domingo, 29 de mayo de 2016

VIÑETA DE DOMINGO...

Es domingo, uno se aburre, agarra el lápiz y molesta a los demás. (No se quejen, peor es ver fútbol y preocuparse por si Messi se lesiona el dedito meñique o no y si podrá jugar en la próxima copa Curro de Oro o no).



jueves, 10 de diciembre de 2015

GENTE DE BARRIO, SENCILLA, GENUINA Y ATENTA… ¿O REACCIONARIA, NECIA Y BURRA?



Mi mujer, embarazada, fue al supermercado chino de la esquina. La saludaron -y la detuvieron en su marcha- dos vecinas de edad medianamente avanzada que, muy sonrientes, querían charlar. No buscaban conversar pero sí monologar. Hicieron preguntas y se apuraron en contestarlas ellas mismas. Indagaron sobre la panza, si era nene o nena. Antes de que Tere contestara dijeron que por la punta de la panza era varón. Tere aclaró que era nena, que ya habíamos hecho estudios. Dijeron que igual era nene, por la punta. Una le preguntó la edad a mi mujer, ella contestó cuarenta. Preocupada, o escandalizada, la señora preguntó en forma de sentencia que, debido a su edad, iría directo a cesárea. Tere dijo que no, que intentaría parto natural. Enseguida fue retada y aleccionada: con más de cuarenta se debe ir a cesárea de cajón, si no puede ser peligroso. La otra señora le preguntó a su vez si se iba a depilar, y en esto sí demostró preocupación, no por Tere sino por el doctor. Insistió que hay que depilarse, para quedar bien, y le recomendó la depiladora profesional “Natacha”, que se encontraba un poco más adelante, sobre la misma calle.

Meses después, Tere salió a pasear con la beba. Una de las vecinas, porque no siempre atacan en conjunto, la interceptó para saludarla. Tere aprovechó para contarle que el parto fue natural, no cesárea, y que todo estuvo bien y en término, a las cuarenta semanas. La mujer asintió, con una media sonrisa, y se apuró en elogiar la belleza de la nena. Tan bella le pareció que le advirtió que se cuidara del mal de ojo; dio a entender que hay mucha gente envidiosa alrededor que podría desearle mal. Por como lo dijo, uno podría haber entendido al revés su consejo y creer que ella era la envidiosa, pero no, se estaba refiriendo a otros. Además, los malos suelen ser los otros, eso es sabido. Preguntó si la habíamos bautizado, también en forma de sentencia. Tere respondió que no, que “éramos ateos”. La mujer exclamó: “¿Eh?” Tere repitió: “Ateos”. La señora intentó deglutir ese concepto, no pudo, lo regurgitó, hasta que en un momento arqueó las cejas y dijo: “ahhh, entonces quiere decir le van a dar la opción de que cuando crezca ella elija si se bautiza o no”. Hay que admitir que su capacidad de síntesis, inconexa y obtusa pero capacidad al fin, logró una frase digna de Groucho Marx. Por desgracia, cuando a continuación y sin motivo elogió al nuevo gobierno diciendo que ahora todo iba a cambiar (dijo cambiaaaar, acentuando la última a con tono de felicidad), y que todo iba a estar bien sin aclarar qué era todo ni porqué iba a estar bien, dejó al genial Groucho por el piso y se ubicó al nivel de Miguel Del Sel, cómico macrista que opera a nivel del subsuelo, incluso por debajo de la cloaca.

Un vecino muy preocupado por la seguridad, que llega a pagarle de su bolsillo a la policía para que vigile extra y que tiene una camarita en su terraza apuntando a la calle, comentó en una charla ocasional en la puerta del super chino que el puesto de Gendarmería, apostado en la entrada de la villa que hay a la vuelta, controla muy de cerca a “todos esos que vienen de países limítrofes, esos que vienen a restar, no a sumar”. El vecino siempre tiene a mano este tipo de comentarios y, con notable ingenio, le busca la vuelta para cada vez criticar de distintas maneras, cosa que nadie crea que se repite en los agravios. Hace poco robaron un auto en nuestra calle. El responsable fue uno de los policías que paran en la esquina. Era argentino, el policía. El vecino, cuando otros vecinos criticaban al ladrón, decidió callarse. Uno dijo que era una vergüenza que un policía robara, pero mi vecino, que se tiñe el poco pelo que tiene de negro azabache y que anda en bicicleta por las veredas del barrio haciendo que uno deba cuidarse al caminar y dejarle paso para no ser atropellado, prefirió, con una ética comprensible, no juzgar un hecho consumado como es un robo y en cambio juzgar a los que, por su pobreza y aspecto, son candidatos a hacer todavía cosas peores si los dejan. Proteger a un policía ladrón es más seguro que darle crédito a un pobre que, en cualquier momento, es capaz de alocarse y robarnos lo que tanto nos costó conseguir (me refiero a propiedades, no al tinte de pelo ni a la bicicleta).

Estas aguafuertes, barriales y desteñidas, reflejan breves momentos cotidianos, que el día a día acostumbra a revolearnos por la cabeza. Nos ayudan a comprobar que los barrios clásicos, donde todos se conocen y chusmean a gusto, donde los vecinos viven a la vieja usanza en casas chorizo y PH´s de pasillo largo, también pueden aumentar la nueva clase de argentinos que se viene. Me refiero a esos temerosos y honestos patriotas que antes estaban desunidos y postergados por la dictadura reciente, y que ahora se reúnen alrededor (desde el comedor de su casa y frente a la tele, pero alrededor) de los mágicos proyectos represivos y retrógrados del nuevo gobierno, que hace un llamado a la ética general para incluir a todos bien afuera de donde viven pocos. Tal cual demostró mi vecino, un humilde clasemediero que no cayó en el facilismo de criticar al cana chorro porque era cana y parte de una institución que él avalaba, sino que hizo el esfuerzo ético de acusar a quienes no habían sido por el lógico hecho de no formar parte de la Argentina del mañana, esa Argentina que todavía no llegó pero que tiene todo para ser igualita a la de muy ayer.

Mi llamado, entonces, es para ustedes, amigos de barrio norte y de zonas caras, que están cansados de vivir con miedo a que les roben y que además tienen la valentía de no tener miedo de que a otros les falte: quiero avisarles que no están solos en su eterno escape de juzgar y acusar a los demás de sus propias falencias, no, hay gente humilde, mucha, que puede acompañarlos. Vengan a conocerlos al barrio de La Paternal. Si no les da mucho asco cruzar la vía podrán juntarse con ellos, amontonarse y ser legión. Sólo depílense antes, porque acá revisan entrepiernas (los vecinos serán pobres pero limpios).

Entiendan que se trata de un asunto moral. Al fin y al cabo, todos quieren sumar en esta glamorosa etapa que comienza, el tema es que para eso hay que dejar afuera a millones que, aunque no resten, suman negativo. Sobra aclarar que si es para unos pocos elegidos quizá la Argentina sí aguante, como pasó con el Arca de Noé. Datos no oficiales aseguran que Noé era un egocéntrico y un discriminador, pero como era capitán del único barco todos se vieron forzados a hablar bien de él. En una de esas ocurra lo mismo ahora y sólo quede en pie esta nueva banda de polizones, por lo menos hasta que termine el diluvio de cuatro años de agua marrón. Nuestros vecinos, los citados, hablarán bien de ellos aunque les llueva mierda.



jueves, 29 de octubre de 2015

ALGUNAS ACLARACIONES SOBRE LA VILIPENDIADA ELECCIÓN ARGENTINA DEL 25 DE OCTUBRE Y LA INTOLERANCIA DE LA IZQUIERDA


Pudimos comprobar, con agrado, que gran parte de nuestra sociedad dio su voto el último domingo. Es decir, dijo lo suyo. Por desgracia, el lunes siguiente a la votación algunos intolerantes comenzaron a criticar a la inmensa cantidad de personas que votaron por el candidato -o candidatos, no había uno solo- de la derecha.

No voy a ahondar en la eterna dicotomía derecha-izquierda que tanto enfrentó a los argentinos. Es cierto que nunca pudo enfrentarlos demasiado porque la mayoría siempre apoyó a la derecha, pero hay unos pequeños grupos facciosos (algunos incluso con millones de integrantes en cada grupo) que siguen negando la realidad y atacan verbalmente a esa derecha que suele contratacar con represión física, injurias y censura, sólo que ahora no puede hacerlo porque necesita ganar las elecciones.

A lo que me refiero es que se están utilizando eslóganes descalificadores como si fueran argumentos. A continuación quiero enumerar algunas de estas descalificaciones, intolerantes y antidemocráticas, con la esperanza que ayude a profundizar la desunión entre los argentinos, que no es algo negativo porque, justamente, la desunión ayuda a que no nos juntemos con quién no queremos.

-      El argentino no tiene memoria”. Frase que hoy está siendo utilizada por la izquierda para agraviar a los votantes del candidato de la derecha. Es una falsedad, ya que intenta implicar, con su doble y malsano sentido, que de tener memoria el votante hubiera votado de otra forma, por no decir al revés. Yo digo que sí tiene memoria, y que esa memoria es la que llevó a millones de votantes a tratar de recuperar aquellos tiempos pasados de destrucción social masiva. Puede que no haya ningún tipo de cerebro activo capaz de decodificar esa digna y saludable memoria, y que por eso apenas queden imágenes fragmentadas y sin ilación, como un proyector que pasa una película en un cine vacío; también puede ser que al no tener el menor coeficiente intelectual el votante no entienda qué es lo que está recordando, pero que hay memoria, la hay, y no respetar esa genuina memoria nos lleva a la intolerancia y a la agresión gratuita.

-      El que vota a Macri no sabe lo que hace”. Otro insulto personalizado. Subestimar y juzgar es nocivo para la democracia. Los votantes de este candidato saben muy bien lo que hacen y porqué lo votan. Es indignante que se le reste validez a ese voto que, por ejemplo en la provincia de Buenos Aires, alcanzó niveles históricos al apoyar a una desconocida que los bonaerenses prefirieron más que a otros candidatos porque ella, joven y entusiasta, no tenía ningún referente positivo en su historial. Votar a una doña nadie que no sabemos cuán desastrosa puede llegar a ser en vez de votar al candidato que no queremos que gane es dar un voto a lo nuevo. Si alguien alega que lo nuevo no es nuevo y que le va a partir el culo a la mayoría, está adelantándose a los hechos, y las previsiones negativas también generan violencia social.

-      El odio llevó a la gente a votar a Macri, sólo lo hizo para joder al FPV”. El ánimo descarriado y resentido que llevó a tantas personas a apoyar al mismo candidato, que tiene la virtud de hablar como rico de punta del este y como populachero de barrio al mismo tiempo, no puede calificarse como odio, eso es deshonesto. De hecho, Macri consiguió algo insólito: juntar varias clases que se detestan. Es muchísima la gente que se está reuniendo alrededor de su discurso, que algunos psicólogos trasnochados definen como esquizofrénico y analistas políticos como hipócrita. Pero en vez de dejarse deprimir por patologías y politólogos, esa gran cantidad de compatriotas le dan para adelante y se hermanan con otros sectores sociales que, de tener la opción, mandarían a matar. Negar esta unión real es ser cínico, no un analista serio.

-      “Macri le va a dar todo a los grandes grupos económicos, a la oligarquía”. Otra injuria. No es cierto que el candidato no quiera darle a otros sectores de la sociedad, sólo trata de que los pobres no tengan tanto. Es miserable que quieran hacer creer que únicamente los millonarios recibirán su tajada, también hay ricos y hasta una popular clase media alta que con esfuerzo acaparó y robó en su intento de subir en el escalafón social, algunos pisando cabezas, efecto de la sana competencia. Además, si el candidato quiere que los ricos acaparen más es para que los pobres puedan enterarse -y, por ende, aprender- sobre qué o quién conviene ser en este mundo. Con este modelo podrán renegar de ser pobres y soñarán con ser ricos. Y aunque nunca alcancen la riqueza salvo en sueños, al menos tendrán la brújula orientada.

-      “La clase media es quién lo votó en su mayoría”. En base a los resultados de la votación, podemos afirmar que gran parte de la clase baja argentina también votó al candidato. Esa clase hizo un gran esfuerzo de autosuperación y trató de no tener conciencia de clase, o sea, de sí misma, y apoyó a Macri como si fueran votantes ricos. No lo son, y lo serán menos con las medidas que aquel va a tomar si gana la presidencia, pero al elegir a un rico demuestran una gran talento para fantasear de que así se acercarán más a él, (mediante el voto, en persona los de seguridad no se los permitirían) y que son parte de la movida. Esta realidad descoloca a la izquierda, que prefiere separar a las clases para que cuando llegue el día de la hipotética toma del poder sepan quién es el enemigo y quién no. Cuando son muchos los pobres que apoyan a los ricos a la izquierda se le va un poco al tacho esta estrategia, en especial por la tendencia sentimental y doctrinaria de los marxistas a idealizar a los pobres. Las clases altas, al no idealizarlos en absoluto, son más hábiles y los dominan por medio de mentiras prometedoras, al revés de las duras utopías de liberación, que demandan de cada individuo una excesiva dedicación, claridad mental y sobre todo mucha, mucha dignidad.

“El argentino no le exige nada a los políticos de derecha, deja que roben, mientan y destruyan mientras que a otros políticos no les perdona una”. Otra infamia. Ningún argentino/a es tan tonto como para dejar de sostener su ideología fascista de juguete por uno u otro candidato. No se casa con ninguno sólo por ser de derecha, al contrario, lo votará convencido para después, al primer error, estar en su contra. Eso hizo con tantos presidentes anteriores y hasta con dictadores militares, que sí lo representaban de forma legítima. El argentino tiene un gran talento para reubicarse tácticamente. No porque le guste la traición en sí, sino que le encanta dar la espalda al candidato que votó si no hace lo que quiere o desea. Y como no sabe bien qué quiere o desea (pero, ¿quién lo sabe en esta vida misteriosa, cambiante y poética?) es capaz, por una elástica moral que llega a estirarse hasta el infinito sin romperse, de negar incluso haber votado a ese candidato en las últimas y penúltimas elecciones, y estar, de pronto, en contra de todo lo que dijo y propuso en la campaña. ¿Acaso esto es perdonar, pregunto yo? Y es por este maravilloso mecanismo de autodefensa que es capaz de votar al candidato opositor en la siguiente elección, porque sabe muy bien que cuatro años no es nada cuando la memoria no decodifica el pasado y la moral no lo interpela. Yo recuerdo haber visto ese proceso camaleónico en mucha gente y desde que soy chico: gente que apoyó la guerra de Malvinas y que después, al avivarse de que perdíamos irremediablemente, tuvo la decencia de exigir (puertas para adentro y en voz baja pero exigiendo igual) que el dictador Galtieri “fuera llevado a las islas en bolas a ver qué se siente”; gente que elogió la democracia de Alfonsín y criticó la dictadura militar y que a los pocos años pidió la cabeza del presidente diciendo que con los milicos estábamos mejor; escuché miles de críticas a Menem que lo acusaban de ladrón y traidor, críticas tan fuertes que le hicieron ganar dos elecciones y sin fraude. Podría seguir, pero el punto está demostrado: el votante argentino no puede quedarse quieto. Si tanta actividad no acaba por destruir todo y es un síntoma de irresponsable autodestrucción imbécil, no es tema para analizar acá porque acá intento rescatar el acto cívico, el que nos dignifica como ciudadanos.

-      “El pueblo eligió mal”. Frase soberbia, intolerante, que arruina la celebración de la democracia. No se puede negar que la elección fue limpia y honesta, sobre todo porque salieron victoriosos los que ya estaban listos para denunciar el fraude si perdían. De todas formas, el progresismo salió a criticar. ¿Acaso un votante no puede elegir mal? ¿Acaso no puede apoyar el peor candidato? ¿Acaso no puede votar desde el resentimiento más bajo y destruir todo porque está emberrinchado? ¿Acaso no puede mostrar públicamente, elevando así el concepto de democracia, que la necesidad de retroceder hasta hundirse en la mierda es un acto concreto y volitivo y no un error aquejado a problemas de memoria o de no saber lo que se hace? ¡Por favor!


-      “Acá todos se bandean y votan con el ojete”. Además de una grosería es otro agravio sumado a la larga lista de agravios. Ninguno de estos izquierdistas toma en cuenta la exigencia mental que demanda el hecho de bandearse para un lado y para el otro como si se estuviera en la cubierta de barco vapuleado por un huracán. Bandearse no es un tema personal con uno y otro candidato, más bien es que el votante está intentando apoyar lo que cree que únicamente lo beneficiará a él/ella. Quizá la contradicción que haya en el hecho de cuidar tanto el propio culo es que apuntalar candidatos como el que lleva la delantera genera, a la larga, millones de culos desflorados. Quizá sea el ojete el que no tiene memoria, por eso se deja romper una y otra vez. Para nivelar la balanza y ver lo positivo de este momento histórico en la Argentina y no terminar esta nota con negatividad (característica de izquierdistas amargados), se puede decir que así como la patria necesita siempre de un himno que la engole, también necesita de millones de ortos tan abiertos como para poder cantar su marmólea letra a los cuatro vientos de la República. Y es de ahí de dónde brotarán las notas musicales que, debido al tamaño ocasionado en los esfínteres por el destrozo social-cultural que quizá a partir del 22 de noviembre se nos venga encima, adornarán esta nueva gesta patriótica. Y unidos sin unirse, como verdaderos ortos argentinos.

miércoles, 5 de agosto de 2015

LA LITERATURA ARGENTINA Y SU SUPUESTA MARGINALIDAD


(Nota publicada originalmente en La langosta Literaria)


Está de moda entre críticos, editores y ensayistas de la inmediatez argentinos preguntarse si la literatura argentina es marginal, si hay o no hay tradición, si los escritores deben reinventarse a sí mismos al escribir y un montón de vaguedades filosófico-masturbatorias del estilo que no llevan a ninguna parte. Se hacen estas preguntas (que se contestan ellos solos) casi con orgullo, detalle curioso porque justamente la marginalidad en la literatura actual argentina no existe, ni autoral ni temática. De hecho, la consecuencia de ser un desecho del posmodernismo le evitó a la última generación de escritores tener que pensar en la literatura y en cualquier otra cosa (beneficios del posmodernismo: te absuelve de todo compromiso).

Lo que se lee hoy, sean autores jóvenes o no tanto, vivos o muertos, es lo aceptado o canonizado por un grupete de portavoces literarios (como si se tratara de santos medio pelo avalados por el papa a toda velocidad). No parece haber tal marginalidad porque lo marginal, de verdad marginal, camina solo y al margen, no es visto hasta mucho después, o nunca (¿cuántos escritores y escritoras con talento verdadero no siguen teniendo sus obras en un cajón, en un archivo de Word, y ya ni siquiera esperan ser publicados o que alguien los lea?). Ningún editor argentino está interesado en encontrar nuevos autores. O sea, en encontrar marginales de verdad, prefieren los ya descubiertos y promocionados, pasteurizados en lenguaje y figura.

Lo que es un hecho es el incómodo lugar que muchos narradores argentinos debieron sostener, algunos por décadas enteras, incluso después de muertos, respecto a este asunto. Me refiero al costado menos glamoroso de la marginalidad: el ninguneo, el desprecio, la ignorancia o burla de sus pares. La sociedad argentina tiene una tendencia muy fuerte a la creatividad y al mismo tiempo desprecia y ningunea a sus artistas, desde siempre. En el arte rigen los caprichos y los impostados con micrófono igual que en la televisión o que en cualquier otro medio putrefacto. El exilio, político o interior, de muchos escritores es común en nuestra historia. Tiene que ver con el contexto político y social, también con que la buena literatura tiene un lenguaje propio y eso lleva a rechazar el statu quo de la época y, tarde o temprano, al aislamiento.

Este momento de la literatura argentina tiene al conformismo incrustado como un tiro en la frente, aunque nadie parece notarlo. O, como se dice en mi tierra, “se hacen bien los boludos”. Claro que lo que de verdad interesa no es el lugar que ocupa un escritor, si es público o no, si se lee mucho o no, sabemos que todo eso es relativo y las posturas cambian y a la larga sólo quedan las obras, a veces nada, resultado del mismo proceso de depuración temporal. El tiempo purifica mejor que el fuego, la cosa es que el tiempo no acciona solo, debe haber lectores (y unos pocos críticos, libres de la mayor cantidad de prejuicios posibles y con extrema sensibilidad) que detecten a los autores y autoras del pasado, o actuales si se puede, que estén diciendo algo distinto o de manera diferente a lo avalado en el momento. Arlt, Borges, Puig, Walsh, Di Benedetto y varios etcéteras sufrieron ninguneo y desprecio. Se sobrepusieron porque siguieron escribiendo, no porque sus figuras destacaran por sí solas. No buscaban caminar un ratito en la pasarela o ser un flashazo editorial, eran militantes de la literatura, creían en ella y se expresaban con total sinceridad, además de talento.

La marginalidad no importa, lo que importa, y es de lo que no se habla hoy en la literatura argentina -¡tabú!- es el conformismo, la falta de propuestas, de variedad, de disidencia, de polémica. No hay posiciones realmente irreverentes o inconformes en los escritores argentinos actuales, quieren pertenecer y ser parte, cuidar su jardincito, hablar con mesura, integrarse. Los llamados “marginales” quieren ser marginales a salvo de la intemperie, no quieren mojarse en un programa de tele pero buscan un lugar seco y agradable en los suplementos culturales fashion. Por eso se repiten y todos se parecen, maduros y jóvenes. La juventud no salva a nadie de nada, no alcanza con ser joven, hay que sostener la individualidad, proponer y no querer ser parte de algo porque sí, ni aceptar a ningún escritor sólo porque está oficialmente canonizado por, digamos, la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, el suplemento cultural de Página 12 o ciertos mundillos literarios (como ocurre con César Aira o Rodolfo Fogwill, los santos de las iglesias “marginales” literarias de la actualidad).

Witold Gombrowicz, en sus largos años de residencia en Argentina, cuestionaba a los literatos locales de los cincuenta, sesenta -una buena época para la narrativa argentina, por cierto- con hermosas y directas preguntas cómo esta: “El arte es ante todo un problema de amor; si queremos conocer la verdadera posición del artista debemos preguntar: ¿de qué está enamorado? Para mí era evidente que ellos no estaban enamorados de nada o de nadie…”. Y lo dijo Gombrowicz, que sí fue marginal, pero no por negarse a pertenecer al gueto de las hermanas Ocampo, Bioy Casares, Borges sino porque decía lo que sentía y lo que pensaba. Eso alcanza para ser marginal en la literatura… y en cualquier ámbito social, huelga aclarar.

El escritor, si no escribe por necesidad y con entusiasmo, es sólo un burócrata, un figurín, no aporta nada. Y da igual si edita en editoriales independientes o en las grandes, esa distinción (yo tuve, tengo, parte en las dos) no dice nada de un autor, clavarse con eso es mentir y buscar un lugar de rebeldía o de sumisión cuando no la hay. Vuelvo a lo mismo, es la obra la que habla por uno. Así fue siempre y funcionó bien. ¿Por qué un posmoderno (o un descendiente del posmodernismo, pero no sé qué nombre exacto tendrán esos engendros) nos quiere convencer de lo contrario sin darnos una opinión válida ni, peor aún, un libro que no nos aburra antes de terminar la primera página?

Desde principios de los noventa que la literatura argentina quedó estancada en una sopa indigesta de engendros sin nombre y escribas pseudo-intelectuales del tedio. No han surgido verdaderos movimientos, grupos ni escritores que intenten romper con eso y proponer algo distinto (distinto por personal y genuino, no por novedoso). El neoliberalismo pegó muy duro a la cultura argentina, y su falta de compromiso afectivo, ideológico y visceral ha gestado un montón de nihilistas con alma de empleado público incapaces de hablar de nada. Seguir avalando eso, no dejar que surjan críticas, opiniones y sismas creativos no tiene nada que ver con la marginalidad, todo lo contrario, deja a la literatura en punto muerto, en un lugar de sedentarismo, de conservadurismo, y encima sin lectores, todo en manos de unos insignificantes oportunistas, académicos o semi-académicos, sin duda unos completos necios.

Es por estos mismos payasos tristes que el lector es despreciado, lo acusan de ser un adoctrinado por el sistema, por las corporaciones, etc. Todo bien con esa idea, pero, ¿qué hacen los escritores por acercarse al lector? No es demagogia lo que digo, hay que terminar con ese bla bla de que un escritor escribe para colegas, o entabla “diálogos” con otros autores, basta de mentir. El escritor fue ¿es? primero un lector y si no escribe para que lo lean entonces no es un marginal sino un hipócrita. La literatura debe ser vital, discutirse para abrir caminos y convivir con otros proyectos, aunque sean la antítesis unos de otros. Cuando empiece a ocurrir esto en la Argentina quizá pasemos de hablar boludeces a tener mejores escritores. Y lectores. No tengo dudas de que generaciones por venir, o alguna generación ya en proceso, tirarán esta cultura del formol a la basura y empezarán a narrar con sinceridad y sangre renovada.

sábado, 4 de julio de 2015

DOS LUGARES COMUNES SOBRE LA INFANCIA PUESTOS A CONSIDERACIÓN (O EN LA PICOTA)

(Nota originalmente publicada en La langosta Literaria)




(Dibujito hecho -nerviosamente- días antes de que naciera la pebeta...)


Es un lugar común decir que la infancia es la etapa idílica en la vida de una persona. No sólo común, también cursi. Al margen, ¿es cierto? Difícil afirmarlo ya que, sin excepción, esta frase es pronunciada únicamente por adultos, nunca por niños. Es comprensible, los chicos viven en su mundo de eterno presente, son inmortales en el juego y no tienen noción de la experiencia y el tiempo vivido como para decir boludeces en voz alta.

Los adultos (me siento como si acabara de leer El Principito y tuviera que separar al mundo en niños y adultos, pero bueno, no me queda otra) insisten con la infancia idealizada porque han perdido todo tipo de esperanza en idealizar lo que sea. En general ya no creen en el amor, menos en realizarse como individuos, el problema es que en vez de asumirlo se desquitan -entre varias otras cosas- al poner a la infancia en un pedestal, creyendo que así entenderán mejor a sus hijos cuando crezcan. No podrán, porque la esencia de la adultez consiste en aplastar las ansias y el juego.

El adulto abandona el presente para especular ociosamente sobre el pasado y el futuro. Es adoctrinado para planear cada paso, acata la orden y se enreda en los cálculos. No llega a ninguna parte, igual insiste; cada día trata de controlar más y, por ende, controla menos. Vive con permanente gusto amargo, y aunque esté desesperado nunca se rebela. Alcanza el colmo del cinismo cuando afirma que esa infamia en la que vive es la madurez.

Justo este gustito amargo es el que padres y madres se desviven por evitarle a sus hijos, el tema es que en vez de ponerse de ejemplos de lo que no hay que hacer les ensalzan la infancia mientras los preparan para ser sumisos y sometidos. La adultez es lo contrario a la madurez, que es hacerse responsable del propio destino y de la incertidumbre de existir. Pero, ¿qué padre o madre le confiesa esto a su retoño?



El otro lugar común al que quiero referirme es ese de “proteger a los niños de los horrores de este mundo”, otra frase pronunciada sólo por adultos. Los horrores existen, sí, la esclavitud, la depravación, la injuria, el asesinato, etc, pero no todas las personas tendrán la desgracia de experimentar alguna de esas atrocidades a lo largo de su existencia. Lo más común de padecer, y en verdad lo que todos padecerán alguna vez, es otra cosa, simple y cotidiana. Para ilustrar esta “cosa”, narraré una breve anécdota en la cual el que dio en el clavo del asunto fue un chico, no un adulto.

Fue durante una visita que mi tío y mis primos hicieron a mis viejos, un día cualquiera, hace treinta años. Mis primos tendrían seis y ocho años, máximo. Mi tío, orgulloso, contó que mi primo Pablo, el menor, había sido felicitado por la maestra de primer grado por no recuerdo qué destreza, si por aprender a escribir muy rápido o por algún chispazo de brillantez en aritmética. Pablo escuchaba el elogio en silencio, sin vanagloriarse. Mi otro primo, Daniel, el mayor, escuchó respetuoso el relato que ya había oído antes. Cuando mi tío terminó, dijo -muy sereno y sin ningún tipo de envidia, doy fe- que “uno es genial hasta segundo grado, después es normal”.

Tantos años pasaron y todavía recuerdo ese comentario con la potencia de un bombazo. Daniel había comprendido, siendo niño y sin tener que patentar ninguna frase hecha, lo que era la esencia de la adultez: la normalidad.

La educación que nos brindan, la cultura reinante, los valores acartonados de la sociedad, todo está diseñado para que al crecer echemos anclas en la normalidad y no nos movamos de ahí. Es decir, que nos integremos a lo que ya está dado en vez de crear algo nuevo o propio.

Al vivir y al dejar atrás la primera juventud, cuando empezamos a notar que nuestros sueños peligran o que, directamente, se disuelven en el éter del tedio cotidiano, entendemos por fin que la adultez es pura y tétrica normalidad, y que la normalidad es uno de los peores horrores de este mundo, horror que esos canallas de adultos no nos prepararon para enfrentar. Será porque la mayoría de los padres y madres practican la normalidad, y al no poder asumir el hecho de haberse dejado doblegar tratarán de guiar a sus adorados hijos por la senda de la mediocridad, donde todas las cosas “son como son” y donde “el mundo es así”.

Si de verdad deseamos que los chicos valoren su universo ideal (en el caso de que creamos que eso exista, se entiende), deberemos advertirles desde temprano que para mantener vivos sus ideales tendrán combatir la imbecilidad del mundo con todas sus fuerzas y capacidades, casi al punto del agotamiento moral; que deberán aprender qué armas utilizar para evitar que los dominados no los aplasten con sus envidias y estrechez de miras; que deberán asumir que jamás serán populares para la gran mayoría, que toma la necedad como si fuera una virtud; que, para su desgracia, esa peste de la normalidad, complaciente y castrante, se expande por los lugares que ellos más frecuentarán: universidad, trabajo, matrimonio, familia, etc, justo los lugares que sus propios padres les recomendaron que frecuentaran.

No es mi intención juzgar las buenas intenciones de las mamis y los papis, más bien me parece que lo que les quieren evitar a sus hijos no es evitable. Sin duda está bien complicado explicarle todo esto a un nene, pero si nos animamos por lo menos al crecer no vendrán a reprocharnos que les mentimos, al contrario, nos acusarán de sádicos, de hijos de puta -o las dos cosas- pero nunca de haber sido normales. Y eso es un alivio y un desafío para cualquier padre o madre que aspire a la libertad. Digo, a la anormalidad.




(NOTA: No escribo esto desde la comodidad, al revés, acabo de tener una hija y todavía estoy evaluando seriamente hasta dónde mentirle y hasta donde decirle la verdad cuando crezca. El problema es que la mentira y la verdad se miden según el parámetro de cada uno, y como mi parámetro tiende a lo normal creo que estoy bastante jodido).

martes, 21 de abril de 2015

SOBRE LA ASTROLOGÍA Y LA RELIGIÓN


Mi generación es esencialmente atea, la idea de Dios o de Jesús ya no le significa nada. Burlarse de la religión es cotidiano, hasta esperable de cualquier persona que haya vivido los finales del siglo XX y los comienzos del XXI con los pies sobre la tierra. Bravo por esos lúcidos. Pero, ¿realmente murió la antiquísima necesidad de creer en cualquier etérea pelotudez que sea capaz de tranquilizarnos? Creo que no. De hecho, hemos involucionado, si es que se puede hablar de evolución en el ser humano (no se puede, pero hablo igual).

Mucha gente ultra atea que conozco desprecia la religión y se burla con total desparpajo de ella, de la iglesia, de los curas y del concepto troglodita de tener que bosquejar un ser superior para calmar la ansiedad frente al infinito y a la noción de la propia muerte. Esta gente es capaz, con frialdad aunque no con cinismo, de aceptar que está sola en este mundo y que el ser humano hoy por hoy debe asumir su soledad cósmica. Bravo otra vez. El problema es que la mayoría de estas personas -y digo la mayoría refiriéndome a la mayoría, no es una frase al pasar- una vez pronunciadas estas frases dignas de Sartre, Camus y del existencialista más clásico y patentado que conozcan, nos salen con que uno está haciendo o diciendo tal cosa porque es “un típico taurino, o pisciano, o sagitariano o etc”.

En este momento, uno, o al menos yo, para la charla y murmura con desconcierto: “¿Eh, qué, cómo?”, y ahí mismo es ametrallado por una serie de explicaciones inconexas y antojadizas que no explican nada. La astrología ofrece, para comprender porqué una persona es como es, una lista de motivos carentes de base científica, psicológica, antropológica, y hasta zoológica, que nunca es cuestionada por aquellos que tanto de burlaron del viejo y apolillado Dios. Sin embargo, la recitan sin dudar de su veracidad ni un instante.

¿Cómo llegamos a que el ateo más furioso, aquel que se ríe de los pobres retrógrados que creen en Dios -“un invento de los hombres para paliar el miedo a la muerte”-, me explique que mi actitud en la vida está condicionada por cómo se ubica Júpiter o Marte en el cielo, y porque nací en tal o cual mes? Y hablo del cielo astrológico clásico infantil, no de galaxias, sistemas solares y otras denominaciones de origen astronómico porque los seguidores de la astrología, por suerte para ellos, no deben aplicar ningún argumento científico para pasar vergüenza en público. Los planetas reales son producto del misterio de la conjunción del tiempo y del espacio, los de la astrología son simpáticos muñecos de papel maché que se mueven ahí arriba según lo que necesitemos acá abajo, nosotros, una manga/bola de seres especiales que vamos, venimos, cumplimos horarios de oficina y hablamos sin que nadie nos escuche. Sin duda somos el centro del universo, por eso los planetas y los astros están únicamente para enviarnos señales personalizadas, mientras nos arrastramos por la rutina diaria, nos atascamos en el tráfico y descansamos los fines de semana.

Es posible que nos hayamos adelantado en matar a Dios y a su staff estable, ya que si para matarlo tuvimos que regurgitar la astrología quizá entonces sólo estemos sublimando las ansias de creer y sostener una religión inútil, masiva y consuetudinaria, como son cualquiera de las religiones tradicionales ([1]).

El creyente promedio finge que cree y de ahí viene su cansancio espiritual, su ruego es lloroso y desvelado, termina agotado de tanto rezar y apasionarse solo. No busca alcanzar a Dios sino a un ideal, en el fondo es un nihilista que niega serlo. Esto demanda mucho valor, o esfuerzo físico, al menos. Pero el seguidor de la astrología no es exigido por nadie ni por nada, nunca suda ni se martiriza y como no quiere angustiarse con debates morales nomás repite en voz alta las recetas aprendidas en los horóscopos. Por ejemplo, decir: “Dios quiera o Dios mediante” para definir algo que dependerá del azar o de nuestras acciones es falso, pero más falso es adjudicárselo a los astros y planetas (otra vez: no los reales, los dibujados). ¿Por qué? Porque Dios no existe, y si uno lo invoca sólo está diciendo una frase hueca, inofensiva. Sabe que él no hará nada porque nunca existió, y eso humanamente no es tan reprochable ni tan hipócrita como sí es echarle el fardo de nuestra incapacidad mental y emocional a Marte o a Júpiter, hermosos e impactantes planetas a los que, estoy casi seguro, nunca les importó un carajo si estábamos vivos o muertos, abajo, arriba o al costado de ellos.

Quizá sea más sano para todos (todos los que necesitan creer en cosas que no existen) volver a la antigua religión, a Dios, a Jesús, a cualquiera de esos personajes que existen en el papel literario, no en los dibujos, y que tuvieron la decencia de erigirse en celebridades bien delineadas, referentes de una cultura clásica. La astrología también se sostiene a lo largo de los siglos pero de una manera subrepticia, como un carterista escapándose de vagón en vagón después de robarles a los pasajeros del tren. No es porque sea mala o indigna, pasa que desde que se aceptó el método científico quedó relegada como un recurso para ignorantes con inquietudes científicas mal llevadas, una especie de religión solapada para religiosos negadores de su religiosidad.

Además, la tradición cristiana tiene la ventaja de haber contado con grandes filósofos y escritores que sostuvieron su propuesta contra viento y marea, por más infumable que fuera. Piensen en San Agustín, Kierkegaard, Pascal, Swedenborg y tantos otros. Intelectuales de primer nivel, decisivos para sostener lo insostenible. En cambio, la astrología, por su inmediatez y su necesidad de dar respuestas rápidas y mal armadas, carece de pensadores y creativos capaces de explicar lo inexplicable y de defender lo indefendible. Es cierto, ¿para qué debería tenerlos? Nadie le pide justificaciones. A la religión sí se le pide, todo el tiempo, y así los pobres teólogos, inclusive los ejecutivos y publicistas de la misma iglesia romana, deben renovar y remozar las fábulas de siempre para adaptarlas a la época y que parezcan novedosas. Es un trabajo desgastante y siempre fallan, pero se les reconoce el esfuerzo que ponen en intentarlo.

Aceptemos de una vez que no pudimos superar la etapa de crear seres y fantasmas para calmar nuestros nervios de primates a medio evolucionar. Es duro, pero por un tema de no pasar vergüenza frente a nuestros amigos, o frente a desconocidos en alguna reunión ocasional, debemos asumir que negar a la religión para suplantarla con la astrología es darle la razón al más necio, imbécil y retrógrado de los curas (puede ser pedófilo o no, para este tema no influye mucho), que nos acusa de pusilánimes, de muertos de miedo y de pecadores. ¿Y no tiene razón, acaso? Si para refutarle la acusación tenemos que decirle que debido a que nació bajo el signo de no sé qué y bajo la influencia de quién sabe qué cosa es que nos está acusando, yo creo que sí tiene razón.

Intentemos cambiar, asumamos este nuevo siglo con lo todo nuevo que trae, que son un montón de cosas viejas recicladas. Dejemos la astrología atrás y abracemos a la religión clásica. Es mejor retroceder dos mil años que negar que estamos estancados en un pasado pre-científico olvidado por todos, que encima nos degrada tanto como para hacernos fingir que creemos que los planetas y las estrellas son factores decisivos en nuestras insignificantes, mediocres y olvidables vidas, que no tienen ninguna dirección y que no son el centro de nada, salvo de un pozo en la tierra el día que nos entierren; ahí sí, por unos minutos tendremos a los amigos y familiares alrededor del cajón para regalarnos la fantasía que sí somos parte de un centro. Que fuimos, bah.






[1] Sí, sublimar es un término muy de psicoanálisis, pero no es tan anti-astrológico como parece, conozco muchos psicólogos ateos que avalan la pseudo-ciencia de adivinar los astros dibujados en papel de cotillón.






miércoles, 18 de febrero de 2015

SOBRE EL ALMA Y LOS RECUERDOS



Este texto surgió a raíz de un monólogo sobre el alma que le escuché a uno de esos intelectuales católicos chapados a la antigua que todavía luchan por hacer de la religión un asunto filosófico-literario. Este tipo, en apariencia muy seguro de sí mismo, usó palabras elegantes para disimular las convenciones que avalaba; en el fondo se moría por retorcer un rosario entre los dedos y persignarse repetidamente de rodillas por temor a dios. O sea, no era un creyente honesto. ¿O sí? Es que no todos los intelectuales creyentes pueden ser G.K. Chesterton, Graham Greene, menos Leon Bloy, la mayoría son sólo pacatos/mochos. De hecho, ni siquiera son intelectuales (no se confundan: no por decir esto defiendo a los ateos clásicos, esos no son más que religiosos que le rezan a la materia).


El concepto de alma no es muy interesante. No propone individualidad, más bien una cápsula. Es intransferible, o sea que es igual de hermética el alma de un necio que la de un genio. Quizá por eso algunas religiones la mandaron a parar al cielo y al infierno, nadie sabía muy bien qué hacer con ella.
Si la pensamos como científicos y no como creyentes, el alma es una esencia que viene del cosmos, allá incluso ni siquiera tiene ese nombre.

El misterio de la vida es lo que se malentiende por alma y no tiene nada de religioso, pero, la verdad sea dicha, no hicimos gran cosa para despojarla de su solemnidad y le dejamos ese nombre que suena a suspiro de beato confundido. Está pendiente tratar de entender, aunque es probable que no lo entendamos nunca, qué es la vida, pero hasta no arrancarle ese pegamento de estampita nos quedaremos varados ahí, en un concepto vacío y poco creativo, mientras el misterio nos sigue llegando del cosmos y nos traspasa con sus ondas radioactivamente burlonas.

En lo personal, me resulta más melancólico y desolador pensar cómo se evaporan los recuerdos de una persona que muere que conjeturar adónde va su alma. Los recuerdos vienen de la experiencia, y esa sí fue real, para cada uno de nosotros. La experiencia, luego los recuerdos, es lo más valioso que tenemos, son la parte más terrenal y humana de… ¿de dónde exactamente? No quiero decir cerebro, el cerebro, hablando rápido, es la versión positivista del alma, tampoco la psiquis, término contemporáneo que no cubre todo como suponen muchos psicoanalistas radicalizados (además, nada cubre todo. O viceversa).

Diré entonces que los recuerdos son una parte trascendente de la persona, ilustran su creatividad, su receptividad y su imposibilidad frente al infinito. Al revés del alma sí pueden compartirse con otros, escribirse, comentarse, analizarse, formar parte de un imaginario colectivo, y ser capaces de hacer soñar a personas que nunca experimentarán las vivencias de alguien que murió diez, cien o mil años atrás, pero que alcanzan a comprenderlas y enriquecerse con ellas.

Hay un montón de recuerdos que podemos citar de otros -escritores, filósofos, científicos, la mayoría de las veces de familiares o amigos cercanos-, que nos ayudan a pensar y evaluar muchas cosas a lo largo del tiempo. Es una aceptación de la experiencia que va pasando de uno a otro, es individual aunque no privada, crea un mundo paralelo moral, ético y fantasioso al que somos permeables. No satisface mucho quizá porque es etéreo, pero no puede ser en vano ya que marca, y a veces cambia, conductas y pensamientos por completo.


Este misterio me resulta más humano y más misterioso que el alma. O, en el caso, más gratificante y nutritivo para los habitantes de este lado del mundo, el de los vivos, aunque los recuerdos de todos estén condenados a desaparecer y renacer una y otra vez en distintas formas, en distintas personas…




A continuación un gráfico explicativo de tres tipos de almas (en rigor, la número dos y tres ya no tendrían el título de alma pero las dejo así para no complicar tanto las cosas).



lunes, 3 de noviembre de 2014

QUEJAS REFLEXIVAS 5




LA CLASE TRABAJADORA


Si existe una clase trabajadora -pocos podrían negarlo- significa entonces que hay una clase, o varias, que no trabajan, o que por lo menos no son injuriadas con ese mote. La clase opuesta a la trabajadora debería ser la clase no trabajadora, pero esa no existe como tal. En su defecto, existe la clase explotadora. Claro que explotar a otro demanda cierta proyección, organización y planeamiento, y eso de alguna manera es trabajo. Pasa que el trabajo (entiéndase como empleo mal pago, con demanda física o mental o las dos cosas y bajo sometimiento) es algo impuesto, nos lo venden como una actividad decente, que dignifica, aunque sólo sea en el papel. Y es en el papel donde la clase trabajadora tiene ese mote digno, en la realidad no obtiene más que burla y desprecio, sobre todo en los que la someten. La clase explotadora, o no trabajadora, no usa papel, salvo cuando va al baño.

Podríamos decir entonces que la clase trabajadora es hija de la clase explotadora, la clase explotadora hija de la clase dominante, y la clase dominante hija del primer canalla que nació en una mullida cuna de oro y se avivó que los que dormían en el piso no se quejaban tanto como para ir a sacarle su cunita. El único trabajo del explotador es avivarse de cómo someter a otro, y se da antes del primer destete. Después ya no trabaja más, y empieza a comer comida sólida, jugosa y sangrante.


HUMILDAD APARTE


¿Y cuándo es que la humildad va integrada y no aparte? Decir “humildad aparte” es retórica por: “Voy a decir lo que de verdad pienso con esta muletilla de corrección política que ni vos ni yo nos creemos pero la digo igual, para quedar bien aunque no quede bien”. La humildad no sólo no va aparte, ni siquiera va, porque, técnicamente, no existe. Cuando existe es falsa y jamás viene separada, como si vienen, por ejemplo, los accesorios de la muñeca Barbie.

La muletilla que podríamos implementar sería “necedad aparte”, eso sí sería un logro. Hacer el esfuerzo de simular no ser un imbécil llevaría a suponer que sabemos que lo somos, y los demás se mostrarían agradecidos por vernos mentir tan dignamente. Necedad mata humildad, porque una existe y la otra no. O quizá lo que no exista sea el “aparte”…


LA GENTE FELIZ NO ESCRIBE


O escribe mal. La felicidad, si la pensamos como un absoluto, deja afuera el dolor y la angustia que, de alguna manera, son el motor de la escritura. Del arte, bah. El artista (suena solemne, y lo es) busca felicidad, yo diría cierta paz, por medio de la catarsis creativa. Le urge decir algo y compartirlo. Esto no significa que tenga talento. Se puede sufrir como chancho en matadero y no hacer nada digno de ser leído por nadie. En ese caso se perdería doble: por ser infeliz y por no utilizar esa infelicidad para escribir bien. Si conocen un caso así no se lo confiesen al pobrecito/a y déjenlo que se vaya muriendo solo/a.

En teoría, la gente feliz viviría su felicidad como una obra de arte constante y no necesitaría expresarla de otra forma más que, simplemente, viviendo. Hagamos como que eso existe, porque yo acá quiero exponer un punto. El asunto es que oponerle a esto que la frustración y la amargura nos van a hacer escritores es todavía más ingenuo. Por desgracia, la felicidad, de la cual nos burlamos muy seguido, casi no existe o se ve muy de vez en cuando, como se ve al Yeti, cada diez, quince años (me refiero a las vistas falsas realistas), en cambio la frustración y la amargura abundan como plaga en medioevo.

En síntesis, tanto dolor no ayuda a escribir un carajo de nada. El mundo está lleno de amargos, de hecho hay más amargos que felices, y eso no ha dado resultados positivos para las letras (ni para nadie pero nadie somos todos). O sea que la infelicidad ocasiona más quejas que libros, más suicidios que versos, y más confusión que liberación artística.
Terrible verdad que tendremos que sobrellevar. Lo único que se me ocurre para contrarrestar esto es leer menos y ver mucha televisión. Al fin y al cabo la tele está hecha por y para depresivos, y está al alcance de uno. No es poco si lo vemos con ojos conciliatorios y pro psiquiátricos.

lunes, 25 de agosto de 2014

UN TERRORISTA LITERARIO

 (Nota publicada en el suplemento cultural de Tiempo Argentino, agosto 2014)






Quizá la única pelea de la que salió lastimado Jonathan Swift fue la que sus detractores planearon bien: hacer creer al mundo que Los Viajes de Gulliver es un libro infantil. No que fuera una táctica pensada, sus detractores nunca fueron tan inteligentes, pero eran legión y ganaron por cansancio.

¿Quiénes eran sus detractores? Los hipócritas, los necios, los poderosos, los cínicos, los cómodos. Como sea, hoy sigue siendo fácil combatir y ganar la antigua pelea de Los Viajes de Gulliver, alcanza con leerlo en su versión original. Gulliver es todo menos un libro para niños, es un libro que ataca la hipocresía de la sociedad de su tiempo y de cualquier tiempo, que se burla de las inmundicias del poder político, de las instituciones, de la ciencia, del progreso. Su vitalidad destructora sigue golpeando hoy igual que en 1726, cuando fue publicada. Los liliputienses, los gigantes de Brobdingnag, los apestosos humanoides yahoos o los elegantes caballos houyhnhnms, más que personajes en sí mismos, son formas de expresar el rechazo de Swift a la estupidez humana. Los creó para exponer lo peor de nuestra raza, no para crear una narrativa fantástica, menos para entretener a un nene.

Swift vivió la mayor parte de su vida en Irlanda, mientras que viajaba seguido a Inglaterra por su carrera política; ahí conoció bien los vaivenes del poder. Era Deán pero sus escritos parecen redactados por un ateo furioso. Este inclasificable irlandés fue clasificado como misántropo, como amargo, y aunque es eso a la vez es mucho más. Es un autor que sigue vigente por su estilo y capacidad literaria y porque lo que atacó de la sociedad no era producto de un momento histórico sino síntomas de la condición humana y sus contradicciones.

En “Una modesta proposición para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su país y para hacerlos útiles al público”, Swift dice que es muy feo para la gente decente ver tantos niños pobres con sus madres arrastrándose por las calles de Dublin, madres que lo único que hacen es parir sin responsabilidad alguna para que luego, encima, esos niños se conviertan en delincuentes, que sería mejor que el estado se encargase de usar esos nenes como comida para los ricos. “Concedo que este manjar resultará algo costoso y será, por lo tanto, muy adecuado para los terratenientes, que como ya han devorado a la mayoría de los padres parecen acreditar los mejores títulos para los hijos”.

En el caso de su famoso libro, Los Viajes de Gulliver, las interpretaciones pueden ser infinitas. Gulliver es un tipo mediano, sin grandes ambiciones, que viaja a lo loco y cuenta lo que ve sin dar más que opiniones estándar, ingenuas, cosa que, como buen satírico, el autor aprovecha para despacharse sin asco contra los reyes y sus reinos (los reales más que los imaginarios). Gulliver es una herramienta, no un personaje. Es posible que la manera en qué es recibido en cada lugar que visita demuestre la malicia de Swift para retratar cómo los humanos nos acomodamos en distintas posiciones sociales, laborales, culturales. En Liliput el gigante Gulliver es visto como una amenaza. Tratan de usarlo políticamente y luego destruirlo, ya que puede volverse un peligro para el reino, que sólo gobierna mediante la coacción. En el reino de Brobdingnag, Gulliver es una divertida miniatura y termina siendo objeto de compasión por verse tan indefenso. O dicho de otra manera, el agachón que se vuelve chiquitito y se deja usar por miedo a ser aplastado es tolerado por los poderosos y hasta se vuelve respetable.

A pedido del rey de Brobdingnag, que quiere saber cómo se vive en Inglaterra, Gulliver narra en detalle cómo son sus monarcas, sus leyes y sus jueces. El rey termina diciéndole, asqueado: “Has probado que la ignorancia, la pereza y el vicio son los ingredientes apropiados que califican a un legislador, que las leyes las interpretan y aplican mejor aquellos cuyo interés y habilidades están para pervertirlas, confundirlas y eludirlas. No parece que se necesite virtud alguna para ostentar un cargo entre vosotros, mucho menos que los hombres sean ennoblecidos por su virtud, los sacerdotes exaltados por su piedad o sabiduría, los soldados por su conducta o valor, los senadores por el amor a su país (…) Por las respuestas que he obtenido penosamente de ti, no puedo menos que sacar la conclusión de que tus compatriotas son la raza más perniciosa de odiosos gusanitos que la naturaleza haya permitido arrastrarse sobre la superficie de la tierra.”

Lo que reclama Swift debajo de su disfraz de terrorista literario es exponer el dolor profundo de un corazón vejado, como buen hijo bastardo de un mundo sin esperanza. Su literatura, un extenso y detallado plan de ataque, es el resultado de esta comprobación triste y patética. No es que haya amor escondido en su literatura, lo que hay es la comprobación de la falta de amor y generosidad en la mayor parte de la humanidad. A pesar de todo, por medio de la burla y el aparente desprecio, Swift rescata al ser humano, ya que no olvida el dolor de los abandonados, los humillados, los desprotegidos. Esto puede detectarse en sus diatribas si se las lee con atención, ahí se ve la herida expuesta, lo que él hubiera deseado que fuera diferente. En “Una modesta proposición…”, después de asquearnos con que sería mejor comernos a los bebés de los pobres, deja deslizar con una ingenuidad deliciosamente tramposa: “Que ningún hombre me hable de otros recursos, de crear impuestos para nuestros desocupados, de introducir parsimonia, prudencia y templanza, de aprender a amar a nuestro país, de cuidarnos de no venderlo y no vender nuestra conciencia por nada...” Eso piensa en el fondo Swift, pero claro, en la sátira el juicio moral no golpea directo, viene oculto en la ironía, como veneno en una bebida.

De todas formas, lo positivo en Swift es muchísimo, se podría decir que si se ataca a la humanidad con tanto arte entonces quizá no todo esté perdido. Suficiente motivo para leerlo y dejarse llevar por su furia y su inteligencia, que no envejecieron nada en estos casi trescientos años. Como dice el epitafio de su tumba en la Catedral de San Patricio, que él mismo dictó antes de morir:

“Aquí yace el cuerpo de Jonathan Swift, doctor en Sacrosanta Teología, Deán de esta catedral, lugar en que la salvaje indignación ya no puede lastimar su corazón. Ve, viajero, e intenta imitar, si puedes, a este dedicado y severo defensor de la libertad".
Con amargura o no amargura, con misantropía o no misantropía, esa defensa es lo que lo llevó a escribir a este irlandés fuera de serie, siempre.





* Circulan muchas ediciones de los textos de Jonathan Swift, viejas y nuevas. Yo recomiendo las traducciones de Eduardo Stilman para la editorial argentina Corregidor, tanto de Los Viajes de Gulliver como de Escritos Subversivos, edición que además viene con excelentes notas de Stilman, que aportan jugosos datos del autor, de su época y de la nuestra. En el caso de encontrar otras ediciones de Los Viajes de Gulliver tengan cuidado de no caer en la clásica trampa de llevar el libro para niños. O dicho de otro modo, de no llevar el libro censurado y domesticado. Es que el lector de Swift también debe cuidarse de la maldad y estupidez humana…

lunes, 30 de junio de 2014

SOBRE FRASES HECHAS QUE DE TAN HECHAS NADIE REPARA EN LO ESTUPIDAS QUE SON.




Está claro que las frases hechas se dicen sin hacer alarde y sin apropiárselas, pero, ¿eso le resta culpabilidad al bocón que las cita sólo porque no se hace cargo de hablar por sí mismo? ¿Hablar con muletillas es un acto que no puede ser juzgado sólo porque es cotidiano, coloquial, en teoría inofensivo? En estos últimos días escuché estas tres frases en boca de personas al pasar, en la calle, en el supermercado, en el colectivo. Pensé que estaban extinguidas, y pos no.


“POBRE PERO HONRADO”

Es cierto, esta cayó en desuso por ser -digamos- políticamente incorrecta. También es cierto que lo que desapareció fue la frase, el sentimiento oscuro que la pergeñó sigue vivo y colea con alegría. Incluso hoy, que vemos cómo el mundo es fagocitado y destruido por ricachones y corporaciones fuera de control que depredan tierra, gente, fauna y flora, no hay una sola y miserable frase que diga, ni siquiera en chiste, que fulano “es rico pero honrado.” Será que es una paradoja tan violenta que no da ni para frase hecha, o más bien será que los ricos no permiten que circule semejante frase. Como pobres honrados puede haber, y a veces hasta en gran cantidad, se los estigmatiza de forma preventiva, por si algún día dejan de ser honrados (aunque no pobres). Su transformación, en ese caso, sería para peor, para volverse ladrones. Escuetos y humildes ladrones, sí, pero tan audaces como para robarles algunos vueltos y cambio en monedas a los empleados de corporativos que roban y destrozan este mundo por completo.


“YERBA (HIERBA) MALA NUNCA MUERE”

Frase de índole moralista con pretensiones de sabia, errónea en todo sentido. La yerba mala sí muere, igual que la buena. Pasa que son tantas las yerbas malas que parecen un sólido bloque, una inmunda masa inmortal que vive una sola existencia desde el inicio de los tiempos, nomás para amargar a las poquitas yerbas buenas que salpican de hermoso verde a este planeta. Es una frase hecha, o refrán, muy efectiva si uno la aplica a la gente que considera yerba mala y uno se considera yerba buena, huelga aclarar. Desde este punto de vista, se puede aplicar a todos y a todas desde cualquier lugar o situación y así las yerbas malas terminarían siendo siempre los demás, no uno. Es una frase unisex, abarcadora al infinito, y de contenido tan vasto como para rellenar un tercio de átomo.


“GANARSE LA VIDA”

Esta frase, probablemente inventada por plutócratas que no deben ganar nada pero que necesitan peones que los mantengan y acicalen, da a entender que la vida no es merecida por nadie, o al menos por nadie que no pueda pagarla. El acto de nacer, según dictaría su significado tras bambalinas, ya es un hecho doloso y venal. Para paliar esta infracción hay que demostrar que uno debe ganarse la vida, manera hipócrita, arcaica y cursi de decir que uno debe ser un esclavo a servicio de otros. El criminal, ser moralmente superior a cualquiera que viva tan rebajado como para aceptar que su vida no vale nada y se obligue a servir a otros para comprar su mísero lugar en el mundo, se niega a pagar el precio de existir y al robar quiere creer, en su fuero interno, que obliga al que tiene riqueza a que comparta su prerrogativa de no pagar impuestos a la vida con él/ella. Es una manera de ejercer un comunismo torpe y pervertido dentro de un sistema capitalista que manda sin fisuras. Y nadie gana. No vida, sí a veces algo de plata.