sábado, 22 de junio de 2019

AMOR AL ARTE


Mi literatura no la hago por amor al arte, la hago por necesidad y por amor a la literatura. Por amor al arte odio y desprecio a los imbéciles, a los estafadores, a los hipócritas, a los interesados, a los calumniadores. Y como todos tenemos algo de eso, me odio y desprecio a mí mismo. Pero sólo por amor al arte.

viernes, 31 de mayo de 2019

LA CUMPARSITA DEL QUINTETO REAL NO ES CUALQUIER CUMPARSITA...


Una vez charlaba con un heladero de profesión (hijo de los fundadores de la famosa heladería Scannapieco), sobre el origen de algunos sabores y de las heladerías de Buenos Aires, y el tipo, muy tranquilo y nada soberbio, me dijo si uno entra a una heladería que no conoce debe pedir vainilla, el sabor más clásico de todos. “Si hacen bien la vainilla tienen que hacer bien todos los otros sabores”.

No olvidé su comentario zen, y puedo asociarlo con otras artes -al margen del helado-, como la música. Todos conocemos el tango La Cumparsita, despreciado por muchos/as. Escuché a los integrantes de la orquesta Fernández Fierro decir que tocaban cualquier tango menos ese. Borges lo execraba.


Pero hay una versión de La Cumparsita del Quinteto Real, comandado por el genial Horacio Salgán, que es un verdadero desafío para todos los que la detestan. La da vuelta como un guante y con sus geniales músicos consigue una maravilla. (Escuchen esos solos de guitarra y de violín, por dió).
Se podría decir del Quinteto Real, y con razón, que si tocan bien La Cumparsita es porque tocan bien todos los otros tangos, como habría sentenciado aquel heladero.






martes, 16 de abril de 2019

EL ARTE CONTEMPORÁNEO Y SU PUREZA


No tengo nada personal contra el arte contemporáneo. Sé que es producto del neoliberalismo, que representa nuestra época (y la anterior, y quizá la anterior a esa, quién sabe cuántos años se viene arrastrando), y no voy a decir cosas como “eso lo hago yo” o “no diferencio la obra expuesta de la escoba y el tacho de basura del personal de limpieza del museo” ni ninguna de esas frases de ignorante. Lo único que le reclamo es que me tome de pelotudo de una manera tan alevosa y sin anestesia. Quizá eso le falte al arte contemporáneo, más anestesia. No es mucho pedir, creo yo. Esta foto de abajo de Ai Weiwei (o como se llame) imitando la muerte de aquel nenito sirio refugiado sí me conmueve, no tiene nada de oportunista, es arte puro. O es algo que no comprendo, pero sin duda es la obra de un auténtico hijo de la repureza.




viernes, 22 de marzo de 2019

SHOW INFANTIL Y PATETISMO ADULTO


Espectáculo infantil en el jardín de infantes. Los chicos/as, forzados a actuar, bailan y cantan. Se aburren y se divierten por igual. Los papis y las mamis se aburren y simulan divertirse al ver bailar a sus hijos/as, apelando más a la ternura que al goce estético. Un padre atrás mío se queja de que el show sea en inglés, que él no lo entiende.
-      - ¿Por qué no podían hacer la historia de Blancanieves y los tres ositos en castellano?
-      - ¿Qué Blancanieves? -Replica la mujer en voz baja, molesta.
-      - Ah, cierto, esa era Blancanieves y las siete camas.
La mujer ya no contesta. El padre corrige: enanos. A veces no es un problema idiomático sino cognitivo. Lo pienso pero no se lo digo. Como siempre, los papis y las mamis son el problema de base. Tampoco se lo digo. Después de todo, yo también soy papi.

viernes, 19 de octubre de 2018

BOLUDECES MATERIALISTAS


El detector de mentiras o la medición del coeficiente (o cociente) intelectual son anticuados inventos positivistas valorados sólo por sociedades donde ni la verdad ni la inteligencia tienen valor real. Se mide la nada para encontrar un todo y, por desgracia, el todo siempre está hueco.

lunes, 6 de agosto de 2018

LA IMPOSIBILIDAD DE TOCAR INSTRUMENTOS


Siempre amé la música y siempre fui un desastre para los instrumentos. Después de un año de estudiar sólo pude tocar unos pocos acordes de 4´33”, de John Cage, y solamente la parte conceptual, la musical, por desgracia, nunca pude.

sábado, 4 de agosto de 2018

DIEZ AÑOS.


Este blog cumplió diez años, lo abrí en julio de 2008. En aquel entonces ya me advertían que iba de salida. Como ocurre en la picadora de carne de internet, que algo deje de tener popularidad no tiene nada que ver con que carezca de valor o de posibilidades. En estos años subí novelas, cuentos, comics, crónicas y notas de todo tipo.

El blog significaba relacionarse con otros desde un hacer, por más ramplón que fuera. Hoy los blogs están muertos, aseguran. Pero igual siguen ahí, o sea que hacen mejor de barcos encallados con la bodega intacta que de cadáveres en descomposición.

Vengo a dejar unas palabras en tono de gris homenaje, con la certeza de no ser leído. Es entrar a un teatro vacío y gritar para ver si hay eco. En un punto es agradable aunque sea triste, no esperar respuestas ayuda a dialogar con uno mismo.

Fb y tw nos enseñaron a exigir reacciones inmediatas de los demás que sólo nos importan si nos acarician nuestro ego exitista y degradado. Fingen comunicación cuando la comunicación es nula. Triste farsa, que por ser una realidad no es una verdad.

El blog intentó hacer lo suyo, qué duda cabe. Nunca pensé que algo generado por el mundo virtual podía generar nostalgia. Al dejar este breve texto por acá, compruebo que sí. Es un aprendizaje.

lunes, 15 de enero de 2018

PARA TODAS LAS MADRES DEL MUNDO

(Nota publicada originalmente en La Jornada Semanal)

Ignaz Philipp Semmelweis


Semmelweis, la tesis de medicina de Louis-Ferdinand Céline, fue publicada por primera vez en 1924. Llama la atención que no cumple con ninguna exigencia académica ni científica y que describe la singularidad de un espíritu maldito con una prosa descaradamente literaria. Sin duda que Philippe Ignace Semmelweis califica como maldito: fue intenso, genial, caprichoso, rebosante de vida, dolor y muerte (a la que, como doctor, persiguió con tenacidad mientras que como hombre la ignoró y se dejó llevar por ella antes de tiempo). Céline lo narra como un personaje romántico de la literatura del siglo diecinueve, evade el aburrido estilo de las tesis clásicas y logra un texto inspirado y emotivo. Podemos imaginar a sus tutores recibiéndolo ¿con perplejidad, con gusto? No sabemos qué ocurrió pero más que la bienvenida al mundo de la medicina se la deberían haber dado al universo de la literatura.

Semmelweis descubrió que la fiebre puerperal en las parturientas podía evitarse casi por completo si los médicos se aplicaban una efectiva lavada de manos antes de atender un parto (solían diseccionar cadáveres y luego pasar directo a maternidad sin siquiera limpiarse en el delantal). Las cifras de mortandad de las madres en hospitales eran devastadoras. Semmelweis probó que su teoría era correcta y que con una asepsia básica se salvarían muchísimas vidas. Y sí, suena simple, hasta fácil, pero sus colegas (salvo unos pocos defensores incondicionales) lo rechazaron con furia. El resultado estaba a la vista y nadie quiso verlo. La tragedia de Semmelweis fue, en pocas palabras, tener que lidiar con la desidia y el egoísmo de sus pares, a tal punto que esa batalla imposible lo llevaría a la muerte. Como pasa con muchos genios de la historia, ganó la guerra cuando todos, genio y enemigos por igual, ya estaban muertos.

La exaltación que hace Céline del desdichado médico húngaro funciona como una diatriba contra la estupidez humana y, quizá por única vez en sus textos, a favor de su inventiva y generosidad. Semmelweis vendría a representar lo mejor de nosotros: las ansias de aprender, de ayudar, de llegar a un absoluto que no nos condene ni nos destruya. Céline elogia menos la investigación que el talento, deja de lado a la academia y alaba a la calle y a la infancia como fuente de sabiduría: “… (A Philippe) no le gustaba la escuela, una aversión que tenía desesperado a su padre. Amaba la calle. Más aún que nosotros, los niños tienen una vida superficial y profunda. Su vida superficial es muy simple, se resuelve en unas cuantas disciplinas, pero la vida profunda de cualquier niño es la difícil armonía de un mundo que se crea. El niño debe introducir en este mundo, día tras día, todas las tristezas y todas las bellezas de la Tierra. Tal es el inmenso trabajo de su vida interior. ¿Qué pueden hacer los maestros y su saber por esta gestación espiritual, por este segundo nacimiento, donde todo es misterio? Prácticamente nada. El ser que llega a la conciencia tiene por maestro principal al Azar. El Azar es la calle. La calle diversa y múltiple hasta el infinito en verdades, más simple que los libros. ¿Qué se hace en la calle, por lo general? Se sueña. Se sueña en cosas más o menos precisas, se deja uno llevar por sus ambiciones, por sus rencores, por su pasado. Es uno de los lugares más reflexivos de nuestra época, es nuestro santuario moderno, la Calle.”

La obsesión de Semmelweis por saber qué era lo que mataba a las parturientas luego de dar a luz se confunde, por momentos, con la búsqueda de una verdad poética. Las madres fallecidas le taladraban la conciencia como almas en pena. Los necios y envidiosos médicos del hospital de Viena no avalaron su hallazgo sólo por no reconocer que estaban equivocados. Semmelweis los atacó con todas sus fuerzas, acusándolos de hipócritas y asesinos. “Quería hacerlos pedazos. No se hace pedazos a nadie. Quiso echar abajo todas las puertas que se rebelaron contra él, y se hizo crueles heridas.” apunta Céline. Cargar con la verdad es como cargar con la muerte. Sólo el futuro lavará los prejuicios y recién ahí bebés y madres serán salvados, pero hoy no, hoy todos deben morir, parece entender, de la peor manera, Semmelweis. Él descubrió cómo preservar la vida, el mayor homenaje que un idealista puede hacerle a la humanidad.
A su vez, Céline -y acá es donde los dos chocan, se hacen uno y nos llevan a la inevitable comparación- encontrará la forma de renovar la literatura del siglo veinte. Cuando Semmelweis se suicida, cortándose con un escalpelo y metiendo el brazo herido en el tejido de un cadáver para infectarse a sí mismo[1], se cierra el personaje romántico y se abre un interrogante estético en Céline que, años después, cuando publique Viaje al Fin de la Noche, lo llevará a cuestionar la literatura de su época, tal cual el húngaro lo hizo con la medicina. Céline se identifica con Semmelweis más como artista que como científico.

Si Semmelweis descubrió lo que significaba meter las manos en un cadáver descompuesto antes de asistir a un parto, Celine descubrió lo que significaba meter las manos en la literatura anquilosada de su tiempo: nada menos que toparse con una infección de libros y autores que ya no tenían vigencia literaria y que curó con una literatura ruidosamente viva y revolucionaria. Claro que, al igual que Semmelweis, lo terminaría pagando caro en vida y en carne propia. Pero acaso no sea ese, siempre, el costo que paga un verdadero revolucionario.






[1] Hoy se considera una leyenda esta forma de suicidio de Semmelweis, pero la aceptada no es menos terrible: fue internado por loco en un psiquiátrico y al querer escapar fue golpeado salvajemente por los guardias, lo que le causó la muerte.

domingo, 12 de noviembre de 2017

“… COMO OTRO PIOJOSO SER HUMANO”

(Nota publicada originalmente en La Jornada Semanal)



En abril pasado se cumplieron cuarenta años de la muerte del escritor norteamericano Jim Thompson (1906-1977), ícono de la novela negra. Ya no digamos homenajes, casi no tuvo ni una necrológica. Aprovechamos este espacio para recordarlo.

Hay autores malditos que disfrutan la maldición que cayó sobre ellos (si les brinda fama y regalías, me refiero) y otros que no la disfrutan en absoluto y terminan igual de ignotos que cuando empezaron. Estos últimos son los verdaderos malditos. Claro que esta etiqueta no significa absolutamente nada a nivel literario, pero vale la pena distinguir a los parias de los legitimados. Jim Thompson fue, y es, un paria en la literatura. Puede que esto no sea tan injusto como parece porque sus personajes, en mayor o menor medida, son parias. Y están malditos, sí, pero de soledad, furia y resentimiento.

Thompson vivió a pleno el siglo veinte. Ejerció mil oficios, caminó, viajó, y aprendió del sur profundo de E.U., (Oklahoma, donde había nacido, luego en Arkansas y Texas). Fue vagabundo, obrero en pozos petroleros, empleado en hoteles con clientes mafiosos a los que proveía de drogas, alcohol y prostitutas, actor cómico, periodista y muchas cosas más. Adhirió al partido comunista. Su marxismo fue terrenal, humanista, se generó en esos estados retrógrados donde el autor vivió varios años y fue testigo de la explotación de los trabajadores. Él mismo diría que leer a Marx en los campos petrolíferos fue “el momento de inflexión en su vida y su primera educación de verdad”. Llegó al filósofo alemán de la mano de -nada menos- Harry McClintock, “Haywire Mac”, cantor mítico del folk y compañero de ruta de Thompson.

En algún momento le contó a uno de sus agentes literarios que su idea del infierno “era matar lo que uno más ama para poder sobrevivir”. Esa idea marcó su vida literaria. Los trabajos demandantes que tuvo que ejercer no le dejaban tiempo suficiente para escribir y arruinaron su salud desde muy joven. Se dice que la experiencia de haber ejercido innumerables oficios y conocido a tanta gente loca y exuberante fue la semilla que hizo de Thompson un escritor tan particular. Es cierto, pero no emprendió ese dificultoso camino sólo para encontrar inspiración, más bien no tuvo alternativa, debía mantener a su familia, la de origen y la que creó, o sea padres, hermanas, esposa e hijos. Tomó la escritura como lo más importante en su vida y nunca pudo dedicarle sus mejores horas. Esto es común en muchos escritores, pero en el caso de Thompson aceleró la carrera contra el reloj y su propia frustración personal, que no cejó hasta su muerte, de la cual en abril pasado se cumplieron cuarenta años.

En vida, Thompson sufrió la imposibilidad de tener un lugar validado como escritor. A la vez, quién sabe, intuía que es imposible pertenecer a ningún lugar y que ese mítico remanso donde uno acaba siendo lo que siempre deseó ser es una ilusión. No inventó nada para sus personajes que él no hubiera experimentado, salvo el asesinato, la mentira y la corrupción. Eso sí puede inventarse y es lo que hacen todos los autores de novela negra, en cambio la angustia no, es intransferible, el que no la padece no la puede imaginar. Justamente, la angustia de los personajes de Thompson es tan desbordada que casi supera la de todos los maestros del género, y también los de la literatura “con mayúsculas”. La desesperación mancha más que la sangre.

DE LA LITERATURA SOCIAL A LA NOVELA (MÁS) NEGRA

Hay que destacar que escribir novela negra no era su deseo inicial. Quería hablar de lo que se padecía en las calles o, para ser más precisos, en los polvorientos caminos del sur norteamericano, al estilo de Caldwell o Faulkner; narrar a los lúmpenes, a los “hobos”, personajes que cargaban las injusticias a cuestas, que merecían ser retratados con poesía vindicativa. En esos primeros textos Thompson no logró decir con tanta fuerza lo que sentía ni lo que había padecido en carne propia. La literatura proletaria o social no le alcanzó y sin duda no lo inspiró, posiblemente por sus propias limitaciones estéticas. Rechazó entonces lo que se consideraba la vanguardia de la izquierda neoyorquina. Llegó a declarar frente a un grupo de amigos: “¡Basta de mierda esotérica! Quiero escribir libros  sobre la manera en que de verdad vive la gente. A partir de ahora escribiré sobre la vida tal cual es. ¡Les voy a enseñar a esos hijos de puta!” Según un conocido suyo, tenía la perspectiva de un anarquista, no de un marxista.

Todavía no podía adivinar que sería la novela negra, con sus convenciones y sus leyes establecidas, la que le permitiría volar todo por los aires. Ahí demostró que lo social siempre es humano, no sólo ideológico, que la locura es individual y también de todos. El género lo ayudó a decir más y mejor, de manera incorrecta y explosiva. La venalidad de las personas, según Thompson, está potenciada por una sociedad consumista, necia y criminal, nadie escapa a sus garras. Lo que está de manifiesto en todas sus novelas es un gran dolor personal, una especie de autoconciencia del canalla que se sabe canalla y que sabe que los demás también lo son porque avalan las normas de este mundo egoísta y degradado. Después de asumir esto, no queda mucho por disfrutar.
Lo dice Nick Corey, el delirante comisario de 1280 almas: “… Niñas indefensas que gritaban cuando sus propios padres se metían en la cama con ellas. Hombres que maltrataban a sus mujeres, mujeres que suplicaban piedad. Niños que se meaban en la cama de miedo y angustia, y madres que los castigaban dándoles a co­mer pimienta roja. Caras ojerosas, pálidas a causa de los parásitos intestinales, manchadas a causa del escorbuto. El hambre, la insatisfacción continua, las deudas que traen siempre los plazos. El cómo-comeremos, el cómo-dormiremos, el cómo-nos-taparemos-el-roñoso-culo. El tipo de ideas que persiguen y acosan cuando no se tiene más que eso y cuando se está mucho mejor muerto. Porque es el vacío el que piensa, y uno se encuentra ya muerto interiormente; y lo único que se hace es propagar el hedor y el hastío, las lágrimas, los gemidos, la tortura, el ham­bre, la vergüenza de la propia mortalidad. El propio vacío. Me estremecí y pensé en lo maravilloso que había sido nuestro Creador al crear algo tan repugnante y nauseabundo, tanto que cuando se comparaba con un asesinato éste resultaba mucho mejor. Sí, de verdad había sido una obra magna la Suya, magnífica y misericorde.”



EL CRIMEN NO LO COMETE UNA PERSONA, LO COMETE LA SOCIEDAD.

Sus personajes no lloran por lo que se han convertido aunque sospechan que, con un poco de suerte, podrían haber sido diferentes. Thompson nunca se rebaja a juzgarlos ni a ponerlos del lado de los malos. No cree en el mal extraído en una probeta de laboratorio, tampoco en el enigma ni en el detective, que a la fuerza confronta al crimen y trata de separarse de él. El peor crimen para este autor es la sociedad en la que vivimos, recién después surgen los criminales. Las tramas suelen armarse a partir de los desastres que sus protagonistas van creando a lo largo del camino, a conciencia. Si Lou Ford (El Asesino dentro de mí), Nick Corey, Clinton Brown (Asesino Burlón) o Dolly Dillon (Una mujer endemoniada) se hubieran quedado medianamente tranquilos no se hubiera derramado una gota de sangre. El crimen, que ellos promueven y ejecutan, es efecto de su desesperanza, a tal punto que se crean trampas a sí mismos de las cuales no podrán escapar. No les importa, son verdaderos nihilistas, rechazan darse el lugar de cínico ganador que avanza y se perpetúa para salirse con la suya. Saben bien que no hay adónde ir.


Para decirlo en una palabra, Thompson es un moralista con los nervios destrozados, y su empatía va con los que no tienen salvación. El fiel lector de sus novelas asiste a la fiesta del desastre y comparte su violencia y amargura. Y para ese lector, este semi-olvidado autor sureño se vuelve una especie de hermano mayor, comprensivo, terrible, sin padre al cual aferrarse, que nos comparte su viaje hacia la nada. A eso se refiere Lou Ford, su humanísimo psicópata deshumanizado, mientras enfrenta a un grupo de policías armados, ansiosos por llenarlo de balazos. “… a no ser que la gente como nosotros tenga otra oportunidad en el otro mundo. Nosotros, la gente como nosotros, que debutamos en la vida con una tara irremediable, que deseábamos tanto y habíamos obtenido tan poco, que con tan buenas intenciones acabamos tan mal...”.

lunes, 23 de octubre de 2017

HUBO ELECCIONES EN ARGENTINA Y OTRA VEZ...


Es lógico que Macri y su equipo ganen en cada elección nacional. Hay que entender, de una vez, que el argentino medio es un primigenio muerdealmohadas y sólo encuentra su identidad (si se la puede llamar así) al denigrar a los demás y a sí mismo (esto no lo tiene asumido, pero es un hecho que se detesta más a sí mismo que lo que detesta a un izquierdista o a un habitante de algún país limítrofe, aunque suene increíble). O sea que hasta que no esté ultra-atragantado con gomaespuma y pedazos de tela de la funda de la almohada y ya no pueda respirar, seguirá apoyando a los que lo maltratan. El voto a Macri sólo tiene un sentido: ratificar que todo es una mierda. El argento medio no encuentra otra manera de manifestarse, lo aterra jugarse por una idea, tomar una posición positiva, por eso Macri le dio el pie (como otros en el pasado, ya fueran militares, Menem o etc) para volver a flagelarse y gritar en voz alta: “¡Todo es una mierda y merezco que me cojan”! Bueno, la última parte no lo dice en voz alta pero lo siente, y bien adentro.

La vocación de muerdealmohada es muy fuerte en la sociedad argentina, quizá más que ninguna otra cosa, por eso asombra que mucha gente de izquierda o genuinamente democrática se inquiete por los resultados electorales. ¿No ven que morder la almohada supera todo lo demás? De ahí que los que votaron a Macri sigan igual de furiosos que antes de que ganara en 2015, que puteen a todo el mundo igual que antes (cuando estaba su odiada Cristina) y no puedan controlar su insatisfacción aunque su candidato ganó y sigue ganando. No es una insatisfacción existencial sino todo lo contrario, es la consecuencia de una absoluta falta de existencia. Para vivir hay que elegir y si no se elige algo, lo que sea, no se vive. El voto a Macri no es elegir, es dejarse pisotear. Es una pena que este simulacro de suicidio que llevan a cabo los argentinos cada diez, quince años, no sea llevado al extremo. Sería muy sano que esta masa amorfa de despreciatodos, que escupen sobre los demás y sobre sí mismos, acaben matándose de una buena vez. Nomás para ver qué pasa. El problema es que justo al llegar a ese punto, -el de matarse y terminar con todo, me refiero- les gana la cobardía y deciden perpetuarse y buscan cada vez más placer en el no placer y en echarle la culpa a los otros de sus propios fracasos. No viven, se arrastran, pasan de morder la almohada a lamer el piso, y sin embargo, por algún extraño motivo, quieren seguir -no digo adelante porque no hay tal cosa para estos humanoides amorfos- como si realmente valieran algo. No sé qué epitafio esperan que les pongan encima al morir, pero como un gran acto cívico se les podría ofrecer un epitafio ahora mismo, liviano, que se pueda colgar alrededor del cuello y que así, de a poco, vayan aprendiendo cómo la vida se parece a la muerte desde el momento en que uno acepta que no tiene nada para dar, que no merece que le den nada, y se regodea en su propia mierda.


Claro que esto, ¡lástima!, es sólo un deseo ingenuo de mi parte. La realidad es que sólo cuando se harten de ser garchados y pisoteados los muerdealmohadas tomarán en cuenta, muy tímidamente, la posibilidad de votar a alguien más (no de hacerse cargo de sus vidas porque eso es imposible, pero algo es algo). Hasta entonces no habrá más que náusea y autovómitos y la demanda que tendrán las fábricas de almohadas se disparará al infinito. Al menos esta desgracia hará rico a alguien. A los dueños de las fábricas de almohadas. Sobre todo porque el esfínter nacional tiene mucho aguante y con su voto legítimo acabó ayer pidiendo más, por favor, más, lo merezco, lo merezco, no valgo nada y quiero que me la den.

martes, 22 de agosto de 2017

LITERATURA Y PLAGIO


(Nota publicada originalmente en La langosta Literaria, página de Random House México)


A veces el plagio artístico alcanza el estatus de crimen perfecto: si no se descubre no existe. Y tiene otra ventaja importante (para el mal, me refiero), puede exponerse delante de todo el mundo sin que se advierta que se trata de un crimen. ¿Por qué? Porque es una obra de arte, y si la obra es genuina traerá consigo la suficiente porción de belleza como para que nadie se detenga a indagar sobre la autoría. Tiene lógica, el crimen fue cometido contra el autor, no contra la obra. En cambio, el crimen perfecto clásico (asesinato, robo, etc.) suele notarse a simple vista, lo que falta más bien es dar con el autor. Es decir, un asesinado está asesinado y nadie lo duda, lo que no se sabe es quién lo asesinó (caso emblemático: Jack el Destripador), pero en el plagio artístico el crimen, una vez consumado, queda oculto, impune, a tal punto que se confunde con la originalidad. Y no sólo eso, el falso autor será felicitado públicamente, al revés del asesino o ladrón, que de vez en cuando hasta termina preso.
Lo interesante en los casos de plagio artístico que son descubiertos es que el ladrón se defiende igual que un criminal común: “No me di cuenta”, “No quise ir tan lejos”, “Jamás tuve esa intención”, “Empezó como un juego”. Una de las peores excusas en el robo literario es la de la intertextualidad, la cita, la paráfrasis. Sólo alguien que robó descaradamente es capaz de apelar a una mentira tan patética, ni siquiera a los posmodernos se les cree semejante patraña. Charles Manson, que yo recuerde, nunca dijo que asesinó a una Sharon Tate embarazada para emular el salvajismo de antiguos tapices que recreaban a los niños asesinados por Herodes, por ejemplo.
También hay plagiarios, o gente que alguna vez plagió (porque no se puede ser un plagiador-serial sin acabar excluido de la sociedad) que fueron talentosos. Y originales, valga la contradicción. Robaron por soberbios, por negligentes o, hay quién dice, por olvido o por error. Hablaré brevemente de estos dos últimos casos, ¡que igual son tan difíciles de comprobar! Primero hay que creer en la inocencia de los acusados, y en general uno suele partir de la base de que cualquier acusado es culpable. Ser malpensado es un requisito fundamental de nuestra cultura, no lo olvidemos.
Dentro de esta categoría rara y poco usual de ladrones, la única excusa posible es que en el recuerdo y en la imaginación todo se les mezcló, sus ideas, las de otros y no se dieron cuenta. Esta clase de plagiario es la que yo llamaría medianamente inocente. Le ocurrió al gran Jack London, que tuvo juicios de plagio en su haber. Nadie duda de la originalidad y talento innovador de London, sin embargo, se probó que ciertas historias no eran suyas. Los que leyeron las obras o notas periodísticas en las cuales se “basó” dicen que no son tan buenas como las que él hizo después. Las tomaba como base o inspiración, las mejoraba, agrandaba, y obviaba al autor. Suena sospechoso y, según el tono de sus declaraciones en cada caso, hay veces que le creemos y otras que no.
Luis Buñuel contaba que Charles Chaplin fue enjuiciado por cometer un, digamos, robo inconsciente. Chaplin tenía un grabador junto a su cama donde registraba cualquier melodía que apareciera en sus sueños (componía la música de sus propias películas); se despertaba tarareando unas notas, las grababa y seguía durmiendo. Resultó que así “compuso” un famoso cuplé titulado La Violetera. Su memoria, si aceptamos esta interpretación, lo había engañado, no le avisó que la melodía era de otro. No nos consta que la memoria sepa de ética o derechos de autor, sí sabemos que es una máquina que guarda o repele, y que fríamente nos envía los resultados de su trabajo a cada segundo de nuestras vidas. La conciencia debería ser la intermediaria en estos casos, pero si la memoria no le aclaró bien de qué se trata su informe, ésta no podrá obrar como debiera frente a uno mismo y la sociedad.
Estos son algunos de los (escasos) ejemplos de autores talentosos acusados de robo, lo cierto es que la mayoría de los plagiarios no son talentosos, ni como escritores ni como ladrones, ya que fueron descubiertos en los dos casos como lo que eran: farsantes. El plagio a secas es un acto canalla, representa básicamente la toma de identidad de otro, de sus palabras y pensamientos y, lo que es peor, de sus sentimientos. Fingir que uno sintió lo que sintió otro es un robo de índole filosófica. Viene a ser, al fin y al cabo, fingir que uno es otro, que posee el alma de otro (perdón la solemnidad), de ahí el desasosiego que nos ocasiona saber que una obra fue plagiada, es como enterarnos que ese artista que nos gustaba no es artista, que nunca hizo lo que hizo. El plagiario, al fin y al cabo, es nadie. No lo digo yo, ojo, es el mismo arte que lo indica, que de tan aristocrático y cruel que es no perdona a quien se atreve a manosearlo. Incluso quizá debajo de su elegante disfraz no sea más que una forma monstruosa de la memoria colectiva, un ente que vive a través de todos nosotros pero que separa los términos y le brinda a cada autor la posibilidad de firmar su obra, legitimando la individualidad (que no el egoísmo), y al lector o espectador el privilegio de finalizarla en su cabeza. Los otros crímenes, los violentos y cotidianos, son meros residuos, un manoteo de lo ajeno. ¿O acaso algún banco se quejó alguna vez de que la plata robada de sus arcas por un grupo de encapuchados era de su autoría?


miércoles, 12 de julio de 2017

CORREDOR DE PAMPLONA SE SALVA DE MILAGRO


Uno de los corredores de Pamplona sufrió un fuerte golpe en la cabeza. No murió pero los médicos creen que puede haber sufrido graves consecuencias en sus capacidades mentales. Su familia lo recibió hoy y, para alivio de todos, aseguró que estaba igual que siempre.

viernes, 7 de julio de 2017

SAN FERMÍN Y EL PROGRESO


Hay veces que siento que todo está perdido y que no tenemos salvación, pero de pronto veo imágenes como estas y recupero la fe en la humanidad:







¡Encendamos un chupinazo de talento y sensibilidad y que nos guíe, con su bella luz de chispitas, en la oscuridad de la ignorancia!

jueves, 6 de julio de 2017

LO QUE HAY DETRÁS...


Detrás de un gran hombre hay una gran pila de cadáveres de la gente que pisoteó, estafó y desahució para llegar a ser grande. Detrás de una gran mujer, lo mismo (al menos en esto de ser garcas y ojetes sí tenemos los mismos derechos).

domingo, 2 de julio de 2017

NOSTALGIA ZEN POR LOS CHISTES MALOS...

El concepto de “chiste malo” desapareció a partir de la proliferación de las redes sociales. O, al menos, yo hace rato que no lo oigo. Entonces, ¿era cultural la idea del chiste malo? ¿Si un chiste malo es aceptado como bueno, deja de ser malo? ¿Esto es un koan zen o sólo una pregunta imbécil? Da igual, no podrá tener respuesta en las redes, donde el ruido que hace la palma de una mano al aplaudir es tan molesto como estúpidamente ensordecedor.

sábado, 24 de junio de 2017

LA EVOLUCIÓN QUE NO EVOLUCIONA


El gobierno de Turquía avisa que no se enseñará más la teoría de la evolución en las escuelas. En E.U. muchos grupos, facciones y pandillas religiosas también quieren borrarla del mapa y tomar a los evangelios como única palabra. La teoría de la evolución, como es sabido, no es una teoría, es un hecho comprobado. Mi pregunta es: ¿de verdad está tan comprobado? ¿No es contradictorio obligar a gente que involuciona a que enseñe la evolución? Yo fui educado en una Argentina dictatorial y nunca me hablaron de evolución. Hoy, cuarenta años después, tenemos a un presidente como Macri, acá a Peña Nieto, y supongo que es lógico que no se hable de evolución porque no parece comprobable si tomamos en cuenta estos puntos referenciales. Darwin andaba siempre mirando bichos para justificarse, pero si miramos a la gente de cerca creo que tendremos que dar marcha atrás. Y no me refiero a retroceder hasta los evangelios sino a las mismas cavernas. Lo que yo sí dejaría, por comodidad, es el invento del fuego. Las cavernas en invierno son húmedas y frías y sin fuego no hay manera de tragarse la carne de mamut.

viernes, 23 de junio de 2017

PERDON, PERO NO TENGO TIEMPO...


Cuando uno dice “no tengo tiempo” para hacer tal o cual cosa, la mayoría de las veces está diciendo “no tengo ganas”. Pero, ¿no es casi lo mismo? Quizá la frase correcta sería: “no voy a arruinar mi tiempo libre en hacer tal o cual cosa”. En el fondo, todo se reduce a un deseo emancipador: que nuestro tiempo libre siga libre.

jueves, 15 de junio de 2017

RÉQUIEM POR UN PASQUÍN


El “gran diario argentino” Clarín, verdadera basura y ejemplo de lo más bajo y rastrero a lo que puede llegar el periodismo (que de por sí llega lejos en esos ámbitos y sin que nadie le dé envión), suele darle la posibilidad a sus resentidos e ignorantes lectores -igual que a los trolls macristas de rigor- de dejar sus mensajes como se dejan regalos en los inodoros y las letrinas. Todo tipo de nulidad mental y espiritual es bienvenida y en eso, hay que reconocérselo, no se limita ni pone un freno a la estupidez humana (digo humana porque no quiero que me acusen de intolerante si uso el prefijo infra). Pero ayer, que murió su reina mala de directora, eliminó los comentarios en las notas necrológicas. No tengas miedo, Clarín, que los canallas no sufren más después de muertos si se los insulta o se los juzga, como tampoco los pobres se hacen más pobres por haberse quedado sin vida.

jueves, 8 de junio de 2017

SOBRE EL PROBLEMA DE DEMOCRATIZAR EL INTERNESSS


Lo que evidenció la democratización de las redes con la posibilidad de que los lectores dejen comentarios en diarios, revistas, organismos, etc, es que las clásicas acusaciones contra las figuras públicas dejaron de tener sustento. Me refiero a las que decían que las figuras públicas no eran más que un grupo de imbéciles. Hemos comprobado que la imbecilidad de los lectores de a pie es igual, y a veces peor, debido a su infantil impunidad (creen que lo que dicen no tiene verdadera llegada y no se miden ni saben ser hipócritas). Se me ocurre que para que podamos volver a quejarnos como antes y fingir que somos más inteligentes y honestos que cualquier periodista, artista, político o sujeto que detente alguna clase de poder, debemos exigir que se prohíban los comentarios en las páginas de internet y que se clausuren las redes sociales. No nos llevaría a una dictadura (vivimos en ella, de todas maneras) sino a ese anhelado lugar que hemos perdido, el de creer que todavía tenemos pensamientos y opiniones válidas y que no podemos expresarlas nomás porque no nos dejan.

jueves, 1 de junio de 2017

EL DERECHO A DECIDIR


El derecho al aborto sería mucho más productivo si se pudiera elegir en retrospectiva, y sobre todo si los abortados tuvieran la palabra final. Es decir, si ya creciste, maduraste, y tu vida fue una mierda y no tiene sentido seguir adelante, que tengas el derecho de exigirle a tu mamá que aborte cuanto antes.

sábado, 25 de marzo de 2017

NUESTRA BREVE VIDA

Dicen (quiénes, no sabemos, porque no es fácil volver del más allá para contarlo) que antes de morir uno repasa su vida en dos segundos. ¡Qué optimistas son los que inventaron -perdón, creen- eso! A mí me parece que lo terrible es que podemos contar nuestra aburrida vida en dos segundos en cualquier momento del día, en cualquier lugar, sin que la muerte tenga que apurar ninguna edición de último momento.

miércoles, 18 de enero de 2017

LA ETERNIDAD DE UN INSTANTE QUE DURA DEMASIADAS HORAS




No voy a polemizar sobre las distintas clases de futbol que hay (las discusiones sobre deporte son peores que las discusiones sobre política), además me crié en un país donde el futbol es sólo uno: el soccer, y sería injusto entrar en comparaciones. De hecho, allá ni siquiera hay que llamarlo soccer, sonaría como a una aclaración anglosajona no pedida. Debo decir también que el soccer me da igual y nunca lo veo. Todo esto viene porque el domingo me tuve que tragar un partido de futbol americano entero (Dallas-Green Bay), que duró más que las trilogías de Peter Jackson con anillos, enanos, elfos, orcos, montañas, bosques y lava, todo incluido. En mi opinión de neófito -que es igual de válida que si no lo fuera-, lo más exasperante de esta actividad no son sus reglas inentendibles y sus burocráticas mediciones de distancias y pases, sino que los tipos juegan un cachito y paran, juegan otro cachito y paran, y así al infinito. Este deporte, que tan tosco y refrenado se ve de afuera (quizá desde adentro también), está al borde de ser más una paradoja espacio-temporal que un deporte.

Como burda metáfora, sin duda producto del tedio, se me figuró, al ver el tamaño de los jugadores, al ver sus atuendos inflamados y bien acolchonados, sus caras pintadas y su potencia corporal reprimida a cada instante por el reloj tirano, el drama de un gigantón comehamburguesas tratando de llegar al orgasmo con su chica sin lograrlo nunca. Podía verlo echado sobre su aburrida mujer, sudando y justificándose con voz entrecortada: “Esperame, mi amor, dame un respiro y sigo. Tengo que bombear diez segundos y paro otro cachito, ¿sí? Uff, ahí voy otra vez, esperá que paro tres segundos, listo, ahora respiro, bombeo, y paro otro cachito, uy, perdón, mi amor, un poquito de paciencia, respiro, ahí voy otra vez, dos segunditos, vuelvo a parar y vamos de nuevo…”.


Termino con una pregunta, estilo koan zen barrial e improvisado: ¿El futbol americano es una representación pública y simbólica del sexo tántrico, del interrumpido goce de un coito que debe postergarse hasta el límite de lo soportable para disfrutar mejor, o es sólo impotencia y flaccidez estirado a lo largo de tres o cuatro horas para que confluya todo en un orgasmo fallido que no puede materializarse? Espero que estos interrogantes sean develados en un futuro próximo, sobre todo porque es posible que me inviten a ver el Super Bowl, y entonces no sabré cómo reaccionar frente a tanto desborde sin desbordar.

martes, 27 de diciembre de 2016

LA TIRANIA DE LA NAVIDAD

(Nota originalmente publicada en La Langosta Literaria, sitio de Random House México)



Da igual cuánto critiquemos a la Navidad, lo agudos que seamos para exponer su hipocresía y su falsa fraternidad, lo cierto es que ya estamos sometidos a su inercia, a su aplaste, y todos lo sabemos. Podemos tratar de ignorarla; lo único que conseguiremos será esperar a que pase la tormenta escondidos en un rincón. De asomar la cabeza, en cambio, seremos arrastrados de reunión en reunión, de brindis en brindis, hasta terminar en la apoteosis del sometimiento afectivo que son el veinticuatro y el treinta y uno, junto a la familia, con nuestro ánimo y voluntad quebrados. La Navidad es siniestra pero astuta, sabe que como ritual no vale nada, que sus símbolos dejaron de ser religiosos y que hasta su consumismo básico e innegable a veces tambalea, a la vez también sabe que nuestra sociedad está tan sedada y ganada por el tedio en ámbitos mucho más importantes que una insípida fiesta de fin de año, y que no va a emprender ninguna batalla para destruir su vetusto festejo.

Se dice que la Navidad apunta a los niños, sin embargo siempre fue regenteada por adultos cínicos. Ellos están sobre aviso, antes de que se cuelgue la primera esfera en el árbol, de que se trata de una fantochada. Ocultan que es la comida y el alcohol lo que sostiene la navidad, y no se los confiesan a sus pequeños hasta que éstos cumplen treinta y cinco años (siendo conservador en el estimado), tampoco se les confía el descubrimiento más amargo: que la familia es el demonio de las fiestas, el agente infiltrado para volverlas un padecimiento. Lidiar con la familia -antiquísima institución destructora del libre albedrío- es tan difícil que ni todo el vino ni la comida del mundo pueden aturdir tanto como para que se la soporte con gallardía.

Bueno, acepto que me estoy dejando llevar por el espíritu de la Navidad (el verdadero espíritu, el de la amargura), y quizá sí haya una manera de sobreponerse a estas fechas que no sea convertirse en un ateo furioso ni tomarle bronca a Jesús sólo porque alguna secta, mucho tiempo después de que él muriera, le enfardara todo este asunto de los festejos decembrinos. ¿Dónde está la respuesta? Lo digo sin ponerme colorado: en los niños. No es que estos nazcan buenos ni sabios sino que todavía no fueron bombardeados con megatones de hipocresía, el ingrediente principal que contiene la adultez (odio la palabra adulto, me hace ponerme colorado pero de la furia). La lección número uno que nos dan los chicos es aprender a no mentirnos, y si queda algo de espíritu en nosotros (humano, no navideño), podremos doblegar esta farsa de fin de año. Cuento una anécdota breve, personal, que viene al caso.

Una Nochebuena, una noche de hace casi cuarenta años, mi hermana de cinco tuvo justo antes de irse a dormir un ataque de miedo, literal, explosivo, incontenible. Había cobrado conciencia (los chicos cobran conciencia de muchas cosas a todo momento, qué envidia) de que Santa Claus -Papá Noel, en Argentina- le daba miedo. No le parecía un gordito simpático que venía del Polo a traer juguetes en forma desinteresada sino un gordo desconocido que a falta de chimenea se iba a tener que meter por la ventana, su ventana, probablemente, jadeando y con motivos altruistas no del todo claros. Aplicó una lógica de hierro y por eso no pudo creerse que un tipo recorriera miles de kilómetros para llevarle un regalo nomás porque era bueno. La historia oficial no la convencía ya que, en esencia, se trataba de una historia bastante estúpida, sin sentido y sin épica. (No es por crecer que un chico deja de creer en Santa / Papá Noel, es por la historia endeble que lo respalda, no hay que confundir).

Mi mamá, angustiada por no poder frenar el llanto de su hijita cada vez más aterrada por la llegada del gordo ignoto, le repitió varias veces que era el mismo gordo que le había traído regalos en años anteriores y que nunca le había hecho nada. No hubo manera, el miedo se había instalado, y al primer crujido de la bisagra de la ventana los gritos serían imparables. Me pareció excesiva tanta alharaca por un tipo que, yo sabía perfectamente, no existía. ¿Desde cuándo supe que no existía? No recuerdo; sí recuerdo no haber creído jamás en él. Para que nadie piense que fue consecuencia de una niñez guiada por padres ateos y burlones de las tradiciones, juro que nadie me vino a decir que no existía, más bien yo tomé como natural su inexistencia y eso no mermó mi relativo cariño hacia Papa Noel. No me trajo desilusión, tampoco creía que existieran Meteoro o El Hombre Araña y sin embargo los adoraba a los dos. Además, su inexistencia me resultaba muy práctica a la hora de pedir los regalos; con una intuición de índole económica-familiar yo sabía qué cosa podían comprarme mis papás y qué no, que accederían a comprarme y qué no.

En fin, la cosa fue que decidí enfrentar la situación y le aseguré a mi hermana que Papá Noel no existía, que los regalos los traían mamá y papá. Papá, para ser exactos, y que los traía de madrugada y que yo nunca pude sorprenderlo al dejar los paquetes al pie de la cama porque me dormía irremediablemente en la espera (entiendan que era niño y todavía no sufría de insomnio ni ansiedad ni ninguna de esas cosas que ahora me harían sorprender al depredador de la peli de Schwarzenegger con camuflaje y todo a cincuenta metros de mi cama. ¡Triste, solitaria y final es la adultez!).
Le dije todas estas crudas verdades y mi hermana, otra vez con la lógica de su parte, no se entristeció en absoluto, hasta respiró aliviada al saber que eran mamá y papá los responsables de los regalos. Esa noche durmió tranquila. Mi mamá no se enojó conmigo en lo más mínimo, después de todo su hija se había tranquilizado. Habrá pensado que cuando es hora de dejar de creer en Papá Noel, es hora.

Lo esencial de esta historia es que en esa Nochebuena lo que se puso en jaque no fue la contundencia del ritual ni los símbolos del recordatorio del nacimiento de Cristo ni nada por el estilo, sino el simple hecho de alivianarse de pesos extras. Y justamente eso son las fiestas, un peso extra; repetitivo, molesto, insulso. Por no aceptar la imposición mi hermana pudo disfrutar de la Navidad y esperar sus regalos mediante lo que, al crecer, ya nadie tiene ni puede recuperar: la expectativa.

Es evidente que para que los adultos volvamos a tener expectativa deberemos matar definitivamente a las fiestas y pasar a una etapa superior de la humanidad, a ese maravilloso reino donde la culpa no reine y la familia no se imponga. Quizá para evolucionar tanto necesitemos que nos ayude el monolito de 2001, pero bueno, yo puse el primer ladrillo para crear un mundo nuevo, ahora que alguien ponga el segundo y nos diga qué sigue. ¿O cómo recuperamos la cacareada solidaridad, entonces?