martes, 13 de marzo de 2012

RÉQUIEM PARA UN MISTERIOSO AMANTE DE LOS ANIMALES

A Juan Marcos, que encontró una perrita en un campo donde practicaba ala delta. Sus compañeros dijeron que estaba bien a pesar de estar flaca, que seguro vivía con alguien. Juan no inventó historias para tranquilizarse, aceptó que estaba sola y hambrienta y se la llevó a su casa. La perra ahora está alimentada y feliz. Ella lo adoptó a él.


Cuando nos mudamos a este departamento sentimos que era ideal para nosotros; la cuadra era tranquila, cerrada, no habían edificios altos cerca, el ruido del periférico no nos alcanzaba. El primer día de mudados, después de comer, notamos una agitación afuera. Nos asomamos y vimos cientos de pájaros de todo tipo apoyados sobre los cables y cornisas de los alrededores. Para los que hayan visto Los Pájaros (Alfred Hitchcock, 1963) y recuerden esos bichos amenazantes, bueno, esto fue tal cual, sólo que acá los pájaros no parecían interesados en atacar a nadie, nomás se los veía a la expectativa. Un rato después, en la casa de enfrente, un hombre salió a la azotea con un balde y empezó a tirar maíz. Eso era lo que los pájaros estaban esperando, aunque no avanzaron hasta que el hombre terminó de echar todo el maíz. Ahí sí, aterrizaron en bandadas a comer.


 Pájaros esperando su almuerzo

Pasó el tiempo y nos acostumbramos a este ritual diario. Nos sorprendió que los pájaros, en su mayoría palomas, nunca se quedaban, nunca hicieron nidos, y después de cada comida desaparecían hasta el día siguiente. A pesar de tanto espectáculo, el ritual principal no eran las aves sino los gatos, la azotea del vecino estaba siempre llena de gatos. Con mi mujer calculamos que tendría entre diez y doce, llegamos a reconocerlos a todos. El tipo se movía a gusto entre ellos. Confieso que varias veces al día yo miraba (no espiaba porque no me escondía al mirar, o eso quiero creer) al tipo interactuar con sus gatos, que lo merodeaban constantemente. Él mismo era medio felino, se lo notaba silencioso, atento, y la forma de relacionarse con ellos era de igual a igual, rara vez los cargaba o les daba besos. Sólo cuando alimentaba a los pájaros los gatos desaparecían. Algo les diría que regresaban inmediatamente después de que los pájaros terminaban el almuerzo.

Las gatas del grupo eran las más tranquilas; dormían y paseaban con parsimonia, esquivando gatos juguetones a menos que quisieran jugar. Los machos, dependiendo de la edad, solían llevarse bien entre ellos, salvo uno, sucio y magullado, el malo de la cuadra, que les pegaba a todos. Una tarde lluviosa vi una pelea antológica entre ese malevo y un siamés callejero, con físico de rugbier. En esos casos el vecino subía a la azotea y con voz firme interrumpía los golpes. Pasaron los meses, años, y siempre, por lo menos una vez al día, nos asomábamos al balcón a ver la novela silenciosa y sin argumento de los gatos: sus caminatas, sus siestas, su atención sobre todas las cosas, sus miradas tranquilas, ausentes y presentes a la vez.

Un día el portero me contó que esos gatos no eran del vecino, eran del barrio, y que algunos venían de bastante lejos, aunque en la práctica vivían con él. Es cierto que el tipo les daba de comer, como es cierto que les abría su casa. Yo creí que tenía familia; no, vivía solo. Además de pájaros y gatos alimentaba a los perros callejeros del barrio. Caminaba varias cuadras para llevarles comida a unos perros de la colonia Nápoles que no salían de la zona.
Hace un año y pico el vecino empezó a pintar su casa. En el frente tapió una puerta con rejas que nunca usaba, y al lado pintó lo que parecía ser una puerta o ventana de estilo arabesco. Me pareció divertido el cambio, una puerta real sin uso por una puerta imaginaria de uso desconocido. Empecé a ver a este hombre como a un tipo de rica vida interior, o generosa (¿será lo mismo?), que casi nadie notaba. No era un solitario que daba de comer a los animales por ocio, era mucho más; él mismo era parte de esa fauna de animales de ciudad, que suelen estar solos, andan solos y mueren solos.

El recuerdo del vecino aparece por varios motivos, todos buenos excepto uno, que me generó un contraste violento con este ignoto amigo de los animales. Alguien que odiaba a los perros empezó a dejar veneno en las plazas de nuestro barrio, San Pedro de los Pinos, y en Tacubaya. Muchos perros comieron esa comida envenenada y murieron. Esa no fue noticia, al menos no en los diarios, fue noticia cuando un vagabundo también comió de esa comida-trampa y murió. Pregunté por ahí si habían agarrado al asesino. Nadie sabía nada. Sentí tristeza, impotencia, furia; por los animales, por ese pobre tipo que comió lo que supuso eran restos de comida de algún peatón distraído.
Alguien capaz de hacer eso se detesta a sí mismo pero como por desgracia es demasiado cobarde para suicidarse prefiere matar a otros. Fantaseé con encontrarlo y triturarlo a golpes pero no se supo más nada, sobre todo desde que empezaron a buscarlo por homicidio. Por lo que escuché no hubo más muertes caninas ni humanas, tampoco encontraron al culpable, si es que realmente lo buscaron (animales callejeros y vagabundos no son queridos por la sociedad, menos por la policía, si no, no serían callejeros ni vagabundos). Supongo que lo que me llevó a comparar este inmundo caso con el de nuestro vecino fue el vacío, el vacío generado. Hace menos de un año notamos que de pronto ya no había tantos pájaros esperando la comida, ni la cantidad habitual de gatos. Pasaron los días y los animales fueron abandonando en forma gradual la azotea.

Fui a preguntarle a nuestro portero temiendo lo peor, y fue lo peor. El vecino había muerto por un problema de diabetes. No tenía familia (humana) salvo una pariente lejana, que fue un día a buscar sus cosas, o a ordenarlas, y se volvió a ir. Al parecer una vecina de la cuadra que lo conocía lo lloró varios días seguidos, decía que era una persona excepcional. Lamenté mi vergüenza y mi fobia habitual de no hablar con nadie. Había pensado alguna vez preguntarle al hombre sobre sus animales; no lo hice y no tiene sentido lamentarlo ahora. Quise indagar algo más de la vida del vecino, lo único que supe es que la gente que a veces iba a su casa, según mi portero, eran parte de un grupo de meditación, o algo así, y que él profesaba “una religión hindú”.

En todo este tiempo no volvió un solo gato de la antigua camada. Con mi mujer buscamos por la cuadra y por el barrio a ver si dábamos con alguno paseando por las noches. Nada. Ni el siamés, ni el de cuello blanco, ni el malevo, ni la gata de tres colores, ni el cachorro gris, ninguno apareció nunca. Los pájaros tampoco. Está claro que no volvieron a la casa por respeto. Los gatos podían hacerlo: un árbol de la calle permite subir fácilmente al techo y una casa abandonada no es sitio despreciable para un animal solo. Será que prefieren mantener los buenos recuerdos y esa casa, con tanta ausencia, no ayuda.

 Casa del vecino en la actualidad

El paso del tiempo y las estaciones llenó de hojas la azotea que nadie limpió. Quedó un bebedero que usaban tanto los gatos como los pájaros, hace poco noté que ya no estaba. Un globo medio desinflado cayó una tarde y estuvo semanas ahí hasta que terminó de desinflarse y desapareció bajo las hojas. Ayer vi un gatito negro, nuevo, joven, subido a la azotea. Él no podía saber la historia de ese lugar ni cuantos compañeros había albergado, y no tenía porqué saberlo. Durmió, se lavó, miró un rato hacia ningún lado y bajó por la escalera que llevaba al jardín del fondo. Tal vez él sí logre hacer propio el espacio.

Muy seguido pienso en los antiguos gatos, en los pájaros, en el vecino, y miro su puerta pintada de estilo arabesco. Tengo la agridulce fantasía de imaginar que todos la cruzaron para ir a juntarse en un espacio desconocido, tan misterioso como fue aquella casa compartida, aunque sólo el vecino cruzó el umbral, los animales siguen por aquí, en algún lugar. Me consuela pensar que mi parte de gato, la de mirar y perder el tiempo mirando a otros gatos, sigue intacta y en gran parte se la debo a este Asís de San Pedro y su azotea de animales contentos. Nadie lo conoció, nosotros tampoco, ni siquiera supimos su nombre. Pero no lo olvidamos.

5 comentarios:

FerGil dijo...

Buena -aunque agridulce- historia.

Jimena con jota dijo...

Oh!

Anónimo dijo...

¿Y si ahora es el vecino quien nos espía a nosotros? ¿Eh?

Gabriela Cortázar dijo...

Me conmovió.

Leonardo Salgado dijo...

Curiosa la sensación de sentirse parte del «sistema natura»... y esas fotos, me imagino la fila del imss esperando que los atiendan o la farmacia.
Conmovedor