Las teorías conspirativas son la forma que tienen los
imbéciles de no tener que probar su ignorancia con hechos.
lunes, 26 de agosto de 2019
viernes, 23 de agosto de 2019
SÉ TU MISMO...
Al consejo: “Sé tú mismo” habría que agregarle: “si el mundo
te deja”. Pero si le agregamos eso el sentido autoayudesco de la frase se
evapora y no queda nadie vivo, salvo el mundo.
sábado, 22 de junio de 2019
AMOR AL ARTE
Mi literatura no la hago por amor al arte, la hago por
necesidad y por amor a la literatura. Por amor al arte odio y desprecio a los
imbéciles, a los estafadores, a los hipócritas, a los interesados, a los
calumniadores. Y como todos tenemos algo de eso, me odio y desprecio a mí
mismo. Pero sólo por amor al arte.
viernes, 31 de mayo de 2019
LA CUMPARSITA DEL QUINTETO REAL NO ES CUALQUIER CUMPARSITA...
Una vez charlaba con un heladero de profesión (hijo de los fundadores de la famosa heladería Scannapieco), sobre el origen de algunos sabores y de las heladerías de Buenos Aires, y el tipo, muy tranquilo y nada soberbio, me dijo si uno entra a una heladería que no conoce debe pedir vainilla, el sabor más clásico de todos. “Si hacen bien la vainilla tienen que hacer bien todos los otros sabores”.
No olvidé su comentario zen, y puedo asociarlo con otras artes -al margen del helado-, como la música. Todos conocemos el tango La Cumparsita, despreciado por muchos/as. Escuché a los integrantes de la orquesta Fernández Fierro decir que tocaban cualquier tango menos ese. Borges lo execraba.
Pero hay una versión de La Cumparsita del Quinteto Real, comandado por el genial Horacio Salgán, que es un verdadero desafío para todos los que la detestan. La da vuelta como un guante y con sus geniales músicos consigue una maravilla. (Escuchen esos solos de guitarra y de violín, por dió).
Se podría decir del Quinteto Real, y con razón, que si tocan bien La Cumparsita es porque tocan bien todos los otros tangos, como habría sentenciado aquel heladero.
jueves, 18 de abril de 2019
martes, 16 de abril de 2019
EL ARTE CONTEMPORÁNEO Y SU PUREZA
No tengo nada
personal contra el arte contemporáneo. Sé que es producto del neoliberalismo,
que representa nuestra época (y la anterior, y quizá la anterior a esa, quién
sabe cuántos años se viene arrastrando), y no voy a decir cosas como “eso lo
hago yo” o “no diferencio la obra expuesta de la escoba y el tacho de basura
del personal de limpieza del museo” ni ninguna de esas frases de ignorante. Lo
único que le reclamo es que me tome de pelotudo de una manera tan alevosa y sin
anestesia. Quizá eso le falte al arte contemporáneo, más anestesia. No es mucho
pedir, creo yo. Esta foto de abajo de Ai Weiwei (o como se llame) imitando la
muerte de aquel nenito sirio refugiado sí me conmueve, no tiene nada de
oportunista, es arte puro. O es algo que no comprendo, pero sin duda es la obra
de un auténtico hijo de la repureza.
viernes, 22 de marzo de 2019
SHOW INFANTIL Y PATETISMO ADULTO
Espectáculo infantil en el jardín de infantes. Los chicos/as,
forzados a actuar, bailan y cantan. Se aburren y se divierten por igual. Los
papis y las mamis se aburren y simulan divertirse al ver bailar a sus hijos/as,
apelando más a la ternura que al goce estético. Un padre atrás mío se queja de
que el show sea en inglés, que él no lo entiende.
- - ¿Por qué no podían hacer la historia de Blancanieves
y los tres ositos en castellano?
- - ¿Qué Blancanieves? -Replica la mujer en voz baja,
molesta.
- - Ah, cierto, esa era Blancanieves y las siete
camas.
La mujer ya no contesta. El padre corrige: enanos. A veces no
es un problema idiomático sino cognitivo. Lo pienso pero no se lo digo. Como
siempre, los papis y las mamis son el problema de base. Tampoco se lo digo. Después
de todo, yo también soy papi.
viernes, 19 de octubre de 2018
BOLUDECES MATERIALISTAS
El detector de mentiras o la medición del coeficiente (o
cociente) intelectual son anticuados inventos positivistas valorados sólo por sociedades donde ni
la verdad ni la inteligencia tienen valor real. Se mide la nada para encontrar
un todo y, por desgracia, el todo siempre está hueco.
lunes, 6 de agosto de 2018
LA IMPOSIBILIDAD DE TOCAR INSTRUMENTOS
Siempre amé la música y
siempre fui un desastre para los instrumentos. Después de un año de estudiar
sólo pude tocar unos pocos acordes de 4´33”, de John Cage, y solamente la parte
conceptual, la musical, por desgracia, nunca pude.
sábado, 4 de agosto de 2018
DIEZ AÑOS.
Este blog cumplió diez años, lo abrí en julio de 2008. En
aquel entonces ya me advertían que iba de salida. Como ocurre en la picadora de
carne de internet, que algo deje de tener popularidad no tiene nada que ver con
que carezca de valor o de posibilidades. En estos años subí novelas, cuentos,
comics, crónicas y notas de todo tipo.
El blog significaba relacionarse con otros
desde un hacer, por más ramplón que fuera. Hoy los blogs están muertos, aseguran.
Pero igual siguen ahí, o sea que hacen mejor de barcos encallados con la bodega
intacta que de cadáveres en descomposición.
Vengo a dejar unas palabras en tono de gris homenaje, con la
certeza de no ser leído. Es entrar a un teatro vacío y gritar para ver si hay
eco. En un punto es agradable aunque sea triste, no esperar respuestas ayuda a
dialogar con uno mismo.
Fb y tw nos enseñaron a exigir reacciones inmediatas de
los demás que sólo nos importan si nos acarician nuestro ego exitista y
degradado. Fingen comunicación cuando la comunicación es nula. Triste farsa, que
por ser una realidad no es una verdad.
El blog intentó hacer lo suyo, qué duda cabe. Nunca pensé
que algo generado por el mundo virtual podía generar nostalgia. Al dejar este
breve texto por acá, compruebo que sí. Es un aprendizaje.
lunes, 15 de enero de 2018
PARA TODAS LAS MADRES DEL MUNDO
(Nota publicada originalmente en La Jornada Semanal)
Ignaz Philipp Semmelweis
Semmelweis, la
tesis de medicina de Louis-Ferdinand Céline, fue publicada por primera vez en
1924. Llama la atención que no cumple con ninguna exigencia académica ni científica
y que describe la singularidad de un espíritu maldito con una prosa
descaradamente literaria. Sin duda que Philippe Ignace Semmelweis califica como
maldito: fue intenso, genial, caprichoso, rebosante de vida, dolor y muerte (a
la que, como doctor, persiguió con tenacidad mientras que como hombre la ignoró
y se dejó llevar por ella antes de tiempo). Céline lo narra como un personaje
romántico de la literatura del siglo diecinueve, evade el aburrido estilo de las
tesis clásicas y logra un texto inspirado y emotivo. Podemos imaginar a sus tutores
recibiéndolo ¿con perplejidad, con gusto? No sabemos qué ocurrió pero más que la
bienvenida al mundo de la medicina se la deberían haber dado al universo de la literatura.
Semmelweis descubrió que la fiebre puerperal en las
parturientas podía evitarse casi por completo si los médicos se aplicaban una
efectiva lavada de manos antes de atender un parto (solían diseccionar
cadáveres y luego pasar directo a maternidad sin siquiera limpiarse en el
delantal). Las cifras de mortandad de las madres en hospitales eran devastadoras.
Semmelweis probó que su teoría era correcta y que con una asepsia básica se
salvarían muchísimas vidas. Y sí, suena simple, hasta fácil, pero sus colegas
(salvo unos pocos defensores incondicionales) lo rechazaron con furia. El
resultado estaba a la vista y nadie quiso verlo. La tragedia de Semmelweis fue,
en pocas palabras, tener que lidiar con la desidia y el egoísmo de sus pares, a
tal punto que esa batalla imposible lo llevaría a la muerte. Como pasa con
muchos genios de la historia, ganó la guerra cuando todos, genio y enemigos por
igual, ya estaban muertos.
La exaltación que hace Céline del desdichado médico húngaro funciona
como una diatriba contra la estupidez humana y, quizá por única vez en sus
textos, a favor de su inventiva y generosidad. Semmelweis vendría a representar
lo mejor de nosotros: las ansias de aprender, de ayudar, de llegar a un
absoluto que no nos condene ni nos destruya. Céline elogia menos la
investigación que el talento, deja de lado a la academia y alaba a la calle y a
la infancia como fuente de sabiduría: “…
(A Philippe) no le gustaba la escuela, una aversión que tenía desesperado a su
padre. Amaba la calle. Más aún que nosotros, los niños tienen una vida
superficial y profunda. Su vida superficial es muy simple, se resuelve en unas
cuantas disciplinas, pero la vida profunda de cualquier niño es la difícil
armonía de un mundo que se crea. El niño debe introducir en este mundo, día
tras día, todas las tristezas y todas las bellezas de la Tierra. Tal es el
inmenso trabajo de su vida interior. ¿Qué pueden hacer los maestros y su saber
por esta gestación espiritual, por este segundo nacimiento, donde todo es
misterio? Prácticamente nada. El ser que llega a la conciencia tiene por
maestro principal al Azar. El Azar es la calle. La calle diversa y múltiple
hasta el infinito en verdades, más simple que los libros. ¿Qué se hace en la
calle, por lo general? Se sueña. Se sueña en cosas más o menos precisas, se
deja uno llevar por sus ambiciones, por sus rencores, por su pasado. Es uno de
los lugares más reflexivos de nuestra época, es nuestro santuario moderno, la
Calle.”
La obsesión de Semmelweis por saber qué era lo que mataba a las
parturientas luego de dar a luz se confunde, por momentos, con la búsqueda de una
verdad poética. Las madres fallecidas le taladraban la conciencia como almas en
pena. Los necios y envidiosos médicos del hospital de Viena no avalaron su hallazgo
sólo por no reconocer que estaban equivocados. Semmelweis los atacó con todas
sus fuerzas, acusándolos de hipócritas y asesinos. “Quería hacerlos pedazos. No se hace pedazos a nadie. Quiso echar abajo
todas las puertas que se rebelaron contra él, y se hizo crueles heridas.” apunta
Céline. Cargar con la verdad es como cargar con la muerte. Sólo el futuro
lavará los prejuicios y recién ahí bebés y madres serán salvados, pero hoy no, hoy
todos deben morir, parece entender, de la peor manera, Semmelweis. Él descubrió
cómo preservar la vida, el mayor homenaje que un idealista puede hacerle a la
humanidad.
A su vez, Céline -y acá es donde los dos chocan, se hacen uno y nos
llevan a la inevitable comparación- encontrará la forma de renovar la
literatura del siglo veinte. Cuando Semmelweis se suicida, cortándose con un
escalpelo y metiendo el brazo herido en el tejido de un cadáver para infectarse
a sí mismo[1],
se cierra el personaje romántico y se abre un interrogante estético en Céline que,
años después, cuando publique Viaje al Fin de la Noche, lo llevará a cuestionar
la literatura de su época, tal cual el húngaro lo hizo con la medicina. Céline
se identifica con Semmelweis más como artista que como científico.
Si Semmelweis descubrió lo que significaba meter las manos en
un cadáver descompuesto antes de asistir a un parto, Celine descubrió lo que
significaba meter las manos en la literatura anquilosada de su tiempo: nada
menos que toparse con una infección de libros y autores que ya no tenían vigencia
literaria y que curó con una literatura ruidosamente viva y revolucionaria. Claro
que, al igual que Semmelweis, lo terminaría pagando caro en vida y en carne
propia. Pero acaso no sea ese, siempre, el costo que paga un verdadero revolucionario.
[1]
Hoy se considera una leyenda esta forma de suicidio de Semmelweis, pero la
aceptada no es menos terrible: fue internado por loco en un psiquiátrico y al
querer escapar fue golpeado salvajemente por los guardias, lo que le causó la
muerte.
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domingo, 12 de noviembre de 2017
“… COMO OTRO PIOJOSO SER HUMANO”
(Nota publicada originalmente en La Jornada Semanal)
En abril pasado se cumplieron cuarenta años
de la muerte del escritor norteamericano Jim Thompson (1906-1977), ícono de la
novela negra. Ya no digamos homenajes, casi no tuvo ni una necrológica.
Aprovechamos este espacio para recordarlo.
Hay autores
malditos que disfrutan la maldición que cayó sobre ellos (si les brinda fama y regalías,
me refiero) y otros que no la disfrutan en absoluto y terminan igual de ignotos
que cuando empezaron. Estos últimos son los verdaderos malditos. Claro que esta
etiqueta no significa absolutamente nada a nivel literario, pero vale la pena distinguir
a los parias de los legitimados. Jim Thompson fue, y es, un paria en la literatura.
Puede que esto no sea tan injusto como parece porque sus personajes, en mayor o
menor medida, son parias. Y están malditos, sí, pero de soledad, furia y
resentimiento.
Thompson vivió a
pleno el siglo veinte. Ejerció mil oficios, caminó, viajó, y aprendió del sur
profundo de E.U., (Oklahoma, donde había nacido, luego en Arkansas y Texas). Fue
vagabundo, obrero en pozos petroleros, empleado en hoteles con clientes
mafiosos a los que proveía de drogas, alcohol y prostitutas, actor cómico, periodista
y muchas cosas más. Adhirió al partido comunista. Su marxismo fue terrenal, humanista,
se generó en esos estados retrógrados donde el autor vivió varios años y fue
testigo de la explotación de los trabajadores. Él mismo diría que leer a Marx
en los campos petrolíferos fue “el momento de inflexión en su vida y su primera
educación de verdad”. Llegó al filósofo alemán de la mano de -nada menos- Harry
McClintock, “Haywire Mac”, cantor mítico del folk y compañero de ruta de
Thompson.
En algún momento
le contó a uno de sus agentes literarios que su idea del infierno “era matar lo
que uno más ama para poder sobrevivir”. Esa idea marcó su vida literaria. Los trabajos
demandantes que tuvo que ejercer no le dejaban tiempo suficiente para escribir
y arruinaron su salud desde muy joven. Se dice que la experiencia de haber ejercido
innumerables oficios y conocido a tanta gente loca y exuberante fue la semilla
que hizo de Thompson un escritor tan particular. Es cierto, pero no emprendió
ese dificultoso camino sólo para encontrar inspiración, más bien no tuvo
alternativa, debía mantener a su familia, la de origen y la que creó, o sea
padres, hermanas, esposa e hijos. Tomó la escritura como lo más importante en
su vida y nunca pudo dedicarle sus mejores horas. Esto es común en muchos
escritores, pero en el caso de Thompson aceleró la carrera contra el reloj y su
propia frustración personal, que no cejó hasta su muerte, de la cual en abril
pasado se cumplieron cuarenta años.
En vida, Thompson sufrió la imposibilidad de
tener un lugar validado como escritor. A la vez, quién sabe, intuía que es
imposible pertenecer a ningún lugar y que ese mítico remanso donde uno acaba
siendo lo que siempre deseó ser es una ilusión. No inventó nada para sus
personajes que él no hubiera experimentado, salvo el asesinato, la mentira y la
corrupción. Eso sí puede inventarse y es lo que hacen todos los autores de
novela negra, en cambio la angustia no, es intransferible, el que no la padece
no la puede imaginar. Justamente, la angustia de los personajes de Thompson es
tan desbordada que casi supera la de todos los maestros del género, y también los
de la literatura “con mayúsculas”. La desesperación mancha más que la sangre.
DE LA LITERATURA
SOCIAL A LA NOVELA (MÁS) NEGRA
Hay que destacar
que escribir novela negra no era su deseo inicial. Quería hablar de lo que se
padecía en las calles o, para ser más precisos, en los polvorientos caminos del
sur norteamericano, al estilo de Caldwell o Faulkner; narrar a los lúmpenes, a
los “hobos”, personajes que cargaban las injusticias a cuestas, que merecían
ser retratados con poesía vindicativa. En esos primeros textos Thompson no
logró decir con tanta fuerza lo que sentía ni lo que había padecido en carne
propia. La literatura proletaria o social no le alcanzó y sin duda no lo inspiró,
posiblemente por sus propias limitaciones estéticas. Rechazó entonces lo que se
consideraba la vanguardia de la izquierda neoyorquina. Llegó a declarar frente
a un grupo de amigos: “¡Basta de mierda esotérica! Quiero escribir libros sobre la manera en que de verdad vive la
gente. A partir de ahora escribiré sobre la vida tal cual es. ¡Les voy a
enseñar a esos hijos de puta!” Según un conocido suyo, tenía la perspectiva de
un anarquista, no de un marxista.
Todavía no podía adivinar
que sería la novela negra, con sus convenciones y sus leyes establecidas, la
que le permitiría volar todo por los aires. Ahí demostró que lo social siempre
es humano, no sólo ideológico, que la locura es individual y también de todos.
El género lo ayudó a decir más y mejor, de manera incorrecta y explosiva. La venalidad
de las personas, según Thompson, está potenciada por una sociedad consumista,
necia y criminal, nadie escapa a sus garras. Lo que está de manifiesto en todas
sus novelas es un gran dolor personal, una especie de autoconciencia del
canalla que se sabe canalla y que sabe que los demás también lo son porque
avalan las normas de este mundo egoísta y degradado. Después de asumir esto, no
queda mucho por disfrutar.
Lo dice Nick Corey, el delirante comisario de 1280 almas: “… Niñas indefensas que gritaban cuando sus propios padres se metían en la
cama con ellas. Hombres que maltrataban a sus mujeres, mujeres que suplicaban
piedad. Niños que se meaban en la cama de miedo y angustia, y madres que los
castigaban dándoles a comer pimienta roja. Caras ojerosas, pálidas a causa de
los parásitos intestinales, manchadas a causa del escorbuto. El hambre, la
insatisfacción continua, las deudas que traen siempre los plazos. El
cómo-comeremos, el cómo-dormiremos, el cómo-nos-taparemos-el-roñoso-culo. El
tipo de ideas que persiguen y acosan cuando no se tiene más que eso y cuando se
está mucho mejor muerto. Porque es el vacío el que piensa, y uno se encuentra
ya muerto interiormente; y lo único que se hace es propagar el hedor y el
hastío, las lágrimas, los gemidos, la tortura, el hambre, la vergüenza de la
propia mortalidad. El propio vacío. Me estremecí y pensé en lo maravilloso que
había sido nuestro Creador al crear algo tan repugnante y nauseabundo, tanto
que cuando se comparaba con un asesinato éste resultaba mucho mejor. Sí, de verdad
había sido una obra magna la Suya, magnífica y misericorde.”
EL CRIMEN NO LO COMETE UNA PERSONA, LO COMETE LA SOCIEDAD.
Sus personajes no lloran por lo que se han convertido aunque sospechan
que, con un poco de suerte, podrían haber sido diferentes. Thompson nunca se
rebaja a juzgarlos ni a ponerlos del lado de los malos. No cree en el mal extraído
en una probeta de laboratorio, tampoco en el enigma ni en el detective, que a
la fuerza confronta al crimen y trata de separarse de él. El peor crimen para
este autor es la sociedad en la que vivimos, recién después surgen los
criminales. Las tramas suelen armarse a partir de los desastres que sus protagonistas
van creando a lo largo del camino, a conciencia. Si Lou Ford (El Asesino dentro
de mí), Nick Corey, Clinton Brown (Asesino Burlón) o Dolly Dillon (Una mujer
endemoniada) se hubieran quedado medianamente tranquilos no se hubiera
derramado una gota de sangre. El crimen, que ellos promueven y ejecutan, es efecto
de su desesperanza, a tal punto que se crean trampas a sí mismos de las cuales
no podrán escapar. No les importa, son verdaderos nihilistas, rechazan darse el
lugar de cínico ganador que avanza y se perpetúa para salirse con la suya. Saben
bien que no hay adónde ir.
Para decirlo en una palabra, Thompson es un moralista con los nervios
destrozados, y su empatía va con los que no tienen salvación. El fiel lector de
sus novelas asiste a la fiesta del desastre y comparte su violencia y amargura.
Y para ese lector, este semi-olvidado autor sureño se vuelve una especie de
hermano mayor, comprensivo, terrible, sin padre al cual aferrarse, que nos comparte
su viaje hacia la nada. A eso se refiere Lou Ford, su humanísimo psicópata
deshumanizado, mientras enfrenta a un grupo de policías armados, ansiosos por
llenarlo de balazos.
“… a no ser que la
gente como nosotros tenga otra oportunidad en el otro mundo. Nosotros, la gente
como nosotros, que debutamos en la vida con una tara irremediable, que
deseábamos tanto y habíamos obtenido tan poco, que con tan buenas intenciones
acabamos tan mal...”.
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lunes, 23 de octubre de 2017
HUBO ELECCIONES EN ARGENTINA Y OTRA VEZ...
Es lógico que Macri y su equipo ganen en cada elección
nacional. Hay que entender, de una vez, que el argentino medio es un primigenio
muerdealmohadas y sólo encuentra su identidad (si se la puede llamar así) al denigrar
a los demás y a sí mismo (esto no lo tiene asumido, pero es un hecho que se detesta
más a sí mismo que lo que detesta a un izquierdista o a un habitante de algún país limítrofe,
aunque suene increíble). O sea que hasta que no esté ultra-atragantado con
gomaespuma y pedazos de tela de la funda de la almohada y ya no pueda respirar,
seguirá apoyando a los que lo maltratan. El voto a Macri sólo tiene un sentido:
ratificar que todo es una mierda. El argento medio no encuentra otra manera de
manifestarse, lo aterra jugarse por una idea, tomar una posición positiva, por
eso Macri le dio el pie (como otros en el pasado, ya fueran militares, Menem o
etc) para volver a flagelarse y gritar en voz alta: “¡Todo es una mierda y merezco
que me cojan”! Bueno, la última parte no lo dice en voz alta pero lo siente, y
bien adentro.
La vocación de muerdealmohada es muy fuerte en la sociedad
argentina, quizá más que ninguna otra cosa, por eso asombra que mucha gente de
izquierda o genuinamente democrática se inquiete por los resultados electorales.
¿No ven que morder la almohada supera todo lo demás? De ahí que los que votaron
a Macri sigan igual de furiosos que antes de que ganara en 2015, que puteen a todo el
mundo igual que antes (cuando estaba su odiada Cristina) y no puedan controlar
su insatisfacción aunque su candidato ganó y sigue ganando. No es una
insatisfacción existencial sino todo lo contrario, es la consecuencia de una
absoluta falta de existencia. Para vivir hay que elegir y si no se elige algo,
lo que sea, no se vive. El voto a Macri no es elegir, es dejarse pisotear. Es
una pena que este simulacro de suicidio que llevan a cabo los argentinos cada
diez, quince años, no sea llevado al extremo. Sería muy sano que esta masa
amorfa de despreciatodos, que escupen sobre los demás y sobre sí mismos, acaben
matándose de una buena vez. Nomás para ver qué pasa. El problema es que justo al
llegar a ese punto, -el de matarse y terminar con todo, me refiero- les gana la
cobardía y deciden perpetuarse y buscan cada vez más placer en el no placer y
en echarle la culpa a los otros de sus propios fracasos. No viven, se
arrastran, pasan de morder la almohada a lamer el piso, y sin embargo, por
algún extraño motivo, quieren seguir -no digo adelante porque no hay tal cosa
para estos humanoides amorfos- como si realmente valieran algo. No sé qué
epitafio esperan que les pongan encima al morir, pero como un gran acto cívico se
les podría ofrecer un epitafio ahora mismo, liviano, que se pueda colgar alrededor
del cuello y que así, de a poco, vayan aprendiendo cómo la vida se parece a la
muerte desde el momento en que uno acepta que no tiene nada para dar, que no
merece que le den nada, y se regodea en su propia mierda.
Claro que esto, ¡lástima!, es sólo un deseo ingenuo de mi
parte. La realidad es que sólo cuando se harten de ser garchados y pisoteados los
muerdealmohadas tomarán en cuenta, muy tímidamente, la posibilidad de votar a
alguien más (no de hacerse cargo de sus vidas porque eso es imposible, pero
algo es algo). Hasta entonces no habrá más que náusea y autovómitos y la demanda que tendrán las fábricas de almohadas se disparará al infinito. Al menos esta desgracia hará rico a
alguien. A los dueños de las fábricas de almohadas. Sobre todo porque el
esfínter nacional tiene mucho aguante y con su voto legítimo acabó ayer pidiendo
más, por favor, más, lo merezco, lo merezco, no valgo nada y quiero que me la
den.
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martes, 22 de agosto de 2017
LITERATURA Y PLAGIO
(Nota publicada originalmente en La langosta Literaria, página de Random House México)
A
veces el plagio artístico alcanza el estatus de crimen perfecto: si no se
descubre no existe. Y tiene otra ventaja importante (para el mal, me refiero),
puede exponerse delante de todo el mundo sin que se advierta que se trata de un
crimen. ¿Por qué? Porque es una obra de arte, y si la obra es genuina traerá
consigo la suficiente porción de belleza como para que nadie se detenga a
indagar sobre la autoría. Tiene lógica, el crimen fue cometido contra el autor,
no contra la obra. En cambio, el crimen perfecto clásico (asesinato, robo,
etc.) suele notarse a simple vista, lo que falta más bien es dar con el autor.
Es decir, un asesinado está asesinado y nadie lo duda, lo que no se sabe es
quién lo asesinó (caso emblemático: Jack el Destripador), pero en el plagio
artístico el crimen, una vez consumado, queda oculto, impune, a tal punto que
se confunde con la originalidad. Y no sólo eso, el falso autor será felicitado
públicamente, al revés del asesino o ladrón, que de vez en cuando hasta termina
preso.
Lo
interesante en los casos de plagio artístico que son descubiertos es que el
ladrón se defiende igual que un criminal común: “No me di cuenta”, “No quise ir
tan lejos”, “Jamás tuve esa intención”, “Empezó como un juego”. Una de las
peores excusas en el robo literario es la de la intertextualidad, la cita, la
paráfrasis. Sólo alguien que robó descaradamente es capaz de apelar a una
mentira tan patética, ni siquiera a los posmodernos se les cree semejante
patraña. Charles Manson, que yo recuerde, nunca dijo que asesinó a una Sharon
Tate embarazada para emular el salvajismo de antiguos tapices que recreaban a
los niños asesinados por Herodes, por ejemplo.
También
hay plagiarios, o gente que alguna vez plagió (porque no se puede ser un
plagiador-serial sin acabar excluido de la sociedad) que fueron talentosos. Y
originales, valga la contradicción. Robaron por soberbios, por negligentes o,
hay quién dice, por olvido o por error. Hablaré brevemente de estos dos últimos
casos, ¡que igual son tan difíciles de comprobar! Primero hay que creer en la
inocencia de los acusados, y en general uno suele partir de la base de que
cualquier acusado es culpable. Ser malpensado es un requisito fundamental de
nuestra cultura, no lo olvidemos.
Dentro
de esta categoría rara y poco usual de ladrones, la única excusa posible es que
en el recuerdo y en la imaginación todo se les mezcló, sus ideas, las de otros
y no se dieron cuenta. Esta clase de plagiario es la que yo llamaría
medianamente inocente. Le ocurrió al gran Jack London, que tuvo juicios de
plagio en su haber. Nadie duda de la originalidad y talento innovador de
London, sin embargo, se probó que ciertas historias no eran suyas. Los que
leyeron las obras o notas periodísticas en las cuales se “basó” dicen que no
son tan buenas como las que él hizo después. Las tomaba como base o
inspiración, las mejoraba, agrandaba, y obviaba al autor. Suena sospechoso y,
según el tono de sus declaraciones en cada caso, hay veces que le creemos y
otras que no.
Luis
Buñuel contaba que Charles Chaplin fue enjuiciado por cometer un, digamos, robo
inconsciente. Chaplin tenía un grabador junto a su cama donde registraba
cualquier melodía que apareciera en sus sueños (componía la música de sus
propias películas); se despertaba tarareando unas notas, las grababa y seguía
durmiendo. Resultó que así “compuso” un famoso cuplé titulado La Violetera. Su memoria,
si aceptamos esta interpretación, lo había engañado, no le avisó que la melodía
era de otro. No nos consta que la memoria sepa de ética o derechos de autor, sí
sabemos que es una máquina que guarda o repele, y que fríamente nos envía los
resultados de su trabajo a cada segundo de nuestras vidas. La conciencia
debería ser la intermediaria en estos casos, pero si la memoria no le aclaró
bien de qué se trata su informe, ésta no podrá obrar como debiera frente a uno
mismo y la sociedad.
Estos
son algunos de los (escasos) ejemplos de autores talentosos acusados de robo,
lo cierto es que la mayoría de los plagiarios no son talentosos, ni como
escritores ni como ladrones, ya que fueron descubiertos en los dos casos como
lo que eran: farsantes. El plagio a secas es un acto canalla, representa
básicamente la toma de identidad de otro, de sus palabras y pensamientos y, lo
que es peor, de sus sentimientos. Fingir que uno sintió lo que sintió otro es
un robo de índole filosófica. Viene a ser, al fin y al cabo, fingir que uno es
otro, que posee el alma de otro (perdón la solemnidad), de ahí el desasosiego
que nos ocasiona saber que una obra fue plagiada, es como enterarnos que ese
artista que nos gustaba no es artista, que nunca hizo lo que hizo. El
plagiario, al fin y al cabo, es nadie. No lo digo yo, ojo, es el mismo arte que
lo indica, que de tan aristocrático y cruel que es no perdona a quien se atreve
a manosearlo. Incluso quizá debajo de su elegante disfraz no sea más que una
forma monstruosa de la memoria colectiva, un ente que vive a través de todos
nosotros pero que separa los términos y le brinda a cada autor la posibilidad
de firmar su obra, legitimando la individualidad (que no el egoísmo), y al
lector o espectador el privilegio de finalizarla en su cabeza. Los otros
crímenes, los violentos y cotidianos, son meros residuos, un manoteo de lo
ajeno. ¿O acaso algún banco se quejó alguna vez de que la plata robada de sus
arcas por un grupo de encapuchados era de su autoría?
miércoles, 12 de julio de 2017
CORREDOR DE PAMPLONA SE SALVA DE MILAGRO
Uno de los corredores de Pamplona sufrió un fuerte golpe en
la cabeza. No murió pero los médicos creen que puede haber sufrido graves
consecuencias en sus capacidades mentales. Su familia lo recibió hoy y, para
alivio de todos, aseguró que estaba igual que siempre.
lunes, 10 de julio de 2017
viernes, 7 de julio de 2017
SAN FERMÍN Y EL PROGRESO
Hay veces que siento que todo está perdido y que no tenemos salvación, pero de pronto veo imágenes como estas y recupero la fe en la humanidad:
¡Encendamos un chupinazo de talento y sensibilidad y que nos guíe, con su bella luz de chispitas, en la oscuridad de la ignorancia!
jueves, 6 de julio de 2017
LO QUE HAY DETRÁS...
Detrás de un gran hombre hay una gran pila de cadáveres de
la gente que pisoteó, estafó y desahució para llegar a ser grande. Detrás de
una gran mujer, lo mismo (al menos en esto de ser garcas y ojetes sí tenemos
los mismos derechos).
domingo, 2 de julio de 2017
NOSTALGIA ZEN POR LOS CHISTES MALOS...
El concepto de “chiste malo” desapareció a partir de la
proliferación de las redes sociales. O, al menos, yo hace rato que no lo oigo. Entonces,
¿era cultural la idea del chiste malo? ¿Si un chiste malo es aceptado como
bueno, deja de ser malo? ¿Esto es un koan zen o sólo una pregunta imbécil? Da
igual, no podrá tener respuesta en las redes, donde el ruido que hace la palma
de una mano al aplaudir es tan molesto como estúpidamente ensordecedor.
sábado, 24 de junio de 2017
LA EVOLUCIÓN QUE NO EVOLUCIONA
El gobierno de Turquía avisa que no se enseñará más la
teoría de la evolución en las escuelas. En E.U. muchos grupos, facciones y
pandillas religiosas también quieren borrarla del mapa y tomar a los evangelios
como única palabra. La teoría de la evolución, como es sabido, no es una teoría,
es un hecho comprobado. Mi pregunta es: ¿de verdad está tan comprobado? ¿No es
contradictorio obligar a gente que involuciona a que enseñe la evolución? Yo
fui educado en una Argentina dictatorial y nunca me hablaron de evolución. Hoy,
cuarenta años después, tenemos a un presidente como Macri, acá a Peña Nieto, y supongo
que es lógico que no se hable de evolución porque no parece comprobable si
tomamos en cuenta estos puntos referenciales. Darwin andaba siempre mirando
bichos para justificarse, pero si miramos a la gente de cerca creo que
tendremos que dar marcha atrás. Y no me refiero a retroceder hasta los
evangelios sino a las mismas cavernas. Lo que yo sí dejaría, por comodidad, es
el invento del fuego. Las cavernas en invierno son húmedas y frías y sin fuego no
hay manera de tragarse la carne de mamut.
viernes, 23 de junio de 2017
PERDON, PERO NO TENGO TIEMPO...
Cuando uno dice “no tengo tiempo” para hacer tal o cual
cosa, la mayoría de las veces está diciendo “no tengo ganas”. Pero, ¿no es casi
lo mismo? Quizá la frase correcta sería: “no voy a arruinar mi tiempo libre en
hacer tal o cual cosa”. En el fondo, todo se reduce a un deseo emancipador: que
nuestro tiempo libre siga libre.
jueves, 15 de junio de 2017
RÉQUIEM POR UN PASQUÍN
El “gran diario argentino” Clarín, verdadera basura y
ejemplo de lo más bajo y rastrero a lo que puede llegar el periodismo (que de
por sí llega lejos en esos ámbitos y sin que nadie le dé envión), suele darle
la posibilidad a sus resentidos e ignorantes lectores -igual que a los trolls macristas
de rigor- de dejar sus mensajes como se dejan regalos en los inodoros y las
letrinas. Todo tipo de nulidad mental y espiritual es bienvenida y en eso, hay
que reconocérselo, no se limita ni pone un freno a la estupidez humana (digo
humana porque no quiero que me acusen de intolerante si uso el prefijo infra). Pero
ayer, que murió su reina mala de directora, eliminó los comentarios en las
notas necrológicas. No tengas miedo, Clarín, que los canallas no sufren más
después de muertos si se los insulta o se los juzga, como tampoco los pobres se
hacen más pobres por haberse quedado sin vida.
jueves, 8 de junio de 2017
SOBRE EL PROBLEMA DE DEMOCRATIZAR EL INTERNESSS
Lo que evidenció la democratización de las redes con la
posibilidad de que los lectores dejen comentarios en diarios, revistas,
organismos, etc, es que las clásicas acusaciones contra las figuras públicas dejaron
de tener sustento. Me refiero a las que decían que las figuras públicas no eran
más que un grupo de imbéciles. Hemos comprobado que la imbecilidad de los lectores
de a pie es igual, y a veces peor, debido a su infantil impunidad (creen que lo
que dicen no tiene verdadera llegada y no se miden ni saben ser hipócritas). Se
me ocurre que para que podamos volver a quejarnos como antes y fingir que somos
más inteligentes y honestos que cualquier periodista, artista, político o sujeto
que detente alguna clase de poder, debemos exigir que se prohíban los
comentarios en las páginas de internet y que se clausuren las redes sociales.
No nos llevaría a una dictadura (vivimos en ella, de todas maneras) sino a ese
anhelado lugar que hemos perdido, el de creer que todavía tenemos pensamientos
y opiniones válidas y que no podemos expresarlas nomás porque no nos dejan.
jueves, 1 de junio de 2017
EL DERECHO A DECIDIR
El derecho al aborto sería mucho más productivo si se
pudiera elegir en retrospectiva, y sobre todo si los abortados tuvieran la
palabra final. Es decir, si ya creciste, maduraste, y tu vida fue una mierda y no
tiene sentido seguir adelante, que tengas el derecho de exigirle a tu mamá
que aborte cuanto antes.
sábado, 25 de marzo de 2017
NUESTRA BREVE VIDA
Dicen (quiénes,
no sabemos, porque no es fácil volver del más allá para contarlo) que antes de
morir uno repasa su vida en dos segundos. ¡Qué optimistas son los que
inventaron -perdón, creen- eso! A mí me parece que lo terrible es que podemos
contar nuestra aburrida vida en dos segundos en cualquier momento del día, en
cualquier lugar, sin que la muerte tenga que apurar ninguna edición de último
momento.
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