lunes, 10 de julio de 2017
viernes, 7 de julio de 2017
SAN FERMÍN Y EL PROGRESO
Hay veces que siento que todo está perdido y que no tenemos salvación, pero de pronto veo imágenes como estas y recupero la fe en la humanidad:
¡Encendamos un chupinazo de talento y sensibilidad y que nos guíe, con su bella luz de chispitas, en la oscuridad de la ignorancia!
jueves, 6 de julio de 2017
LO QUE HAY DETRÁS...
Detrás de un gran hombre hay una gran pila de cadáveres de
la gente que pisoteó, estafó y desahució para llegar a ser grande. Detrás de
una gran mujer, lo mismo (al menos en esto de ser garcas y ojetes sí tenemos
los mismos derechos).
domingo, 2 de julio de 2017
NOSTALGIA ZEN POR LOS CHISTES MALOS...
El concepto de “chiste malo” desapareció a partir de la
proliferación de las redes sociales. O, al menos, yo hace rato que no lo oigo. Entonces,
¿era cultural la idea del chiste malo? ¿Si un chiste malo es aceptado como
bueno, deja de ser malo? ¿Esto es un koan zen o sólo una pregunta imbécil? Da
igual, no podrá tener respuesta en las redes, donde el ruido que hace la palma
de una mano al aplaudir es tan molesto como estúpidamente ensordecedor.
sábado, 24 de junio de 2017
LA EVOLUCIÓN QUE NO EVOLUCIONA
El gobierno de Turquía avisa que no se enseñará más la
teoría de la evolución en las escuelas. En E.U. muchos grupos, facciones y
pandillas religiosas también quieren borrarla del mapa y tomar a los evangelios
como única palabra. La teoría de la evolución, como es sabido, no es una teoría,
es un hecho comprobado. Mi pregunta es: ¿de verdad está tan comprobado? ¿No es
contradictorio obligar a gente que involuciona a que enseñe la evolución? Yo
fui educado en una Argentina dictatorial y nunca me hablaron de evolución. Hoy,
cuarenta años después, tenemos a un presidente como Macri, acá a Peña Nieto, y supongo
que es lógico que no se hable de evolución porque no parece comprobable si
tomamos en cuenta estos puntos referenciales. Darwin andaba siempre mirando
bichos para justificarse, pero si miramos a la gente de cerca creo que
tendremos que dar marcha atrás. Y no me refiero a retroceder hasta los
evangelios sino a las mismas cavernas. Lo que yo sí dejaría, por comodidad, es
el invento del fuego. Las cavernas en invierno son húmedas y frías y sin fuego no
hay manera de tragarse la carne de mamut.
viernes, 23 de junio de 2017
PERDON, PERO NO TENGO TIEMPO...
Cuando uno dice “no tengo tiempo” para hacer tal o cual
cosa, la mayoría de las veces está diciendo “no tengo ganas”. Pero, ¿no es casi
lo mismo? Quizá la frase correcta sería: “no voy a arruinar mi tiempo libre en
hacer tal o cual cosa”. En el fondo, todo se reduce a un deseo emancipador: que
nuestro tiempo libre siga libre.
jueves, 15 de junio de 2017
RÉQUIEM POR UN PASQUÍN
El “gran diario argentino” Clarín, verdadera basura y
ejemplo de lo más bajo y rastrero a lo que puede llegar el periodismo (que de
por sí llega lejos en esos ámbitos y sin que nadie le dé envión), suele darle
la posibilidad a sus resentidos e ignorantes lectores -igual que a los trolls macristas
de rigor- de dejar sus mensajes como se dejan regalos en los inodoros y las
letrinas. Todo tipo de nulidad mental y espiritual es bienvenida y en eso, hay
que reconocérselo, no se limita ni pone un freno a la estupidez humana (digo
humana porque no quiero que me acusen de intolerante si uso el prefijo infra). Pero
ayer, que murió su reina mala de directora, eliminó los comentarios en las
notas necrológicas. No tengas miedo, Clarín, que los canallas no sufren más
después de muertos si se los insulta o se los juzga, como tampoco los pobres se
hacen más pobres por haberse quedado sin vida.
jueves, 8 de junio de 2017
SOBRE EL PROBLEMA DE DEMOCRATIZAR EL INTERNESSS
Lo que evidenció la democratización de las redes con la
posibilidad de que los lectores dejen comentarios en diarios, revistas,
organismos, etc, es que las clásicas acusaciones contra las figuras públicas dejaron
de tener sustento. Me refiero a las que decían que las figuras públicas no eran
más que un grupo de imbéciles. Hemos comprobado que la imbecilidad de los lectores
de a pie es igual, y a veces peor, debido a su infantil impunidad (creen que lo
que dicen no tiene verdadera llegada y no se miden ni saben ser hipócritas). Se
me ocurre que para que podamos volver a quejarnos como antes y fingir que somos
más inteligentes y honestos que cualquier periodista, artista, político o sujeto
que detente alguna clase de poder, debemos exigir que se prohíban los
comentarios en las páginas de internet y que se clausuren las redes sociales.
No nos llevaría a una dictadura (vivimos en ella, de todas maneras) sino a ese
anhelado lugar que hemos perdido, el de creer que todavía tenemos pensamientos
y opiniones válidas y que no podemos expresarlas nomás porque no nos dejan.
jueves, 1 de junio de 2017
EL DERECHO A DECIDIR
El derecho al aborto sería mucho más productivo si se
pudiera elegir en retrospectiva, y sobre todo si los abortados tuvieran la
palabra final. Es decir, si ya creciste, maduraste, y tu vida fue una mierda y no
tiene sentido seguir adelante, que tengas el derecho de exigirle a tu mamá
que aborte cuanto antes.
sábado, 25 de marzo de 2017
NUESTRA BREVE VIDA
Dicen (quiénes,
no sabemos, porque no es fácil volver del más allá para contarlo) que antes de
morir uno repasa su vida en dos segundos. ¡Qué optimistas son los que
inventaron -perdón, creen- eso! A mí me parece que lo terrible es que podemos
contar nuestra aburrida vida en dos segundos en cualquier momento del día, en
cualquier lugar, sin que la muerte tenga que apurar ninguna edición de último
momento.
miércoles, 18 de enero de 2017
LA ETERNIDAD DE UN INSTANTE QUE DURA DEMASIADAS HORAS
No voy a polemizar sobre las distintas clases de futbol que
hay (las discusiones sobre deporte son peores que las discusiones sobre
política), además me crié en un país donde el futbol es sólo uno: el soccer, y sería
injusto entrar en comparaciones. De hecho, allá ni siquiera hay que llamarlo
soccer, sonaría como a una aclaración anglosajona no pedida. Debo decir también
que el soccer me da igual y nunca lo veo. Todo esto viene porque el domingo me tuve
que tragar un partido de futbol americano entero (Dallas-Green Bay), que duró
más que las trilogías de Peter Jackson con anillos, enanos, elfos, orcos, montañas,
bosques y lava, todo incluido. En mi opinión de neófito -que es igual de válida
que si no lo fuera-, lo más exasperante de esta actividad no son sus reglas
inentendibles y sus burocráticas mediciones de distancias y pases, sino que los
tipos juegan un cachito y paran, juegan otro cachito y paran, y así al infinito.
Este deporte, que tan tosco y refrenado se ve de afuera (quizá desde adentro
también), está al borde de ser más una paradoja espacio-temporal que un
deporte.
Como burda metáfora, sin duda producto del tedio, se me figuró, al ver
el tamaño de los jugadores, al ver sus atuendos inflamados y bien acolchonados,
sus caras pintadas y su potencia corporal reprimida a cada instante por el
reloj tirano, el drama de un gigantón comehamburguesas tratando de llegar al
orgasmo con su chica sin lograrlo nunca. Podía verlo echado sobre su aburrida
mujer, sudando y justificándose con voz entrecortada: “Esperame, mi amor, dame
un respiro y sigo. Tengo que bombear diez segundos y paro otro cachito, ¿sí?
Uff, ahí voy otra vez, esperá que paro tres segundos, listo, ahora respiro, bombeo,
y paro otro cachito, uy, perdón, mi amor, un poquito de paciencia, respiro, ahí
voy otra vez, dos segunditos, vuelvo a parar y vamos de nuevo…”.
Termino con una pregunta, estilo koan zen barrial e improvisado:
¿El futbol americano es una representación pública y simbólica del sexo
tántrico, del interrumpido goce de un coito que debe postergarse hasta el límite
de lo soportable para disfrutar mejor, o es sólo impotencia y flaccidez estirado
a lo largo de tres o cuatro horas para que confluya todo en un orgasmo fallido que
no puede materializarse? Espero que estos interrogantes sean develados en un
futuro próximo, sobre todo porque es posible que me inviten a ver el Super
Bowl, y entonces no sabré cómo reaccionar frente a tanto desborde sin desbordar.
martes, 27 de diciembre de 2016
LA TIRANIA DE LA NAVIDAD
(Nota originalmente publicada en La Langosta Literaria, sitio de Random House México)
Da igual cuánto critiquemos a la Navidad, lo agudos que seamos para exponer su hipocresía y su falsa fraternidad, lo cierto es que ya estamos sometidos a su inercia, a su aplaste, y todos lo sabemos. Podemos tratar de ignorarla; lo único que conseguiremos será esperar a que pase la tormenta escondidos en un rincón. De asomar la cabeza, en cambio, seremos arrastrados de reunión en reunión, de brindis en brindis, hasta terminar en la apoteosis del sometimiento afectivo que son el veinticuatro y el treinta y uno, junto a la familia, con nuestro ánimo y voluntad quebrados. La Navidad es siniestra pero astuta, sabe que como ritual no vale nada, que sus símbolos dejaron de ser religiosos y que hasta su consumismo básico e innegable a veces tambalea, a la vez también sabe que nuestra sociedad está tan sedada y ganada por el tedio en ámbitos mucho más importantes que una insípida fiesta de fin de año, y que no va a emprender ninguna batalla para destruir su vetusto festejo.
Da igual cuánto critiquemos a la Navidad, lo agudos que seamos para exponer su hipocresía y su falsa fraternidad, lo cierto es que ya estamos sometidos a su inercia, a su aplaste, y todos lo sabemos. Podemos tratar de ignorarla; lo único que conseguiremos será esperar a que pase la tormenta escondidos en un rincón. De asomar la cabeza, en cambio, seremos arrastrados de reunión en reunión, de brindis en brindis, hasta terminar en la apoteosis del sometimiento afectivo que son el veinticuatro y el treinta y uno, junto a la familia, con nuestro ánimo y voluntad quebrados. La Navidad es siniestra pero astuta, sabe que como ritual no vale nada, que sus símbolos dejaron de ser religiosos y que hasta su consumismo básico e innegable a veces tambalea, a la vez también sabe que nuestra sociedad está tan sedada y ganada por el tedio en ámbitos mucho más importantes que una insípida fiesta de fin de año, y que no va a emprender ninguna batalla para destruir su vetusto festejo.
Se dice que la Navidad apunta a los niños, sin embargo siempre
fue regenteada por adultos cínicos. Ellos están sobre aviso, antes de que se
cuelgue la primera esfera en el árbol, de que se trata de una fantochada. Ocultan
que es la comida y el alcohol lo que sostiene la navidad, y no se los confiesan
a sus pequeños hasta que éstos cumplen treinta y cinco años (siendo conservador
en el estimado), tampoco se les confía el descubrimiento más amargo: que la
familia es el demonio de las fiestas, el agente infiltrado para volverlas un
padecimiento. Lidiar con la familia -antiquísima institución destructora del
libre albedrío- es tan difícil que ni todo el vino ni la comida del mundo pueden
aturdir tanto como para que se la soporte con gallardía.
Bueno, acepto que me estoy dejando llevar por el espíritu de
la Navidad (el verdadero espíritu, el de la amargura), y quizá sí haya una
manera de sobreponerse a estas fechas que no sea convertirse en un ateo furioso
ni tomarle bronca a Jesús sólo porque alguna secta, mucho tiempo después de que
él muriera, le enfardara todo este asunto de los festejos decembrinos. ¿Dónde
está la respuesta? Lo digo sin ponerme colorado: en los niños. No es que estos nazcan
buenos ni sabios sino que todavía no fueron bombardeados con megatones de hipocresía,
el ingrediente principal que contiene la adultez (odio la palabra adulto, me
hace ponerme colorado pero de la furia). La lección número uno que nos dan los chicos
es aprender a no mentirnos, y si queda algo de espíritu en nosotros (humano, no
navideño), podremos doblegar esta farsa de fin de año. Cuento una anécdota
breve, personal, que viene al caso.
Una Nochebuena, una noche de hace casi cuarenta años, mi
hermana de cinco tuvo justo antes de irse a dormir un ataque de miedo, literal,
explosivo, incontenible. Había cobrado conciencia (los chicos cobran conciencia
de muchas cosas a todo momento, qué envidia) de que Santa Claus -Papá Noel, en
Argentina- le daba miedo. No le parecía un gordito simpático que venía del Polo
a traer juguetes en forma desinteresada sino un gordo desconocido que a falta
de chimenea se iba a tener que meter por la ventana, su ventana, probablemente,
jadeando y con motivos altruistas no del todo claros. Aplicó una lógica de hierro
y por eso no pudo creerse que un tipo recorriera miles de kilómetros para
llevarle un regalo nomás porque era bueno. La historia oficial no la convencía ya
que, en esencia, se trataba de una historia bastante estúpida, sin sentido y
sin épica. (No es por crecer que un chico deja de creer en Santa / Papá Noel, es
por la historia endeble que lo respalda, no hay que confundir).
Mi mamá,
angustiada por no poder frenar el llanto de su hijita cada vez más aterrada por
la llegada del gordo ignoto, le repitió varias veces que era el mismo gordo que
le había traído regalos en años anteriores y que nunca le había hecho nada. No
hubo manera, el miedo se había instalado, y al primer crujido de la bisagra de
la ventana los gritos serían imparables. Me pareció excesiva tanta alharaca por
un tipo que, yo sabía perfectamente, no existía. ¿Desde cuándo supe que no
existía? No recuerdo; sí recuerdo no haber creído jamás en él. Para que nadie piense
que fue consecuencia de una niñez guiada por padres ateos y burlones de las
tradiciones, juro que nadie me vino a decir que no existía, más bien yo tomé
como natural su inexistencia y eso no mermó mi relativo cariño hacia Papa Noel.
No me trajo desilusión, tampoco creía que existieran Meteoro o El Hombre Araña
y sin embargo los adoraba a los dos. Además, su inexistencia me resultaba muy práctica
a la hora de pedir los regalos; con una intuición de índole económica-familiar yo
sabía qué cosa podían comprarme mis papás y qué no, que accederían a comprarme
y qué no.
En fin, la cosa fue que decidí enfrentar la situación y le aseguré
a mi hermana que Papá Noel no existía, que los regalos los traían mamá y papá.
Papá, para ser exactos, y que los traía de madrugada y que yo nunca pude
sorprenderlo al dejar los paquetes al pie de la cama porque me dormía
irremediablemente en la espera (entiendan que era niño y todavía no sufría de
insomnio ni ansiedad ni ninguna de esas cosas que ahora me harían sorprender al
depredador de la peli de Schwarzenegger con camuflaje y todo a cincuenta metros
de mi cama. ¡Triste, solitaria y final es la adultez!).
Le dije todas estas crudas verdades y mi hermana, otra vez
con la lógica de su parte, no se entristeció en absoluto, hasta respiró
aliviada al saber que eran mamá y papá los responsables de los regalos. Esa noche
durmió tranquila. Mi mamá no se enojó conmigo en lo más mínimo, después de todo
su hija se había tranquilizado. Habrá pensado que cuando es hora de dejar de
creer en Papá Noel, es hora.
Lo esencial de esta historia es que en esa Nochebuena lo que
se puso en jaque no fue la contundencia del ritual ni los símbolos del
recordatorio del nacimiento de Cristo ni nada por el estilo, sino el simple hecho
de alivianarse de pesos extras. Y justamente eso son las fiestas, un peso extra;
repetitivo, molesto, insulso. Por no aceptar la imposición mi hermana pudo
disfrutar de la Navidad y esperar sus regalos mediante lo que, al crecer, ya
nadie tiene ni puede recuperar: la expectativa.
Es evidente que para que los adultos volvamos a tener expectativa
deberemos matar definitivamente a las fiestas y pasar a una etapa superior de
la humanidad, a ese maravilloso reino donde la culpa no reine y la familia no
se imponga. Quizá para evolucionar tanto necesitemos que nos ayude el monolito
de 2001, pero bueno, yo puse el primer ladrillo para crear un mundo nuevo,
ahora que alguien ponga el segundo y nos diga qué sigue. ¿O cómo recuperamos la
cacareada solidaridad, entonces?
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domingo, 29 de mayo de 2016
VIÑETA DE DOMINGO...
Es domingo, uno se aburre, agarra el lápiz y molesta a los demás. (No se quejen, peor es ver fútbol y preocuparse por si Messi se lesiona el dedito meñique o no y si podrá jugar en la próxima copa Curro de Oro o no).
jueves, 10 de diciembre de 2015
GENTE DE BARRIO, SENCILLA, GENUINA Y ATENTA… ¿O REACCIONARIA, NECIA Y BURRA?
Mi mujer, embarazada, fue al supermercado chino de la
esquina. La saludaron -y la detuvieron en su marcha- dos vecinas de edad
medianamente avanzada que, muy sonrientes, querían charlar. No buscaban conversar
pero sí monologar. Hicieron preguntas y se apuraron en contestarlas ellas
mismas. Indagaron sobre la panza, si era nene o nena. Antes de que Tere contestara
dijeron que por la punta de la panza era varón. Tere aclaró que era nena, que ya
habíamos hecho estudios. Dijeron que igual era nene, por la punta. Una le
preguntó la edad a mi mujer, ella contestó cuarenta. Preocupada, o
escandalizada, la señora preguntó en forma de sentencia que, debido a su edad, iría
directo a cesárea. Tere dijo que no, que intentaría parto natural. Enseguida
fue retada y aleccionada: con más de cuarenta se debe ir a cesárea de cajón, si
no puede ser peligroso. La otra señora le preguntó a su vez si se iba a
depilar, y en esto sí demostró preocupación, no por Tere sino por el doctor.
Insistió que hay que depilarse, para quedar bien, y le recomendó la depiladora
profesional “Natacha”, que se encontraba un poco más adelante, sobre la misma
calle.
Meses después, Tere salió a pasear con la beba. Una de las vecinas,
porque no siempre atacan en conjunto, la interceptó para saludarla. Tere
aprovechó para contarle que el parto fue natural, no cesárea, y que todo estuvo
bien y en término, a las cuarenta semanas. La mujer asintió, con una media
sonrisa, y se apuró en elogiar la belleza de la nena. Tan bella le pareció que
le advirtió que se cuidara del mal de ojo; dio a entender que hay mucha gente
envidiosa alrededor que podría desearle mal. Por como lo dijo, uno podría haber
entendido al revés su consejo y creer que ella era la envidiosa, pero no, se
estaba refiriendo a otros. Además, los malos suelen ser los otros, eso es
sabido. Preguntó si la habíamos bautizado, también en forma de sentencia. Tere respondió
que no, que “éramos ateos”. La mujer exclamó: “¿Eh?” Tere repitió: “Ateos”. La
señora intentó deglutir ese concepto, no pudo, lo regurgitó, hasta que en un
momento arqueó las cejas y dijo: “ahhh, entonces quiere decir le van a dar la
opción de que cuando crezca ella elija si se bautiza o no”. Hay que admitir que
su capacidad de síntesis, inconexa y obtusa pero capacidad al fin, logró una
frase digna de Groucho Marx. Por desgracia, cuando a continuación y sin motivo elogió
al nuevo gobierno diciendo que ahora todo iba a cambiar (dijo cambiaaaar,
acentuando la última a con tono de felicidad), y que todo iba a estar bien sin
aclarar qué era todo ni porqué iba a estar bien, dejó al genial Groucho por el
piso y se ubicó al nivel de Miguel Del Sel, cómico macrista que opera a nivel del
subsuelo, incluso por debajo de la cloaca.
Un vecino muy preocupado por la seguridad, que llega a pagarle
de su bolsillo a la policía para que vigile extra y que tiene una camarita en
su terraza apuntando a la calle, comentó en una charla ocasional en la puerta
del super chino que el puesto de Gendarmería, apostado en la entrada de la
villa que hay a la vuelta, controla muy de cerca a “todos esos que vienen de
países limítrofes, esos que vienen a restar, no a sumar”. El vecino siempre
tiene a mano este tipo de comentarios y, con notable ingenio, le busca la
vuelta para cada vez criticar de distintas maneras, cosa que nadie crea que se
repite en los agravios. Hace poco robaron un auto en nuestra calle. El
responsable fue uno de los policías que paran en la esquina. Era argentino, el
policía. El vecino, cuando otros vecinos criticaban al ladrón, decidió
callarse. Uno dijo que era una vergüenza que un policía robara, pero mi vecino,
que se tiñe el poco pelo que tiene de negro azabache y que anda en bicicleta
por las veredas del barrio haciendo que uno deba cuidarse al caminar y dejarle
paso para no ser atropellado, prefirió, con una ética comprensible, no juzgar
un hecho consumado como es un robo y en cambio juzgar a los que, por su pobreza
y aspecto, son candidatos a hacer todavía cosas peores si los dejan. Proteger a
un policía ladrón es más seguro que darle crédito a un pobre que, en cualquier
momento, es capaz de alocarse y robarnos lo que tanto nos costó conseguir (me refiero
a propiedades, no al tinte de pelo ni a la bicicleta).
Estas aguafuertes, barriales y desteñidas, reflejan breves
momentos cotidianos, que el día a día acostumbra a revolearnos por la cabeza. Nos
ayudan a comprobar que los barrios clásicos, donde todos se conocen y chusmean
a gusto, donde los vecinos viven a la vieja usanza en casas chorizo y PH´s de
pasillo largo, también pueden aumentar la nueva clase de argentinos que se
viene. Me refiero a esos temerosos y honestos patriotas que antes estaban
desunidos y postergados por la dictadura reciente, y que ahora se reúnen
alrededor (desde el comedor de su casa y frente a la tele, pero alrededor) de
los mágicos proyectos represivos y retrógrados del nuevo gobierno, que hace un
llamado a la ética general para incluir a todos bien afuera de donde viven pocos.
Tal cual demostró mi vecino, un humilde clasemediero que no cayó en el
facilismo de criticar al cana chorro porque era cana y parte de una institución
que él avalaba, sino que hizo el esfuerzo ético de acusar a quienes no habían
sido por el lógico hecho de no formar parte de la Argentina del mañana, esa Argentina
que todavía no llegó pero que tiene todo para ser igualita a la de muy ayer.
Mi llamado, entonces, es para ustedes, amigos de barrio norte
y de zonas caras, que están cansados de vivir con miedo a que les roben y que además
tienen la valentía de no tener miedo de que a otros les falte: quiero avisarles
que no están solos en su eterno escape de juzgar y acusar a los demás de sus
propias falencias, no, hay gente humilde, mucha, que puede acompañarlos. Vengan
a conocerlos al barrio de La Paternal. Si no les da mucho asco cruzar la vía podrán
juntarse con ellos, amontonarse y ser legión. Sólo depílense antes, porque acá revisan
entrepiernas (los vecinos serán pobres pero limpios).
Entiendan que se trata de un asunto moral. Al fin y al cabo,
todos quieren sumar en esta glamorosa etapa que comienza, el tema es que para eso
hay que dejar afuera a millones que, aunque no resten, suman negativo. Sobra
aclarar que si es para unos pocos elegidos quizá la Argentina sí aguante, como
pasó con el Arca de Noé. Datos no oficiales aseguran que Noé era un egocéntrico
y un discriminador, pero como era capitán del único barco todos se vieron
forzados a hablar bien de él. En una de esas ocurra lo mismo ahora y sólo quede
en pie esta nueva banda de polizones, por lo menos hasta que termine el diluvio
de cuatro años de agua marrón. Nuestros vecinos, los citados, hablarán bien de
ellos aunque les llueva mierda.
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jueves, 29 de octubre de 2015
ALGUNAS ACLARACIONES SOBRE LA VILIPENDIADA ELECCIÓN ARGENTINA DEL 25 DE OCTUBRE Y LA INTOLERANCIA DE LA IZQUIERDA
Pudimos comprobar, con agrado, que gran parte de nuestra
sociedad dio su voto el último domingo. Es decir, dijo lo suyo. Por desgracia, el
lunes siguiente a la votación algunos intolerantes comenzaron a criticar a la
inmensa cantidad de personas que votaron por el candidato -o candidatos, no había
uno solo- de la derecha.
No voy a ahondar en la eterna dicotomía derecha-izquierda
que tanto enfrentó a los argentinos. Es cierto que nunca pudo enfrentarlos
demasiado porque la mayoría siempre apoyó a la derecha, pero hay unos pequeños
grupos facciosos (algunos incluso con millones de integrantes en cada grupo)
que siguen negando la realidad y atacan verbalmente a esa derecha que suele
contratacar con represión física, injurias y censura, sólo que ahora no puede
hacerlo porque necesita ganar las elecciones.
A lo que me refiero es que se están utilizando eslóganes descalificadores
como si fueran argumentos. A continuación quiero enumerar algunas de estas
descalificaciones, intolerantes y antidemocráticas, con la esperanza que ayude a
profundizar la desunión entre los argentinos, que no es algo negativo porque,
justamente, la desunión ayuda a que no nos juntemos con quién no queremos.
-
“El
argentino no tiene memoria”. Frase que hoy está siendo utilizada por la
izquierda para agraviar a los votantes del candidato de la derecha. Es una
falsedad, ya que intenta implicar, con su doble y malsano sentido, que de tener
memoria el votante hubiera votado de otra forma, por no decir al revés. Yo digo
que sí tiene memoria, y que esa memoria es la que llevó a millones de votantes
a tratar de recuperar aquellos tiempos pasados de destrucción social masiva. Puede
que no haya ningún tipo de cerebro activo capaz de decodificar esa digna y
saludable memoria, y que por eso apenas queden imágenes fragmentadas y sin
ilación, como un proyector que pasa una película en un cine vacío; también
puede ser que al no tener el menor coeficiente intelectual el votante no
entienda qué es lo que está recordando, pero que hay memoria, la hay, y no
respetar esa genuina memoria nos lleva a la intolerancia y a la agresión
gratuita.
-
“El que
vota a Macri no sabe lo que hace”. Otro insulto personalizado. Subestimar y
juzgar es nocivo para la democracia. Los votantes de este candidato saben muy
bien lo que hacen y porqué lo votan. Es indignante que se le reste validez a
ese voto que, por ejemplo en la provincia de Buenos Aires, alcanzó niveles
históricos al apoyar a una desconocida que los bonaerenses prefirieron más que
a otros candidatos porque ella, joven y entusiasta, no tenía ningún referente
positivo en su historial. Votar a una doña nadie que no sabemos cuán desastrosa
puede llegar a ser en vez de votar al candidato que no queremos que gane es dar
un voto a lo nuevo. Si alguien alega que lo nuevo no es nuevo y que le va a
partir el culo a la mayoría, está adelantándose a los hechos, y las previsiones
negativas también generan violencia social.
-
“El odio llevó
a la gente a votar a Macri, sólo lo hizo para joder al FPV”. El ánimo
descarriado y resentido que llevó a tantas personas a apoyar al mismo candidato,
que tiene la virtud de hablar como rico de punta del este y como populachero de
barrio al mismo tiempo, no puede calificarse como odio, eso es deshonesto. De
hecho, Macri consiguió algo insólito: juntar varias clases que se detestan. Es muchísima
la gente que se está reuniendo alrededor de su discurso, que algunos psicólogos
trasnochados definen como esquizofrénico y analistas políticos como hipócrita. Pero
en vez de dejarse deprimir por patologías y politólogos, esa gran cantidad de
compatriotas le dan para adelante y se hermanan con otros sectores sociales que,
de tener la opción, mandarían a matar. Negar esta unión real es ser cínico, no
un analista serio.
-
“Macri le
va a dar todo a los grandes grupos económicos, a la oligarquía”. Otra
injuria. No es cierto que el candidato no quiera darle a otros sectores de la
sociedad, sólo trata de que los pobres no tengan tanto. Es miserable que
quieran hacer creer que únicamente los millonarios recibirán su tajada, también
hay ricos y hasta una popular clase media alta que con esfuerzo acaparó y robó
en su intento de subir en el escalafón social, algunos pisando cabezas, efecto
de la sana competencia. Además, si el candidato quiere que los ricos acaparen
más es para que los pobres puedan enterarse -y, por ende, aprender- sobre qué o
quién conviene ser en este mundo. Con este modelo podrán renegar de ser pobres
y soñarán con ser ricos. Y aunque nunca alcancen la riqueza salvo en sueños, al
menos tendrán la brújula orientada.
-
“La clase
media es quién lo votó en su mayoría”. En base a los resultados de la
votación, podemos afirmar que gran parte de la clase baja argentina también votó
al candidato. Esa clase hizo un gran esfuerzo de autosuperación y trató de no
tener conciencia de clase, o sea, de sí misma, y apoyó a Macri como si fueran votantes
ricos. No lo son, y lo serán menos con las medidas que aquel va a tomar si gana
la presidencia, pero al elegir a un rico demuestran una gran talento para fantasear
de que así se acercarán más a él, (mediante el voto, en persona los de
seguridad no se los permitirían) y que son parte de la movida. Esta realidad
descoloca a la izquierda, que prefiere separar a las clases para que cuando
llegue el día de la hipotética toma del poder sepan quién es el enemigo y quién
no. Cuando son muchos los pobres que apoyan a los ricos a la izquierda se le va
un poco al tacho esta estrategia, en especial por la tendencia sentimental y
doctrinaria de los marxistas a idealizar a los pobres. Las clases altas, al no
idealizarlos en absoluto, son más hábiles y los dominan por medio de mentiras prometedoras,
al revés de las duras utopías de liberación, que demandan de cada individuo una
excesiva dedicación, claridad mental y sobre todo mucha, mucha dignidad.
“El
argentino no le exige nada a los políticos de derecha, deja que roben, mientan y
destruyan mientras que a otros políticos no les perdona una”. Otra infamia.
Ningún argentino/a es tan tonto como para dejar de sostener su ideología
fascista de juguete por uno u otro candidato. No se casa con ninguno sólo por
ser de derecha, al contrario, lo votará convencido para después, al primer
error, estar en su contra. Eso hizo con tantos presidentes anteriores y hasta
con dictadores militares, que sí lo representaban de forma legítima. El
argentino tiene un gran talento para reubicarse tácticamente. No porque le
guste la traición en sí, sino que le encanta dar la espalda al candidato que votó
si no hace lo que quiere o desea. Y como no sabe bien qué quiere o desea (pero,
¿quién lo sabe en esta vida misteriosa, cambiante y poética?) es capaz, por una
elástica moral que llega a estirarse hasta el infinito sin romperse, de negar incluso
haber votado a ese candidato en las últimas y penúltimas elecciones, y estar,
de pronto, en contra de todo lo que dijo y propuso en la campaña. ¿Acaso esto
es perdonar, pregunto yo? Y es por este maravilloso mecanismo de autodefensa que
es capaz de votar al candidato opositor en la siguiente elección, porque sabe muy
bien que cuatro años no es nada cuando la memoria no decodifica el pasado y la
moral no lo interpela. Yo recuerdo haber visto ese proceso camaleónico en mucha
gente y desde que soy chico: gente que apoyó la guerra de Malvinas y que
después, al avivarse de que perdíamos irremediablemente, tuvo la decencia de
exigir (puertas para adentro y en voz baja pero exigiendo igual) que el
dictador Galtieri “fuera llevado a las islas en bolas a ver qué se siente”;
gente que elogió la democracia de Alfonsín y criticó la dictadura militar y que
a los pocos años pidió la cabeza del presidente diciendo que con los milicos
estábamos mejor; escuché miles de críticas a Menem que lo acusaban de ladrón y
traidor, críticas tan fuertes que le hicieron ganar dos elecciones y sin
fraude. Podría seguir, pero el punto está demostrado: el votante argentino no
puede quedarse quieto. Si tanta actividad no acaba por destruir todo y es un
síntoma de irresponsable autodestrucción imbécil, no es tema para analizar acá
porque acá intento rescatar el acto cívico, el que nos dignifica como
ciudadanos.
-
“El
pueblo eligió mal”. Frase soberbia, intolerante, que arruina la celebración
de la democracia. No se puede negar que la elección fue limpia y honesta, sobre
todo porque salieron victoriosos los que ya estaban listos para denunciar el
fraude si perdían. De todas formas, el progresismo salió a criticar. ¿Acaso un
votante no puede elegir mal? ¿Acaso no puede apoyar el peor candidato? ¿Acaso
no puede votar desde el resentimiento más bajo y destruir todo porque está emberrinchado?
¿Acaso no puede mostrar públicamente, elevando así el concepto de democracia,
que la necesidad de retroceder hasta hundirse en la mierda es un acto concreto
y volitivo y no un error aquejado a problemas de memoria o de no saber lo que
se hace? ¡Por favor!
-
“Acá
todos se bandean y votan con el ojete”. Además de una grosería es otro agravio
sumado a la larga lista de agravios. Ninguno de estos izquierdistas toma en
cuenta la exigencia mental que demanda el hecho de bandearse para un lado y para
el otro como si se estuviera en la cubierta de barco vapuleado por un huracán. Bandearse
no es un tema personal con uno y otro candidato, más bien es que el votante
está intentando apoyar lo que cree que únicamente lo beneficiará a él/ella. Quizá
la contradicción que haya en el hecho de cuidar tanto el propio culo es que
apuntalar candidatos como el que lleva la delantera genera, a la larga,
millones de culos desflorados. Quizá sea el ojete el que no tiene memoria, por
eso se deja romper una y otra vez. Para nivelar la balanza y ver lo positivo de
este momento histórico en la Argentina y no terminar esta nota con negatividad
(característica de izquierdistas amargados), se puede decir que así como la
patria necesita siempre de un himno que la engole, también necesita de millones
de ortos tan abiertos como para poder cantar su marmólea letra a los cuatro
vientos de la República. Y es de ahí de dónde brotarán las notas musicales que,
debido al tamaño ocasionado en los esfínteres por el destrozo social-cultural
que quizá a partir del 22 de noviembre se nos venga encima, adornarán esta
nueva gesta patriótica. Y unidos sin unirse, como verdaderos ortos argentinos.
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miércoles, 5 de agosto de 2015
LA LITERATURA ARGENTINA Y SU SUPUESTA MARGINALIDAD
(Nota publicada originalmente en La langosta Literaria)
Está de moda entre críticos, editores y ensayistas de la
inmediatez argentinos preguntarse si la literatura argentina es marginal, si hay
o no hay tradición, si los escritores deben reinventarse a sí mismos al
escribir y un montón de vaguedades filosófico-masturbatorias del estilo que no
llevan a ninguna parte. Se hacen estas preguntas (que se contestan ellos solos)
casi con orgullo, detalle curioso porque justamente la marginalidad en la
literatura actual argentina no existe, ni autoral ni temática. De hecho, la
consecuencia de ser un desecho del posmodernismo le evitó a la última
generación de escritores tener que pensar en la literatura y en cualquier otra
cosa (beneficios del posmodernismo: te absuelve de todo compromiso).
Lo que se
lee hoy, sean autores jóvenes o no tanto, vivos o muertos, es lo aceptado o
canonizado por un grupete de portavoces literarios (como si se tratara de santos
medio pelo avalados por el papa a toda velocidad). No parece haber tal marginalidad
porque lo marginal, de verdad marginal, camina solo y al margen, no es visto
hasta mucho después, o nunca (¿cuántos escritores y escritoras con talento verdadero
no siguen teniendo sus obras en un cajón, en un archivo de Word, y ya ni
siquiera esperan ser publicados o que alguien los lea?). Ningún editor
argentino está interesado en encontrar nuevos autores. O sea, en encontrar
marginales de verdad, prefieren los ya descubiertos y promocionados,
pasteurizados en lenguaje y figura.
Lo que es un hecho es el incómodo lugar que muchos narradores
argentinos debieron sostener, algunos por décadas enteras, incluso después de
muertos, respecto a este asunto. Me refiero al costado menos glamoroso de la
marginalidad: el ninguneo, el desprecio, la ignorancia o burla de sus pares. La
sociedad argentina tiene una tendencia muy fuerte a la creatividad y al mismo
tiempo desprecia y ningunea a sus artistas, desde siempre. En el arte rigen los
caprichos y los impostados con micrófono igual que en la televisión o que en
cualquier otro medio putrefacto. El exilio, político o interior, de muchos
escritores es común en nuestra historia. Tiene que ver con el contexto político
y social, también con que la buena literatura tiene un lenguaje propio y eso lleva
a rechazar el statu quo de la época y, tarde o temprano, al aislamiento.
Este momento de la literatura argentina tiene al conformismo
incrustado como un tiro en la frente, aunque nadie parece notarlo. O, como se
dice en mi tierra, “se hacen bien los boludos”. Claro que lo que de verdad interesa
no es el lugar que ocupa un escritor, si es público o no, si se lee mucho o no,
sabemos que todo eso es relativo y las posturas cambian y a la larga sólo quedan
las obras, a veces nada, resultado del mismo proceso de depuración temporal. El
tiempo purifica mejor que el fuego, la cosa es que el tiempo no acciona solo,
debe haber lectores (y unos pocos críticos, libres de la mayor cantidad de
prejuicios posibles y con extrema sensibilidad) que detecten a los autores y
autoras del pasado, o actuales si se puede, que estén diciendo algo distinto o
de manera diferente a lo avalado en el momento. Arlt, Borges, Puig, Walsh, Di
Benedetto y varios etcéteras sufrieron ninguneo y desprecio. Se sobrepusieron porque
siguieron escribiendo, no porque sus figuras destacaran por sí solas. No
buscaban caminar un ratito en la pasarela o ser un flashazo editorial, eran
militantes de la literatura, creían en ella y se expresaban con total
sinceridad, además de talento.
La marginalidad no importa, lo que importa, y es de lo que
no se habla hoy en la literatura argentina -¡tabú!- es el conformismo, la falta
de propuestas, de variedad, de disidencia, de polémica. No hay posiciones realmente
irreverentes o inconformes en los escritores argentinos actuales, quieren
pertenecer y ser parte, cuidar su jardincito, hablar con mesura, integrarse. Los
llamados “marginales” quieren ser marginales a salvo de la intemperie, no quieren
mojarse en un programa de tele pero buscan un lugar seco y agradable en los
suplementos culturales fashion. Por eso se repiten y todos se parecen, maduros
y jóvenes. La juventud no salva a nadie de nada, no alcanza con ser joven, hay
que sostener la individualidad, proponer y no querer ser parte de algo porque
sí, ni aceptar a ningún escritor sólo porque está oficialmente canonizado por,
digamos, la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, el suplemento
cultural de Página 12 o ciertos mundillos literarios (como ocurre con César Aira
o Rodolfo Fogwill, los santos de las iglesias “marginales” literarias de la actualidad).
Witold Gombrowicz, en sus largos años de residencia en Argentina, cuestionaba a
los literatos locales de los cincuenta, sesenta -una buena época para la
narrativa argentina, por cierto- con hermosas y directas preguntas cómo esta:
“El arte es ante todo un problema de amor; si queremos conocer la verdadera
posición del artista debemos preguntar: ¿de qué está enamorado? Para mí era
evidente que ellos no estaban enamorados de nada o de nadie…”. Y lo dijo Gombrowicz,
que sí fue marginal, pero no por negarse a pertenecer al gueto de las hermanas Ocampo,
Bioy Casares, Borges sino porque decía lo que sentía y lo que pensaba. Eso
alcanza para ser marginal en la literatura… y en cualquier ámbito social,
huelga aclarar.
El escritor, si no escribe por necesidad y con entusiasmo, es
sólo un burócrata, un figurín, no aporta nada. Y da igual si edita en
editoriales independientes o en las grandes, esa distinción (yo tuve, tengo, parte
en las dos) no dice nada de un autor, clavarse con eso es mentir y buscar un
lugar de rebeldía o de sumisión cuando no la hay. Vuelvo a lo mismo, es la obra
la que habla por uno. Así fue siempre y funcionó bien. ¿Por qué un posmoderno
(o un descendiente del posmodernismo, pero no sé qué nombre exacto tendrán esos
engendros) nos quiere convencer de lo contrario sin darnos una opinión válida
ni, peor aún, un libro que no nos aburra antes de terminar la primera página?
Desde principios de los noventa que la literatura argentina
quedó estancada en una sopa indigesta de engendros sin nombre y escribas pseudo-intelectuales
del tedio. No han surgido verdaderos movimientos, grupos ni escritores que
intenten romper con eso y proponer algo distinto (distinto por personal y
genuino, no por novedoso). El neoliberalismo pegó muy duro a la cultura argentina,
y su falta de compromiso afectivo, ideológico y visceral ha gestado un montón
de nihilistas con alma de empleado público incapaces de hablar de nada. Seguir
avalando eso, no dejar que surjan críticas, opiniones y sismas creativos no
tiene nada que ver con la marginalidad, todo lo contrario, deja a la literatura
en punto muerto, en un lugar de sedentarismo, de conservadurismo, y encima sin
lectores, todo en manos de unos insignificantes oportunistas, académicos o
semi-académicos, sin duda unos completos necios.
Es por estos mismos payasos tristes que el lector es
despreciado, lo acusan de ser un adoctrinado por el sistema, por las
corporaciones, etc. Todo bien con esa idea, pero, ¿qué hacen los escritores por
acercarse al lector? No es demagogia lo que digo, hay que terminar con ese bla
bla de que un escritor escribe para colegas, o entabla “diálogos” con otros
autores, basta de mentir. El escritor fue ¿es? primero un lector y si no
escribe para que lo lean entonces no es un marginal sino un hipócrita. La
literatura debe ser vital, discutirse para abrir caminos y convivir con otros
proyectos, aunque sean la antítesis unos de otros. Cuando empiece a ocurrir
esto en la Argentina quizá pasemos de hablar boludeces a tener mejores
escritores. Y lectores. No tengo dudas de que generaciones por venir, o alguna
generación ya en proceso, tirarán esta cultura del formol a la basura y
empezarán a narrar con sinceridad y sangre renovada.
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sábado, 4 de julio de 2015
DOS LUGARES COMUNES SOBRE LA INFANCIA PUESTOS A CONSIDERACIÓN (O EN LA PICOTA)
(Nota originalmente publicada en La langosta Literaria)
(Dibujito hecho -nerviosamente- días antes de que naciera la pebeta...)
Es un lugar común decir que la infancia es la etapa idílica en
la vida de una persona. No sólo común, también cursi. Al margen, ¿es cierto?
Difícil afirmarlo ya que, sin excepción, esta frase es pronunciada únicamente por
adultos, nunca por niños. Es comprensible, los chicos viven en su mundo de
eterno presente, son inmortales en el juego y no tienen noción de la
experiencia y el tiempo vivido como para decir boludeces en voz alta.
Los adultos (me siento como si acabara de leer El Principito
y tuviera que separar al mundo en niños y adultos, pero bueno, no me queda
otra) insisten con la infancia idealizada porque han perdido todo tipo de
esperanza en idealizar lo que sea. En general ya no creen en el amor, menos en
realizarse como individuos, el problema es que en vez de asumirlo se desquitan -entre
varias otras cosas- al poner a la infancia en un pedestal, creyendo que así
entenderán mejor a sus hijos cuando crezcan. No podrán, porque la esencia de la
adultez consiste en aplastar las ansias y el juego.
El adulto abandona el presente para especular ociosamente sobre
el pasado y el futuro. Es adoctrinado para planear cada paso, acata la orden y se
enreda en los cálculos. No llega a ninguna parte, igual insiste; cada día trata
de controlar más y, por ende, controla menos. Vive con permanente gusto amargo,
y aunque esté desesperado nunca se rebela. Alcanza el colmo del cinismo cuando
afirma que esa infamia en la que vive es la madurez.
Justo este gustito amargo es el que padres y madres se desviven
por evitarle a sus hijos, el tema es que en vez de ponerse de ejemplos de lo
que no hay que hacer les ensalzan la infancia mientras los preparan para ser sumisos
y sometidos. La adultez es lo contrario a la madurez, que es hacerse
responsable del propio destino y de la incertidumbre de existir. Pero, ¿qué
padre o madre le confiesa esto a su retoño?
El otro lugar común al que quiero referirme es ese de “proteger
a los niños de los horrores de este mundo”, otra frase pronunciada sólo por
adultos. Los horrores existen, sí, la esclavitud, la depravación, la injuria,
el asesinato, etc, pero no todas las personas tendrán la desgracia de
experimentar alguna de esas atrocidades a lo largo de su existencia. Lo más
común de padecer, y en verdad lo que todos
padecerán alguna vez, es otra cosa, simple y cotidiana. Para ilustrar esta
“cosa”, narraré una breve anécdota en la cual el que dio en el clavo del asunto
fue un chico, no un adulto.
Fue durante una visita que mi tío y mis primos hicieron a
mis viejos, un día cualquiera, hace treinta años. Mis primos tendrían seis y
ocho años, máximo. Mi tío, orgulloso, contó que mi primo Pablo, el menor, había
sido felicitado por la maestra de primer grado por no recuerdo qué destreza, si
por aprender a escribir muy rápido o por algún chispazo de brillantez en aritmética.
Pablo escuchaba el elogio en silencio, sin vanagloriarse. Mi otro primo, Daniel,
el mayor, escuchó respetuoso el relato que ya había oído antes. Cuando mi tío
terminó, dijo -muy sereno y sin ningún tipo de envidia, doy fe- que “uno es
genial hasta segundo grado, después es normal”.
Tantos años pasaron y todavía recuerdo ese comentario con la
potencia de un bombazo. Daniel había comprendido, siendo niño y sin tener que patentar
ninguna frase hecha, lo que era la esencia de la adultez: la normalidad.
La educación que nos brindan, la cultura reinante, los
valores acartonados de la sociedad, todo está diseñado para que al crecer
echemos anclas en la normalidad y no nos movamos de ahí. Es decir, que nos
integremos a lo que ya está dado en vez de crear algo nuevo o propio.
Al vivir y al dejar atrás la primera juventud, cuando
empezamos a notar que nuestros sueños peligran o que, directamente, se disuelven
en el éter del tedio cotidiano, entendemos por fin que la adultez es pura y
tétrica normalidad, y que la normalidad es uno de los peores horrores de este
mundo, horror que esos canallas de adultos no nos prepararon para enfrentar. Será
porque la mayoría de los padres y madres practican la normalidad, y al no poder
asumir el hecho de haberse dejado doblegar tratarán de guiar a sus adorados hijos
por la senda de la mediocridad, donde todas las cosas “son como son” y donde “el
mundo es así”.
Si de verdad deseamos que los chicos valoren su universo
ideal (en el caso de que creamos que eso exista, se entiende), deberemos
advertirles desde temprano que para mantener vivos sus ideales tendrán combatir
la imbecilidad del mundo con todas sus fuerzas y capacidades, casi al punto del
agotamiento moral; que deberán aprender qué armas utilizar para evitar que los dominados
no los aplasten con sus envidias y estrechez de miras; que deberán asumir que jamás
serán populares para la gran mayoría, que toma la necedad como si fuera una
virtud; que, para su desgracia, esa peste de la normalidad, complaciente y castrante,
se expande por los lugares que ellos más frecuentarán: universidad, trabajo,
matrimonio, familia, etc, justo los lugares que sus propios padres les
recomendaron que frecuentaran.
No es mi intención juzgar las buenas intenciones de las
mamis y los papis, más bien me parece que lo que les quieren evitar a sus hijos
no es evitable. Sin duda está bien complicado explicarle todo esto a un nene,
pero si nos animamos por lo menos al crecer no vendrán a reprocharnos que les
mentimos, al contrario, nos acusarán de sádicos, de hijos de puta -o las dos
cosas- pero nunca de haber sido normales. Y eso es un alivio y un desafío para
cualquier padre o madre que aspire a la libertad. Digo, a la anormalidad.
(NOTA: No escribo esto desde la comodidad, al revés, acabo
de tener una hija y todavía estoy evaluando seriamente hasta dónde mentirle y
hasta donde decirle la verdad cuando crezca. El problema es que la mentira y la
verdad se miden según el parámetro de cada uno, y como mi parámetro tiende a lo
normal creo que estoy bastante jodido).
martes, 21 de abril de 2015
SOBRE LA ASTROLOGÍA Y LA RELIGIÓN
Mi generación es esencialmente atea, la idea de Dios o de
Jesús ya no le significa nada. Burlarse de la religión es cotidiano, hasta
esperable de cualquier persona que haya vivido los finales del siglo XX y los
comienzos del XXI con los pies sobre la tierra. Bravo por esos lúcidos. Pero,
¿realmente murió la antiquísima necesidad de creer en cualquier etérea
pelotudez que sea capaz de tranquilizarnos? Creo que no. De hecho, hemos
involucionado, si es que se puede hablar de evolución en el ser humano (no se
puede, pero hablo igual).
Mucha gente ultra atea que conozco desprecia la religión y
se burla con total desparpajo de ella, de la iglesia, de los curas y del
concepto troglodita de tener que bosquejar un ser superior para calmar la
ansiedad frente al infinito y a la noción de la propia muerte. Esta gente es
capaz, con frialdad aunque no con cinismo, de aceptar que está sola en este
mundo y que el ser humano hoy por hoy debe asumir su soledad cósmica. Bravo
otra vez. El problema es que la mayoría de estas personas -y digo la mayoría
refiriéndome a la mayoría, no es una frase al pasar- una vez pronunciadas estas
frases dignas de Sartre, Camus y del existencialista más clásico y patentado
que conozcan, nos salen con que uno está haciendo o diciendo tal cosa porque es
“un típico taurino, o pisciano, o sagitariano o etc”.
En este momento, uno, o
al menos yo, para la charla y murmura con desconcierto: “¿Eh, qué, cómo?”, y
ahí mismo es ametrallado por una serie de explicaciones inconexas y antojadizas
que no explican nada. La astrología ofrece, para comprender porqué una persona
es como es, una lista de motivos carentes de base científica, psicológica,
antropológica, y hasta zoológica, que nunca es cuestionada por aquellos que
tanto de burlaron del viejo y apolillado Dios. Sin embargo, la recitan sin
dudar de su veracidad ni un instante.
¿Cómo llegamos a que el ateo más furioso, aquel que se ríe
de los pobres retrógrados que creen en Dios -“un invento de los hombres para
paliar el miedo a la muerte”-, me explique que mi actitud en la vida está
condicionada por cómo se ubica Júpiter o Marte en el cielo, y porque nací en
tal o cual mes? Y hablo del cielo astrológico clásico infantil, no de galaxias,
sistemas solares y otras denominaciones de origen astronómico porque los
seguidores de la astrología, por suerte para ellos, no deben aplicar ningún
argumento científico para pasar vergüenza en público. Los planetas reales son
producto del misterio de la conjunción del tiempo y del espacio, los de la
astrología son simpáticos muñecos de papel maché que se mueven ahí arriba según
lo que necesitemos acá abajo, nosotros, una manga/bola de seres especiales que
vamos, venimos, cumplimos horarios de oficina y hablamos sin que nadie nos
escuche. Sin duda somos el centro del universo, por eso los planetas y los
astros están únicamente para enviarnos señales personalizadas, mientras nos arrastramos
por la rutina diaria, nos atascamos en el tráfico y descansamos los fines de
semana.
Es posible que nos hayamos adelantado en matar a Dios y a su
staff estable, ya que si para matarlo tuvimos que regurgitar la astrología quizá
entonces sólo estemos sublimando las ansias de creer y sostener una religión
inútil, masiva y consuetudinaria, como son cualquiera de las religiones tradicionales
([1]).
El creyente promedio finge que cree y de ahí viene su
cansancio espiritual, su ruego es lloroso y desvelado, termina agotado de tanto
rezar y apasionarse solo. No busca alcanzar a Dios sino a un ideal, en el fondo
es un nihilista que niega serlo. Esto demanda mucho valor, o esfuerzo físico,
al menos. Pero el seguidor de la astrología no es exigido por nadie ni por
nada, nunca suda ni se martiriza y como no quiere angustiarse con debates
morales nomás repite en voz alta las recetas aprendidas en los horóscopos. Por
ejemplo, decir: “Dios quiera o Dios mediante” para definir algo que dependerá
del azar o de nuestras acciones es falso, pero más falso es adjudicárselo a los
astros y planetas (otra vez: no los reales, los dibujados). ¿Por qué? Porque
Dios no existe, y si uno lo invoca sólo está diciendo una frase hueca,
inofensiva. Sabe que él no hará nada porque nunca existió, y eso humanamente no
es tan reprochable ni tan hipócrita como sí es echarle el fardo de nuestra
incapacidad mental y emocional a Marte o a Júpiter, hermosos e impactantes
planetas a los que, estoy casi seguro, nunca les importó un carajo si estábamos
vivos o muertos, abajo, arriba o al costado de ellos.
Quizá sea más sano para todos (todos los que necesitan creer
en cosas que no existen) volver a la antigua religión, a Dios, a Jesús, a
cualquiera de esos personajes que existen en el papel literario, no en los dibujos, y que tuvieron la decencia de erigirse en celebridades bien delineadas,
referentes de una cultura clásica. La astrología también se sostiene a lo largo
de los siglos pero de una manera subrepticia, como un carterista escapándose de
vagón en vagón después de robarles a los pasajeros del tren. No es porque sea
mala o indigna, pasa que desde que se aceptó el método científico quedó relegada
como un recurso para ignorantes con inquietudes científicas mal llevadas, una especie
de religión solapada para religiosos negadores de su religiosidad.
Además, la tradición cristiana tiene la ventaja de haber
contado con grandes filósofos y escritores que sostuvieron su propuesta contra
viento y marea, por más infumable que fuera. Piensen en San Agustín, Kierkegaard,
Pascal, Swedenborg y tantos otros. Intelectuales de primer nivel, decisivos
para sostener lo insostenible. En cambio, la astrología, por su inmediatez y su
necesidad de dar respuestas rápidas y mal armadas, carece de pensadores y
creativos capaces de explicar lo inexplicable y de defender lo indefendible. Es
cierto, ¿para qué debería tenerlos? Nadie le pide justificaciones. A la
religión sí se le pide, todo el tiempo, y así los pobres teólogos, inclusive
los ejecutivos y publicistas de la misma iglesia romana, deben renovar y
remozar las fábulas de siempre para adaptarlas a la época y que parezcan
novedosas. Es un trabajo desgastante y siempre fallan, pero se les reconoce el
esfuerzo que ponen en intentarlo.
Aceptemos de una vez que no pudimos superar la etapa de crear
seres y fantasmas para calmar nuestros nervios de primates a medio evolucionar.
Es duro, pero por un tema de no pasar vergüenza frente a nuestros amigos, o
frente a desconocidos en alguna reunión ocasional, debemos asumir que negar a
la religión para suplantarla con la astrología es darle la razón al más necio,
imbécil y retrógrado de los curas (puede ser pedófilo o no, para este tema no influye
mucho), que nos acusa de pusilánimes, de muertos de miedo y de pecadores. ¿Y no
tiene razón, acaso? Si para refutarle la acusación tenemos que decirle que
debido a que nació bajo el signo de no sé qué y bajo la influencia de quién
sabe qué cosa es que nos está acusando, yo creo que sí tiene razón.
Intentemos cambiar, asumamos este nuevo siglo con lo todo
nuevo que trae, que son un montón de cosas viejas recicladas. Dejemos la
astrología atrás y abracemos a la religión clásica. Es mejor retroceder dos mil
años que negar que estamos estancados en un pasado pre-científico olvidado por
todos, que encima nos degrada tanto como para hacernos fingir que creemos que
los planetas y las estrellas son factores decisivos en nuestras
insignificantes, mediocres y olvidables vidas, que no tienen ninguna dirección
y que no son el centro de nada, salvo de un pozo en la tierra el día que nos
entierren; ahí sí, por unos minutos tendremos a los amigos y familiares
alrededor del cajón para regalarnos la fantasía que sí somos parte de un
centro. Que fuimos, bah.
[1]
Sí, sublimar es un término muy de psicoanálisis, pero no es tan
anti-astrológico como parece, conozco muchos psicólogos ateos que avalan la pseudo-ciencia
de adivinar los astros dibujados en papel de cotillón.
miércoles, 18 de febrero de 2015
SOBRE EL ALMA Y LOS RECUERDOS
Este texto surgió a
raíz de un monólogo sobre el alma que le escuché a uno de esos intelectuales católicos
chapados a la antigua que todavía luchan por hacer de la religión un asunto filosófico-literario.
Este tipo, en apariencia muy seguro de sí mismo, usó palabras elegantes para
disimular las convenciones que avalaba; en el fondo se moría por retorcer un
rosario entre los dedos y persignarse repetidamente de rodillas por temor a
dios. O sea, no era un creyente honesto. ¿O sí? Es que no todos los intelectuales
creyentes pueden ser G.K. Chesterton, Graham Greene, menos Leon Bloy, la
mayoría son sólo pacatos/mochos. De hecho, ni siquiera son intelectuales (no se
confundan: no por decir esto defiendo a los ateos clásicos, esos no son más que
religiosos que le rezan a la materia).
El concepto de alma no es muy interesante. No propone
individualidad, más bien una cápsula. Es intransferible, o sea que es igual de
hermética el alma de un necio que la de un genio. Quizá por eso algunas
religiones la mandaron a parar al cielo y al infierno, nadie sabía muy bien qué
hacer con ella.
Si la pensamos como científicos y no como creyentes, el alma
es una esencia que viene del cosmos, allá incluso ni siquiera tiene ese nombre.
El misterio de la vida es lo que se malentiende por alma y no tiene nada de
religioso, pero, la verdad sea dicha, no hicimos gran cosa para despojarla de
su solemnidad y le dejamos ese nombre que suena a suspiro de beato confundido.
Está pendiente tratar de entender, aunque es probable que no lo entendamos
nunca, qué es la vida, pero hasta no arrancarle ese pegamento de estampita nos
quedaremos varados ahí, en un concepto vacío y poco creativo, mientras el
misterio nos sigue llegando del cosmos y nos traspasa con sus ondas radioactivamente
burlonas.
En lo personal, me resulta más melancólico y desolador
pensar cómo se evaporan los recuerdos de una persona que muere que conjeturar
adónde va su alma. Los recuerdos vienen de la experiencia, y esa sí fue real,
para cada uno de nosotros. La experiencia, luego los recuerdos, es lo más
valioso que tenemos, son la parte más terrenal y humana de… ¿de dónde
exactamente? No quiero decir cerebro, el cerebro, hablando rápido, es la
versión positivista del alma, tampoco la psiquis, término contemporáneo que no
cubre todo como suponen muchos psicoanalistas radicalizados (además, nada cubre
todo. O viceversa).
Diré entonces que los recuerdos son una parte trascendente
de la persona, ilustran su creatividad, su receptividad y su imposibilidad
frente al infinito. Al revés del alma sí pueden compartirse con otros, escribirse,
comentarse, analizarse, formar parte de un imaginario colectivo, y ser capaces
de hacer soñar a personas que nunca experimentarán las vivencias de alguien que
murió diez, cien o mil años atrás, pero que alcanzan a comprenderlas y
enriquecerse con ellas.
Hay un montón de recuerdos que podemos citar de otros -escritores,
filósofos, científicos, la mayoría de las veces de familiares o amigos cercanos-,
que nos ayudan a pensar y evaluar muchas cosas a lo largo del tiempo. Es una aceptación
de la experiencia que va pasando de uno a otro, es individual aunque no privada,
crea un mundo paralelo moral, ético y fantasioso al que somos permeables. No
satisface mucho quizá porque es etéreo, pero no puede ser en vano ya que marca,
y a veces cambia, conductas y pensamientos por completo.
Este misterio me resulta más humano y más misterioso que el
alma. O, en el caso, más gratificante y nutritivo para los habitantes de este
lado del mundo, el de los vivos, aunque los recuerdos de todos estén condenados
a desaparecer y renacer una y otra vez en distintas formas, en distintas
personas…
A continuación un gráfico explicativo de tres tipos de almas
(en rigor, la número dos y tres ya no tendrían el título de alma pero las dejo
así para no complicar tanto las cosas).
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lunes, 3 de noviembre de 2014
QUEJAS REFLEXIVAS 5
LA CLASE TRABAJADORA
Si existe una clase trabajadora -pocos podrían negarlo- significa
entonces que hay una clase, o varias, que no trabajan, o que por lo menos no son
injuriadas con ese mote. La clase opuesta a la trabajadora debería ser la clase
no trabajadora, pero esa no existe como tal. En su defecto, existe la clase explotadora.
Claro que explotar a otro demanda cierta proyección, organización y
planeamiento, y eso de alguna manera es trabajo. Pasa que el trabajo (entiéndase
como empleo mal pago, con demanda física o mental o las dos cosas y bajo
sometimiento) es algo impuesto, nos lo venden como una actividad decente, que
dignifica, aunque sólo sea en el papel. Y es en el papel donde la clase
trabajadora tiene ese mote digno, en la realidad no obtiene más que burla y
desprecio, sobre todo en los que la someten. La clase explotadora, o no
trabajadora, no usa papel, salvo cuando va al baño.
Podríamos decir entonces que la clase trabajadora es hija de
la clase explotadora, la clase explotadora hija de la clase dominante, y la
clase dominante hija del primer canalla que nació en una mullida cuna de oro y
se avivó que los que dormían en el piso no se quejaban tanto como para ir a sacarle
su cunita. El único trabajo del explotador es avivarse de cómo someter a otro,
y se da antes del primer destete. Después ya no trabaja más, y empieza a comer
comida sólida, jugosa y sangrante.
HUMILDAD APARTE
¿Y cuándo es que la humildad va integrada y no aparte? Decir
“humildad aparte” es retórica por: “Voy a decir lo que de verdad pienso con
esta muletilla de corrección política que ni vos ni yo nos creemos pero la digo
igual, para quedar bien aunque no quede bien”. La humildad no sólo no va
aparte, ni siquiera va, porque, técnicamente, no existe. Cuando existe es falsa
y jamás viene separada, como si vienen, por ejemplo, los accesorios de la muñeca
Barbie.
La muletilla que podríamos implementar sería “necedad
aparte”, eso sí sería un logro. Hacer el esfuerzo de simular no ser un imbécil llevaría
a suponer que sabemos que lo somos, y los demás se mostrarían agradecidos por
vernos mentir tan dignamente. Necedad mata humildad, porque una existe y la
otra no. O quizá lo que no exista sea el “aparte”…
LA GENTE FELIZ NO ESCRIBE
O escribe mal. La felicidad, si la pensamos como un absoluto,
deja afuera el dolor y la angustia que, de alguna manera, son el motor de la
escritura. Del arte, bah. El artista (suena solemne, y lo es) busca felicidad, yo
diría cierta paz, por medio de la catarsis creativa. Le urge decir algo y
compartirlo. Esto no significa que tenga talento. Se puede sufrir como chancho
en matadero y no hacer nada digno de ser leído por nadie. En ese caso se
perdería doble: por ser infeliz y por no utilizar esa infelicidad para escribir
bien. Si conocen un caso así no se lo confiesen al pobrecito/a y déjenlo que se
vaya muriendo solo/a.
En teoría, la gente feliz viviría su felicidad como una obra
de arte constante y no necesitaría expresarla de otra forma más que,
simplemente, viviendo. Hagamos como que eso existe, porque yo acá quiero
exponer un punto. El asunto es que oponerle a esto que la frustración y la
amargura nos van a hacer escritores es todavía más ingenuo. Por desgracia, la
felicidad, de la cual nos burlamos muy seguido, casi no existe o se ve muy de
vez en cuando, como se ve al Yeti, cada diez, quince años (me refiero a las
vistas falsas realistas), en cambio la frustración y la amargura abundan como plaga
en medioevo.
En síntesis, tanto dolor no ayuda a escribir un carajo de
nada. El mundo está lleno de amargos, de hecho hay más amargos que felices, y
eso no ha dado resultados positivos para las letras (ni para nadie pero nadie
somos todos). O sea que la infelicidad ocasiona más quejas que libros, más
suicidios que versos, y más confusión que liberación artística.
Terrible verdad que tendremos que sobrellevar. Lo único que
se me ocurre para contrarrestar esto es leer menos y ver mucha televisión. Al
fin y al cabo la tele está hecha por y para depresivos, y está al alcance de
uno. No es poco si lo vemos con ojos conciliatorios y pro psiquiátricos.
Etiquetas:
clase trabajadora,
escritura,
humildad aparte,
quejas reflexivas
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