Tenía que hacer tiempo para una reunión. Estaba en el centro histórico y no quise ser original, así que paseé por la plaza, miré el descuidado mapa a escala de Tenochtitlán y finalmente entré a la catedral. Atravesé la nave, di vueltas por los pasillos y rincones, todo a media luz. Siempre me pasa lo mismo: yirar por las iglesias sin ser religioso me genera cierta incomodidad, me siento un intruso, como un turista sacando fotos.
Pasaron los minutos y me di cuenta que los turistas -que eran legión- resultaron en ese contexto, con sus fotos y murmullos, tan genuinos como los que rezaban. La iglesia se adornaba con los dos.
Hice lo que nunca, me senté en uno de esos bancos largos e incómodos. Los sentados rezaban, los turistas se mantenían de pie, buscando el ángulo. Observé los miles de detalles del retablo ultra barroco y puse cara seria, como si me importara.
Una mujer detrás de mí parloteaba en voz baja con una amiga. Sin duda eran devotas pero ahora se tomaban un recreo entre rezo y rezo.
- … Y otra vez me vino con lo mismo el chamaco. Mamá, ¿por qué dios no tiene cara?
- Ah, mira. ¿Qué le dijiste?
- Por seguridad.
Me levanté, renegando de mis cuidados hipócritas, y paseé por la catedral con un desparpajo que nunca alcanzaría el nivel de respuesta de esa señora.
martes, 21 de junio de 2011
viernes, 25 de marzo de 2011
A 34 AÑOS DEL ASESINATO DE RODOLFO WALSH

Viajó en tren desde la provincia de Buenos Aires a la capital, con un sombrero de paja, parte de su disfraz de jubilado. Llevaba una pistola calibre 22, pero su arma principal, que también llevaba encima, estaba hecha de palabras. Era una carta. Sabía perfectamente que a causa de sus palabras era que lo buscaban desde hacía años; tenía el don de hacer de sus ideas duros y reveladores escritos, siempre denunciantes del poder político y sus crímenes. Ahora, bajo la dictadura militar más sanguinaria de la historia de Argentina, continuaba persiguiendo a sus perseguidores, prácticamente solo. Planeaba enviar la carta a medios de comunicación nacionales y a corresponsales extranjeros.
Ese 25 de Marzo de 1977 la ciudad de Buenos Aires debió verse vacía, controlada, solitaria. Nada de ruido ni gentío, el silencio era el eje de hierro de la vida diaria, por más que muchos millones de argentinos lo negaran o pretendieran acostumbrarse. El año anterior, luego del violento golpe de estado, él y un pequeño grupo de periodistas y militantes habían creado ANCLA (Agencia de Noticias Clandestina). Sin descanso, informaban sobre lo que nadie quería informar: las atrocidades cometidas por la dictadura. Los periódicos de la época recibían esos cables. Jamás los publicaron. Por miedo incluso a veces ni los leían, aunque en algunos medios extranjeros llegaron a divulgarse.
Su carta, esta vez, iba firmada. Con su nombre y número de documento. Entre tanta censura y omisión decidió que firmar y hacerse responsable de su texto era más necesario que nunca. Es inútil mencionar que se jugaba la vida.
Llegó a la esquina donde debía verse con un compañero de la organización guerrillera. Algo estaba mal, quizá haya visto demasiado movimiento o demasiado poco. No tardó en advertir que la cita estaba cantada, lo que significaba que su compañero había sido apresado y bajo tortura confesó donde iban a encontrarse. Uno de los represores del grupo de tareas del ejército tenía la orden de taclearlo (era ex rugbier) y capturarlo vivo. El militar no pudo taclearlo, y Rodolfo Walsh sacó su pistola, no tanto para matar sino para impedir que lo capturaran. Lo había dicho él mismo en un escrito meses atrás: ser capturado vivo significaba torturas indefinidas, delación, humillación.
Encargado de logística, jefe de información de la organización guerrillera, el escritor y periodista era uno de los objetivos más buscados (¿odiado, temido?) por los cabecillas de la dictadura. Walsh disparó y enseguida varias ráfagas de ametralladora cayeron sobre él. No se sabe si llegó vivo al siniestro centro de detención clandestino de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) o si murió en el tiroteo, lo cierto es que no sobrevivió a ese día. Al final no pudieron sacarle nada, sin contar con que antes de acudir a la cita-trampa ya había depositado en un buzón su hoy célebre “Carta Abierta de un Escritor a Junta Militar”, dirigida a los principales medios periodísticos. En ella analizaba con impresionante lucidez, anticipándose a toda investigación realizada posteriormente en democracia, los horrores que estaba viviendo la nación argentina: exponía sus infamias, su rendición al capital financiero, su deliberada entrega del estado a manos privadas, la censura, el control ideológico, el asesinato; todo estaba ahí.
La carta no fue publicada en su momento. Hoy es un documento histórico y literario. Si en estos días nos tomamos el desagradable trabajo de observar a los genocidas argentinos mientras son juzgados podremos notar, además de su rigidez, su silencio. No hablan, y es que no tienen nada que decir. Un genocida mata porque él mismo está muerto, su relación con los demás existe a través de la opresión, no puede ofrecer más que silencio, espanto, miseria.
Walsh, escritor vivo, hizo de la palabra literatura y denuncia, periodismo y poesía. Sus ideas, ideales, se siguen expresando porque están vivos y fueron dichos en voz alta. No sólo son el reflejo de un momento histórico sino de una ética personal, de un admirable estado de conciencia.
(Nota publicada el 19 de marzo en Laberinto, suplemento cultural del diario Milenio)
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sábado, 19 de marzo de 2011
CUANDO LA VIDA ANULA AL ARTE
Si la ficción suele rechazar las historias demasiado prolijas por artificiales la vida no, porque cuando ocurren, en esa cosa con mil interpretaciones que es la realidad, basta con que seamos testigos para aceptarlas como hechos. En literatura, aunque se nos afirme que una novela o cuento están basados en hechos reales, nos sentimos con derecho a desconfiar, ya que la ficción tiene sus reglas y la realidad no las cumple, o en el caso cumple sus propias reglas.
No haré conjeturas eruditas -porque no soy erudito- sobre la alegoría como hizo Borges, ni sobre el pos modernismo y sus trampas del “todo vale” narrativo, ni voy a menospreciar las historias que cierran bien y que, hoy por hoy, están mal vistas entre escritores serios y consumados. En vez describiré una imagen y una anécdota puntual que quedaron en mi memoria durante años, tan literarias las dos, tan imitadoras del arte, que me resultaron excesivas para ser narradas en cuento o poesía.
Por solicitud de un productor amigo encargado de una película de bajo presupuesto, trabajé como extra en una breve escena que se filmó en la vieja cárcel de Caseros, en Buenos Aires. Entramos con el escaso equipo técnico al patio de la prisión, previamente desalojado de internos para que pudiéramos trabajar. Mientras el fotógrafo y el director armaban la escena los demás, distraídos, caminamos por ahí. Cada uno rumbeó por donde pudo; era una cárcel normal, con muchas rejas, puertas cerradas y poco lugar para recorrer. Nada resultó interesante, más bien tétrico, gris, deprimente. Bajé unas gradas y encontré un gorrión muerto en el piso. Tenía el piquito abierto, las alas tiesas y muy extendidas. La imagen fue tan fuerte, tan frontal y alegórica que no tuve que ponerle una sola palabra encima.
Luego de filmar las primeras escenas tuvimos un rato de descanso. No habíamos visto a nadie, salvo a los dos guardias que nos abrían y cerraban puertas (esos sí nos contaron historias insólitas de fugas y cadáveres en las cloacas desde la época de la fiebre amarilla, pero, ¿quién le tomaría la palabra a unos guardias siniestros y aburridos?). Me acerqué a una zona donde nos avisaron que los presos habían sido agrupados -encerrados, otra vez-, hasta que termináramos de filmar. Patético honor el nuestro, de no mezclarnos con los indeseables. Un preso pegó la cara a una de esas rejas entrelazadas que no dejan espacio entre un espacio y otro, apenas se le distinguían las facciones. Llamó a una ayudante de producción, la única mujer del grupo, y ella, tímida, con ganas de no ir, se acercó a la reja y hablaron brevemente. En un par de minutos volvió y le preguntamos qué le había dicho. Miró hacia otro lado, movió la cabeza, no lo dijo. No volvimos a preguntarle. Esa pequeña intriga, con más posibilidades de ser narrada que el gorrión, no me marcó tanto como la triste ave en el cemento. Sin embargo, lo que el preso había o no dicho a la productora enmudecida era una escena concreta, no cerraba, y al menos desde el punto de vista literario se le podía sacar algo. El gorrión, en cambio, estaba dicho.
Con todo, la imagen persistió en mi cabeza por años y sigue ahí. Cuando la recuerdo me genera la misma pena y soledad que me generó esa tarde de invierno, de sol frío y deprimido. ¿Puede uno impactarse por algo tan alegórico, tan directo? ¡Claro! Pero no sé si uno puede hacer un poema o una narración de eso sin caer en lo obvio o lo cursi.
La anécdota se dio en el tren, en un denso verano porteño, como todos los veranos porteños. Viajaba de Retiro a Hurlingham, barrio suburbano de Buenos Aires, disfrutando de la poca gente que había en los vagones, ubicado en un asiento para dos, yo y mi libraco, Los Siete Pilares de la Sabiduría, de T.E. Lawrence, el gran Lawrence de Arabia. Iba por la mitad y mi idea era terminarlo a lo largo del fin de semana. Me dirigía a la casa de mis primos a pasar esos dos días libres, contento y con ganas de disfrutar. Más bien, con la certeza de que iba a disfrutar.
El tren dejó atrás la Capital y cruzamos a provincia. El sol jugaba con las rápidas sombras de las salientes de las ventanas, en cada estación una brisa agradable enfrentaba al vaho caliente que nos acechaba al detenerse el tren. Pasaron vendedores ambulantes a los gritos. Cuadernos, golosinas, lápices, pilas, más baratos que nunca. Un viejo de aspecto juvenil entró al vagón sin ánimo de gritar los beneficios de las biromes que vendía, apenas las nombró a media voz, tomando el riesgo de que nadie oyera lo que a nadie importaba oir. Me pareció verlo desaparecer por el costado del ojo cuando de pronto estaba al lado mío. Levanté la vista. Sonrió sin mirarme, miraba mi libro. Exageró el tono de voz y dijo: “¡Uuuuuyy, qué libraco estás leyendo! ¿Cuál es? ¿Por dónde vas?” Con agria sonrisa le mostré el libro a la mitad. Hizo un gesto de no entender. Se rio, exagerando también la risa. “Uuuuy, suerte con eso, te falta un buen tirón! ¡No te van a alcanzar las estaciones que quedan para terminarlo, ja, ja. ¿Es bueno? ¡Más vale, con ese tamaño, ja, ja!”.
Murmuré algo sin ganas. El tipo se fue y pasó a los siguientes vagones. Un rato después sentí de nuevo su presencia junto al asiento. Levanté la vista con los párpados a la mitad, con más mal humor que soberbia. Me miró a los ojos; los suyos relampaguearon con astucia. Dijo: “Lawrence no murió en un accidente de motocicleta, como dijeron y como se ve en la película, algunos hasta insinuaron suicidio, pura falsedad, fue el Foreign Office que lo mató. Nunca habían soportado a Lawrence, él quería a los árabes y sentía que su gobierno los había traicionado a ellos y también a él. ¡Y tenía razón, el inglés!”.
El viejo se fue sin que yo llegara a abrir la boca. De abrirla no hubiera dicho nada. Lo observé alejarse con sus biromes de mala calidad. Me reí, sorprendido en mi mala fe, y admirado. Había jugado su papel de ignorante con un timing genuinamente literario: primero me dejó la impresión de que era un pesado que hablaba por hablar, y al final, después de recorrer todos los vagones, volvió para rematar su historia, sin saber si yo estaría todavía en el tren. Quise averiguar sobre él, pregunté en la estación si alguien sabía quién era el misterioso vendedor de biromes, pero nada. Los guardias y los expendedores de boleto mencionaron que había “muchos vendedores al día”, eso fue todo.
Las veces que cuento esta anécdota algunos me preguntan porqué no la hago cuento. Respondo que no puedo, ya está hecha (juro que la narro tal cual fue). ¿Será que la realidad, cuando imita al arte, lo anula y no le deja resquicios que insinúen que una situación “podría no haber ocurrido”? ¿O es que la literatura, la ficción, debe fingir un devenir y en vez de plasmar acciones llamativas las aplana para hacer creer que una fuerte dosis de incertidumbre contagia el texto, igual que la realidad y sus caprichos contagian a la vida? Quizá eso es lo que consiguen los buenos autores, crear un universo singular con leyes propias y, sobre todo, un astuto devenir.
Es posible que el viejo del tren fuera un cuentista consumado ejercitando su oficio, quién sabe. Si antes de irse hubiese dado media vuelta para decir que escribía, que leía mucho, o que el libro de Lawrence le había fascinado se habría roto el encanto. Habría aparecido no el devenir sino el costado más obvio de la vida cotidiana, el de las explicaciones, las justificaciones, que sin embargo muchas veces exigimos cuando no entendemos algo o no queremos andar con rodeos. El viejo, conciente de eso, se fue sabiendo que no era un cuento lo que había creado sino un momento literario insertado en lo real.
Releo lo que escribí arriba y me doy cuenta que, al margen de toda especulación y alertas de probables alegorías, hice lo que durante tanto tiempo tuve ganas de hacer: narrar el gorrión y el vendedor de biromes. Siento que valían la pena, a pesar de los obstáculos formales.
No haré conjeturas eruditas -porque no soy erudito- sobre la alegoría como hizo Borges, ni sobre el pos modernismo y sus trampas del “todo vale” narrativo, ni voy a menospreciar las historias que cierran bien y que, hoy por hoy, están mal vistas entre escritores serios y consumados. En vez describiré una imagen y una anécdota puntual que quedaron en mi memoria durante años, tan literarias las dos, tan imitadoras del arte, que me resultaron excesivas para ser narradas en cuento o poesía.
Por solicitud de un productor amigo encargado de una película de bajo presupuesto, trabajé como extra en una breve escena que se filmó en la vieja cárcel de Caseros, en Buenos Aires. Entramos con el escaso equipo técnico al patio de la prisión, previamente desalojado de internos para que pudiéramos trabajar. Mientras el fotógrafo y el director armaban la escena los demás, distraídos, caminamos por ahí. Cada uno rumbeó por donde pudo; era una cárcel normal, con muchas rejas, puertas cerradas y poco lugar para recorrer. Nada resultó interesante, más bien tétrico, gris, deprimente. Bajé unas gradas y encontré un gorrión muerto en el piso. Tenía el piquito abierto, las alas tiesas y muy extendidas. La imagen fue tan fuerte, tan frontal y alegórica que no tuve que ponerle una sola palabra encima.
Luego de filmar las primeras escenas tuvimos un rato de descanso. No habíamos visto a nadie, salvo a los dos guardias que nos abrían y cerraban puertas (esos sí nos contaron historias insólitas de fugas y cadáveres en las cloacas desde la época de la fiebre amarilla, pero, ¿quién le tomaría la palabra a unos guardias siniestros y aburridos?). Me acerqué a una zona donde nos avisaron que los presos habían sido agrupados -encerrados, otra vez-, hasta que termináramos de filmar. Patético honor el nuestro, de no mezclarnos con los indeseables. Un preso pegó la cara a una de esas rejas entrelazadas que no dejan espacio entre un espacio y otro, apenas se le distinguían las facciones. Llamó a una ayudante de producción, la única mujer del grupo, y ella, tímida, con ganas de no ir, se acercó a la reja y hablaron brevemente. En un par de minutos volvió y le preguntamos qué le había dicho. Miró hacia otro lado, movió la cabeza, no lo dijo. No volvimos a preguntarle. Esa pequeña intriga, con más posibilidades de ser narrada que el gorrión, no me marcó tanto como la triste ave en el cemento. Sin embargo, lo que el preso había o no dicho a la productora enmudecida era una escena concreta, no cerraba, y al menos desde el punto de vista literario se le podía sacar algo. El gorrión, en cambio, estaba dicho.
Con todo, la imagen persistió en mi cabeza por años y sigue ahí. Cuando la recuerdo me genera la misma pena y soledad que me generó esa tarde de invierno, de sol frío y deprimido. ¿Puede uno impactarse por algo tan alegórico, tan directo? ¡Claro! Pero no sé si uno puede hacer un poema o una narración de eso sin caer en lo obvio o lo cursi.
La anécdota se dio en el tren, en un denso verano porteño, como todos los veranos porteños. Viajaba de Retiro a Hurlingham, barrio suburbano de Buenos Aires, disfrutando de la poca gente que había en los vagones, ubicado en un asiento para dos, yo y mi libraco, Los Siete Pilares de la Sabiduría, de T.E. Lawrence, el gran Lawrence de Arabia. Iba por la mitad y mi idea era terminarlo a lo largo del fin de semana. Me dirigía a la casa de mis primos a pasar esos dos días libres, contento y con ganas de disfrutar. Más bien, con la certeza de que iba a disfrutar.
El tren dejó atrás la Capital y cruzamos a provincia. El sol jugaba con las rápidas sombras de las salientes de las ventanas, en cada estación una brisa agradable enfrentaba al vaho caliente que nos acechaba al detenerse el tren. Pasaron vendedores ambulantes a los gritos. Cuadernos, golosinas, lápices, pilas, más baratos que nunca. Un viejo de aspecto juvenil entró al vagón sin ánimo de gritar los beneficios de las biromes que vendía, apenas las nombró a media voz, tomando el riesgo de que nadie oyera lo que a nadie importaba oir. Me pareció verlo desaparecer por el costado del ojo cuando de pronto estaba al lado mío. Levanté la vista. Sonrió sin mirarme, miraba mi libro. Exageró el tono de voz y dijo: “¡Uuuuuyy, qué libraco estás leyendo! ¿Cuál es? ¿Por dónde vas?” Con agria sonrisa le mostré el libro a la mitad. Hizo un gesto de no entender. Se rio, exagerando también la risa. “Uuuuy, suerte con eso, te falta un buen tirón! ¡No te van a alcanzar las estaciones que quedan para terminarlo, ja, ja. ¿Es bueno? ¡Más vale, con ese tamaño, ja, ja!”.
Murmuré algo sin ganas. El tipo se fue y pasó a los siguientes vagones. Un rato después sentí de nuevo su presencia junto al asiento. Levanté la vista con los párpados a la mitad, con más mal humor que soberbia. Me miró a los ojos; los suyos relampaguearon con astucia. Dijo: “Lawrence no murió en un accidente de motocicleta, como dijeron y como se ve en la película, algunos hasta insinuaron suicidio, pura falsedad, fue el Foreign Office que lo mató. Nunca habían soportado a Lawrence, él quería a los árabes y sentía que su gobierno los había traicionado a ellos y también a él. ¡Y tenía razón, el inglés!”.
El viejo se fue sin que yo llegara a abrir la boca. De abrirla no hubiera dicho nada. Lo observé alejarse con sus biromes de mala calidad. Me reí, sorprendido en mi mala fe, y admirado. Había jugado su papel de ignorante con un timing genuinamente literario: primero me dejó la impresión de que era un pesado que hablaba por hablar, y al final, después de recorrer todos los vagones, volvió para rematar su historia, sin saber si yo estaría todavía en el tren. Quise averiguar sobre él, pregunté en la estación si alguien sabía quién era el misterioso vendedor de biromes, pero nada. Los guardias y los expendedores de boleto mencionaron que había “muchos vendedores al día”, eso fue todo.
Las veces que cuento esta anécdota algunos me preguntan porqué no la hago cuento. Respondo que no puedo, ya está hecha (juro que la narro tal cual fue). ¿Será que la realidad, cuando imita al arte, lo anula y no le deja resquicios que insinúen que una situación “podría no haber ocurrido”? ¿O es que la literatura, la ficción, debe fingir un devenir y en vez de plasmar acciones llamativas las aplana para hacer creer que una fuerte dosis de incertidumbre contagia el texto, igual que la realidad y sus caprichos contagian a la vida? Quizá eso es lo que consiguen los buenos autores, crear un universo singular con leyes propias y, sobre todo, un astuto devenir.
Es posible que el viejo del tren fuera un cuentista consumado ejercitando su oficio, quién sabe. Si antes de irse hubiese dado media vuelta para decir que escribía, que leía mucho, o que el libro de Lawrence le había fascinado se habría roto el encanto. Habría aparecido no el devenir sino el costado más obvio de la vida cotidiana, el de las explicaciones, las justificaciones, que sin embargo muchas veces exigimos cuando no entendemos algo o no queremos andar con rodeos. El viejo, conciente de eso, se fue sabiendo que no era un cuento lo que había creado sino un momento literario insertado en lo real.
Releo lo que escribí arriba y me doy cuenta que, al margen de toda especulación y alertas de probables alegorías, hice lo que durante tanto tiempo tuve ganas de hacer: narrar el gorrión y el vendedor de biromes. Siento que valían la pena, a pesar de los obstáculos formales.
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jueves, 13 de enero de 2011
QUINTO CAPÍTULO DE "LAS AVENTURAS DE JORGE"
¡CONTINÚAN LAS SAGAS JORGEANAS!
En este capítulo el autor muere. Por eso, si hasta ahora les gustó más o menos la historieta, leerán el capítulo por morbo. Si no les gustó quizá lo lean con gusto y con la esperanza de que se suspenda de una vez. A lo que voy es que tanto seguidores como detractores pueden echarle un ojo, medio ojo o, en el caso, leerlo con los dos ojos pero con los párpados a la mitad.
En este capítulo el autor muere. Por eso, si hasta ahora les gustó más o menos la historieta, leerán el capítulo por morbo. Si no les gustó quizá lo lean con gusto y con la esperanza de que se suspenda de una vez. A lo que voy es que tanto seguidores como detractores pueden echarle un ojo, medio ojo o, en el caso, leerlo con los dos ojos pero con los párpados a la mitad.
(Gracias especiales a mi preciosa Tere, que me ayudó con el photoshop y con diversas habilidades plástico-cibernéticas que ella domina a la perfección y que yo ignoro, no comprendo y hasta temo).
NOTA: una vez abierta la imagen de un clic, dénle otro clic (sí, cuanta burocracia, lo sé), y verán la imagen en cinerama, como vieron en su época Ben Hur o Lawrence de Arabia.
















sábado, 30 de octubre de 2010
DECÁLOGO INFAME DEL GUIONISTA CINEMATOGRÁFICO
A continuación se enumeran algunas de las mentiras y malentendidos que suelen trastornar a la gente que, no siempre mal intencionada, se dedica a escribir guiones para cine:
1- SER GUIONISTA ES UNA VOCACIÓN. NO SE ELIGE SER GUIONISTA, SE NACE.
Ni falso ni cierto: imposible. Nadie nace sabiendo que va a ser algo que no está definido. Al crecer -y por dejarse confundir por las brillantes luces del cine-, el escritor que podría haber sido un decente narrador en otros rubros se decide a ser lo que nadie sabe si es ser algo o no ser nada: un guionista. Para cuando se da cuenta que en el cine no hay reconocimiento ni, en el caso de los más guionistas más frívolos, fama y dinero, ya perdió el coraje, la inspiración y la energía para escribir en cualquier otro medio. La prosa y la poesía podrían ser quizá ese medio, y aún considerando que están algo caducas se interpretan como arte genuino, aunque nadie lea ni prosa ni poesía.
2- LA MEJOR ARMA DE UN GUIONISTA ES TENER BUENAS IDEAS.
Falso. A nadie importa si un guionista tiene imaginación, talento o si es capaz de escribir una buena historia. Esos son cuentos que en las escuelas de cine cuentan a sus alumnos para no desanimarlos de pagar la cuota. El cine es negocio en un 100 % (con un 1 % ciento para arriba de margen de error), manejado por gente que no sabe nada de historias ni le importa saber. Sin embargo, las películas que se terminan haciendo en Latinoamérica nunca son exitosas pero el negocio de hacerlas sí, porque depende de saquear al estado y de no rendir cuentas, ya que se trata de arte subsidiado.
3- LOS PRODUCTORES SIEMPRE ESTÁN A LA BÚSQUEDA DE BUENAS HISTORIAS Y HAY QUE APROVECHARLO.
Falso. Es una frase que los productores dicen por decir, en verdad sólo buscan producir guiones de amigos o gente que les conviene apadrinar, guiones que seguro no han leído aunque no por eso dudan que sean lo suficientemente malos para ser filmados. Por desgracia, para quedar bien (¿frente a quién? No se sabe, pero se está investigando) a veces afirman en público que buscan buenas historias. Nadie les cree, salvo los guionistas, y porque están desesperados.
4- LO IMPORTANTE PARA UN GUIONISTA ES ESCRIBIR MUCHO Y DIVULGAR SUS OBRAS HASTA QUE ALGUIEN LAS VALORE Y RECONOZCA SU CAPACIDAD COMO NARRADOR/A.
Falso. Principalmente, para enamorarse de una historia, incluso de una persona, el productor debe saber lo que es el amor. No lo sabe; y no sólo eso, no sabe nada de nada, por eso produce películas que a nadie gustan, porque al desconocer el amor no sabe lo que es herir el corazón de una persona sensible, en este caso un espectador incauto que no aprende de ejemplos anteriores y le da otra chance a la mediocridad mediante el pago de una entrada.
5- HAY QUE, DE A POCO Y SIN DESESPERARSE, IR ENTRANDO EN EL MEDIO CINEMATOGRÁFICO PARA CONOCER GENTE HASTA DAR CON LA PERSONA QUE NOS DE LA OPORTUNIDAD DE BRILLAR.
Falso. En sociedades más adeptas a los mitos y las fábulas eso se traducía antiguamente como ir en busca de Shambhala, El Dorado o la Fuente de la Juventud; es decir, ir en busca de lo que no existe para mitigar la pena de la existencia humana. Un guionista experimenta la pena más banal al ser ignorado toda su existencia, y no muere como un viajero místico escalando cerros fabulosos en busca de ciudades doradas sino como un perro callejero, solo y abandonado. O dicho de otro modo, como un verdadero guionista.
6- ES IMPORTANTE QUE NOS CONTRATEN PARA ESCRIBIR UN GUIÓN POR ENCARGO, Y LUEGO TRATAR DE LLEVAR LA HISTORIA HACIA DONDE QUERAMOS QUE VAYA, YA QUE UNA IDEA, SI ES BUENA, SERÁ ESCUCHADA.
Falso. Un guión por encargo empieza mal y termina mal porque su camino siempre fue malo. Además, si un productor y un director quieren hacer algo mediocre un guionista no es quién para sugerirles lo contrario. Se lo alquila no como cerebro sino como parte de una gran máquina que, por no funcionar, acabará realizando un pésimo producto, que no necesariamente una película.
7- UN GUIONISTA SIGUE LAS DIRECTIVAS DEL PRODUCTOR O DIRECTOR QUE LO CONTRATA.
Cierto. Lo que vuelve al guionista un sujeto para nada inocente y un incitador a su propia violación. Eso genera que casi nunca escriba buenos guiones, menos en Latinoamérica, donde los directores suelen mentirse a sí mismos creyendo que hacen cine de autor cuando sólo hacen películas malas que ve poca gente, al revés de Hollywood, donde los directores tampoco son artistas y hacen películas malas que ve mucha gente.
8- EL GUIONISTA NO TIENE LA CULPA DE SER MALTRATADO POR PRODUCTORES Y DIRECTORES.
Falso. De ser inocente y puro no trabajaría en cine -lo cual le impediría ser maltratado por gente de cine y en vez sería maltratado por gente de otros medios-, no viviría de vanas esperanzas ni rodeado de personas que al final de sus días comprobará que eran muy parecidas a él/ella, por más que siempre lo haya negado, creyendo que no era parte de los engranajes de una máquina oxidada y sin una gota de aceite, ya no digamos tuercas y tornillos (máquina a veces denominada “séptimo arte” aunque únicamente por académicos perversos).
9- EL GUIONISTA LATINOAMERICANO TIENE LA POSIBILIDAD DE ESCRIBIR GUIONES DE PELÍCULAS MÁS LIBRES, MÁS ARTÍSTICAS Y MÁS PERSONALES QUE EN HOLLYWOOD.
Falso. Es decir, podría ser cierto pero no lo es. El cine suele ser un medio pervertido sin importar su país de origen, orientación política, étnica o religiosa. Es reaccionario y mojigato por costumbre y se debe a que mueve mucho dinero. El guionista no ve mucho de ese dinero pero estar cerca le hace creer que sí. En Latinoamérica el cine es igual de malo que en otras partes, ocurre que al tener -en sus mejores cintas- cierto contenido demagógico y pseudo artístico con tono regional, engaña a los directivos de festivales europeos que se obsesionan en darle premios en forma de diversas figuras alegóricas bañadas en oro o plata, con un largo prestigio inventado por ellos mismos.
10- ES COMÚN POR PARTE DE LOS DIRECTORES EL ROBO DE LA AUTORÍA A LOS GUIONISTAS
Cierto. También falso. Son pocos los guionistas autores y con verdadero talento, se cuentan con los dedos de una mano y de la mano de alguien que perdió la mitad de los dedos en un accidente industrial. En general, para robarse la autoría de un guionista el director debe, al menos, tener un gusto mínimo, o una capacidad intelectual no tan reducida como para saber qué robar y qué no. Eso se da muy de vez en cuando, vale decir que esa clase de directores son los buenos directores. La mayoría no roban la autoría, más bien la destruyen por completo al hacer una pésima película a partir de un guión de dudosa calidad.
Agregamos un punto extra de yapa, o pilón, que sería el 11 pero que denominamos 10 bis para darle a esta queja más caché:
10 bis- EL GUIONISTA PUEDE Y DEBE HACER VALER SUS DERECHOS.
Cierto en teoría, falso en la realidad. No hay derechos que hacer valer entre megalómanos sin talento ni cultura (cultura general, no digamos una aplicada), o sea, entre gente que hace cine. Esta deficiencia del saber entre productores y directores ocasiona que el guionista tienda a disfrazar su propia falta de talento y crea que está siendo limitado, que no lo dejan expresarse y que puede dar mucho más de sí. Consigue que sus lamentos parezcan los de un artista estafado en lo más profundo de su moral y no las quejas de otro incapaz en una larga cadena de incapaces.
(NOTA: Es un decálogo antojadizo, mala onda y no muy exacto, es cierto, pero ¿qué pretenden? ¡Soy sólo un guionista!)
(c) Alejandro Hosne 2010
1- SER GUIONISTA ES UNA VOCACIÓN. NO SE ELIGE SER GUIONISTA, SE NACE.
Ni falso ni cierto: imposible. Nadie nace sabiendo que va a ser algo que no está definido. Al crecer -y por dejarse confundir por las brillantes luces del cine-, el escritor que podría haber sido un decente narrador en otros rubros se decide a ser lo que nadie sabe si es ser algo o no ser nada: un guionista. Para cuando se da cuenta que en el cine no hay reconocimiento ni, en el caso de los más guionistas más frívolos, fama y dinero, ya perdió el coraje, la inspiración y la energía para escribir en cualquier otro medio. La prosa y la poesía podrían ser quizá ese medio, y aún considerando que están algo caducas se interpretan como arte genuino, aunque nadie lea ni prosa ni poesía.
2- LA MEJOR ARMA DE UN GUIONISTA ES TENER BUENAS IDEAS.
Falso. A nadie importa si un guionista tiene imaginación, talento o si es capaz de escribir una buena historia. Esos son cuentos que en las escuelas de cine cuentan a sus alumnos para no desanimarlos de pagar la cuota. El cine es negocio en un 100 % (con un 1 % ciento para arriba de margen de error), manejado por gente que no sabe nada de historias ni le importa saber. Sin embargo, las películas que se terminan haciendo en Latinoamérica nunca son exitosas pero el negocio de hacerlas sí, porque depende de saquear al estado y de no rendir cuentas, ya que se trata de arte subsidiado.
3- LOS PRODUCTORES SIEMPRE ESTÁN A LA BÚSQUEDA DE BUENAS HISTORIAS Y HAY QUE APROVECHARLO.
Falso. Es una frase que los productores dicen por decir, en verdad sólo buscan producir guiones de amigos o gente que les conviene apadrinar, guiones que seguro no han leído aunque no por eso dudan que sean lo suficientemente malos para ser filmados. Por desgracia, para quedar bien (¿frente a quién? No se sabe, pero se está investigando) a veces afirman en público que buscan buenas historias. Nadie les cree, salvo los guionistas, y porque están desesperados.
4- LO IMPORTANTE PARA UN GUIONISTA ES ESCRIBIR MUCHO Y DIVULGAR SUS OBRAS HASTA QUE ALGUIEN LAS VALORE Y RECONOZCA SU CAPACIDAD COMO NARRADOR/A.
Falso. Principalmente, para enamorarse de una historia, incluso de una persona, el productor debe saber lo que es el amor. No lo sabe; y no sólo eso, no sabe nada de nada, por eso produce películas que a nadie gustan, porque al desconocer el amor no sabe lo que es herir el corazón de una persona sensible, en este caso un espectador incauto que no aprende de ejemplos anteriores y le da otra chance a la mediocridad mediante el pago de una entrada.
5- HAY QUE, DE A POCO Y SIN DESESPERARSE, IR ENTRANDO EN EL MEDIO CINEMATOGRÁFICO PARA CONOCER GENTE HASTA DAR CON LA PERSONA QUE NOS DE LA OPORTUNIDAD DE BRILLAR.
Falso. En sociedades más adeptas a los mitos y las fábulas eso se traducía antiguamente como ir en busca de Shambhala, El Dorado o la Fuente de la Juventud; es decir, ir en busca de lo que no existe para mitigar la pena de la existencia humana. Un guionista experimenta la pena más banal al ser ignorado toda su existencia, y no muere como un viajero místico escalando cerros fabulosos en busca de ciudades doradas sino como un perro callejero, solo y abandonado. O dicho de otro modo, como un verdadero guionista.
6- ES IMPORTANTE QUE NOS CONTRATEN PARA ESCRIBIR UN GUIÓN POR ENCARGO, Y LUEGO TRATAR DE LLEVAR LA HISTORIA HACIA DONDE QUERAMOS QUE VAYA, YA QUE UNA IDEA, SI ES BUENA, SERÁ ESCUCHADA.
Falso. Un guión por encargo empieza mal y termina mal porque su camino siempre fue malo. Además, si un productor y un director quieren hacer algo mediocre un guionista no es quién para sugerirles lo contrario. Se lo alquila no como cerebro sino como parte de una gran máquina que, por no funcionar, acabará realizando un pésimo producto, que no necesariamente una película.
7- UN GUIONISTA SIGUE LAS DIRECTIVAS DEL PRODUCTOR O DIRECTOR QUE LO CONTRATA.
Cierto. Lo que vuelve al guionista un sujeto para nada inocente y un incitador a su propia violación. Eso genera que casi nunca escriba buenos guiones, menos en Latinoamérica, donde los directores suelen mentirse a sí mismos creyendo que hacen cine de autor cuando sólo hacen películas malas que ve poca gente, al revés de Hollywood, donde los directores tampoco son artistas y hacen películas malas que ve mucha gente.
8- EL GUIONISTA NO TIENE LA CULPA DE SER MALTRATADO POR PRODUCTORES Y DIRECTORES.
Falso. De ser inocente y puro no trabajaría en cine -lo cual le impediría ser maltratado por gente de cine y en vez sería maltratado por gente de otros medios-, no viviría de vanas esperanzas ni rodeado de personas que al final de sus días comprobará que eran muy parecidas a él/ella, por más que siempre lo haya negado, creyendo que no era parte de los engranajes de una máquina oxidada y sin una gota de aceite, ya no digamos tuercas y tornillos (máquina a veces denominada “séptimo arte” aunque únicamente por académicos perversos).
9- EL GUIONISTA LATINOAMERICANO TIENE LA POSIBILIDAD DE ESCRIBIR GUIONES DE PELÍCULAS MÁS LIBRES, MÁS ARTÍSTICAS Y MÁS PERSONALES QUE EN HOLLYWOOD.
Falso. Es decir, podría ser cierto pero no lo es. El cine suele ser un medio pervertido sin importar su país de origen, orientación política, étnica o religiosa. Es reaccionario y mojigato por costumbre y se debe a que mueve mucho dinero. El guionista no ve mucho de ese dinero pero estar cerca le hace creer que sí. En Latinoamérica el cine es igual de malo que en otras partes, ocurre que al tener -en sus mejores cintas- cierto contenido demagógico y pseudo artístico con tono regional, engaña a los directivos de festivales europeos que se obsesionan en darle premios en forma de diversas figuras alegóricas bañadas en oro o plata, con un largo prestigio inventado por ellos mismos.
10- ES COMÚN POR PARTE DE LOS DIRECTORES EL ROBO DE LA AUTORÍA A LOS GUIONISTAS
Cierto. También falso. Son pocos los guionistas autores y con verdadero talento, se cuentan con los dedos de una mano y de la mano de alguien que perdió la mitad de los dedos en un accidente industrial. En general, para robarse la autoría de un guionista el director debe, al menos, tener un gusto mínimo, o una capacidad intelectual no tan reducida como para saber qué robar y qué no. Eso se da muy de vez en cuando, vale decir que esa clase de directores son los buenos directores. La mayoría no roban la autoría, más bien la destruyen por completo al hacer una pésima película a partir de un guión de dudosa calidad.
Agregamos un punto extra de yapa, o pilón, que sería el 11 pero que denominamos 10 bis para darle a esta queja más caché:
10 bis- EL GUIONISTA PUEDE Y DEBE HACER VALER SUS DERECHOS.
Cierto en teoría, falso en la realidad. No hay derechos que hacer valer entre megalómanos sin talento ni cultura (cultura general, no digamos una aplicada), o sea, entre gente que hace cine. Esta deficiencia del saber entre productores y directores ocasiona que el guionista tienda a disfrazar su propia falta de talento y crea que está siendo limitado, que no lo dejan expresarse y que puede dar mucho más de sí. Consigue que sus lamentos parezcan los de un artista estafado en lo más profundo de su moral y no las quejas de otro incapaz en una larga cadena de incapaces.
(NOTA: Es un decálogo antojadizo, mala onda y no muy exacto, es cierto, pero ¿qué pretenden? ¡Soy sólo un guionista!)
(c) Alejandro Hosne 2010
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domingo, 26 de septiembre de 2010
EN CASO DE QUE EL AMOR SOLO NO ALCANCE...
Aviso en vagón de Metro Ciudad de México, línea 9
No hay mucho que agregar a lo que dice este aviso, pero si uno consigue superar su retórica salvaje y alucinada destaca lo esencial de la propuesta: es perfectamente viable.
Léanlo bien -dejando de lado la risa o la indignación- y verán que es tan lógico y consecuente como la gravedad o la rotación de la tierra. Si dijera algo del estilo de “hacemos que la persona que lo abandonó o que lo engaña vuelva a usted de inmediato y lo ame para siempre” no le creeríamos nada, ni siquiera tendríamos que pensarlo, se trataría de la estafa común y corriente de cualquier publicidad, una promesa vacía que nadie espera que se cumpla. ¿Quién podría lograr que una persona que nos mandó al carajo o que nos maltrata regrese y nos ame sólo porque lo deseamos? Nunca visto.
Ahora bien, si nos aseguran que podemos doblegar a la persona que nos abandonó o nos maltrata sí empezamos a creerle, porque la humillación es un vicio que la humanidad suele ejercer de forma exitosa, rítmica, interrumpida, al revés del amor, que en general se ejecuta torpemente. Por eso, si tienen problemas graves con su pareja, si intentaron la reconciliación por medio de palabras dulces o haciendo un acopio del amor compartido durante tanto tiempo y no sirvió, sepan que carecen de lo fundamental para ser exitosos: la dominación del otro.
No sé si enseñar a humillar al ser amado es enseñar sobre el amor, pero sí sobre los usuales mecanismos de las relaciones afectivas que, muchas veces, no tienen nada que ver con el amor sino con la más bastarda territorialidad y egoísmo. La herramienta de tortura psicológica que propone este aviso -espero que sea psicológica y no un mero sometimiento físico, sería una desilusión- quizá sea consecuencia de haber aceptado como real la peor parte del ser humano, de atreverse a evitar las inútiles mieles del sentimentalismo y gritarlo delante de todos y de nadie en un aviso de metro apenas visible, con un cinismo tan descarado que resulta casi admirable.
Están enterados: en caso de que el resentimiento con sus parejas los haga rebasar cualquier límite ético ya tienen a quién llamar por consejo. Prepárense.
sábado, 4 de septiembre de 2010
LO ABSURDO COMO LIBERACION
Estoy convencido de que a las ciudades grandes, como pasa con el D.F., les llega el terrible momento en que empiezan a crecer solas, a desafiar cualquier intento de urbanidad y armonía arquitectónica y se vuelven simplemente monstruosas. Se hace imposible contenerlas, más si nadie aspira a contenerlas sino a esquivarlas (¡cómo si eso se pudiera!). El D.F. es un buen ejemplo de ciudad con expansiones de godzilla en pleno ataque de pánico.
Ante todo aclaro que no sólo no tengo nada en contra del D.F. –vivo en él hace años- sino que tampoco intento emitir una opinión del estilo de “me gusta o no me gusta”, porque esta urbe es demasiado desproporcionada para reducirla, valga la expresión, a un mero tema de gustos. El D.F. ya no es lindo ni feo, es incorregible (1).
La ciudad cobró vida gracias a los frankensteins delegacionales y jefes de gobierno que la abandonaron a su suerte -mala, como la de cualquiera que es abandonado-, y sobre todo por nosotros, sus habitantes, que observamos inertes o con perversa ambigüedad cómo se nos acercan amenazantes esas miles de toneladas de cemento, vidrio y concreto con los cuales se creó el golem; nuestro golem, alimentado de tráfico, enajenación e histeria y que se vuelve contra nosotros en cuanto pisamos la calle.
¿A qué va todo esto? A que los otros días encontré algunos ejemplos de seres humanos -al fin y al cabo las ciudades, en teoría, están diseñadas para que las habiten seres humanos- que mostraban subversión, desafío, imaginación. Un desafío, digamos, casi cósmico, una evidente oposición a lo irracional por medio de una ilógica creativa.
Esa gente defendió su derecho al absurdo en busca de -diría Albert Camus- unidad frente a la totalidad, de rebeldía contra el totalitarismo de la insensatez y falta de propuestas que, en este caso, vendría a ser la urbanización de lo ridículo y la construcción de lo desordenado. Es decir, de la ciudad.
Vamos a los ejemplos:

Casa cualquiera en la colonia Coyoacán
Esta placa que vemos en la foto atestigua lo que sus dueños quieren aclarar al transeúnte que se digne a levantar la vista. La aclaración viene como respuesta a una pregunta nunca hecha y en consecuencia no aclara. Si pensamos que las puertas citadas, en su abrir misterioso, podrían abrirse hoy como no se abrían antes, entendemos el tono de fastidio de la cita: ¿cómo tenemos el tupé de cuestionar el abrir de las puertas, en primer lugar? Si observamos con detenimiento la casa (yo lo hice) no notamos nada raro en sus puertas, pero quizá sea porque seguimos la línea irracional que siguen las casas y las ciudades, que dictan que una puerta debe abrirse por un motivo en particular o por alguien en particular. Por fortuna, la ilógica de los dueños de esta casa nos frena a tiempo y nos hace entender que no entendemos, y que por eso vivimos en la ciudad.

Arbol en la colonia Nápoles
Este árbol nos sugiere el salvataje desesperado de algún empleado delegacional amante de la naturaleza. Cuando di con él, caminando al azar, me emocionó que lo hubieran rescatado y no dejado morir por construir una banqueta (vereda) o una calle. Pero una noche -mucho antes de esa melancólica caminata-, casi choco contra él manejando en el auto y puteé de lo lindo contra el imbécil que lo dejó ahí, en plena calle y sin aviso. Sólo tiempo después me di cuenta que se trataba del mismo árbol.
Sin embargo surgen dudas: ¿si el empleado delegacional amaba tanto al árbol, por qué no consideró que dejarlo en la calle era exponerlo a que lo chocaran una y otra vez? Si tanto respetaba la vida del árbol, ¿no hubiera convenido ensanchar la banqueta y dejarlo a salvo? También pudo ocurrir que fuese al revés, que el tipo/a odiara el árbol y en vez de motosierrarlo lo expusiera a ser ejecutado por los automovilistas del D.F., lentamente, golpe tras golpe. Se sabe, además, que al manejar los automovilistas se vuelven tan locos como la ciudad misma y dejan de ser personas para ser chatarra en estado de furia. Como sea, la vida de este árbol sugiere motivos contradictorios en sus salvadores y hasta podemos sospechar que hubo malicia. Sin embargo, el árbol continúa viviendo.
Estas dos incógnitas que señalé -una apenas visible, la otra tan visible que nadie la nota-, remarcan que el verdadero sinsentido en nuestras vidas debe ser creativo, desafiante, enigmático. Si hacer morir una ciudad por el hecho de dejarla crecer como monstruo mutante es en verdad el efecto de un nihilismo estúpido, evidenciar el absurdo universal es el resultado de una sabiduría lúcida, alucinante, digna de un ser humano que no quiere abandonarse a la confusión y que -otra vez cito a Camus- grita sus desesperadas ansias de unidad.
(1) Que no se enojen los peronistas, al contrario. La siguiente frase atribuida a Borges: “los peronistas no son ni buenos ni malos, son incorregibles” se puede usar para un sinfín de otras cosas que no sean los peronistas y quizá con mejor resultado. Pero, claro, primero debemos aceptar que le estamos robando la frase a Georgie.
Ante todo aclaro que no sólo no tengo nada en contra del D.F. –vivo en él hace años- sino que tampoco intento emitir una opinión del estilo de “me gusta o no me gusta”, porque esta urbe es demasiado desproporcionada para reducirla, valga la expresión, a un mero tema de gustos. El D.F. ya no es lindo ni feo, es incorregible (1).
La ciudad cobró vida gracias a los frankensteins delegacionales y jefes de gobierno que la abandonaron a su suerte -mala, como la de cualquiera que es abandonado-, y sobre todo por nosotros, sus habitantes, que observamos inertes o con perversa ambigüedad cómo se nos acercan amenazantes esas miles de toneladas de cemento, vidrio y concreto con los cuales se creó el golem; nuestro golem, alimentado de tráfico, enajenación e histeria y que se vuelve contra nosotros en cuanto pisamos la calle.
¿A qué va todo esto? A que los otros días encontré algunos ejemplos de seres humanos -al fin y al cabo las ciudades, en teoría, están diseñadas para que las habiten seres humanos- que mostraban subversión, desafío, imaginación. Un desafío, digamos, casi cósmico, una evidente oposición a lo irracional por medio de una ilógica creativa.
Esa gente defendió su derecho al absurdo en busca de -diría Albert Camus- unidad frente a la totalidad, de rebeldía contra el totalitarismo de la insensatez y falta de propuestas que, en este caso, vendría a ser la urbanización de lo ridículo y la construcción de lo desordenado. Es decir, de la ciudad.
Vamos a los ejemplos:

Casa cualquiera en la colonia Coyoacán
Esta placa que vemos en la foto atestigua lo que sus dueños quieren aclarar al transeúnte que se digne a levantar la vista. La aclaración viene como respuesta a una pregunta nunca hecha y en consecuencia no aclara. Si pensamos que las puertas citadas, en su abrir misterioso, podrían abrirse hoy como no se abrían antes, entendemos el tono de fastidio de la cita: ¿cómo tenemos el tupé de cuestionar el abrir de las puertas, en primer lugar? Si observamos con detenimiento la casa (yo lo hice) no notamos nada raro en sus puertas, pero quizá sea porque seguimos la línea irracional que siguen las casas y las ciudades, que dictan que una puerta debe abrirse por un motivo en particular o por alguien en particular. Por fortuna, la ilógica de los dueños de esta casa nos frena a tiempo y nos hace entender que no entendemos, y que por eso vivimos en la ciudad.
Arbol en la colonia Nápoles
Este árbol nos sugiere el salvataje desesperado de algún empleado delegacional amante de la naturaleza. Cuando di con él, caminando al azar, me emocionó que lo hubieran rescatado y no dejado morir por construir una banqueta (vereda) o una calle. Pero una noche -mucho antes de esa melancólica caminata-, casi choco contra él manejando en el auto y puteé de lo lindo contra el imbécil que lo dejó ahí, en plena calle y sin aviso. Sólo tiempo después me di cuenta que se trataba del mismo árbol.
Sin embargo surgen dudas: ¿si el empleado delegacional amaba tanto al árbol, por qué no consideró que dejarlo en la calle era exponerlo a que lo chocaran una y otra vez? Si tanto respetaba la vida del árbol, ¿no hubiera convenido ensanchar la banqueta y dejarlo a salvo? También pudo ocurrir que fuese al revés, que el tipo/a odiara el árbol y en vez de motosierrarlo lo expusiera a ser ejecutado por los automovilistas del D.F., lentamente, golpe tras golpe. Se sabe, además, que al manejar los automovilistas se vuelven tan locos como la ciudad misma y dejan de ser personas para ser chatarra en estado de furia. Como sea, la vida de este árbol sugiere motivos contradictorios en sus salvadores y hasta podemos sospechar que hubo malicia. Sin embargo, el árbol continúa viviendo.
Estas dos incógnitas que señalé -una apenas visible, la otra tan visible que nadie la nota-, remarcan que el verdadero sinsentido en nuestras vidas debe ser creativo, desafiante, enigmático. Si hacer morir una ciudad por el hecho de dejarla crecer como monstruo mutante es en verdad el efecto de un nihilismo estúpido, evidenciar el absurdo universal es el resultado de una sabiduría lúcida, alucinante, digna de un ser humano que no quiere abandonarse a la confusión y que -otra vez cito a Camus- grita sus desesperadas ansias de unidad.
(1) Que no se enojen los peronistas, al contrario. La siguiente frase atribuida a Borges: “los peronistas no son ni buenos ni malos, son incorregibles” se puede usar para un sinfín de otras cosas que no sean los peronistas y quizá con mejor resultado. Pero, claro, primero debemos aceptar que le estamos robando la frase a Georgie.
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sábado, 31 de julio de 2010
MOMENTOS CON ANZUELO
… Me refiero a esos momentos en los que somos testigos de algo que sobresale en el bodrio cotidiano, algo que nos descoloca y nos agrada porque es inesperado y porque, en general, nadie nota más que nosotros. Esos momentos pueden venir con o sin moraleja, igual enseñan cosas. Por eso hay que agarrarlos con anzuelo y después narrarlos, que no caigan en el olvido.
LA HISTORIA DEL PALITO
Conocí la historia del palito durante un encuentro entre un escritor y una editora en el café de una librería. La charla venía distendida, mezcla de entusiasmo y anhelo en uno, cautela y curiosidad en otra. La hija de la editora estaba presente. Por un rato, se atajó la editora, el padre ya la viene a buscar, enseguida vamos a poder charlar tranquilos y tomarnos un café. El escritor no tuvo problemas, la nena iba y venía en busca un libro y casi no estuvo con ellos. Atenta, lúcida, no se decidía cuál llevar, había seleccionado varios buenos títulos. La editora la describió como una gran manipuladora, omitiendo decir que era un encanto, cosa que se veía. Al final pidieron los cafés, el padre tardaba.
Charlamos sobre mi libro -el escritor era yo, la editora era ella- y la literatura actual. Dije sin que se notara mi enojo que ésta me parecía ajena y acartonada. Yo sabía que, bien o mal, escribía por necesidad, al revés de muchos otros que lo hacían para figurar o conseguir algún puesto de agregado cultural. Eso no lo dije.
Pasaron los minutos, la charla se acabó, promesa mediante de leer el manuscrito. La nena volvió a la mesa, inquieta. Me echó un vistazo tratando de adivinar si podía ser un interlocutor válido. Decidió que no, pero no había nadie más. La editora pidió la cuenta y atendió su celular, era el padre que venía retrasado. Están divorciados, me explica la nena. Vino el mozo y levantó tazas y vasos mientras afuera el padre trataba de estacionar. La nena me pregunta:
- ¿Conoces la historia del palito?
No esperó la respuesta. Se apoyó de costado sobre mi pierna en total confianza y dijo sin mirarme que había un planeta donde los palitos vivían sólo para sostener muñecos, que si no lo hacían eran perseguidos por las otras cosas. Aclaró que lo único que había en ese planeta eran muñecos, palitos y otras cosas. Me mostró un palito que tenía en la mano y lo hizo esquivar -con una sola mano, la otra la mantenía detrás de la espalda- las servilletas, los sobrecitos de azúcar, incluso la bandeja que sostenía el mozo. Contó que el palito tuvo la desgracia de separarse un día de su muñeco, por distraído. Lo buscó por todos lados y no lo pudo encontrar. Muy nervioso, se dio cuenta que las otras cosas del planeta lo empezaban a perseguir, acusándolo de no querer sostener a su muñeco. Intentaron pegarle, y mientras el palito huía les gritaba asustado que no era su culpa, no encontraba a su muñeco.
La nena levantó la voz imitando el gemido de horror del palito, y movió los objetos de la mesa como si fueran las persecutorias cosas de ese planeta. Mi carpeta con el manuscrito casi obstruyó el escape del palito. La nena me miró y dijo que cuando no había más esperanza ni donde escapar -el planeta era chico como esta mesa-, el palito dobló una esquina y se topó con su muñeco perdido -señaló un ángulo de la mesa-. Los dos se reprocharon y se dijeron de todo hasta entender que se había tratado de un mero descuido. La nena miró al mozo acercándose con el vuelto en la mano. La madre se despidió, a punto de cortar la llamada. El muñeco le dijo al palito que se subiera, urgente, y se unieran de una vez, que venían las cosas para pegarle. El palito sonrió y de un salto entró en la base del muñeco. La nena sacó la mano oculta detrás de la espalda, que sostenía al muñeco, y en un movimiento hizo entrar al palito en la base.
- Así termina la historia.
Un segundo después la madre se levantó, el padre estaba abajo. El mozo se fue cargando todo. La nena se despidió llevándose el muñeco, regalo de la librería de la sección de chicos, y bajó las escaleras dedicándome un cháu apurado. Por la ventana vi al padre que la esperaba en el auto con la puerta abierta.
Seguimos hablando un rato de mi novela y de cualquier otra cosa. Ahí entendí, lento, llegando casi tan tarde como el palito al muñeco, que la nena había improvisado esa historia nomás para amenizar la llegada de la cuenta y del padre. Duró menos de un minuto su historia -lo que llevó pagar e irse-, lapso que había calculado con absoluta precisión desde el momento en que me preguntó si conocía la historia del palito. Cuando calzó el palito en el muñeco y dijo “fin”, su padre le hacía señas por la ventana.
Yo, que con vergüenza -tampoco tanta- creía que escribía por necesidad, admiré en silencio a esa nena que inventó una historia para no aburrirse en los cuarenta y cinco segundos que tenía por delante sin ningún plan programado. La madre no reparó en su relato, supuse que escucharía varios por día, dependiendo de la impaciencia de la hija, que esa tarde la usó para marear a un escritor y demostrarle que el tiempo estaba de su lado, que el placer del relato superaba lectores, escuchas, ediciones y objetivos. El aburrimiento -que constantemente nos destruye lo cotidiano o, lo que es peor, lo construye- ese día fue doblegado por una nena que supo enfrentarlo con un palito y un pedazo de muñeco. Ella, que según aclaró su mamá no tenía ninguna intención de escribir a pesar de tener madre editora y poeta, sí tenía una terca y sincera necesidad de contar historias.
LA HISTORIA DEL PALITO
Conocí la historia del palito durante un encuentro entre un escritor y una editora en el café de una librería. La charla venía distendida, mezcla de entusiasmo y anhelo en uno, cautela y curiosidad en otra. La hija de la editora estaba presente. Por un rato, se atajó la editora, el padre ya la viene a buscar, enseguida vamos a poder charlar tranquilos y tomarnos un café. El escritor no tuvo problemas, la nena iba y venía en busca un libro y casi no estuvo con ellos. Atenta, lúcida, no se decidía cuál llevar, había seleccionado varios buenos títulos. La editora la describió como una gran manipuladora, omitiendo decir que era un encanto, cosa que se veía. Al final pidieron los cafés, el padre tardaba.
Charlamos sobre mi libro -el escritor era yo, la editora era ella- y la literatura actual. Dije sin que se notara mi enojo que ésta me parecía ajena y acartonada. Yo sabía que, bien o mal, escribía por necesidad, al revés de muchos otros que lo hacían para figurar o conseguir algún puesto de agregado cultural. Eso no lo dije.
Pasaron los minutos, la charla se acabó, promesa mediante de leer el manuscrito. La nena volvió a la mesa, inquieta. Me echó un vistazo tratando de adivinar si podía ser un interlocutor válido. Decidió que no, pero no había nadie más. La editora pidió la cuenta y atendió su celular, era el padre que venía retrasado. Están divorciados, me explica la nena. Vino el mozo y levantó tazas y vasos mientras afuera el padre trataba de estacionar. La nena me pregunta:
- ¿Conoces la historia del palito?
No esperó la respuesta. Se apoyó de costado sobre mi pierna en total confianza y dijo sin mirarme que había un planeta donde los palitos vivían sólo para sostener muñecos, que si no lo hacían eran perseguidos por las otras cosas. Aclaró que lo único que había en ese planeta eran muñecos, palitos y otras cosas. Me mostró un palito que tenía en la mano y lo hizo esquivar -con una sola mano, la otra la mantenía detrás de la espalda- las servilletas, los sobrecitos de azúcar, incluso la bandeja que sostenía el mozo. Contó que el palito tuvo la desgracia de separarse un día de su muñeco, por distraído. Lo buscó por todos lados y no lo pudo encontrar. Muy nervioso, se dio cuenta que las otras cosas del planeta lo empezaban a perseguir, acusándolo de no querer sostener a su muñeco. Intentaron pegarle, y mientras el palito huía les gritaba asustado que no era su culpa, no encontraba a su muñeco.
La nena levantó la voz imitando el gemido de horror del palito, y movió los objetos de la mesa como si fueran las persecutorias cosas de ese planeta. Mi carpeta con el manuscrito casi obstruyó el escape del palito. La nena me miró y dijo que cuando no había más esperanza ni donde escapar -el planeta era chico como esta mesa-, el palito dobló una esquina y se topó con su muñeco perdido -señaló un ángulo de la mesa-. Los dos se reprocharon y se dijeron de todo hasta entender que se había tratado de un mero descuido. La nena miró al mozo acercándose con el vuelto en la mano. La madre se despidió, a punto de cortar la llamada. El muñeco le dijo al palito que se subiera, urgente, y se unieran de una vez, que venían las cosas para pegarle. El palito sonrió y de un salto entró en la base del muñeco. La nena sacó la mano oculta detrás de la espalda, que sostenía al muñeco, y en un movimiento hizo entrar al palito en la base.
- Así termina la historia.
Un segundo después la madre se levantó, el padre estaba abajo. El mozo se fue cargando todo. La nena se despidió llevándose el muñeco, regalo de la librería de la sección de chicos, y bajó las escaleras dedicándome un cháu apurado. Por la ventana vi al padre que la esperaba en el auto con la puerta abierta.
Seguimos hablando un rato de mi novela y de cualquier otra cosa. Ahí entendí, lento, llegando casi tan tarde como el palito al muñeco, que la nena había improvisado esa historia nomás para amenizar la llegada de la cuenta y del padre. Duró menos de un minuto su historia -lo que llevó pagar e irse-, lapso que había calculado con absoluta precisión desde el momento en que me preguntó si conocía la historia del palito. Cuando calzó el palito en el muñeco y dijo “fin”, su padre le hacía señas por la ventana.
Yo, que con vergüenza -tampoco tanta- creía que escribía por necesidad, admiré en silencio a esa nena que inventó una historia para no aburrirse en los cuarenta y cinco segundos que tenía por delante sin ningún plan programado. La madre no reparó en su relato, supuse que escucharía varios por día, dependiendo de la impaciencia de la hija, que esa tarde la usó para marear a un escritor y demostrarle que el tiempo estaba de su lado, que el placer del relato superaba lectores, escuchas, ediciones y objetivos. El aburrimiento -que constantemente nos destruye lo cotidiano o, lo que es peor, lo construye- ese día fue doblegado por una nena que supo enfrentarlo con un palito y un pedazo de muñeco. Ella, que según aclaró su mamá no tenía ninguna intención de escribir a pesar de tener madre editora y poeta, sí tenía una terca y sincera necesidad de contar historias.
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miércoles, 28 de abril de 2010
martes, 12 de enero de 2010
CUARTO CAPÍTULO DE "LAS AVENTURAS DE JORGE"
“¡MAS PÁGINAS, MENOS ACCIÓN, MÁS LOCURA, MUCHO TEXTO, MÁS PROPUESTAS, POCOS PERSONAJES!" COMO VEN, UNA COSA BUENA ES ANULADA POR OTRA MALA. (PERO ASÍ ES ESTE COMIC, SEÑORA)
Hoy veremos cómo el autor se desinfla y empieza a desaparecer de la escena, dejando solos a Jorge y Siluetita, que deberán tomar sus propias decisiones y ver qué hacen con sus vidas. Pero como esta historia es puro capricho puede que el capítulo que viene cambie todo otra vez. ¡No se quejen, peor es leer los chistes de la contratapa de los diarios!












Hoy veremos cómo el autor se desinfla y empieza a desaparecer de la escena, dejando solos a Jorge y Siluetita, que deberán tomar sus propias decisiones y ver qué hacen con sus vidas. Pero como esta historia es puro capricho puede que el capítulo que viene cambie todo otra vez. ¡No se quejen, peor es leer los chistes de la contratapa de los diarios!












domingo, 15 de noviembre de 2009
TRES MILONGAS (letras)
Estas letras revitalizan -creo- la idealizada tristeza del fracaso porteño y también la alegría de poder ponerla en palabras. Estas milongas todavía no han encontrado un músico, ojalá que al navegar por internet -que es navegar por ahí, con y sin rumbo- encuentren ese bandoneón o guitarra que puedan mejorarlas y hacerlas dignas de ser cantadas.
MILONGA DEL DOS MIL Y PICO
No nací en un conventillo,
Ni soy guapo ni malevo,
Llevo una vida simplota
Que es lo único que tengo.
Ser moderno es como nada,
¿A qué le puedo cantar?
Los días se me estaquean
En un tedioso pasar.
No son tango ni milonga,
Los que inventaron el llanto,
Es esta vida tristona,
Esta que estoy explicando.
Un solo consuelo tengo,
Que no es tradición que invoco,
Es el dolor de la vida
Que en estos miles de años
Apenas si varió un poco.
Si ironizo en mi cantar,
Será porque nada cambia
Todo sigue igual, y eso,
Arrecia mi queja amarga.
Hoy en el dos mil y pico,
Dicen que no hay nada nuevo
Pero no desesperemos,
Resisten barrios y amores
Que son como todo el cielo.
MILONGA DEL QUE NO ESPERA
A la mitad de la vida,
Lento, me voy resbalando
No rezo a Dios ni a la suerte,
Ni pierdo el tiempo llorando.
Aunque tiempo siempre sobra,
Lo que me sobran son sueños
Que mientras rondan mi mente,
Más se alejan de mi cuerpo.
Si a las mujeres dedico
Estos últimos cartuchos,
La labia que les ofrezco
Las ahuyenta, cada noche,
De mi mísero cuartucho.
Desde este triste pisito,
Veo al mundo hacerse rico,
Pero antes lo vi tan pobre…
Ya volverá a ser pedacitos.
Los que no hacen como yo hago,
Y creen que el futuro espera,
Déjenme que les comente:
Así harán larga la vuelta,
A la mugrosa tapera.
A los que buscan arrullo,
Bien canchero les susurro,
No lo esperen de las minas,
De la calle, que trampea,
Mucho menos del laburo.
El sol cae y sin embargo,
Mi gris esquina me lleva,
A esperar con otros vagos,
Lo que, sé bien, nunca llega.
MILONGA DEL HAMBRE
La miseria nunca busca
Que la alumbren con reflector,
Lenta como viejo tractor
Va siempre sola y raída,
Lo único que me falta,
murmura,
Son mirones de buena vida.
Los panza llena se espantan,
Al ver revolver basura,
Ojo ahí, que no son sombras
Son sombras vivas de gente,
Que alguno pa´ ser muy fino,
Bautizó como indigentes.
Además de revolverla
Con amargura la tragan
Es que al laburo de hambriento
La calle bien poco paga
Algunos nos lamentamos
Sin salar la conjuntiva
Es que de cerca rumbeamos,
Ofensa, odio e infamia,
Y quizá un día las manos,
Medio temblando metamos,
En esas bolsas de rabia.
Los amables no violentos,
Los lelos y los inertes,
¿Juzgarán mal si una noche,
Un come-mierda los muerde?
¿Qué dirá el sabio o el piola,
si en un futuro cercano,
Amables, los enfrentamos,
Pistola cargada en mano?
MILONGA DEL DOS MIL Y PICO
No nací en un conventillo,
Ni soy guapo ni malevo,
Llevo una vida simplota
Que es lo único que tengo.
Ser moderno es como nada,
¿A qué le puedo cantar?
Los días se me estaquean
En un tedioso pasar.
No son tango ni milonga,
Los que inventaron el llanto,
Es esta vida tristona,
Esta que estoy explicando.
Un solo consuelo tengo,
Que no es tradición que invoco,
Es el dolor de la vida
Que en estos miles de años
Apenas si varió un poco.
Si ironizo en mi cantar,
Será porque nada cambia
Todo sigue igual, y eso,
Arrecia mi queja amarga.
Hoy en el dos mil y pico,
Dicen que no hay nada nuevo
Pero no desesperemos,
Resisten barrios y amores
Que son como todo el cielo.
MILONGA DEL QUE NO ESPERA
A la mitad de la vida,
Lento, me voy resbalando
No rezo a Dios ni a la suerte,
Ni pierdo el tiempo llorando.
Aunque tiempo siempre sobra,
Lo que me sobran son sueños
Que mientras rondan mi mente,
Más se alejan de mi cuerpo.
Si a las mujeres dedico
Estos últimos cartuchos,
La labia que les ofrezco
Las ahuyenta, cada noche,
De mi mísero cuartucho.
Desde este triste pisito,
Veo al mundo hacerse rico,
Pero antes lo vi tan pobre…
Ya volverá a ser pedacitos.
Los que no hacen como yo hago,
Y creen que el futuro espera,
Déjenme que les comente:
Así harán larga la vuelta,
A la mugrosa tapera.
A los que buscan arrullo,
Bien canchero les susurro,
No lo esperen de las minas,
De la calle, que trampea,
Mucho menos del laburo.
El sol cae y sin embargo,
Mi gris esquina me lleva,
A esperar con otros vagos,
Lo que, sé bien, nunca llega.
MILONGA DEL HAMBRE
La miseria nunca busca
Que la alumbren con reflector,
Lenta como viejo tractor
Va siempre sola y raída,
Lo único que me falta,
murmura,
Son mirones de buena vida.
Los panza llena se espantan,
Al ver revolver basura,
Ojo ahí, que no son sombras
Son sombras vivas de gente,
Que alguno pa´ ser muy fino,
Bautizó como indigentes.
Además de revolverla
Con amargura la tragan
Es que al laburo de hambriento
La calle bien poco paga
Algunos nos lamentamos
Sin salar la conjuntiva
Es que de cerca rumbeamos,
Ofensa, odio e infamia,
Y quizá un día las manos,
Medio temblando metamos,
En esas bolsas de rabia.
Los amables no violentos,
Los lelos y los inertes,
¿Juzgarán mal si una noche,
Un come-mierda los muerde?
¿Qué dirá el sabio o el piola,
si en un futuro cercano,
Amables, los enfrentamos,
Pistola cargada en mano?
domingo, 20 de septiembre de 2009
MUESTRA GRATIS DE CAPÍTULO DE JORGE TITULADO: " BREVE AVANCE PARA NOTIFICAR RETROCESO"
Por motivos de agenda, laborales, que nada tienen que ver con el maravilloso misterio de la creación, el autor se disculpa frente a sus miles de lectores por el retraso en la entrega del cuarto capítulo de Jorge. Por eso ofrece una muestra gratis del mismo, que no es un avance porque no hace avanzar nada, más bien es un caprichito inútil alejado de la historia principal, ese tipo de escenas que sufrimos a diario en nuestras vidas y que no enseñan, no dejan moraleja, ni siquiera un sabor agradable en la boca (por cierto, esta intro es más larga que la muestra gratis en sí misma. Pido que no se tome eso por imbecilidad sino por descuido y cruzo los dedos que algún lector confunda eso con un arranque imaginativo y no como la falencia estructural que realmente es).




lunes, 11 de mayo de 2009
TERCER CAPÍTULO DE "LAS AVENTURAS DE JORGE"
OTRA ENTREGA DE “LAS SAGAS JORGEANAS”
ASISTIREMOS HOY A UN ENGENDRO DE SAINETE POPULAR QUE REVELARÁ LA DESTRUCCIÓN NARCICISTA DE JORGE -DEBIDO A QUE APARECERÁ OTRO PERSONAJE EN “SU” TIRA-, DESVIRTUANDO EL CONCEPTO ORIGINAL Y VOLVIÉNDOLO TODAVÍA MÁS INSEGURO, COMO UN NENE AL QUE LOS PADRES LE AVISAN QUE TENDRÁ UN HERMANITO Y LE AGARRA UNA FEROZ RABIETA.










ASISTIREMOS HOY A UN ENGENDRO DE SAINETE POPULAR QUE REVELARÁ LA DESTRUCCIÓN NARCICISTA DE JORGE -DEBIDO A QUE APARECERÁ OTRO PERSONAJE EN “SU” TIRA-, DESVIRTUANDO EL CONCEPTO ORIGINAL Y VOLVIÉNDOLO TODAVÍA MÁS INSEGURO, COMO UN NENE AL QUE LOS PADRES LE AVISAN QUE TENDRÁ UN HERMANITO Y LE AGARRA UNA FEROZ RABIETA.










sábado, 28 de marzo de 2009
JORGE EN "RECESO ESCOLAR"
HOY VEREMOS A JORGE QUEJARSE COMO SIEMPRE, QUIZÁ UN POCO MÁS AMARGADO Y SIN DUDA MUY DEVALUADO MORALMENTE, YA QUE ESTO NO ES UN CAPÍTULO, APENAS UNA EXCUSA DE TRES PAGINAS PARA EXPLICAR PORQUÉ NO ES UN CAPÍTULO.
(Aclaración: la escasez de páginas de este no-capítulo se debe a una falencia autoral, no tiene nada que ver con la cacareada crisis económica mundial, que ya nos tiene hartos a todos y eso que ni empezó a pegar realmente)


(Aclaración: la escasez de páginas de este no-capítulo se debe a una falencia autoral, no tiene nada que ver con la cacareada crisis económica mundial, que ya nos tiene hartos a todos y eso que ni empezó a pegar realmente)


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