miércoles, 5 de agosto de 2015

LA LITERATURA ARGENTINA Y SU SUPUESTA MARGINALIDAD


(Nota publicada originalmente en La langosta Literaria)


Está de moda entre críticos, editores y ensayistas de la inmediatez argentinos preguntarse si la literatura argentina es marginal, si hay o no hay tradición, si los escritores deben reinventarse a sí mismos al escribir y un montón de vaguedades filosófico-masturbatorias del estilo que no llevan a ninguna parte. Se hacen estas preguntas (que se contestan ellos solos) casi con orgullo, detalle curioso porque justamente la marginalidad en la literatura actual argentina no existe, ni autoral ni temática. De hecho, la consecuencia de ser un desecho del posmodernismo le evitó a la última generación de escritores tener que pensar en la literatura y en cualquier otra cosa (beneficios del posmodernismo: te absuelve de todo compromiso).

Lo que se lee hoy, sean autores jóvenes o no tanto, vivos o muertos, es lo aceptado o canonizado por un grupete de portavoces literarios (como si se tratara de santos medio pelo avalados por el papa a toda velocidad). No parece haber tal marginalidad porque lo marginal, de verdad marginal, camina solo y al margen, no es visto hasta mucho después, o nunca (¿cuántos escritores y escritoras con talento verdadero no siguen teniendo sus obras en un cajón, en un archivo de Word, y ya ni siquiera esperan ser publicados o que alguien los lea?). Ningún editor argentino está interesado en encontrar nuevos autores. O sea, en encontrar marginales de verdad, prefieren los ya descubiertos y promocionados, pasteurizados en lenguaje y figura.

Lo que es un hecho es el incómodo lugar que muchos narradores argentinos debieron sostener, algunos por décadas enteras, incluso después de muertos, respecto a este asunto. Me refiero al costado menos glamoroso de la marginalidad: el ninguneo, el desprecio, la ignorancia o burla de sus pares. La sociedad argentina tiene una tendencia muy fuerte a la creatividad y al mismo tiempo desprecia y ningunea a sus artistas, desde siempre. En el arte rigen los caprichos y los impostados con micrófono igual que en la televisión o que en cualquier otro medio putrefacto. El exilio, político o interior, de muchos escritores es común en nuestra historia. Tiene que ver con el contexto político y social, también con que la buena literatura tiene un lenguaje propio y eso lleva a rechazar el statu quo de la época y, tarde o temprano, al aislamiento.

Este momento de la literatura argentina tiene al conformismo incrustado como un tiro en la frente, aunque nadie parece notarlo. O, como se dice en mi tierra, “se hacen bien los boludos”. Claro que lo que de verdad interesa no es el lugar que ocupa un escritor, si es público o no, si se lee mucho o no, sabemos que todo eso es relativo y las posturas cambian y a la larga sólo quedan las obras, a veces nada, resultado del mismo proceso de depuración temporal. El tiempo purifica mejor que el fuego, la cosa es que el tiempo no acciona solo, debe haber lectores (y unos pocos críticos, libres de la mayor cantidad de prejuicios posibles y con extrema sensibilidad) que detecten a los autores y autoras del pasado, o actuales si se puede, que estén diciendo algo distinto o de manera diferente a lo avalado en el momento. Arlt, Borges, Puig, Walsh, Di Benedetto y varios etcéteras sufrieron ninguneo y desprecio. Se sobrepusieron porque siguieron escribiendo, no porque sus figuras destacaran por sí solas. No buscaban caminar un ratito en la pasarela o ser un flashazo editorial, eran militantes de la literatura, creían en ella y se expresaban con total sinceridad, además de talento.

La marginalidad no importa, lo que importa, y es de lo que no se habla hoy en la literatura argentina -¡tabú!- es el conformismo, la falta de propuestas, de variedad, de disidencia, de polémica. No hay posiciones realmente irreverentes o inconformes en los escritores argentinos actuales, quieren pertenecer y ser parte, cuidar su jardincito, hablar con mesura, integrarse. Los llamados “marginales” quieren ser marginales a salvo de la intemperie, no quieren mojarse en un programa de tele pero buscan un lugar seco y agradable en los suplementos culturales fashion. Por eso se repiten y todos se parecen, maduros y jóvenes. La juventud no salva a nadie de nada, no alcanza con ser joven, hay que sostener la individualidad, proponer y no querer ser parte de algo porque sí, ni aceptar a ningún escritor sólo porque está oficialmente canonizado por, digamos, la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, el suplemento cultural de Página 12 o ciertos mundillos literarios (como ocurre con César Aira o Rodolfo Fogwill, los santos de las iglesias “marginales” literarias de la actualidad).

Witold Gombrowicz, en sus largos años de residencia en Argentina, cuestionaba a los literatos locales de los cincuenta, sesenta -una buena época para la narrativa argentina, por cierto- con hermosas y directas preguntas cómo esta: “El arte es ante todo un problema de amor; si queremos conocer la verdadera posición del artista debemos preguntar: ¿de qué está enamorado? Para mí era evidente que ellos no estaban enamorados de nada o de nadie…”. Y lo dijo Gombrowicz, que sí fue marginal, pero no por negarse a pertenecer al gueto de las hermanas Ocampo, Bioy Casares, Borges sino porque decía lo que sentía y lo que pensaba. Eso alcanza para ser marginal en la literatura… y en cualquier ámbito social, huelga aclarar.

El escritor, si no escribe por necesidad y con entusiasmo, es sólo un burócrata, un figurín, no aporta nada. Y da igual si edita en editoriales independientes o en las grandes, esa distinción (yo tuve, tengo, parte en las dos) no dice nada de un autor, clavarse con eso es mentir y buscar un lugar de rebeldía o de sumisión cuando no la hay. Vuelvo a lo mismo, es la obra la que habla por uno. Así fue siempre y funcionó bien. ¿Por qué un posmoderno (o un descendiente del posmodernismo, pero no sé qué nombre exacto tendrán esos engendros) nos quiere convencer de lo contrario sin darnos una opinión válida ni, peor aún, un libro que no nos aburra antes de terminar la primera página?

Desde principios de los noventa que la literatura argentina quedó estancada en una sopa indigesta de engendros sin nombre y escribas pseudo-intelectuales del tedio. No han surgido verdaderos movimientos, grupos ni escritores que intenten romper con eso y proponer algo distinto (distinto por personal y genuino, no por novedoso). El neoliberalismo pegó muy duro a la cultura argentina, y su falta de compromiso afectivo, ideológico y visceral ha gestado un montón de nihilistas con alma de empleado público incapaces de hablar de nada. Seguir avalando eso, no dejar que surjan críticas, opiniones y sismas creativos no tiene nada que ver con la marginalidad, todo lo contrario, deja a la literatura en punto muerto, en un lugar de sedentarismo, de conservadurismo, y encima sin lectores, todo en manos de unos insignificantes oportunistas, académicos o semi-académicos, sin duda unos completos necios.

Es por estos mismos payasos tristes que el lector es despreciado, lo acusan de ser un adoctrinado por el sistema, por las corporaciones, etc. Todo bien con esa idea, pero, ¿qué hacen los escritores por acercarse al lector? No es demagogia lo que digo, hay que terminar con ese bla bla de que un escritor escribe para colegas, o entabla “diálogos” con otros autores, basta de mentir. El escritor fue ¿es? primero un lector y si no escribe para que lo lean entonces no es un marginal sino un hipócrita. La literatura debe ser vital, discutirse para abrir caminos y convivir con otros proyectos, aunque sean la antítesis unos de otros. Cuando empiece a ocurrir esto en la Argentina quizá pasemos de hablar boludeces a tener mejores escritores. Y lectores. No tengo dudas de que generaciones por venir, o alguna generación ya en proceso, tirarán esta cultura del formol a la basura y empezarán a narrar con sinceridad y sangre renovada.

sábado, 4 de julio de 2015

DOS LUGARES COMUNES SOBRE LA INFANCIA PUESTOS A CONSIDERACIÓN (O EN LA PICOTA)

(Nota originalmente publicada en La langosta Literaria)




(Dibujito hecho -nerviosamente- días antes de que naciera la pebeta...)


Es un lugar común decir que la infancia es la etapa idílica en la vida de una persona. No sólo común, también cursi. Al margen, ¿es cierto? Difícil afirmarlo ya que, sin excepción, esta frase es pronunciada únicamente por adultos, nunca por niños. Es comprensible, los chicos viven en su mundo de eterno presente, son inmortales en el juego y no tienen noción de la experiencia y el tiempo vivido como para decir boludeces en voz alta.

Los adultos (me siento como si acabara de leer El Principito y tuviera que separar al mundo en niños y adultos, pero bueno, no me queda otra) insisten con la infancia idealizada porque han perdido todo tipo de esperanza en idealizar lo que sea. En general ya no creen en el amor, menos en realizarse como individuos, el problema es que en vez de asumirlo se desquitan -entre varias otras cosas- al poner a la infancia en un pedestal, creyendo que así entenderán mejor a sus hijos cuando crezcan. No podrán, porque la esencia de la adultez consiste en aplastar las ansias y el juego.

El adulto abandona el presente para especular ociosamente sobre el pasado y el futuro. Es adoctrinado para planear cada paso, acata la orden y se enreda en los cálculos. No llega a ninguna parte, igual insiste; cada día trata de controlar más y, por ende, controla menos. Vive con permanente gusto amargo, y aunque esté desesperado nunca se rebela. Alcanza el colmo del cinismo cuando afirma que esa infamia en la que vive es la madurez.

Justo este gustito amargo es el que padres y madres se desviven por evitarle a sus hijos, el tema es que en vez de ponerse de ejemplos de lo que no hay que hacer les ensalzan la infancia mientras los preparan para ser sumisos y sometidos. La adultez es lo contrario a la madurez, que es hacerse responsable del propio destino y de la incertidumbre de existir. Pero, ¿qué padre o madre le confiesa esto a su retoño?



El otro lugar común al que quiero referirme es ese de “proteger a los niños de los horrores de este mundo”, otra frase pronunciada sólo por adultos. Los horrores existen, sí, la esclavitud, la depravación, la injuria, el asesinato, etc, pero no todas las personas tendrán la desgracia de experimentar alguna de esas atrocidades a lo largo de su existencia. Lo más común de padecer, y en verdad lo que todos padecerán alguna vez, es otra cosa, simple y cotidiana. Para ilustrar esta “cosa”, narraré una breve anécdota en la cual el que dio en el clavo del asunto fue un chico, no un adulto.

Fue durante una visita que mi tío y mis primos hicieron a mis viejos, un día cualquiera, hace treinta años. Mis primos tendrían seis y ocho años, máximo. Mi tío, orgulloso, contó que mi primo Pablo, el menor, había sido felicitado por la maestra de primer grado por no recuerdo qué destreza, si por aprender a escribir muy rápido o por algún chispazo de brillantez en aritmética. Pablo escuchaba el elogio en silencio, sin vanagloriarse. Mi otro primo, Daniel, el mayor, escuchó respetuoso el relato que ya había oído antes. Cuando mi tío terminó, dijo -muy sereno y sin ningún tipo de envidia, doy fe- que “uno es genial hasta segundo grado, después es normal”.

Tantos años pasaron y todavía recuerdo ese comentario con la potencia de un bombazo. Daniel había comprendido, siendo niño y sin tener que patentar ninguna frase hecha, lo que era la esencia de la adultez: la normalidad.

La educación que nos brindan, la cultura reinante, los valores acartonados de la sociedad, todo está diseñado para que al crecer echemos anclas en la normalidad y no nos movamos de ahí. Es decir, que nos integremos a lo que ya está dado en vez de crear algo nuevo o propio.

Al vivir y al dejar atrás la primera juventud, cuando empezamos a notar que nuestros sueños peligran o que, directamente, se disuelven en el éter del tedio cotidiano, entendemos por fin que la adultez es pura y tétrica normalidad, y que la normalidad es uno de los peores horrores de este mundo, horror que esos canallas de adultos no nos prepararon para enfrentar. Será porque la mayoría de los padres y madres practican la normalidad, y al no poder asumir el hecho de haberse dejado doblegar tratarán de guiar a sus adorados hijos por la senda de la mediocridad, donde todas las cosas “son como son” y donde “el mundo es así”.

Si de verdad deseamos que los chicos valoren su universo ideal (en el caso de que creamos que eso exista, se entiende), deberemos advertirles desde temprano que para mantener vivos sus ideales tendrán combatir la imbecilidad del mundo con todas sus fuerzas y capacidades, casi al punto del agotamiento moral; que deberán aprender qué armas utilizar para evitar que los dominados no los aplasten con sus envidias y estrechez de miras; que deberán asumir que jamás serán populares para la gran mayoría, que toma la necedad como si fuera una virtud; que, para su desgracia, esa peste de la normalidad, complaciente y castrante, se expande por los lugares que ellos más frecuentarán: universidad, trabajo, matrimonio, familia, etc, justo los lugares que sus propios padres les recomendaron que frecuentaran.

No es mi intención juzgar las buenas intenciones de las mamis y los papis, más bien me parece que lo que les quieren evitar a sus hijos no es evitable. Sin duda está bien complicado explicarle todo esto a un nene, pero si nos animamos por lo menos al crecer no vendrán a reprocharnos que les mentimos, al contrario, nos acusarán de sádicos, de hijos de puta -o las dos cosas- pero nunca de haber sido normales. Y eso es un alivio y un desafío para cualquier padre o madre que aspire a la libertad. Digo, a la anormalidad.




(NOTA: No escribo esto desde la comodidad, al revés, acabo de tener una hija y todavía estoy evaluando seriamente hasta dónde mentirle y hasta donde decirle la verdad cuando crezca. El problema es que la mentira y la verdad se miden según el parámetro de cada uno, y como mi parámetro tiende a lo normal creo que estoy bastante jodido).

martes, 21 de abril de 2015

SOBRE LA ASTROLOGÍA Y LA RELIGIÓN


Mi generación es esencialmente atea, la idea de Dios o de Jesús ya no le significa nada. Burlarse de la religión es cotidiano, hasta esperable de cualquier persona que haya vivido los finales del siglo XX y los comienzos del XXI con los pies sobre la tierra. Bravo por esos lúcidos. Pero, ¿realmente murió la antiquísima necesidad de creer en cualquier etérea pelotudez que sea capaz de tranquilizarnos? Creo que no. De hecho, hemos involucionado, si es que se puede hablar de evolución en el ser humano (no se puede, pero hablo igual).

Mucha gente ultra atea que conozco desprecia la religión y se burla con total desparpajo de ella, de la iglesia, de los curas y del concepto troglodita de tener que bosquejar un ser superior para calmar la ansiedad frente al infinito y a la noción de la propia muerte. Esta gente es capaz, con frialdad aunque no con cinismo, de aceptar que está sola en este mundo y que el ser humano hoy por hoy debe asumir su soledad cósmica. Bravo otra vez. El problema es que la mayoría de estas personas -y digo la mayoría refiriéndome a la mayoría, no es una frase al pasar- una vez pronunciadas estas frases dignas de Sartre, Camus y del existencialista más clásico y patentado que conozcan, nos salen con que uno está haciendo o diciendo tal cosa porque es “un típico taurino, o pisciano, o sagitariano o etc”.

En este momento, uno, o al menos yo, para la charla y murmura con desconcierto: “¿Eh, qué, cómo?”, y ahí mismo es ametrallado por una serie de explicaciones inconexas y antojadizas que no explican nada. La astrología ofrece, para comprender porqué una persona es como es, una lista de motivos carentes de base científica, psicológica, antropológica, y hasta zoológica, que nunca es cuestionada por aquellos que tanto de burlaron del viejo y apolillado Dios. Sin embargo, la recitan sin dudar de su veracidad ni un instante.

¿Cómo llegamos a que el ateo más furioso, aquel que se ríe de los pobres retrógrados que creen en Dios -“un invento de los hombres para paliar el miedo a la muerte”-, me explique que mi actitud en la vida está condicionada por cómo se ubica Júpiter o Marte en el cielo, y porque nací en tal o cual mes? Y hablo del cielo astrológico clásico infantil, no de galaxias, sistemas solares y otras denominaciones de origen astronómico porque los seguidores de la astrología, por suerte para ellos, no deben aplicar ningún argumento científico para pasar vergüenza en público. Los planetas reales son producto del misterio de la conjunción del tiempo y del espacio, los de la astrología son simpáticos muñecos de papel maché que se mueven ahí arriba según lo que necesitemos acá abajo, nosotros, una manga/bola de seres especiales que vamos, venimos, cumplimos horarios de oficina y hablamos sin que nadie nos escuche. Sin duda somos el centro del universo, por eso los planetas y los astros están únicamente para enviarnos señales personalizadas, mientras nos arrastramos por la rutina diaria, nos atascamos en el tráfico y descansamos los fines de semana.

Es posible que nos hayamos adelantado en matar a Dios y a su staff estable, ya que si para matarlo tuvimos que regurgitar la astrología quizá entonces sólo estemos sublimando las ansias de creer y sostener una religión inútil, masiva y consuetudinaria, como son cualquiera de las religiones tradicionales ([1]).

El creyente promedio finge que cree y de ahí viene su cansancio espiritual, su ruego es lloroso y desvelado, termina agotado de tanto rezar y apasionarse solo. No busca alcanzar a Dios sino a un ideal, en el fondo es un nihilista que niega serlo. Esto demanda mucho valor, o esfuerzo físico, al menos. Pero el seguidor de la astrología no es exigido por nadie ni por nada, nunca suda ni se martiriza y como no quiere angustiarse con debates morales nomás repite en voz alta las recetas aprendidas en los horóscopos. Por ejemplo, decir: “Dios quiera o Dios mediante” para definir algo que dependerá del azar o de nuestras acciones es falso, pero más falso es adjudicárselo a los astros y planetas (otra vez: no los reales, los dibujados). ¿Por qué? Porque Dios no existe, y si uno lo invoca sólo está diciendo una frase hueca, inofensiva. Sabe que él no hará nada porque nunca existió, y eso humanamente no es tan reprochable ni tan hipócrita como sí es echarle el fardo de nuestra incapacidad mental y emocional a Marte o a Júpiter, hermosos e impactantes planetas a los que, estoy casi seguro, nunca les importó un carajo si estábamos vivos o muertos, abajo, arriba o al costado de ellos.

Quizá sea más sano para todos (todos los que necesitan creer en cosas que no existen) volver a la antigua religión, a Dios, a Jesús, a cualquiera de esos personajes que existen en el papel literario, no en los dibujos, y que tuvieron la decencia de erigirse en celebridades bien delineadas, referentes de una cultura clásica. La astrología también se sostiene a lo largo de los siglos pero de una manera subrepticia, como un carterista escapándose de vagón en vagón después de robarles a los pasajeros del tren. No es porque sea mala o indigna, pasa que desde que se aceptó el método científico quedó relegada como un recurso para ignorantes con inquietudes científicas mal llevadas, una especie de religión solapada para religiosos negadores de su religiosidad.

Además, la tradición cristiana tiene la ventaja de haber contado con grandes filósofos y escritores que sostuvieron su propuesta contra viento y marea, por más infumable que fuera. Piensen en San Agustín, Kierkegaard, Pascal, Swedenborg y tantos otros. Intelectuales de primer nivel, decisivos para sostener lo insostenible. En cambio, la astrología, por su inmediatez y su necesidad de dar respuestas rápidas y mal armadas, carece de pensadores y creativos capaces de explicar lo inexplicable y de defender lo indefendible. Es cierto, ¿para qué debería tenerlos? Nadie le pide justificaciones. A la religión sí se le pide, todo el tiempo, y así los pobres teólogos, inclusive los ejecutivos y publicistas de la misma iglesia romana, deben renovar y remozar las fábulas de siempre para adaptarlas a la época y que parezcan novedosas. Es un trabajo desgastante y siempre fallan, pero se les reconoce el esfuerzo que ponen en intentarlo.

Aceptemos de una vez que no pudimos superar la etapa de crear seres y fantasmas para calmar nuestros nervios de primates a medio evolucionar. Es duro, pero por un tema de no pasar vergüenza frente a nuestros amigos, o frente a desconocidos en alguna reunión ocasional, debemos asumir que negar a la religión para suplantarla con la astrología es darle la razón al más necio, imbécil y retrógrado de los curas (puede ser pedófilo o no, para este tema no influye mucho), que nos acusa de pusilánimes, de muertos de miedo y de pecadores. ¿Y no tiene razón, acaso? Si para refutarle la acusación tenemos que decirle que debido a que nació bajo el signo de no sé qué y bajo la influencia de quién sabe qué cosa es que nos está acusando, yo creo que sí tiene razón.

Intentemos cambiar, asumamos este nuevo siglo con lo todo nuevo que trae, que son un montón de cosas viejas recicladas. Dejemos la astrología atrás y abracemos a la religión clásica. Es mejor retroceder dos mil años que negar que estamos estancados en un pasado pre-científico olvidado por todos, que encima nos degrada tanto como para hacernos fingir que creemos que los planetas y las estrellas son factores decisivos en nuestras insignificantes, mediocres y olvidables vidas, que no tienen ninguna dirección y que no son el centro de nada, salvo de un pozo en la tierra el día que nos entierren; ahí sí, por unos minutos tendremos a los amigos y familiares alrededor del cajón para regalarnos la fantasía que sí somos parte de un centro. Que fuimos, bah.






[1] Sí, sublimar es un término muy de psicoanálisis, pero no es tan anti-astrológico como parece, conozco muchos psicólogos ateos que avalan la pseudo-ciencia de adivinar los astros dibujados en papel de cotillón.






miércoles, 18 de febrero de 2015

SOBRE EL ALMA Y LOS RECUERDOS



Este texto surgió a raíz de un monólogo sobre el alma que le escuché a uno de esos intelectuales católicos chapados a la antigua que todavía luchan por hacer de la religión un asunto filosófico-literario. Este tipo, en apariencia muy seguro de sí mismo, usó palabras elegantes para disimular las convenciones que avalaba; en el fondo se moría por retorcer un rosario entre los dedos y persignarse repetidamente de rodillas por temor a dios. O sea, no era un creyente honesto. ¿O sí? Es que no todos los intelectuales creyentes pueden ser G.K. Chesterton, Graham Greene, menos Leon Bloy, la mayoría son sólo pacatos/mochos. De hecho, ni siquiera son intelectuales (no se confundan: no por decir esto defiendo a los ateos clásicos, esos no son más que religiosos que le rezan a la materia).


El concepto de alma no es muy interesante. No propone individualidad, más bien una cápsula. Es intransferible, o sea que es igual de hermética el alma de un necio que la de un genio. Quizá por eso algunas religiones la mandaron a parar al cielo y al infierno, nadie sabía muy bien qué hacer con ella.
Si la pensamos como científicos y no como creyentes, el alma es una esencia que viene del cosmos, allá incluso ni siquiera tiene ese nombre.

El misterio de la vida es lo que se malentiende por alma y no tiene nada de religioso, pero, la verdad sea dicha, no hicimos gran cosa para despojarla de su solemnidad y le dejamos ese nombre que suena a suspiro de beato confundido. Está pendiente tratar de entender, aunque es probable que no lo entendamos nunca, qué es la vida, pero hasta no arrancarle ese pegamento de estampita nos quedaremos varados ahí, en un concepto vacío y poco creativo, mientras el misterio nos sigue llegando del cosmos y nos traspasa con sus ondas radioactivamente burlonas.

En lo personal, me resulta más melancólico y desolador pensar cómo se evaporan los recuerdos de una persona que muere que conjeturar adónde va su alma. Los recuerdos vienen de la experiencia, y esa sí fue real, para cada uno de nosotros. La experiencia, luego los recuerdos, es lo más valioso que tenemos, son la parte más terrenal y humana de… ¿de dónde exactamente? No quiero decir cerebro, el cerebro, hablando rápido, es la versión positivista del alma, tampoco la psiquis, término contemporáneo que no cubre todo como suponen muchos psicoanalistas radicalizados (además, nada cubre todo. O viceversa).

Diré entonces que los recuerdos son una parte trascendente de la persona, ilustran su creatividad, su receptividad y su imposibilidad frente al infinito. Al revés del alma sí pueden compartirse con otros, escribirse, comentarse, analizarse, formar parte de un imaginario colectivo, y ser capaces de hacer soñar a personas que nunca experimentarán las vivencias de alguien que murió diez, cien o mil años atrás, pero que alcanzan a comprenderlas y enriquecerse con ellas.

Hay un montón de recuerdos que podemos citar de otros -escritores, filósofos, científicos, la mayoría de las veces de familiares o amigos cercanos-, que nos ayudan a pensar y evaluar muchas cosas a lo largo del tiempo. Es una aceptación de la experiencia que va pasando de uno a otro, es individual aunque no privada, crea un mundo paralelo moral, ético y fantasioso al que somos permeables. No satisface mucho quizá porque es etéreo, pero no puede ser en vano ya que marca, y a veces cambia, conductas y pensamientos por completo.


Este misterio me resulta más humano y más misterioso que el alma. O, en el caso, más gratificante y nutritivo para los habitantes de este lado del mundo, el de los vivos, aunque los recuerdos de todos estén condenados a desaparecer y renacer una y otra vez en distintas formas, en distintas personas…




A continuación un gráfico explicativo de tres tipos de almas (en rigor, la número dos y tres ya no tendrían el título de alma pero las dejo así para no complicar tanto las cosas).



lunes, 3 de noviembre de 2014

QUEJAS REFLEXIVAS 5




LA CLASE TRABAJADORA


Si existe una clase trabajadora -pocos podrían negarlo- significa entonces que hay una clase, o varias, que no trabajan, o que por lo menos no son injuriadas con ese mote. La clase opuesta a la trabajadora debería ser la clase no trabajadora, pero esa no existe como tal. En su defecto, existe la clase explotadora. Claro que explotar a otro demanda cierta proyección, organización y planeamiento, y eso de alguna manera es trabajo. Pasa que el trabajo (entiéndase como empleo mal pago, con demanda física o mental o las dos cosas y bajo sometimiento) es algo impuesto, nos lo venden como una actividad decente, que dignifica, aunque sólo sea en el papel. Y es en el papel donde la clase trabajadora tiene ese mote digno, en la realidad no obtiene más que burla y desprecio, sobre todo en los que la someten. La clase explotadora, o no trabajadora, no usa papel, salvo cuando va al baño.

Podríamos decir entonces que la clase trabajadora es hija de la clase explotadora, la clase explotadora hija de la clase dominante, y la clase dominante hija del primer canalla que nació en una mullida cuna de oro y se avivó que los que dormían en el piso no se quejaban tanto como para ir a sacarle su cunita. El único trabajo del explotador es avivarse de cómo someter a otro, y se da antes del primer destete. Después ya no trabaja más, y empieza a comer comida sólida, jugosa y sangrante.


HUMILDAD APARTE


¿Y cuándo es que la humildad va integrada y no aparte? Decir “humildad aparte” es retórica por: “Voy a decir lo que de verdad pienso con esta muletilla de corrección política que ni vos ni yo nos creemos pero la digo igual, para quedar bien aunque no quede bien”. La humildad no sólo no va aparte, ni siquiera va, porque, técnicamente, no existe. Cuando existe es falsa y jamás viene separada, como si vienen, por ejemplo, los accesorios de la muñeca Barbie.

La muletilla que podríamos implementar sería “necedad aparte”, eso sí sería un logro. Hacer el esfuerzo de simular no ser un imbécil llevaría a suponer que sabemos que lo somos, y los demás se mostrarían agradecidos por vernos mentir tan dignamente. Necedad mata humildad, porque una existe y la otra no. O quizá lo que no exista sea el “aparte”…


LA GENTE FELIZ NO ESCRIBE


O escribe mal. La felicidad, si la pensamos como un absoluto, deja afuera el dolor y la angustia que, de alguna manera, son el motor de la escritura. Del arte, bah. El artista (suena solemne, y lo es) busca felicidad, yo diría cierta paz, por medio de la catarsis creativa. Le urge decir algo y compartirlo. Esto no significa que tenga talento. Se puede sufrir como chancho en matadero y no hacer nada digno de ser leído por nadie. En ese caso se perdería doble: por ser infeliz y por no utilizar esa infelicidad para escribir bien. Si conocen un caso así no se lo confiesen al pobrecito/a y déjenlo que se vaya muriendo solo/a.

En teoría, la gente feliz viviría su felicidad como una obra de arte constante y no necesitaría expresarla de otra forma más que, simplemente, viviendo. Hagamos como que eso existe, porque yo acá quiero exponer un punto. El asunto es que oponerle a esto que la frustración y la amargura nos van a hacer escritores es todavía más ingenuo. Por desgracia, la felicidad, de la cual nos burlamos muy seguido, casi no existe o se ve muy de vez en cuando, como se ve al Yeti, cada diez, quince años (me refiero a las vistas falsas realistas), en cambio la frustración y la amargura abundan como plaga en medioevo.

En síntesis, tanto dolor no ayuda a escribir un carajo de nada. El mundo está lleno de amargos, de hecho hay más amargos que felices, y eso no ha dado resultados positivos para las letras (ni para nadie pero nadie somos todos). O sea que la infelicidad ocasiona más quejas que libros, más suicidios que versos, y más confusión que liberación artística.
Terrible verdad que tendremos que sobrellevar. Lo único que se me ocurre para contrarrestar esto es leer menos y ver mucha televisión. Al fin y al cabo la tele está hecha por y para depresivos, y está al alcance de uno. No es poco si lo vemos con ojos conciliatorios y pro psiquiátricos.

lunes, 25 de agosto de 2014

UN TERRORISTA LITERARIO

 (Nota publicada en el suplemento cultural de Tiempo Argentino, agosto 2014)






Quizá la única pelea de la que salió lastimado Jonathan Swift fue la que sus detractores planearon bien: hacer creer al mundo que Los Viajes de Gulliver es un libro infantil. No que fuera una táctica pensada, sus detractores nunca fueron tan inteligentes, pero eran legión y ganaron por cansancio.

¿Quiénes eran sus detractores? Los hipócritas, los necios, los poderosos, los cínicos, los cómodos. Como sea, hoy sigue siendo fácil combatir y ganar la antigua pelea de Los Viajes de Gulliver, alcanza con leerlo en su versión original. Gulliver es todo menos un libro para niños, es un libro que ataca la hipocresía de la sociedad de su tiempo y de cualquier tiempo, que se burla de las inmundicias del poder político, de las instituciones, de la ciencia, del progreso. Su vitalidad destructora sigue golpeando hoy igual que en 1726, cuando fue publicada. Los liliputienses, los gigantes de Brobdingnag, los apestosos humanoides yahoos o los elegantes caballos houyhnhnms, más que personajes en sí mismos, son formas de expresar el rechazo de Swift a la estupidez humana. Los creó para exponer lo peor de nuestra raza, no para crear una narrativa fantástica, menos para entretener a un nene.

Swift vivió la mayor parte de su vida en Irlanda, mientras que viajaba seguido a Inglaterra por su carrera política; ahí conoció bien los vaivenes del poder. Era Deán pero sus escritos parecen redactados por un ateo furioso. Este inclasificable irlandés fue clasificado como misántropo, como amargo, y aunque es eso a la vez es mucho más. Es un autor que sigue vigente por su estilo y capacidad literaria y porque lo que atacó de la sociedad no era producto de un momento histórico sino síntomas de la condición humana y sus contradicciones.

En “Una modesta proposición para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su país y para hacerlos útiles al público”, Swift dice que es muy feo para la gente decente ver tantos niños pobres con sus madres arrastrándose por las calles de Dublin, madres que lo único que hacen es parir sin responsabilidad alguna para que luego, encima, esos niños se conviertan en delincuentes, que sería mejor que el estado se encargase de usar esos nenes como comida para los ricos. “Concedo que este manjar resultará algo costoso y será, por lo tanto, muy adecuado para los terratenientes, que como ya han devorado a la mayoría de los padres parecen acreditar los mejores títulos para los hijos”.

En el caso de su famoso libro, Los Viajes de Gulliver, las interpretaciones pueden ser infinitas. Gulliver es un tipo mediano, sin grandes ambiciones, que viaja a lo loco y cuenta lo que ve sin dar más que opiniones estándar, ingenuas, cosa que, como buen satírico, el autor aprovecha para despacharse sin asco contra los reyes y sus reinos (los reales más que los imaginarios). Gulliver es una herramienta, no un personaje. Es posible que la manera en qué es recibido en cada lugar que visita demuestre la malicia de Swift para retratar cómo los humanos nos acomodamos en distintas posiciones sociales, laborales, culturales. En Liliput el gigante Gulliver es visto como una amenaza. Tratan de usarlo políticamente y luego destruirlo, ya que puede volverse un peligro para el reino, que sólo gobierna mediante la coacción. En el reino de Brobdingnag, Gulliver es una divertida miniatura y termina siendo objeto de compasión por verse tan indefenso. O dicho de otra manera, el agachón que se vuelve chiquitito y se deja usar por miedo a ser aplastado es tolerado por los poderosos y hasta se vuelve respetable.

A pedido del rey de Brobdingnag, que quiere saber cómo se vive en Inglaterra, Gulliver narra en detalle cómo son sus monarcas, sus leyes y sus jueces. El rey termina diciéndole, asqueado: “Has probado que la ignorancia, la pereza y el vicio son los ingredientes apropiados que califican a un legislador, que las leyes las interpretan y aplican mejor aquellos cuyo interés y habilidades están para pervertirlas, confundirlas y eludirlas. No parece que se necesite virtud alguna para ostentar un cargo entre vosotros, mucho menos que los hombres sean ennoblecidos por su virtud, los sacerdotes exaltados por su piedad o sabiduría, los soldados por su conducta o valor, los senadores por el amor a su país (…) Por las respuestas que he obtenido penosamente de ti, no puedo menos que sacar la conclusión de que tus compatriotas son la raza más perniciosa de odiosos gusanitos que la naturaleza haya permitido arrastrarse sobre la superficie de la tierra.”

Lo que reclama Swift debajo de su disfraz de terrorista literario es exponer el dolor profundo de un corazón vejado, como buen hijo bastardo de un mundo sin esperanza. Su literatura, un extenso y detallado plan de ataque, es el resultado de esta comprobación triste y patética. No es que haya amor escondido en su literatura, lo que hay es la comprobación de la falta de amor y generosidad en la mayor parte de la humanidad. A pesar de todo, por medio de la burla y el aparente desprecio, Swift rescata al ser humano, ya que no olvida el dolor de los abandonados, los humillados, los desprotegidos. Esto puede detectarse en sus diatribas si se las lee con atención, ahí se ve la herida expuesta, lo que él hubiera deseado que fuera diferente. En “Una modesta proposición…”, después de asquearnos con que sería mejor comernos a los bebés de los pobres, deja deslizar con una ingenuidad deliciosamente tramposa: “Que ningún hombre me hable de otros recursos, de crear impuestos para nuestros desocupados, de introducir parsimonia, prudencia y templanza, de aprender a amar a nuestro país, de cuidarnos de no venderlo y no vender nuestra conciencia por nada...” Eso piensa en el fondo Swift, pero claro, en la sátira el juicio moral no golpea directo, viene oculto en la ironía, como veneno en una bebida.

De todas formas, lo positivo en Swift es muchísimo, se podría decir que si se ataca a la humanidad con tanto arte entonces quizá no todo esté perdido. Suficiente motivo para leerlo y dejarse llevar por su furia y su inteligencia, que no envejecieron nada en estos casi trescientos años. Como dice el epitafio de su tumba en la Catedral de San Patricio, que él mismo dictó antes de morir:

“Aquí yace el cuerpo de Jonathan Swift, doctor en Sacrosanta Teología, Deán de esta catedral, lugar en que la salvaje indignación ya no puede lastimar su corazón. Ve, viajero, e intenta imitar, si puedes, a este dedicado y severo defensor de la libertad".
Con amargura o no amargura, con misantropía o no misantropía, esa defensa es lo que lo llevó a escribir a este irlandés fuera de serie, siempre.





* Circulan muchas ediciones de los textos de Jonathan Swift, viejas y nuevas. Yo recomiendo las traducciones de Eduardo Stilman para la editorial argentina Corregidor, tanto de Los Viajes de Gulliver como de Escritos Subversivos, edición que además viene con excelentes notas de Stilman, que aportan jugosos datos del autor, de su época y de la nuestra. En el caso de encontrar otras ediciones de Los Viajes de Gulliver tengan cuidado de no caer en la clásica trampa de llevar el libro para niños. O dicho de otro modo, de no llevar el libro censurado y domesticado. Es que el lector de Swift también debe cuidarse de la maldad y estupidez humana…

lunes, 30 de junio de 2014

SOBRE FRASES HECHAS QUE DE TAN HECHAS NADIE REPARA EN LO ESTUPIDAS QUE SON.




Está claro que las frases hechas se dicen sin hacer alarde y sin apropiárselas, pero, ¿eso le resta culpabilidad al bocón que las cita sólo porque no se hace cargo de hablar por sí mismo? ¿Hablar con muletillas es un acto que no puede ser juzgado sólo porque es cotidiano, coloquial, en teoría inofensivo? En estos últimos días escuché estas tres frases en boca de personas al pasar, en la calle, en el supermercado, en el colectivo. Pensé que estaban extinguidas, y pos no.


“POBRE PERO HONRADO”

Es cierto, esta cayó en desuso por ser -digamos- políticamente incorrecta. También es cierto que lo que desapareció fue la frase, el sentimiento oscuro que la pergeñó sigue vivo y colea con alegría. Incluso hoy, que vemos cómo el mundo es fagocitado y destruido por ricachones y corporaciones fuera de control que depredan tierra, gente, fauna y flora, no hay una sola y miserable frase que diga, ni siquiera en chiste, que fulano “es rico pero honrado.” Será que es una paradoja tan violenta que no da ni para frase hecha, o más bien será que los ricos no permiten que circule semejante frase. Como pobres honrados puede haber, y a veces hasta en gran cantidad, se los estigmatiza de forma preventiva, por si algún día dejan de ser honrados (aunque no pobres). Su transformación, en ese caso, sería para peor, para volverse ladrones. Escuetos y humildes ladrones, sí, pero tan audaces como para robarles algunos vueltos y cambio en monedas a los empleados de corporativos que roban y destrozan este mundo por completo.


“YERBA (HIERBA) MALA NUNCA MUERE”

Frase de índole moralista con pretensiones de sabia, errónea en todo sentido. La yerba mala sí muere, igual que la buena. Pasa que son tantas las yerbas malas que parecen un sólido bloque, una inmunda masa inmortal que vive una sola existencia desde el inicio de los tiempos, nomás para amargar a las poquitas yerbas buenas que salpican de hermoso verde a este planeta. Es una frase hecha, o refrán, muy efectiva si uno la aplica a la gente que considera yerba mala y uno se considera yerba buena, huelga aclarar. Desde este punto de vista, se puede aplicar a todos y a todas desde cualquier lugar o situación y así las yerbas malas terminarían siendo siempre los demás, no uno. Es una frase unisex, abarcadora al infinito, y de contenido tan vasto como para rellenar un tercio de átomo.


“GANARSE LA VIDA”

Esta frase, probablemente inventada por plutócratas que no deben ganar nada pero que necesitan peones que los mantengan y acicalen, da a entender que la vida no es merecida por nadie, o al menos por nadie que no pueda pagarla. El acto de nacer, según dictaría su significado tras bambalinas, ya es un hecho doloso y venal. Para paliar esta infracción hay que demostrar que uno debe ganarse la vida, manera hipócrita, arcaica y cursi de decir que uno debe ser un esclavo a servicio de otros. El criminal, ser moralmente superior a cualquiera que viva tan rebajado como para aceptar que su vida no vale nada y se obligue a servir a otros para comprar su mísero lugar en el mundo, se niega a pagar el precio de existir y al robar quiere creer, en su fuero interno, que obliga al que tiene riqueza a que comparta su prerrogativa de no pagar impuestos a la vida con él/ella. Es una manera de ejercer un comunismo torpe y pervertido dentro de un sistema capitalista que manda sin fisuras. Y nadie gana. No vida, sí a veces algo de plata.

lunes, 9 de junio de 2014

EN DEFENSA DEL PAPA FRANCISCO




Se armó cierta polémica la semana pasada por los dichos del papa respecto a tener mascotas en vez de hijos. Eso, según él, ocasiona una vejez en “mala soledad”. Creo que se atacó al santo padre injustamente o, en el caso, se lo atacó sin entender la generosidad con la que él, en el fondo, se refirió al tema. Trataré de explicarme, y a la vez expondré otros puntos de vista para no ser parcial en mi opinión.

Algunas personas, enojadas, alegaron que si los curas no tienen hijos no pueden opinar al respecto; otros, que si los curas no tienen mascotas tampoco pueden opinar sobre ellas (al parecer las mascotas en la curia no están permitidas, aunque más de una iglesia cuenta con gatos para cazar ratones pero se trata de gatos naturales, o sea que no son reconocidos por sus padres-curas y no figuran legalmente).

Justo por carecer de estas experiencias vitales es que el Papa opina. La opinión gratuita es muy valiosa para las masas, y se la ejerce con entusiasmo y displicencia. Todos tenemos derecho a criticar cualquier cosa, sepamos algo o no sobre esa cosa, la entendamos o no, nos importe o no. Y también tenemos el derecho de no anteponer ningún criterio para hacerlo. Si no, no sería una opinión gratuita, sería una crítica, un análisis, y eso requiere algo de pensamiento previo, cosa que no es atractiva para el que desee criticar rápido y fácil. La mayoría de las opiniones que uno escucha a lo largo de la vida son antojadizas, gratuitas, inútiles, desdichadas. Y que yo sepa, nadie las ha prohibido. Si el papa quiere acercarse a la gente de la misma forma en que lo hace un verdadero líder, o sea, masivamente, debe opinar lo que se le cante y sin ningún tipo de rigor ya que, visto de manera generosa y democrática, para los ignorantes decir estupideces es una manera de ser popular, de hablar claro y para todos, en suma. Y como ignorantes hay de clase alta, media y baja, no hay mejor manera de ser popular que hablar al pedo.

Pero ojo: eso no quiere decir que hay que hablar como un populista, y me refiero a esa peligrosa clase de populista que trata de hacer pensar a la gente mediante ideas, propuestas, conceptos, en pos de darle opciones y posibilidades de elegir; eso es peligroso porque puede derivar en acciones impensadas, justicieras. La acción es enemiga de la opinión gratuita, y lleva a la anarquía.
Lo que Francisco dijo es que el hecho de no criar hijos y tener mascotas es una forma de asegurarse una vejez solitaria y amarga. Y que “no es lo que hace Jesús con la Iglesia, que la fecunda”. Quizá Jesús, por no haber tenido hijos él mismo, se obsesionó a lo largo de los siglos -desde el más allá, por supuesto- y de tan arrepentido que está por no haber engendrado en su momento insiste que ahora todos tengan hijos y que no hagan como él, que sigue siendo junior y no padre. Es probable que de no haber sido asesinado hubiera tenido hijos. Aunque, en plan de contemplar todos los ángulos del tema, no hay que olvidar que murió a los treinta y tres años, edad que para aquella época era como morir de viejo, alcanzaba para ser abuelo y hasta bisabuelo joven. Las malas lenguas dicen que lo clavaron a la cruz apoyada en el suelo porque estaba demasiado decrépito para subirse por sus propios medios y clavarse él solito.

Lo importante, y es lo que acerca a Jesús con nuestro papa (¿o se escribe Papa?), es que no podía tener familia porque estaba ejerciendo un cambio histórico mundial a través de su prédica y militancia, y le resultaba muy demandante. Claro que, si uno lo piensa, es como descuidar lo que hoy dice Francisco que es lo que Jesús fecunda: la familia. Quizá sea mejor no pensarlo. Además, al nazareno este emprendimiento sin duda le llevaba las veinticuatro horas del día, no lo podría haber hecho en sus ratos libres, mientras llevaba los nenes a la escuela o a natación (sí, había cursos de natación en esa época, intercalados con cursos de bautismo).

La verdad, y aquí viene mi defensa, es que si Francisco no tiene hijos ni mascotas es porque se sacrifica por nosotros, igual que Jesús, por eso somos nosotros los que tenemos que engendrar y hacernos cargos del amor y los mil quilombos y problemas que ocasionan tener hijos. Él nos guiará por el buen camino mientras nosotros trabajamos extra y nos deslomamos para que nuestros hijos no sean unos egoístas que el día de mañana se limiten nomás a tener mascotas y morir solos.

Muchos individuos, ateos y maliciosos, dicen que con más hijos en el mundo ayudamos a que los curas pederastas alimenten su perversión. Ese modo de pensar es falso e infame. La lógica debe imperar antes de la crítica gratuita (a menos que seamos el papa o cualquier líder con posibilidad a criticar a niveles más elevados que un foro de internet o los comentarios de lectores de Clarín online). Un pederasta, al no poder casarse, no puede utilizar su perversión para estar acompañado y llegar a su vejez sin amargura. Y no sólo por no casarse, sino porque le gustan los niños y los niños crecen y al crecer pierden interés para él y lo abandonan. El cura siempre estará solo para ejercer su deber sagrado, y ser pederasta no lo exime del sacrificio que Francisco no quiere para los feligreses. Su voto de soledad es para que los niños vejados puedan volver a su familia, ya fecundados.





Con mi mujer decidimos hacerle cruz-diablo y vade retro a nuestros gatos,
pero como están tan llenos de demonios no nos dieron ni bola.



Por otra parte, Francisco dice que al tener mascotas uno tiene mucho tiempo libre y puede irse de vacaciones y cultivar el egoísmo. Yo, como pecador nato, confieso que irse de vacaciones con mascotas es un problema, ya que hay que pedirle a la familia y a los amigos que las visiten y las alimenten cada día mientras uno no está, más si uno tiene dos gatos y un perro, como dijo Francisco. Mi mujer y yo tenemos dos gatos, no perro (somos peores egoístas que los egoístas que condena el papa). El egoísta más perverso e inteligente no tiene ni hijos ni mascotas y viaja a gusto. De hecho, le conviene ni siquiera tener plantas, que demandan riego y cuidado. Pero esa clase de perverso es tan diabólico que ni el santo padre quiso ensuciarse la boca al mencionarlo.

El papa aclara que este egoísmo de no engendrar hijos es producto de la “cultura del bienestar que se ha propagado en los últimos diez años”. O sea que, en otras palabras, nos dice que tener hijos atenta contra el bienestar. Es por eso que digo que él se sacrifica y no los tiene, justo para tener tiempo de predicar esta moral, que requiere de mucho tiempo libre, y el tiempo libre es bienestar (claro que si uno no lo consume viajando y de vacaciones, eso sí es pecado).

Sin dejar a nadie afuera de la discusión, se puede decir que, si seguimos esta línea de pensamiento, también sería justo que la gente que sí tiene hijos y animales y conviven con los dos o por separado con armonía, comprensión y amor, pueda criticar al papa. Podría ser justo pero no debería serlo. ¿Por qué? Porque las personas que, con feroz intolerancia, criticaron al papa en estos días no saben lo que es vivir sin compromisos afectivos, no saben lo que es no tener que preocuparse por nadie, ni por sus hijos ni por sus animales, muchos de los cuales conviven con nosotros desde hace milenios y estaban antes que los humanos llegáramos al mundo, no saben lo que es aguantarse los impulsos sexuales en pos de nada, o de desatarlos de las maneras más perversas, no saben lo que es sostener una institución corrupta, hipócrita y criminal que habla del amor cuando acumula riquezas que podrían repartir para los animales abandonados e incluso para los niños muertos de hambre que pululan por el mundo, no saben lo que es apoyar dictaduras o monarquías en pos de favores políticos y económicos y, en fin, no saben nada de lo que demanda ser una figura responsable y necesitada de sostenerse en el poder. Sin embargo, son capaces, desde su ignorancia, desconocimiento e incomprensión, de decirle al papa que se vaya a la reputa madre que lo parió con sus consejos inútiles, ridículos y miserables.

Para terminar yo propongo calmar las aguas, conciliar, comprender y seguir el consejo de Francisco: vayan todos a la cama y cojan, garchen, chinguen, hagan lo que sea que dé los frutos requeridos para que no sean pecadores. La peor soledad es estar viejo y solo, y empezar por coger mucho, según asegura de manera indirecta el papa, nos librará de ese pecado, que no es pecado original pero sí actual y novedoso.