecha quedaremos libres de ser los tiranos que regalan veinticuatro horas a los demás por considerarlos menos, y además compartiremos esa minoría que es mayoría: la que tiene su raquítico día de festejo hipócrita.


CAJAS NEGRAS DEMOCRÁTICAS

Las cajas negras en los aviones podrían haber sido un gran invento. Servían -sirven- para que después de un accidente se sepa que salió mal, según lo que hayan dicho, gritado más bien, el piloto y sus ayudantes y lo que marque la actividad de los instrumentos. Todo queda grabado en la caja. En teoría, esa información ayuda a que un determinado error no se repita en el futuro. Ajá. Todos sabemos que los accidentes causados por errores humanos seguirán ocurriendo, que es lo mismo que decir errores originados por distracción, negligencia, fallas de cálculo, estupidez, etc. Pero, ¿no es todo un error de cálculo al fin y al cabo? ¿Hay otra forma humana de equivocarse si no es mediante un fallo en la inteligencia del cerebro de turno?

La caja negra lo único que consigue es que escuchemos, estilo programa de chismes, conversaciones vergonzosas entre los pilotos, comisarios de a bordo y azafatas. Recuerdo lo que reveló la caja negra del horrible accidente de LAPA, ocurrido a fines de los noventa en el aeroparque de Buenos Aires. Los pilotos, fumando, contando chistes y planeando una futura fiestita entre ellos dos y la comisario de a bordo y otra amiga, ignoraron las alertas técnicas en la cabina y cuando todo empezó a pudrirse uno atinó a decir: “No sé qué pasa, viejo, pero está todo bien”. Segundos después estaban incinerados ellos y la mayoría de los pasajeros.

Como evidencia criminal la caja negra funciona, como registro de las últimas palabras de alguien no, son patéticas y desprovistas de toda grandeza. Preferimos quedarnos con las últimas palabras de algún grande, tipo Goethe y su famosa frase antes de morir: “Luz, más luz”, que con la de esos lamentables pilotos. No sería mala idea que hubiese cajas negras en el asiento de cada pasajero del avión, cosa que cada persona, en caso de peligro inminente, pudiera decir lo suyo. Mejor eso que usar máscaras de oxígeno, que la verdad poco pueden hacer si vamos a estamparnos contra una montaña, o si estamos cayendo en picada sobre el océano.

Sería más sano que esa caja negra de pasajero informara no lo que está ocurriendo con el vuelo (cualquiera sabe que si un avión está cayendo significa que se va a estrellar) sino que diga en voz alta lo que al pasajero en cuestión le quedó en el tintero de su vida, algo que quiere que otros sepan y que ya nunca les podrá decir en la cara. Pueden ser verdades dolorosas, insultos, confesiones amorosas, reclamos, códigos de cajas fuertes, revelaciones de quién es el asesino en una película de suspenso aun no estrenada, etc. Estrellado el avión, la línea aérea deberá entregar la caja negra de cada pasajero siniestrado a su respectiva familia y que se trague lo que el finado tenía para decir. Quizá la mayoría de las veces sólo se oirán gritos de terror, pero creo muchos valientes aprovecharán esos últimos segundos de fama para reclamar al mundo entero lo que hasta entonces no se atrevieron a decir, o no dijeron con claridad cuando podían hacerlo.

Un detalle: si el avión por vueltas del destino no se destruye, la línea aérea deberá, por morbo y chusmerío requeridos, hacer públicas las cajas aunque los pasajeros estén vivos. Lo dicho quedará registrado y que cada uno se haga cargo frente a su familia. ¡Y bueno, algo de riesgo debe haber, si no todos van a usar esas cajas negras con total irresponsabilidad!

Quizá sí sea prudente dejar las máscaras de oxígeno en los asientos y que cada pasajero, antes de gritarle sus verdades a la caja negra, dé una buena aspirada para tomar valor.